<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528</id><updated>2011-09-02T16:03:02.643-05:00</updated><title type='text'>DIARIO DE J. F. SEBASTIAN</title><subtitle type='html'>FICCIONES. DE INMORTALIDAD. DE SERES DE ARTIFICIO.
LAGRIMAS PERDIDAS EN LA LLUVIA</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>37</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-113333556998018128</id><published>2005-11-30T01:21:00.000-06:00</published><updated>2005-11-30T01:26:10.310-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Reconozco la soledad cuando se asoma a los ojos de la gente. El chico que bebía un café en Anderson´s se estaba acostumbrando a ella. No son los gestos, ni siquiera la actitud lo que revela esa pausa incómoda de saber que las cosas del mundo te rehuyen: es el reflejo cóncavo en la mirada, esos oscuros cristales que fragmentan y deforman todo lo que te rodea, ese vacío al que los rostros asoman su tedio. Él tenía esa mirada, esa opacidad extraña y a la vez sin enigma del hombre solitario, desacostumbrado a soñar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A varios metros de distancia, separado de él por las siluetas de otros rostros que abandonaban y se reintegraban caprichosamente a mi campo visual, me dediqué a observarlo. No parecía esperar a nadie. De hecho, no parecía esperar nada de nadie. Apenas había probado su café, pero mantenía el índice de la mano derecha aferrado a la oreja de la taza, como si la memoria hubiera estado a punto de dictarle algún recuerdo que a último momento hubiera preferido callar. Supongo que era su estilo personal de espiar a los demás: no bien un rostro se volviera, no bien una mirada decidiera separarse del gentío para acudir a su imagen, él llevaría esa taza hasta sus labios en uno de esos movimientos automáticos que no admiten la disciplina, y entonces buscaría esos ojos, como distraído, como reconociendo de pronto la inequívoca señal del encuentro casual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero nada de eso ocurriría. No al menos en ese momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo seguí calle abajo por la 47. Caminó sin prisa entre la gente, oteando el entorno como un animal perdido en busca de alimento. Lo vi detenerse frente al aparador de una tienda de mascotas, sacar una mano del bolsillo de la chamarra y tantear el cristal para llamar la atención de alguna bestia de ornato. No se quedó ahí por mucho tiempo. Cruzó la calle entre los autos y dobló a la izquierda por el callejón que desemboca en el barrio latino. Compró el diario de la tarde, que hojeó de pie junto al kiosco para arrojarlo un momento después en un cesto repleto de basura; la publicación, ya inútil, se deslizó hasta el suelo y luego el viento la arrastró hasta el arroyo humedecido por las últimas lluvias.&lt;br /&gt;El chico siguió su camino y un rato después se detuvo. Meditó unos instantes y luego dio la media vuelta y pasó junto a mí, que fingía observar los anuncios en lo alto de la calle. Unos metros más adelante se sintió atraído por una prostituta de cabello rojizo. Entabló con ella una breve conversación y al rato ingresaron con paso decidido por el derruido portal de un hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé ahí, de pie frente a la entrada. Unos segundos después, la ventana de una de las habitaciones se iluminó; la mujer se asomó a la calle y corrió las cortinas. Vi la hora en mi reloj pulsera: pasaban apenas de las diez de la noche y el barrio se estaba llenando de siluetas y murmullos. Decidí cambiarme de acera y compré algunas golosinas en un puesto callejero. No habían transcurrido más que algunos minutos cuando aquella puta de falsa cabellera pelirroja reapareció en el umbral del hotel. Miró, como unos momentos antes, a ambos lados de la calle y tomó a la derecha, desplazándose con cierta dificultad sobre las altas plataformas de sus zapatillas brillantes. Indeciso, opté por llevar mi vista hacia el alto ventanal, que de nuevo estaba a oscuras. Cuando intenté recuperarla, aquella mujer había desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Movido por una curiosidad insana, crucé la calle y entré en el hotel. Una pareja de mujeres semidesnudas descendía por la cuarteada escalinata de concreto. Alcancé el primer descanso y me encontré ante un pasillo en penumbras. Rumores imprecisos y vociferaciones apagadas surgían de las puertas por cuyas orillas se filtraban tenues haces de luz. Calculé mentalmente la ubicación de la ventana y avancé a ciegas unos metros hasta dar con la puerta que supuse correspondería a la habitación. Estaba cerrada. Pegué la oreja a la fría superficie de madera, que sólo me devolvió el silencio. En un acto reflejo había puesto la mano derecha en el picaporte herrumbroso, así que cuando intenté retirarla, el óvalo giró, destrabando el pasador. A través de la puerta entreabierta vi al fondo la ventana, cuyas delgadas cortinas cedían el paso a la débil luz de la calle. Un poco a la derecha, al centro de la habitación, vislumbré una esquina de la estrecha cama. El viaje de mis ojos siguió su desplazamiento lógico y lo que vi a continuación me paralizó:  encima de las sábanas revueltas se hallaba el cuerpo desnudo del hombre que había estado siguiendo en las últimas horas; en sus ojos, fijos de pronto en mi rostro intruso, había, más que el horror, una súplica; y en el centro de su pecho, erguida como un mal sueño, había clavada una estaca, fija y totémica, definitiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confieso que al principio no supe si correr para abandonar esa escena dantesca o ir en su auxilio. El instinto decidió por mí: empujé la puerta, que se azotó contra el muro, y busqué a tientas el interruptor de la luz. La líquida iluminación de neón parpadeó un poco y al fin alumbró la habitación. Busqué, antes que nada, un aparato telefónico, que no hallé en ninguna parte. Aquellos ojos me siguieron por todo el cuarto como yo había hecho con él por la ciudad. Me le acerqué, temeroso, hasta una distancia prudente, y entonces vi que lo que hasta ese momento había imaginado las salpicaduras de la sangre en el cuerpo del chico, eran en realidad las letras irregulares de una frase, de un mensaje apenas legible:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;No me busques: yo daré contigo.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;No me dejé llevar por el sinsentido de aquellas palabras que el óxido había empezado a oscurecer sobre la piel temblorosa de la víctima; tomé una de sus manos y comprobé su pulso, cada vez más débil.&lt;br /&gt;-Aguanta un poco -le pedí sin saber si alcanzaba a comprender lo que le decía-. Voy a buscar ayuda...&lt;br /&gt;El hombre me clavó repentinamente la mirada, como si al fin hubiera hallado la atención que sus ansias habían estado buscando. Pero entonces, en instantes, el brillo de sus ojos se apagó. Solté su mano, que cayó rígida sobre la cama. Y empecé a llorar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con las primeras sirenas de los vehículos policiales, decenas de hombres y mujeres salieron huyendo de la habitaciones contiguas como ratas en medio de un naufragio. Los oficiales alcanzaron la entrada de la habitación ignorando esa fuga paranoide. Los vi, parado en el rellano de la escalera que daba hacia el pasillo, sin atreverme a confesar que era el autor de la llamada de auxilio. El hombre que me había permitido usar su teléfono para comunicarme con la policía había huido al escuchar mis primeras palabras, dejando las puertas de su improvisada oficina abiertas de par en par. No esperé más: bajé las escaleras cuando el equipo de paramédicos ingresaba en el edificio y me alejé a toda prisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los diarios matutinos apenas hacían eco de la noticia. Tuve que esperar hasta la tarde para leer una nota redactada con menos premura, en la que se detallaba el tenebroso hallazgo: la policía, merced a una llamada anónima, había acudido a cierto hotel barato en el centro del barrio latino para encontrar el cadáver de un hombre de alrededor de 35 años que había sido asesinado en circunstancias extrañas. No se hablaba del mensaje escrito en su vientre, sólo se hacía alusión a que las primeras pesquisas sugerían que aquella muerte era consecuencia de algún ritual desconocido, practicado por alguna secta de santeros mexicanos. Ya se seguían algunas pistas. Por obvias razones, la policía había preferido callar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hank Richards estuvo a punto de clavar la punta del taco en el desgastado paño cuando el comunicador que vibró en su cintura lo desconcentró. Su oponente, desde el extremo opuesto de la mesa de billar, reprobó la acción con un movimiento de cabeza, pero su mirada se iluminó: los 300 dólares ya estaban en su bolsillo. El detective, derrotado, arrojó el taco sobre la confusa geografía de marfil y se puso al habla.&lt;br /&gt;-Hay un fiambre en un picadero de Santa Fe y la 43 -le dijo una voz masculina quebrada por la estática-. Es tu territorio.&lt;br /&gt;-¿Tú sabes cuánto me está costando esta llamada? -replicó Hank, pasando al lado del hombre sonriente que le extendía la mano. Puso en ella un fajo de billetes y se dirigió a la salida del bar.&lt;br /&gt;-Nada que no paguen los impuestos -le sugirió la voz.&lt;br /&gt;Hank cruzó un saludo silencioso con la mujer que atendía la barra y salió al frío que anunciaba la lluvia.&lt;br /&gt;-Dile al sargento que estoy en camino. Llegaré allí en diez minutos.&lt;br /&gt;Surcó el estacionamiento a esa hora desierto y alcanzó el Albatros cuando las primeras ráfagas de humedad se dejaban sentir.&lt;br /&gt;El vehículo se elevó en silencio mientras las luces de la ciudad surgían entre las siluetas de los edificios cercanos. Hank deslizó el índice sobre la pantalla de la computadora y trazó un rápido itinerario. Dejó que la nave tomara el mando mientras revisaba la carga de su revólver; luego se hizo con el comunicador y marcó a casa. La voz adormilada de su esposa le respondió en un susurro.&lt;br /&gt;-Se presentó algo -le dijo el detective al tiempo que se palpaba el pecho en busca del paquete de cigarrillos-. No sé... un asesinato, tú sabes. Es posible que tenga que ir a la jefatura. Llegaré tarde. ¿Ha llamado Estela?&lt;br /&gt;A través del parabrisas, el estallido de un relámpago dibujó las formas instantáneas de una enorme nube en el horizonte.&lt;br /&gt;-Si llama, dile que mañana temprano hablaré con ella. No, no estoy enojado, sólo quiero hacerle ver que hay reglas, y que mientras siga viviendo en casa tendrá que respetarlas.&lt;br /&gt;Por algunos momentos se mantuvo atento a la voz en el teléfono; luego, ya con el cigarrillo encendido entre los labios, masculló una despedida y cortó la comunicación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esos mexicanos... -el sargento, un negro canoso y regordete, de rostro ajado, revolvía el interior de un cajón de su escritorio en busca de algo que a Hank le parecía que no encontraría allí, sino en un diccionario de sinónimos.&lt;br /&gt;-Es sólo una sospecha...&lt;br /&gt;-Ese atajo de bastardos -lo interrumpió el hombre, abriendo un nuevo cajón para continuar su búsqueda-, tentando otra vez al demonio. Pero cuando en verdad se les aparece, ruegan por la salvación divina. Sarta de mal nacidos...&lt;br /&gt;Hank se cansó de esperar una invitación que no llegaba y se decidió a tomar asiento en el desvencijado sillón de gastado cuero destinado a las visitas.&lt;br /&gt;-Como siempre, nadie vio nada, nadie oyó nada.&lt;br /&gt;-Se protegen entre ellos. No les basta con llenar de grasa las calles, también les gusta vivir sin ley. Y en mi jurisdicción, los muy hijos de puta...&lt;br /&gt;Los ojos del sargento se iluminaron cuando su mano salió del cajón portando un diminuto objeto metálico, que puso sobre el escritorio.&lt;br /&gt;-¡Sabía que aquí estaba! No tienes idea de cuántos alegatos tuve que sufrir para convencer a mi mujer de que no lo había dejado en el buró de una puta.&lt;br /&gt;Hank se irguió en el asiento para observar de cerca el hallazgo: no era más que una horrible mancuernilla de dudoso valor, confeccionada a partir de ambiguos motivos patrios.&lt;br /&gt;-Me las regaló el día que me ascendieron, hace ya más de seis años. La encontré la otra noche en un bolsillo del saco y mira: la guardé tan bien que no recordaba el maldito lugar donde la había escondido. -Recogió nuevamente su valiosa joya y giró la silla hacia la izquierda para dejarla caer dentro de su portafolios colgado en el perchero. Luego se volvió hacia Hank, que lo miraba, displicente.&lt;br /&gt;-Algo me dice que nada de esto tiene que ver con santerías...&lt;br /&gt;-¿Santerías? -el sargento recargó su pesado cuerpo en el respaldo.&lt;br /&gt;-Sí, santerías, rituales sacros. Los miembros de esas sectas no se andan exhibiendo por las calles; si mutilan a un cabrón, pueden pasar años sin que nadie se entere.&lt;br /&gt;El sargento se rascó el oído con un dedo, gesticulando con placer; se lo puso muy cerca de los ojos y luego bajó la mano para limpiarse en el pantalón.&lt;br /&gt;-Tú sabrás lo que haces, pero no quiero que pierdas de vista esa posibilidad. Tampoco olvides que puede ser obra de narcotraficantes. Si fuera así, olvídate del asunto y déjale esa mierda a los federales. Es lo suyo.&lt;br /&gt;-Jefe... -Hank hizo una pausa para mirar el derredor, como buscando las palabras adecuadas. Luego giró el cuello para verificar que no hubiera nadie husmeando en las cercanías de la oficina, cuya puerta se encontraba abierta-. Cuando esto acabe, es posible que tenga que tomarme unas vacaciones. ¿Sabes?, hay algunas dificultades en casa, con mi hija...&lt;br /&gt;-¿Sara?&lt;br /&gt;-No: la mayor, Estela. Está en su etapa. Ya sabes: amistades raras, fiestas, alcohol, sabrá Dios si ya probó alguna droga. Necesito estar un rato con ella, hablarle; he pensado ya en llevarla a la playa, hace años que no salimos todos juntos...&lt;br /&gt;El sargento había cruzado las manos sobre el pecho y miraba a Hank en silencio. No era un hombre de palabras, menos estaba acostumbrado a intimar con sus subalternos, pero Hank era un caso aparte: lo conocía desde hacía muchos años, lo había visto escalar puestos en la jefatura desde la academia, conocía incluso a su familia. Era su mejor elemento, su brazo derecho. Pero nada de eso ayudaba cuando un hombre ha alcanzado su madurez sin abrir la boca para algo que no hayan sido órdenes y vociferaciones.&lt;br /&gt;-Haz lo que tengas que hacer -le aconsejó, en un tono tan endeble que él mismo se sintió desconsolado-. Ahora tienes un propósito, así que abre bien los ojos y no dejes que esos cerdos grasientos te lo arruinen.&lt;br /&gt;Hank se incorporó de golpe y se arregló las solapas de la gabardina, asintiendo con el aire de un ateo en un confesionario.&lt;br /&gt;-Descuida, jefe. Y gracias por el apoyo.&lt;br /&gt;El hombre detrás del escritorio lo despidió con un ademán neutro y, sin esperar a que saliera de la oficina, se puso a marcar un número en el videoteléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cien dólares la hora. Si quieres que te la chupe, son cien más.&lt;br /&gt;El hombre le estudió los senos que desbordaban el escote. La innegable morbidez de sus ojos se veía acentuada en el ansioso aliento entrecortado que le ensanchaba el tórax apenas cubierto por la playera deportiva.&lt;br /&gt;-Quiero hacerte el culo.&lt;br /&gt;-Son cien más. Con condón. Si no tienes, yo te doy uno, pero te costará diez dólares.&lt;br /&gt;Ingresaron en la semi penumbra del hotel. La mujer se detuvo frente al grueso cristal de la recepción y una mano anónima le extendió la llave.&lt;br /&gt;-No tardo -avisó ella, guiñándole un ojo a su propio reflejo.&lt;br /&gt;El cuarto era una farsa caricaturesca de una habitación de dudosa atmósfera Luis XV. Apestaba a tabaco y secreciones. La mujer aguardó a que el joven entrara y cerró la puerta con el pistillo de seguridad. Luego pasó frente a él y fue hasta la cama, en donde se acomodó, cruzando sensualmente las piernas.&lt;br /&gt;-Muéstrame -le pidió.&lt;br /&gt;El hombre dudó un poco y entonces vio los ojos de la pelirroja, que se habían detenido en su entrepierna. Se deshizo rápidamente del pantalón y de la trusa; cuando se sacó la playera, su miembro erecto miró a la mujer como un cíclope famélico.&lt;br /&gt;-Me harás daño -susurró ella.&lt;br /&gt;Sus palabras obraron en el deseo del hombre, que se acercó jadeante a la orilla de la cama, donde la mujer lo detuvo con un gesto y se deshizo del bolso que colgaba de su hombro. Se alzó la blusa para mostrarle los senos, que se acarició mórbidamente. Luego se levantó poco a poco la falda para dejarle ver la diminuta prenda de encaje que se le hundía en la vulva.&lt;br /&gt;-Tu verga es enorme. La quiero aquí -le dijo, pasándose un dedo por la oculta vagina.&lt;br /&gt;El hombre se aferró el miembro con una mano y con la otra empujó a la mujer sobre la cama para estrujarle rabiosamente uno de los senos.&lt;br /&gt;-Tranquilo, cariño. Recuéstate un poco, nos queda mucho tiempo.&lt;br /&gt;Lo dejó que se tendiera de espaldas; le acarició el pecho, ensanchado por su respiración agitada; le pasó una mano por los labios y le cerró delicadamente los párpados.&lt;br /&gt;-Tienes algo hermoso ahí -le dijo, sin dejar de mirarlo, mientras con la otra mano revolvía las cosas en su bolso, abandonado al pie de la cama-. Yo también tengo algo para ti...&lt;br /&gt;Sin quitarle la mano de la frente para evitar que abriera los ojos, la mujer se montó sobre el vientre desnudo y apresó sus antebrazos con ambas rodillas. Las manos del hombre, a pesar de todo, se las arreglaron para acariciarle torpemente las nalgas.&lt;br /&gt;Los huesos de su tórax se quebraron con un ruido de astillas cuando el filo de la estaca penetró en su pecho. Incrédulo, el joven abrió los ojos y esbozó un grito que jamás escapó de su garganta.&lt;br /&gt;-Quietecito, no hagas nada, déjame que te penetre así, quedito -le decía ella mientras recargaba todo su peso en la madera, cuya punta se hundía despacio en medio de la sangre que buscaba un resquicio para escapar cobardemente de aquel cuerpo sacudido por espasmos.&lt;br /&gt;Lo último que el hombre vio antes de que se le borrara el mundo fue el rostro sonriente de esa mujer cuya peluca había comenzado a resbalar de su cabeza para mostrar el verdadero color de su cabello castaño.&lt;br /&gt;-¿Qué se siente que te lo metan por unos cuantos dólares, nene? -la sonrisa en ese rostro se quebró en un gesto de odio-. ¿Rico, no?&lt;br /&gt;Hundiendo la estaca con ambas manos, la mujer se detuvo al sentir que el filo había trascendido la carne para traspasar las cobijas y enterrarse con violencia en el colchón.&lt;br /&gt;-¡Muérete ya, cabrón de mierda! -farfulló sin darse cuenta de que el hombre se le había adelantado.&lt;br /&gt;Afuera, la ciudad dormía. Pasándose un pañuelo por el índice ensangrentado, la mujer repasó el mensaje escrito sobre la piel del cadáver. Metió el pañuelo sucio en el bolso y se corrigió el maquillaje ante el espejo de media luna empotrado en la pared, el único testigo. Finalmente recogió las llaves y salió al pasillo, cerrando delicadamente la puerta a sus espaldas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atenazando con firmeza el cigarrillo, Hank miraba la calle a través de la ventana de su dormitorio. Su mujer, apenas un pequeño bulto a la orilla de la cama, hacía horas que dormía. Afuera, el barrio se veía tranquilo. Apenas el fulgor de algunos autos lejanos barría de vez en vez la calle solitaria. Se preguntó qué hora sería; él mismo se respondió que debían pasar de las tres, si no es que estaban a punto de dar la cuatro de la madrugada. Apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal apoyado en el pretil de la ventana y descorrió un poco la cortina para asomarse a la entrada de la calle. Estacionado a la orilla de una de las casas vecinas, un sedán de color impreciso, que parecía mecerse por momentos, llamó su atención. Entrecerrando los ojos para aguzar la mirada, creyó ver un par de siluetas que se movían en su interior. El cristal de la ventana deformaba un poco las cosas de la calle, así que de pronto no eran dos sino tres las siluetas que se recortaban contra el fondo ambarino del alumbrado público. ¿O era sólo una? La distancia jugaba con su imaginación. Pensando que quizá sólo se trataba de una pareja de jóvenes inquietos teniendo sexo en el asiento trasero, decidió restarle importancia al asunto. Sonrió para sí, cogió de nuevo el paquete de Camel y extrajo un cigarrillo. Golpeó el filtro contra el Zippo. Al mismo tiempo que el fuego encarnaba en el tabaco, las luces del auto se encendieron. El ruido del motor violentó el silencio y el vehículo se desplazó lentamente en dirección a su ventana. Cuando vio que el sedán se detenía frente a su casa, se puso a la expectativa. Sin dejar de observarlo, midió la distancia que lo separaba de su arma y calculó mentalmente el tiempo que le tomaría alcanzarla en caso de que fuera necesario. No lo era: la puerta del auto se abrió y un par de piernas desnudas se asomaron a la noche. No sin rabia reconoció en esa mujer de falda corta y escote pronunciado a su propia hija. La joven cerró la portezuela y hundió medio cuerpo a través de la ventanilla, ofreciéndole al mundo la insoportable imagen de sus torneadas nalgas. Hank desbarató el cigarrillo en el interior del cenicero y se dio la media vuelta, sintiendo en sus mejillas un calor que se parecía al de la vergüenza, aunque no supo precisarlo. Cuando volvió a la ventana, ya el auto se había convertido en un par de puntos luminosos y su hija, con paso lento y relajado, cruzaba el jardín.&lt;br /&gt;El detective apretó la quijada y se dirigió a la puerta de la habitación, formulando en su mente las palabras exactas que describirían la cólera que lo abrasaba. Puso una mano en el picaporte, que apretó con furia. Pero no se atrevió a abrir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noticia, impresa en la pantalla del diario electrónico, ocupaba la mitad de la primera plana:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;ASESINO RITUAL RECORRE LA CIUDAD&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deformada por los trabajos de un procesador fotográfico, la imagen del cadáver, rescatada desde muchos metros de distancia por el zoom digital, no precisaba de las palabras para escupirte en el rostro su atroz elocuencia: el cuerpo desnudo, abiertos los brazos al horror, exhibía, como lo haría una imagen sacra, la furia de la madera hundida en su pecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué hay de las huellas digitales?&lt;br /&gt;Un joven de uniforme, sentado al otro extremo de la mesa, se incorporó en su asiento para esgrimir los documentos que hacía rato se afanaba en ordenar.&lt;br /&gt;-Señor, el análisis dactilográfico muestra que las huellas no pertenecen a nadie en la base de datos. Se pidió el apoyo del registro civil, pero tomará un par de días tener los resultados.&lt;br /&gt;El sargento masculló alguna idea, pero nada sino murmullos escaparon de sus labios. Impotente, volvió su vista a Hank, que parecía distraído.&lt;br /&gt;-¿Hallaron algo en las grabaciones de las cámaras de seguridad?&lt;br /&gt;El detective salió de su sopor, pero no supo responder. Otro de los hombres sentados a la mesa se le adelantó:&lt;br /&gt;-Muchas de las cámaras en esa zona han sido robadas. Las pocas que registraron algo no ofrecen evidencia...&lt;br /&gt;-¿Robadas? -el sargento piafó con enfado-. ¿Y apenas lo notaron?&lt;br /&gt;-Se sustituyen cada semana -respondió el hombre, nervioso-, pero vuelven a robarlas. Necesitaríamos poner guardias día y noche para evitarlo...&lt;br /&gt;-Luego empezaríamos a sustituir policías cada tercer día -ironizó Hank.&lt;br /&gt;Los dedos del sargento tamborilearon ansiosos sobre el barniz de la madera.&lt;br /&gt;-Señores -dijo al fin, apoyando sus negras manos regordetas en la mesa-, o entramos nosotros para interrogar a cada uno de esos latinos muertos de hambre, o llamamos al ejército, lo que significa que cada uno de ustedes se irá de aquí con una patada en el culo. No quiero que aparezca otro idiota empalado en un putero. Necesito a todas esas perras apestosas rindiendo su declaración ahorita mismo. Registren sus casas, amenacen a sus familias si es preciso, hablen con todo lo que se mueva o se arrastre y agarren a ese maldito enfermo si no quieren pasar el resto de sus días haciendo cola en la beneficencia.&lt;br /&gt;Los hombres acodados a lo largo de la mesa escucharon el discurso en silencio, pero nadie pareció desconcertado: el hábito de la violencia verbal de su jefe era un asunto cotidiano.&lt;br /&gt;La mirada neutral del hombretón era la señal inequívoca de que la junta había finalizado. Todos, incluido Hank, comenzaron a salir entre murmullos.&lt;br /&gt;-Tú quédate -lo llamó el sargento-. Necesito hablar contigo.&lt;br /&gt;Esperaron a que el último hombre abandonara el salón.&lt;br /&gt;-Tú dirás, jefe...&lt;br /&gt;-He pensado en lo que hablamos la otra noche, lo de tu hija. Creo que deberías abandonar el caso y dedicarle un tiempo a tu familia.&lt;br /&gt;-No es necesario -replicó Hank sin atreverse a ocupar su silla-. El asunto es complicado, tú estás confiando en mí...&lt;br /&gt;-Es una invitación. Tú sabes si la tomas o la dejas. Mi sugerencia es que te olvides de este asunto por un tiempo y atiendas a tu hija.&lt;br /&gt;El detective analizó la oferta. Por un momento le vino a la mente la imagen de una figura femenina cruzando semidesnuda el jardín frontal de su casa. El odio le cerró los puños. Sabía que se hallaba en una disyuntiva: resolver sus asuntos familiares implicaba abandonar la lucha por una plaza importante, continuar vagando por las calles, perseguir delincuentes de mucha o poca monta, daba igual: la muerte seguiría acompañándolo por el resto de sus días. Indeciso, le devolvió a su jefe una mirada desolada.&lt;br /&gt;-¿Tú qué harías?&lt;br /&gt;El otro ni siquiera se inmutó. Pero en los ojos de Hank había un ruego, la necesidad de una respuesta.&lt;br /&gt;-Mira -le dijo-, se trata de tu vida, no de la mía. Si lo que tienes es temor de que las cosas aquí salgan mal, no te preocupes: hay gente que puede encargarse del caso. Si eso te tranquiliza...&lt;br /&gt;Esas últimas palabras terminaron por herir su orgullo. Nadie, mientras él estuviera vivo, iba a usurpar su lugar. Sólo necesitaba una semana, dos cuando mucho, para dar con el culpable de esa masacre. Entonces él y su familia tomarían el sol en las playas de la Florida. Y conversaría con Estela, y reirían, y dejarían que el mar jugara con sus cuerpos, y hablarían del pasado, planearían el futuro, y todas esas muertes tendrían al fin sentido.&lt;br /&gt;-Déjame que termine con esto -pidió Hank, fingiendo una seguridad que estaba lejos de sentir-. Te prometo la cabeza de ese degenerado envuelta en celofán así tenga que ser el Día del Juicio. Brindaremos por el éxito y lo arrojaremos al bote de la basura, y entonces hablaremos de mis vacaciones. ¿Estás de acuerdo?&lt;br /&gt;Pero no halló en el rostro del sargento la sonrisa que esperaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comenzaron los merodeos, el asedio, las formas del miedo. Mujeres de todas las razas y de todas las edades llenaron la jefatura, vociferando en lenguajes confusos a la menor provocación, alejando las miradas atentas merced a complicadas señales obscenas. Una de las putas fue violada en los separos y el rumor llegó a la prensa. El timbre del teléfono en la oficina del sargento no cesó de escucharse a partir ese momento.&lt;br /&gt;-Esas perras sifilíticas...&lt;br /&gt;Al día siguiente, el Times de Los Angeles desmintió la especie y, gracias a ello, a cada equipo de trabajo se sumó un reportero del diario, cuya única restricción era publicar el reportaje una vez que el operativo hubiera finalizado. Al resto de los diarios se les filtraron noticias falsas para generar confusión. Mientras tanto, las redadas continuaron en sutil anonimato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hank y su equipo allanaron cierta noche las oficinas de un prostíbulo en el sector oeste. El dueño era un ex-convicto con algunas deudas en el presidio y no estaba entre sus planes pagarlas. Primero se cargó al policía que abrió la puerta de un puntapié. Luego hirió a un segundo, partiéndole la pierna de un tiro certero.&lt;br /&gt;-Tienes puntería -reconoció Hank, con la espalda pegada al muro que bordeaba la entrada.&lt;br /&gt;-Y mucho parque -le respondió una voz agitada.&lt;br /&gt;-Pero no mucho tiempo -señaló Hank, mientras ordenaba a señas las posiciones que debía guardar su equipo.&lt;br /&gt;-Yo sé cómo matar las horas -sentenció la voz y subrayó sus palabras con una ráfaga de láser que barrió el espacio vacío.&lt;br /&gt;Hank no estaba de humor para obstinamientos. Retiró con los dientes el seguro de una granada sedante y la arrojó al interior de la oficina. No hubo disparos, sólo ruido de muebles y cosas que caían. Luego silencio. Uno de los hombres se arrastró hasta la puerta y disparó en repetidas ocasiones; luego hizo una señal para que los demás se acercaran. No había nadie en la habitación. El equipo completo, incluyendo al reportero en turno, ingresó de prisa esgrimiendo los revólveres. Los ojos de Hank registraron el desorden. O el hombre se había esfumado, o lo habían borrado con el fuego del láser. Los objetos del único librero habían caído, pero no había rastros de disparos en la madera.&lt;br /&gt;-Tú -le dijo a uno de los hombres-, ayúdame con esto.&lt;br /&gt;Sin mucho esfuerzo retiraron el mueble. La puerta, apenas disimulada por la irregularidad del tapiz, se hallaba semi abierta.&lt;br /&gt;Todos se tiraron al piso. Uno de ellos empujó la pared falsa y los disparos reventaron por todas partes. Esta vez fue una granada eléctrica. Los gritos del hombre se escucharon apagados cuando la telaraña de luz lo alcanzó, paralizándolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cuarto era un modesto estudio de televisión. Alrededor del hombre que se sacudía en espasmos había empotrados anaqueles con miles de empaques de videos. El equipo de grabación se encontraba en la pared frontal. Allí, una docena de pantallas monitoreaba la actividad en cada habitación del hotel.&lt;br /&gt;-Así que eres un mirón -le escupió Hank al hombre en el piso-. Y echaste a perder tu hobby por hacerle al cowboy. Ahora mírate...&lt;br /&gt;El hombre balbuceó un par de frases inconexas.&lt;br /&gt;-Cállate ya -le gritó Hank, cancelando el incómodo siseo con la punta del zapato-. ¿Sabes qué haré si no te callas? Voy a llevarme todos tus juguetitos y te voy a emparedar en esta pocilga hasta que te pudras...&lt;br /&gt;Pero el otro, aún con la boca ensangrentada, insistió.&lt;br /&gt;Ignorándolo, el detective comenzó a girar órdenes. Pero el reportero no estaba obligado a obedecer; esgrimiendo su grabadora de bolsillo, se agachó y pegó el micrófono al rostro del hombre.&lt;br /&gt;-Señor -dijo un momento después, volviéndose hacia Hank-. Dice que no le haga daño y a cambio le mostrará a la mujer.&lt;br /&gt;Hank se agachó furioso y empujó al reportero. Luego puso el cañón del láser en aquella frente sudorosa.&lt;br /&gt;-¿Mujer? ¿Crees que soy un mirón como tú? Tantas puñetas te quemaron el cerebro, pedazo de idiota...&lt;br /&gt;-La... asesina... -gimió con esfuerzo el hombre.&lt;br /&gt;Todos allí lo escucharon.&lt;br /&gt;-¿Qué demonios dices?&lt;br /&gt;Pero el dueño del putero dejó de luchar: sus ojos se pusieron en blanco y empezó a convulsionarse.&lt;br /&gt;Hank llamó a uno de sus hombres.&lt;br /&gt;-¡Pínchalo, rápido!&lt;br /&gt;La aguja hendió el brazo del hombre, que primero se quedó quieto y un instante después comenzó a perder la rigidez. Poco a poco volvió en sí.&lt;br /&gt;-Habla ya -le gritó Hank-, o me paso las leyes por los huevos y te vuelo la cabeza.&lt;br /&gt;-Es una mujer... -la tos lo interrumpió-. Asesinó a un muchacho. Una prostituta.&lt;br /&gt;-¿Quién es? ¿Dónde está?&lt;br /&gt;El brazo, aún con la jeringuilla colgando, se estiró para señalar uno de los muebles.&lt;br /&gt;-Allí, segundo nivel, un disco negro.&lt;br /&gt;Uno de los oficiales se movió en esa dirección.&lt;br /&gt;-¿Es este?&lt;br /&gt;El hombre asintió.&lt;br /&gt;Hank mismo insertó el disco en el reproductor y la pantalla principal se llenó de granizo. Un instante después apareció la imagen monocromática de una vacía habitación de hotel. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera y entrara un joven de atuendo deportivo.&lt;br /&gt;-Es la segunda víctima -observó el reportero.&lt;br /&gt;Acto seguido apareció una mujer. Luego de cerrar la puerta fue hasta la cama y sus labios se movieron en silencio.&lt;br /&gt;-¿Hay manera de escuchar el audio en este aparato de mierda?&lt;br /&gt;-El botón verde -señaló el hombre, ya hincado, mientras un oficial lo esposaba.&lt;br /&gt;La voz de la mujer llenó la habitación. Hank y los demás escucharon claramente el intercambio de palabras entre la puta y su cliente, y fueron testigos de cómo aquella escena de tintes pornográficos se transformaba en la carnicería que ahora el mundo conocía por la fotografía del periódico.&lt;br /&gt;Al final, la mujer se quitó de encima del cadáver y hundió el índice en el espacio entre la estaca y la carne lacerada. Con sumo cuidado garabateó el mensaje en el vientre inmóvil y fue por su bolso para limpiarse y acomodarse la ropa. Antes de abandonar la habitación, se miró al espejo en un gesto de siniestra vanidad, sin saber que ponía su rostro frente a la lente oculta en el cristal de doble vista.&lt;br /&gt;-Lo recibí ayer -habló el dueño del prostíbulo, acaso previendo la violencia del policía, que ya había probado-. Un hombre me lo cambió por armas. No sé dónde fue grabado ni en qué condiciones, pero lo pasé por el procesador y es el original. Ignoro si existen más copias.&lt;br /&gt;Hank expulsó el disco y lo entregó a uno de los oficiales. Luego fue con el hombre que lo miraba temeroso. Le asestó una bofetada.&lt;br /&gt;-Tú sabes quién es ella. Debes tenerla grabada en otras ocasiones.&lt;br /&gt;-Juro que en mi vida la había visto. -El tipo escupió la sangre que le escurría de la nariz-. Ya hablé con los que regentean a las putas: nadie la conoce.&lt;br /&gt;La mirada del detective se paseó por el cuarto.&lt;br /&gt;-Llévenselo -dijo, sin voltear a verlo-. Necesito que los del laboratorio analicen esa grabación. Y todas las demás. Contrasten ese rostro con los archivos de la base de datos. Voy a pedir que arresten a todas las putas de la zona.&lt;br /&gt;El reportero, que no había perdido detalle, sonrió satisfecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Esa mujer no existe.&lt;br /&gt;Al sargento no le cayó muy bien el comentario.&lt;br /&gt;-Déjate de rodeos y di lo que tengas que decir.&lt;br /&gt;Un fólder se deslizó por el escritorio. Las fotografías que exhibían los documentos eran del mismo rostro. Una de ellas era el fotograma de la asesina extraído del video; la otra pertenecía a los archivos de la morgue.&lt;br /&gt;-Murió hace dos años. Los cazadores la confundieron con una piel y la acribillaron a las afueras de su propia casa. Por suerte para ellos, nadie reclamó. Clasificaron el caso como error y lo archivaron. Al menos eso es lo que explica el informe.&lt;br /&gt;-Y no podemos indagar porque nos sacan de la jugada.&lt;br /&gt;Hank asintió.&lt;br /&gt;-Estamos bien hundidos en la mierda -farfulló el sargento.&lt;br /&gt;Al detective se le dibujó una breve sonrisa.&lt;br /&gt;-¿Qué puede ser tan gracioso?&lt;br /&gt;Hank hinchó el pecho como un hijo orgulloso.&lt;br /&gt;-Me subestimas, jefe. Anoche hablé con alguien que tiene acceso a los archivos de las unidades especiales. Me lo dijo todo.&lt;br /&gt;-¿Hay un soplón entre ellos? En serio que están podridos...&lt;br /&gt;-La muerta tenía una réplica. La hizo Tyrell. La original estaba en líos con la mafia y despareció por un tiempo. La piel tomó su lugar. Era una especie de bailarina. Cuando la otra se enteró, la delató. Casi la atrapan, de no ser por un hombre, tal vez su protector. El tipo es un ingeniero de Tyrell. Cuando vio la mierda en que se había metido, les contó que en realidad no existía ninguna piel, y que la mujer había inventado todo ese cuento para borrar su pasado tormentoso y empezar de nuevo. Pero la confesión llegó tarde: un equipo la encontró y la envió a la morgue. Para esto, Tyrell se movió rápido: hizo algún trato secreto con el gobierno y el hombre fue liberado y exonerado de toda culpa. Es el único que sabe la verdad.&lt;br /&gt;-Dime el nombre.&lt;br /&gt;-Es un tal Sebastian, ingeniero genético. Vive solo en el Huxley.&lt;br /&gt;El sargento se relamió los labios resecos por aquellos minutos de no cerrar la boca.&lt;br /&gt;-¿Y por qué no estás hablando con él?&lt;br /&gt;-Porque estoy en camino.&lt;br /&gt;Y mi nombre empezó a recorrer las calles en vehículos policiales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí es donde se impone contar mi propia versión de la historia:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante meses que hoy son un misterio, una mujer se escondía. Nadie, acaso ni ella misma, conocía su paradero. Era una actriz reconocida. Una gran actriz. Sin embargo era hermosa y eso puede a veces no ser una virtud. Cierto empresario de teatro se enamoró de aquel rostro y del cuerpo que lo sustentaba. Y lo quiso para sí. Y lo tuvo. Pero ella jamás lo amó. El otro, enfermo de despecho, acabó con su carrera. Y la mujer se resignó a las sombras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su nombre era Lulu, y era una impostora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando no tienes nada, siempre está la muerte, que te acecha. Pero no era el caso de Lulu. Ella, como muchos otros, no es nada sino artificio, carne sin sangre, disimulo. El tiempo, que es de hierro, sólo pasa a su lado sin tocarla. Podría verte nacer y morir sin que tu vida signifique para ella algo distinto del alba y el ocaso. Y seguiría. No es nada grato cuando las horas sólo arrastran el tedio y la incertidumbre. Por eso, cierta noche salió de su escondite y se dedicó a vagar por las calles sin mayor afán que el de observar el mundo que alguna vez la tuvo y que acaso ya la había olvidado. Se paró en una esquina solitaria, halló la complicidad de un muro, comprendió que aquel indeseable anonimato no era menos abyecto que las horas del encierro. En la oscuridad de esas reflexiones se encontraba cuando un tipo la abordó. Nunca lo sintió llegar. Le ofreció un cigarrillo, le señaló el clima, que ella ignoraba. El instinto le removió los recuerdos cuando el hombre le mostró su billetera y el camino a su departamento. La poseyó durante horas. Nada había en él sino deseo y una rara violencia disfrazada de lujuria. Cuando salió de nuevo a la calle, se sintió liberada. No del hombre al que finalmente había rendido, sino de la idea de ser una prófuga de sí misma. Con el dinero obtenido se compró ropa, recorrió los cafés del centro, miró las carteleras de teatro y soñó -o creyó hacerlo- con ese pasado que ya no le pertenecía. Otros hombres llegaron y se fueron. Nunca el mismo: odiaba la idea de que su rostro fuera parte de la memoria ajena. Por eso ensayó nuevas formas de alterar su expresión. Y adquirió una peluca. Un disfraz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pronto fue una chica pelirroja que recorría sin prisa la noche de Los Angeles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conoció a la mujer en un bar frecuentado por universitarios. Había llegado allí en busca de un cigarrillo. Al principio, la joven, que no parecía rebasar los 18 años, la observó con ansiedad desde su mesa, que compartía con media docena de chicos ruidosos en un rincón del local. Al rato, oyó que una voz a sus espaldas elogiaba su atuendo. Era esa chica, que había ido hasta la barra con el pretexto de un trago. Miró hacia todas partes y decidió que la compañía de una mujer no le resultaba del todo incómoda. Le invitó un cigarrillo y pidió otro whisky. Hablaron de cualquier cosa. La chica estudiaba ciencias, ignoraba el arte, no era capaz de reconocer en su rostro a la actriz de otros tiempos. Pasaron horas y sus amigos comenzaron a retirarse. Luego el lugar se quedó vacío. Fue entonces cuando esa mano delgada, desnuda de joyas, se posó en su muslo. La ebriedad en esos ojos inyectados en sangre era evidente. También lo era la agitación en su pecho. Lulu sujetó su mano y la llevó a recorrer la piel oculta bajo su falda. El hábito de la seducción. Nada sino un divertimento. O al menos eso pensaba. Las mejillas de la joven se incendiaron, pero se dejó llevar.&lt;br /&gt;Mordió sus labios juveniles a las afueras del bar. La condujo del brazo hasta un rincón en penumbras y acarició su carne, lamió sus senos, restregó sus dedos hábiles en la entrepierna de la chica, pero se detuvo al sentir el temblor en su cuerpo. Aquellos ojos se entornaron como un ruego. La llevó al hotel que le servía de refugio. La chica se abandonó a la humedad de esa lengua que electrizó sus entrañas una y otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fue esa noche sino otra cuando al fin le contó su historia. La imaginación de Lulu, acostumbrada a recrear las más sórdidas fantasías de la mente del hombre, reconstruyó sin esfuerzo la escena de la chica en el baño, su piel bañada por la espuma y el ardor de sus ojos que se abrieron para descubrir otros ojos que a su vez parecían redescubrir las formas de su cuerpo. Su primer impulso fue el de esconder su zona genital, pero entonces comprendió que no podía haber un riesgo más allá de la sorpresa, pues aquella mirada, aunque ciertamente incómoda, era la de su padre. Con una sonrisa cariñosa le pidió que la esperara, que no tardaría en salir. Pero el rostro del hombre, fijo bajo el vano de la puerta entreabierta, se hizo lánguido. Fue en ese momento cuando ella comprendió que algo andaba mal. Y al bajar la vista, supo de qué se trataba: su padre se estaba masturbando.&lt;br /&gt;Fue la primera vez que la violó. La segunda fue en la cochera, en el asiento trasero del Cadillac. No hubo una tercera, porque la chica lo amenazó con un cuchillo y el otro no tuvo más remedio que ceder. ¿Por qué calló todo ese tiempo? Por cariño a su familia; por el temor de sentir que una confesión destruiría lo único que tenía en la vida.&lt;br /&gt;Amar es encubrir el erotismo que en tu mente despierta un cuerpo ajeno. No hay amor en las caricias, en el hambre de sexo. No puede haber amor en el ansia de violentar un cuerpo.  Lo que llamamos amor no es otra cosa que el deseo de pertenencia, de enajenar lo que el otro es. No basta con penetrar, con herir: quieres quedarte en ese otro, tener lo que no te fue dado, fundirte, permanecer en él para siempre. No hay diferencia entre amar y la satisfacción que siente el ser humano al devorar un trozo de carne. Para Lulu, aquella chica rubia de cuerpo esbelto y diminuto no era ya una simple amante, sino el ser que poseía lo que ella nunca podría tener: una vida. Y en sus fibras comenzó a vibrar algo parecido al amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué tiene que ver ella con la sangre coagulada en la piel de esos cuerpos sin vida? ¿Qué relación hay entre ella y el hombre que conduce el Albatros con la mirada fija en las luces más allá de la niebla? Es un velo, una membrana, tan sutil que al romperse develó sus rostros a uno y otro lado de la vida de Estela, esa chica que cierta noche lloró entre los brazos de Lulu no por el placer que ya era de pronto un hábito de su cuerpo, sino por el odio hacia su padre, un odio que nunca podría ser revelado. Así que al ver ese llanto, a Lulu se le impuso una imagen que ni siquiera conocía: la de un hombre que yacía en el piso, borrado por la más atroz de las muertes. Pero ese hombre era apenas una silueta, una forma sin rostro entre las sombras. Y entonces preguntó el nombre, y Estela se lo dijo, y vinieron más preguntas, y cada una de las respuestas que escapaban de los labios que ella amaba se fueron acomodando una a una en su mente hasta formar la palabra vergüenza, que no se dibujó del todo sino hasta que la chica se quedó dormida en su regazo y entonces Lulu fue capaz de pronunciarla tal cual como sus ojos al cerrarse podían verla. Y la palabra era venganza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las semanas siguientes Lulu no hizo otra cosa que seguirlo. Pero nunca estaba solo: un grupo de seguridad lo rodeaba a donde quiera que fuese. Lo veía al entrar en la jefatura, al visitar el bar atestado de policías, al partir a casa. Incluso en alguna ocasión sus miradas se cruzaron, pero él rehuyó ese fugaz contacto, no por el miedo,  que no había surgido aún entre los dos, sino por el simple hecho de que una puta en la calle es invisible hasta que el filtro del deseo te la dibuja en los ojos.&lt;br /&gt;En la siguiente ocasión que estuvo a solas con Estela, le preguntó si algún día había deseado la muerte de su padre. El no que obtuvo como respuesta la inquietó. Entonces, en el fondo no lo odiaba. La chica bajó la mirada y le explicó que sus deseos al respecto no tenían sentido si pensaba que para él la muerte era un asunto de lo más cotidiano. No lo deseas, pero lo esperas, le dijo. Ella asintió con un gesto. Y más tarde aquella noche, con la única compañía de un cigarrillo que se agotaba pronto, Lulu supo al fin cómo derrotar a ese fantasma que rondaba a Estela sin que el remordimiento ocupara su lugar. Moriría, sí, pero lo haría con la certeza de que su muerte tenía un motivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le tomó poco tiempo trabajar la madera. Compró un bolso adecuado y buscó un rincón propicio, lejos de sus calles de costumbre. La primera noche no tuvo suerte: el cliente comenzó a golpearla no bien entraron en la habitación y un instante después la sobajó con tal violencia que no tuvo oportunidad de ocupar el arma, algo que hubiera deseado ya no como parte del plan sino como un desquite personal. Tuvo que buscarse un nuevo sitio. Esta vez las cosas fueron diferentes: el joven que pasó a su lado le encontró la mirada y estuvo a punto de detenerse, pero al final prosiguió su camino. Fue entonces que me descubrió: caminaba de prisa, abstraído, como empujado por un ansia que me desconocía. No tuvo necesidad de ocultarse. Me vio seguir así unos metros, detenerme de improviso, llevar mi vista hacia el cielo nublado. El joven reapareció a lo lejos. Pasó a mi lado, fue directamente hacia ella. Esta vez no lo dejó ir: le ofreció una tarifa absurdamente baja que lo dejó complacido. Antes de ingresar en el hotel, notó que yo seguía ahí, observándolos a la distancia. Tampoco había nada raro en el asunto: siempre había percibido en los hombres ese extraño placer de ver a otros negociar con una puta. Así que me dedicó una mirada breve, pero lo suficientemente duradera para confirmarle que no la había reconocido. Luego tomó del brazo al joven y lo condujo al infierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misma noche que supo de mí, Hank Richards me hizo una visita. Primero fue su rostro y luego su placa de identificación en la pantalla. Lo dejé pasar. Iba acompañado por un par de sujetos malencarados que me empujaron hasta un sillón y se quedaron de pie junto a mí con gesto amenazante. Yo tenía en la mano el documento que amparaba mi silencio en relación con el caso. Uno de los hombres me lo arrebató de golpe y rió con sorna.&lt;br /&gt;Hank me puso en la nariz su aliento agrio.&lt;br /&gt;-Para cuando tus abogados pongan un pie en la jefatura, tu amiguita ya estará charlando con el diablo.&lt;br /&gt;Tenían su estilo, y se ajustaron a él con recelo. Una delgada jeringuilla apareció entre sus manos. Yo sabía que aquel líquido me haría confesar. Sin que pudiera defenderme, la aguja penetró en mi antebrazo. Cuando recuperé el conocimiento, estaba desnudo de la cintura para arriba, y en el lugar del pinchazo había un parche de cicatrización, que uno de los tipos me arrancó de un tirón.&lt;br /&gt;-Tú podrás decir lo que quieras -sentenció el detective guardando la grabadora miniatura-, pero no habrá marcas en tu piel ni rastros de la sustancia en tu organismo.&lt;br /&gt;Aún bajo el influjo del sedante, los vi salir del departamento. Antes de desaparecer, Hank se volvió hacia mí.&lt;br /&gt;-Ah, y muchas gracias ciudadano, el Departamento de Policía de Los Angeles le agradece su colaboración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tyrell enfureció cuando se enteró del asunto, pero se lo tomó con calma. Me asignó un laboratorio provisional y me pidió no salir por un tiempo de la Corporación. Mientras tanto, sus abogados iniciaron los trámites de la demanda, que en un principio no prosperó debido a la falta de pruebas. Hank Richards aprovechó ese lapso para organizar la búsqueda, que transformó la ciudad entera en una cacería. Equipos completos de las unidades especiales asolaron las calles. Cientos de mujeres con características similares a los rasgos de Lulu fueron secuestradas para aplicarles el test de Voight Kampf. Había miedo en las calles. El mismo miedo que contagió a Hank la noche que le avisaron que habían encontrado otro cadáver. Lo peor: fue hallado en el cuartucho de cierto vecindario a escasas calles de la jefatura.&lt;br /&gt;-Tiene que ver esto, jefe.&lt;br /&gt;Una lámpara iluminó el vientre de la víctima y recorrió las palabras que el detective, no sin azoro, leyó una y otra vez:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Así duele una violación H. R. ¿Te gustaría sentirlo?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perturbado, el detective retiró su vista del cadáver y se alejó de él dando traspiés ante la mirada extrañada de los oficiales.&lt;br /&gt;-¿Pasa algo, Hank?&lt;br /&gt;Pero no respondió. Fue corriendo hasta la nave y se introdujo de prisa. Tomó el aparato comunicador y marcó a su casa.&lt;br /&gt;-¿Has visto a Estela hoy?&lt;br /&gt;Su esposa percibió la preocupación en el tono de su voz.&lt;br /&gt;-¿Qué tienes, Hank?&lt;br /&gt;-Te hice una pregunta -gritó el detective fuera de sí.&lt;br /&gt;-Estuvo aquí por la tarde, luego salió. ¿Estás bien?&lt;br /&gt;-¿Sabes a dónde iba?&lt;br /&gt;-Sí, dejó una dirección. Me dijo que necesitaba hablar contigo. ¿No crees que es algo extraño? Iba a llamar para decírtelo...&lt;br /&gt;Con mano temblorosa, el detective tomó nota y cortó la comunicación. Luego puso en marcha el vehículo.&lt;br /&gt;Una nueva voz surgió de entre los ruidos de estática de los altavoces:&lt;br /&gt;-¿Cuántos hombres requiere, señor? ¿Señor...? ¿Me escucha?&lt;br /&gt;-Ninguno. Quédense donde están. Es un asunto personal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estela cruzó la avenida evadiendo los autos y corrió para alcanzar la acera contraria. Caminó un par de cuadras sin importarle que el viento helado le lastimara el rostro y se detuvo en una esquina para verificar el nombre de la calle. Una mano se posó en su hombro.&lt;br /&gt;La chica se volvió, asustada, pero al instante sonrió al reconocer ese rostro.&lt;br /&gt;-Creí que nos veríamos en...&lt;br /&gt;Lulu la interrumpió poniéndole el índice en los labios.&lt;br /&gt;-Hay cambio de planes. Esta noche no podrá ser.&lt;br /&gt;-Pero ya estoy aquí, le dejé dicho dónde estaría, como me lo pediste...&lt;br /&gt;-No vendrá.&lt;br /&gt;Estela frunció el seño, sorprendida.&lt;br /&gt;-¿Cómo puedes saberlo?&lt;br /&gt;-Hubo un asesinato. Lo dijeron en las noticias. Tu padre estaba ahí.&lt;br /&gt;El rostro de la joven se oscureció.&lt;br /&gt;-¿Qué pasará ahora?&lt;br /&gt;-Nada -Lulú le acarició una mejilla-. Darás media vuelta y regresarás a casa. Si llama, estarás ahí para decirle que quieres hablar con él, pero en otra ocasión, cuando esté menos ocupado.&lt;br /&gt;-¿Podemos ir de todos modos? Quiero estar contigo.&lt;br /&gt;También quiso llevar sus dedos al rostro de Lulu, pero una mano firme alimentó la distancia entre las dos.&lt;br /&gt;-No esta noche. Tengo una cita. Mañana podremos vernos.&lt;br /&gt;-Te necesito...&lt;br /&gt;-Dije no.&lt;br /&gt;El tono de su voz era definitivo. Sintiéndose herida, la chica empujó a Lulu y rompió a llorar.&lt;br /&gt;-¡Eres igual que él! ¡No te importo, sólo quieres mi cuerpo!&lt;br /&gt;-No sabes lo que dices... -Lulu y trató de acercarse, pero una bofetada canceló su intento.&lt;br /&gt;-¡También a ti te odio!&lt;br /&gt;No sentía dolor, pero sabía que era necesario fingirlo. Tomándose la mejilla, dio algunos pasos en retroceso.&lt;br /&gt;-Vete ya -le dijo, y dando media vuelta se alejó a toda prisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tyrell me envió un escrito en el que me ponía al tanto del caso. En un principio, creí que la confesión que me habían arrancado no les serviría de nada. Después de todo, yo estaba tan ignorante como ellos respecto del paradero de Lulu. Pero conforme avanzaba la noche y el insomnio devoraba mis horas, supe que mi consuelo era idiota: ellos no habían ido allí por una información que sabían que no tenía; conocían el hecho de que Lulu no era un ser humano, así que lo que buscaban no era cómo hallarla, sino cómo destruirla, es decir, su modo de actuar, sus esquemas de comportamiento, las vulnerabilidades que sólo yo conocía.&lt;br /&gt;Me levanté y encendí la luz. Ansioso, recorrí la habitación. Luego quise salir. ¿Para ir a dónde? No lo sabía. Pero la puerta había sido sellada. Por mi propia seguridad. Derrotado, no tuve más remedio que volver a la cama. Una sola idea, incómoda, execrable, no cesó de repetirse en mi mente: sólo yo había sido capaz de crearla; sólo yo iba a ser capaz de terminar con su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Lulu regresó al cuarto de hotel, encontró a Hank sentado en la orilla de la cama. Ninguno de los dos ocultó su sorpresa.&lt;br /&gt;-¿Quién eres tú? -preguntó él, poniéndose de pie.&lt;br /&gt;Lulu supo que aquella nota en el cadáver y el mensaje de Estela habían hecho mella en la integridad del detective. Lo vio en sus ojos, que no eran capaces de reconocerla; lo notó en sus manos, que temblaron al llevarse el cigarrillo a la boca.&lt;br /&gt;No le respondió.&lt;br /&gt;Hank echó un rápido vistazo al pasillo, como si esperara ver a alguien más. Al no encontrarlo, dio un par de pasos hacia Lulu, pero no en actitud amenazante, sino inquieto, como desesperado.&lt;br /&gt;No obstante, cuando la vio de cerca, sus ojos se entornaron.&lt;br /&gt;-¿Te conozco?&lt;br /&gt;Lulu apartó la mirada para buscar su bolso, que había dejado sobre la mesa del tocador, justo al otro lado de la habitación. Comprendió que debía actuar rápido si quería llevar a cabo el plan: el hombre no tardaría en reconocerla.&lt;br /&gt;-Yo tampoco te conozco -le dijo, dejando que el abrigo resbalara por sus hombros-, pero nada me gustaría más que conocer lo que guardas ahí dentro...&lt;br /&gt;La expresión de Hank cambió de un instante a otro. Sus ojos se abrieron descomunalmente, su quijada se tensó al límite de su resistencia.&lt;br /&gt;-Eres... Tú eres...&lt;br /&gt;Lulu aprovechó ese momento de confusión para arrojarse sobre el detective. Ambos rodaron por la alfombra. En un momento dado ella estuvo encima de él y se montó sobre su pecho, atenazando sus brazos con las rodillas como había hecho con las víctimas. Pero el bolso aún estaba lejos. Un repentino golpe en su espalda la arrojó contra la pared de la ventana. Hank se puso de pie y desenfundó su revólver. Lulu vio el fogonazo y el impacto le pegó en el hombro.&lt;br /&gt;Primero sonrió. Luego soltó una carcajada cuando el hombre volvió a disparar, acertando esta vez en su estómago.&lt;br /&gt;Hank vio el pie de la mujer proyectándose contra su rostro, pero no tuvo tiempo de evadir el golpe: cayó de espaldas y su mano soltó el arma, que se deslizó hasta el pasillo.&lt;br /&gt;Lulu ya estaba de nuevo sobre de él. Le puso un pie en la garganta y ejerció todo el peso de su cuerpo, asfixiándolo.&lt;br /&gt;-Esta piel es indestructible -oyó que le decía-, pero de nada te servirá ese conocimiento cuando estés en el infierno, maldito violador...&lt;br /&gt;No pudo continuar: un torrente de electricidad le recorrió el interior, debilitándola en instantes. Su cuerpo se descompuso en espasmos y se vino abajo con estrépito. De pronto no era más que una cosa del mundo, una cosa inmóvil, pero capaz de registrar lo que ocurría en el entorno.&lt;br /&gt;Hank se levantó con dificultad, tosiendo a causa de la asfixia. Lulu, inútil en el piso, vio el artefacto en la mano de aquel hombre, esa rara confección del acero que apuntaba hacia su rostro, que le escupía una nueva descarga, que laceraba su cuerpo, cada vez más insensible.&lt;br /&gt;-Sí, tu piel es indestructible... pero no tus entrañas.&lt;br /&gt;El detective se puso en cuclillas, se acercó a centímetros de su rostro.&lt;br /&gt;-Nunca debiste darle la espalda a tu creador: él conoce tus debilidades.&lt;br /&gt;Tosió de nuevo. Se deshizo un momento el arma para aflojarse la corbata. Luego la recuperó.&lt;br /&gt;-Y hablando de creadores, leí todos tus mensajes, pero antes de acabar contigo quiero que sepas que no eres Dios: no serás tú quien juzgue mis actos.&lt;br /&gt;El arma se hundió en su vientre, y una nueva descarga, quizá la última, la acometió sin remedio.&lt;br /&gt;Entonces se oyó un disparo. El hombre soltó aquel artefacto y la fiebre eléctrica cesó de pronto para alivio de Lulu, que fue testigo del dolor en ese rictus del cuerpo que un instante después cayó de costado, dejando el campo libre a la visión de una joven con un revólver humeante entre sus manos.&lt;br /&gt;Ahora eran dos cuerpos los que ocupaban el piso de aquella habitación. Pero la sangre que empezó a cubrir la alfombra manaba solamente de la espalda del hombre, que se resistía a creer en esa imagen imposible.&lt;br /&gt;-Estela... Tú...&lt;br /&gt;-Yo -le respondió la joven con el gesto contraído-. Yo seré quien te mate antes de que sigas acabando con todo lo que me queda. Con lo único que me dejaste.&lt;br /&gt;Las manos firmes apuntaron el arma. El dedo se tensó contra el gatillo. Y el fuego del láser borró para siempre el rostro que la chica aborrecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arrastró a Lulu con dificultad por el corredor del hotel. Aquel cuerpo pesaba como un mal recuerdo, pero sus ojos parecían suplicarle que no la abandonara. Estela conocía el lugar, así que no le fue difícil dar con la salida de emergencia. Cuando salieron al callejón desierto, la chica vio de reojo las luces de una nave que se posaba en tierra a un costado del hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se había quedado sin fuerzas. No tuvo más remedio que ocultarla entre los depósitos de basura. Se recostó a su lado y le acarició el cabello cariñosamente. Lulu no pudo más que mirarla y dejar que aquellos labios intimaran con sus mejillas aún insensibles.&lt;br /&gt;-No te preocupes, no te abandonaré. Ya oíste que eres lo único que me queda.&lt;br /&gt;Los labios de Lulu se movieron apenas, como ensayando una respuesta.&lt;br /&gt;-Descansa -le dijo la chica-. No sé cómo, pero te llevaré a casa.&lt;br /&gt;-No -musitó Lulu haciendo un gran esfuerzo por vencer la rigidez de sus músculos-. Tu casa no...&lt;br /&gt;-O a cualquier otro lugar. Tú descansa, que yo me haré cargo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El reportero habló con su editor desde una cabina telefónica en el interior del hotel y le pidió que parara la impresión del diario.&lt;br /&gt;-Mandemos al diablo a los polizontes: tengo la noticia del año.&lt;br /&gt;Había seguido a Hank cuando éste abandonó la escena del asesinato de la tercera víctima. Estacionó su vehículo un par de calles lejos del hotel y llegó a tiempo para ver cómo el detective violaba la cerradura de la habitación. Luego salió nuevamente a la calle y trepó en el muro para asomarse por la ventana. Lo vio fumar ansiosamente y un rato después escuchó que hablaba con alguien. Era la prostituta de la grabación. Luego fue testigo de aquella pelea y de la muerte del hombre a manos de una segunda mujer que apareció de la nada. Lo tenía todo en video. Cuando la chica tomó por los sobacos el cuerpo de la mujer inmóvil para sacarla del lugar, el reportero abandonó su puesto y fue a llamar a un fotógrafo. La historia lo haría famoso.&lt;br /&gt;Regresó a la habitación, que ya estaba llena de curiosos, y le ordenó al hombre de la cámara tomar algunas placas desde ciertos ángulos, incluido aquel desde el cual había presenciado el asesinato. Justo al finalizar la sesión fotográfica, se escucharon las primeras sirenas de la policía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El taxi las dejó a la entrada de los departamentos. Un muchacho de expresión ausente y relajada por la droga les abrió la puerta.&lt;br /&gt;-Se pasó de copas -le dijo Estela a manera de disculpa.&lt;br /&gt;La llevó hasta la recámara y la desnudó. Las marcas del láser habían quemado ciertas zonas de su piel, pero eso era todo.&lt;br /&gt;-¿Cómo te hiciste esto?&lt;br /&gt;Exhausta, se tendió a su lado. Le pasó un brazo sobre el pecho; le acercó los labios al oído.&lt;br /&gt;-Te quiero -le dijo.&lt;br /&gt;Lulu entrecerró los ojos y supo al fin lo que era soñar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras varias semanas de encierro, Tyrell decidió que ya no había peligro. Un mensajero fue hasta el laboratorio y me extendió una tarjeta escrita a mano:&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Lo esperan en recepción de visitas.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;A pesar de su juventud, Estela tenía un cuerpo hermoso. La observé con curiosidad mientras ella mantenía la vista clavada en los jardines centrales de la Corporación, teñidos de ámbar a través de los cristales tornasol.&lt;br /&gt;Me sonrió con cautela. Prolongó su silencio, como estudiando mis rasgos, y finalmente me entregó la carta en la que Lulu me explicaba los detalles de la historia.&lt;br /&gt;-Me pidió que se la entregara personalmente.&lt;br /&gt;Quise saber cómo estaba, en dónde se encontraba, qué era lo que pensaba hacer. La chica se limitó a señalar el sobre que yo mantenía entre mis manos y se disculpó diciendo que no tenía más información.&lt;br /&gt;-Todo lo demás está ahí -señaló antes de partir.&lt;br /&gt;No resistí más y abrí el sobre. No había duda de que Lulu lo había escrito: los rasgos de su letra eran inconfundibles. Supe entonces la parte del relato que no contaban los diarios. Y no la contaban porque el reportero había muerto en circunstancias aún más extrañas que el detective. El hombre había enviado al fotógrafo al diario para que imprimieran las imágenes de la víctima y se había decidido a husmear en los alrededores del hotel en busca de la chica misteriosa y de la otra mujer. Las encontró al doblar el callejón. La luz de su linterna iluminó el rostro de Estela, que parecía aterrada; luego encontró a Lulu, quien simplemente le sonrió antes de atenazar su cuello con la única mano que obedeció sus deseos. La policía lo encontró minutos más tarde, su cadáver como una marioneta inservible en el fondo de un bote de basura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deben haber pasado un par de semanas más antes de que Lulu recuperara del todo el control sobre su cuerpo. Ignoro si volvió a las calles, aunque presumo que el instinto le aconsejó esconderse. Hace algún tiempo pensé que jamás volvería a saber de ella; hoy sé que los caprichos del azar, tarde o temprano, me llevarán de nuevo a su encuentro. Sólo debo sentarme aquí y esperar a que los trabajos de ese inmenso mar que es el tiempo la traigan de regreso.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-113333556998018128?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/113333556998018128/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=113333556998018128&amp;isPopup=true' title='40 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/113333556998018128'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/113333556998018128'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/11/reconozco-la-soledad-cuando-se-asoma.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>40</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-113255746121930058</id><published>2005-11-21T01:14:00.000-06:00</published><updated>2005-11-21T01:17:41.493-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Sobre el gris de las paredes había anotaciones de todo tipo: números telefónicos, nombres, glifos a los que el tiempo les había borrado el sentido, claves secretas de antiguos residentes. La desnuda lámpara de neón blanquecino bañaba un breve sector del cuarto, dejando los rincones vacíos en penumbras. Al centro, apenas una mesa y una silla esquelética derribada a un costado parecían señalar las últimas cosas que sostuvieron el peso de aquel hombre antes de que se convirtiera en esa forma sin vida que yacía sobre la duela.&lt;br /&gt;-Toma una foto del rostro -pidió el detective, señalando con un gesto al ayudante del forense hincado junto al cadáver-. Necesito esa expresión.&lt;br /&gt;-Creí que lo habías olvidado, Terry. -Laurie Bennet, de pie junto a él, guardó la libreta electrónica en un bolsillo interior del saco-. Tu colección...&lt;br /&gt;-Este fiambre vio a su ejecutor -Terrence Walker encendió un cigarrillo-. El miedo está en sus ojos, y no siempre es el mismo para todos.&lt;br /&gt;El equipo de camilleros ingresó en la habitación cuando el fotógrafo tomaba las últimas placas. Dos tipos fornidos envolvieron el cadáver en una bolsa de grueso látex y cargaron con él en dirección a la salida, franqueada por reporteros y curiosos que lo observaban todo entre murmullos.&lt;br /&gt;-Quédate aquí -le ordenó el detective a su asistente-. Asegúrate de que rastreen todos los rincones. Quiero un informe detallado por la mañana.&lt;br /&gt;Laurie lo miró con gesto divertido.&lt;br /&gt;-Te tomas demasiado en serio aquello de que las paredes oyen...&lt;br /&gt;-Además necesito que las hagas hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El despliegue policiaco hacía denso el ambiente a las afueras del edificio. Terrence saludó con un ademán a un par de oficiales y se introdujo en el volvo aéreo. Oyó su nombre en el altavoz del tablero y respondió cansadamente su código de identificación. La operadora le anunció que el comandante deseaba hablar con él. Terrence emitió un breve suspiro y tomó la llamada.&lt;br /&gt;-Walker -la voz rasposa dibujó el rostro de un anciano en la pantalla-, dime lo que estoy esperando oír.&lt;br /&gt;-Ahí tienes otra vez a tu asesino -respondió el detective sin dejar de activar el mecanismo de encendido del vehículo-: la herida en el frente, al centro del pecho; nada de sangre, nada de vísceras: una muerte limpia. La víctima lo vio; lo conocía; le abrió la puerta: no hay señales de forcejeo ni cerraduras violadas.&lt;br /&gt;-El tercero en un mes -la tos del comandante saturó los altavoces-. Tenemos encima a toda la prensa de Los Angeles.&lt;br /&gt;Terrence, incómodo, carraspeó un poco.&lt;br /&gt;-No quiero que haya más pistas en las mesas de café que en nuestros archivos: Dios sabe de dónde saca esa gente tanta información. Estoy pensando seriamente en contratar reporteros...&lt;br /&gt;“Maldito vejete” pensó Walker dando una nueva calada a su cigarrillo. “No le basta con estar sentado todo el día cultivando las larvas de su apestoso trasero: quiere que los demás olfateemos su peste”.&lt;br /&gt;-Consígueme un culpable y hazlo pronto -continuó el hombre en la pantalla-. No me importa si lo inventas o si tú mismo confiesas ser el autor de toda esta mierda: necesito respuestas ya.&lt;br /&gt;El rostro del comandante se disolvió súbitamente en el azul del cuarzo líquido.&lt;br /&gt;-Corta la comunicación -ordenó Terrence a la computadora. Enfadado, pulsó el botón de arranque y la nave se sacudió un poco antes de elevarse en la noche sin lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laurie, sentada frente a la pantalla de su computadora portátil, recargó los codos sobre el escritorio y se talló los párpados. La taza de café se había enfriado sin que hubiera podido siquiera darle un sorbo. Se arregló un mechón de cabello detrás de la oreja y repasó lentamente el informe que recién había terminado de redactar. No la convencía. A través de la ventana vio las luces de la ciudad que se hallaba en silencio. Estaba exhausta: horas y horas de teclear el documento y nada había en él que justificara las formas de esa muerte. El modus operandi era el mismo de los asesinatos anteriores: un cuarto vacío en un arrabal innominable; un sólo orificio de láser en el tórax de la víctima; ni una sola huella en el escenario que no fueran las del propio cadáver; una mujer en un cálido departamento de la Sexta, desaliñada y con el vientre inflamado frente a la misma estúpida computadora, con muchos más problemas que aquellos tres muertos inútiles hechos de terminajos técnicos que ni siquiera conseguían describirlos a cabalidad.&lt;br /&gt;De alguna manera derrotada, la joven se incorporó lentamente y fue al baño para aliviar un poco el dolor de su intestino lacerado por tanta interrogante. Cuando estuvo de vuelta, el color en la pantalla había cambiado para avisarle que había recibido una carta. Pulsó una tecla para abrir la ventana del correo y descubrió un mensaje cuyo encabezado la aterró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;EL CUARTO CADÁVER TENDRÁ LA RESPUESTA&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;El cuerpo del mensaje no era menos sorpresivo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Nada ganas sin dormir. Pero cuidado, porque una vez que cierres los ojos la cuarta víctima te acompañará en el sueño. ¡Y mira que no ha querido pegar ojo en una semana! Ya tendrá tiempo de descansar. Toda la eternidad. Mientras tanto, harías bien en cubrirte esas piernas: es una noche fría.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laurie bajó la vista y vio el pequeño bulto de vello que asomaba a la orilla de su pantaleta, la única prenda que vestía de la cintura para abajo; luego llevó sus ojos nuevamente a la pantalla y finalmente miró de reojo la ventana abierta: a lo lejos, en la esquina del parque tenuemente iluminado por el ámbar de neón, el perfil del hombre se recortaba en una sonrisa.&lt;br /&gt;Un tenaz escalofrío le recorrió la espalda, pero no la inmovilizó: sin dejar de observar al hombre que esta vez le ofrecía un descarado saludo, buscó el arma en un cajón del escritorio. No estaba allí. Como si el otro le hubiese adivinado el pensamiento, sacó una de las manos que guardaba en los bolsillos de su chaqueta de cuero y le mostró el brillo metálico del revólver oficial. Presa del miedo, la detective Laurie Bennet vio cómo aquella figura burlona le apuntaba y fingía dispararle una, dos, tres veces al pecho, que ella cubrió en un ademán absurdo. Finalmente, a la manera del cowboy, la boca de labios cuarteados por el frío sopló el humo imaginario que despedía el cañón del arma y la guardó nuevamente antes de desaparecer por el sendero que se perdía entre la oscura zona de follaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Saca de mi casa a esta partida de idiotas!&lt;br /&gt;Laurie señaló con mirada furiosa a los hombres uniformados que observaban a hurtadillas el interior de la recámara y que hacían lo imposible por disimular su interés por la figura semidesnuda que les había confiado ese odio repentino.&lt;br /&gt;Terrence le guiñó un ojo al oficial más próximo y pronto el silencio volvió a la recámara.&lt;br /&gt;-Quizá debas llamar a una amiga y pedirle que te deje dormir en su casa esta noche.&lt;br /&gt;-Sabes perfectamente que no conozco a nadie en este lugar.&lt;br /&gt;-Entonces pasarás la noche en la jefatura. -El detective hizo el intento de encender un cigarrillo, pero Laurie lo atajó:&lt;br /&gt;-Aquí no.&lt;br /&gt;Terrence frunció el ceño en clara actitud de fastidio, pero igual se guardó la cajetilla nuevamente.&lt;br /&gt;-Sé que fue difícil lo que acabas de pasar, pero la histeria femenina no estaba entre los requisitos para ingresar en la academia...&lt;br /&gt;-No necesito tus sarcasmos. Ese hombre pudo haberme disparado y ahorita estarías tomándole fotos a la cara de una muerta.&lt;br /&gt;-Pero no lo hizo.&lt;br /&gt;-No quiso hacerlo.&lt;br /&gt;El oficial en jefe asomó a la recámara con expresión avergonzada. Llamó a Terrence con un gesto y se dio la media vuelta.&lt;br /&gt;El detective lo siguió. Antes de abandonar la habitación se volvió hacia Laurie.&lt;br /&gt;-Quiero que te vistas y dejes de poner nerviosos a mis hombres. Pero no toques nada. Busca una bata de baño o algo que esté a la mano. Y decide a dónde quieres ir-. Hizo una breve pausa y luego habló con voz ligeramente baja-: O duermes en la jefatura o en mi departamento; tengo un sofá muy amplio... y quepo en él perfectamente.&lt;br /&gt;Laurie lo miró y asintió en silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cuándo fue la última vez que viste tu arma?&lt;br /&gt;Las cambiantes luces del tablero se reflejaban en el rostro inexpresivo de Terrence mientras conducía la nave a través de la niebla que había comenzado a disiparse. Laurie miraba el exterior: la memoria de aquellos ojos fijos en ella desde la calle no cesaba de reproducirse como una cinta sin fin.&lt;br /&gt;-Ayer por la noche. No es la única: hay otra en el buró y una más en el baño. Pero él sabía lo que iba a pasar: el muy cabrón sólo robó la del escritorio.&lt;br /&gt;Terrence giró el volante y la nave viró suavemente hacia la izquierda, respetando la vía imaginaria señalada en el cuadrante.&lt;br /&gt;-No hay rastro del hombre en tu departamento.&lt;br /&gt;-Y sin embargo, sabe incluso mi dirección de correo...&lt;br /&gt;-Tampoco hubo manera de seguir esa pista. Seguramente usó uno de esos artefactos capaces de ingresar a tu unidad en forma remota. Se puede decir que te escribió desde tu propia computadora. Pudo hacerlo incluso desde una cabina telefónica.&lt;br /&gt;El ámbar luminoso de la ciudad había quedado atrás. A través de la ventanilla, Laurie pudo ver que se dirigían a las zonas residenciales de los suburbios del sur.&lt;br /&gt;-¿Hace cuánto que ingresaste en la jefatura?&lt;br /&gt;Laurie lo miró de reojo con un gesto de ironía.&lt;br /&gt;-Tú no puedes estar preguntando eso...&lt;br /&gt;-¿Ah, no? ¿Y por qué, si se puede saber?&lt;br /&gt;-Conoces de cabo a rabo mi documentación. No pides un ayudante sin hacerlo.&lt;br /&gt;Terrence le sonrió de soslayo.&lt;br /&gt;-¿Sabes lo que es la cortesía?&lt;br /&gt;Una señal en la pantalla del tablero empezó a destellar. La nave redujo la velocidad y se detuvo sobre el terraplén frontal de una pequeña residencia.&lt;br /&gt;-Aterrizaje -anunció el detective. La nave cambió a modo automático y descendió suavemente hasta posarse en el solar, al lado de un Albatros color azul marino.&lt;br /&gt;-Apertura.&lt;br /&gt;Con un siseo amortiguado, la computadora destrabó las cerraduras y ambas puertas se entreabrieron al mismo tiempo. Terrence rodeó el vehículo para ayudar a Laurie a descender. De reojo le miró las piernas, apenas cubiertas por la bata térmica. Laurie lo notó, pero no hizo nada por cubrírselas.&lt;br /&gt;Frente a la entrada principal. Terrence introdujo el anular en el orificio de reconocimiento y pronunció su nombre en voz alta. El portón se abrió en silencio, al tiempo que el interior de su hogar se iluminaba.&lt;br /&gt;-Aquí estarás a salvo. Alguien nos observa desde arriba todo el tiempo... -llevó sus ojos hacia el cielo-, y no es Dios. Si un intruso se acerca a menos de 10 metros del zaguán, la caballería no tarda más de dos minutos en rodear el lugar.&lt;br /&gt;-Los vecinos deben odiarte.&lt;br /&gt;-Si llegaran a morir de envidia, saben que aquí estoy para hacer las indagatorias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terrence le ofreció un vaso con ginebra y se acomodó a su lado. Laurie ensayó un gesto de agradecimiento y apoyó la bebida en su regazo. La presencia del oficial nunca la había incomodado, pero tampoco había estado de noche en su propia casa y menos vestida apenas con una bata de baño que sugería de su cuerpo más de lo que conseguía ocultar.&lt;br /&gt;-El viejo está insoportable. Sabe que está a un tris de la jubilación y no quiere largarse en medio de un escándalo. Para él, la gente puede morir de lo que quiera, pero en esta ciudad no volverán a hacerlo de forma tan violenta, no sin que antes él nos asesine con sus propias manos.&lt;br /&gt;Ambos bebieron. El alcohol era fuerte. Laurie sintió que una especie de fogonazo le bajaba por el estómago, pero escondió su malestar detrás de una sonrisa.&lt;br /&gt;-Te ayudará a dormir -le dijo Terrence, guiñándole un ojo.&lt;br /&gt;Una voz impersonal, apenas femenina, llenó la habitación para anunciar que la comunicación con la jefatura estaba abierta.&lt;br /&gt;Terrence se incorporó en el asiento y dijo en voz alta su código de identificación.&lt;br /&gt;-Jefe -le respondió en seguida un hombre joven de timbre claro y académico-, revisamos ya las grabaciones de seguridad en los alrededores de la casa de la detective Bennet. Hay algo que puede interesarle.&lt;br /&gt;Terrence miró a su acompañante y dejó su vaso sobre la mesa de centro para dirigirse al videoteléfono. El hombre uniformado le sonrió en la pantalla y desvió su vista hacia el vacío. La imagen monocromática de una cámara emplazada en la punta de un mástil a las afueras del departamento de Laurie Bennet mostró la figura diminuta y apenas reconocible entre las sombras a la orilla del parque. El hombre miraba hacia lo alto, seguramente hacia la ventana, y parecía saludar; luego introdujo la mano izquierda en la chamarra y extrajo un arma, con la que apuntó hacia un sitio que se hallaba fuera de foco. La imagen sufrió una serie de distorsiones y, segundos después, recuperó el momento en el que el hombre se adentraba en el parque. En la pantalla reapareció el oficial:&lt;br /&gt;-Hay otra toma, es de una cámara situada al este del escenario. Me gustaría que la viera...&lt;br /&gt;Esta vez la imagen mostró un enfoque panorámico del parque desierto. En instantes, la figura ingresó en la toma desde la esquina superior derecha de la pantalla. Caminaba con paso firme, seguro; pero no denotaba prisa alguna. Unos metros más  adelante se detuvo frente al kiosco que señalaba el centro del parque y allí permaneció, inmóvil, como si un recuerdo o una voz lo hubieran detenido. Y entonces ocurrió: la figura quieta, casi pétrea en mitad del sendero, de pronto se desvaneció.&lt;br /&gt;-¿Lo ve? -la voz del oficial se dejó escuchar mientras la pantalla mostraba la imagen del parque desierto, repentinamente espectral-. Observe el time code de la grabación: el conteo no se detiene, sigue así por horas; luego se ve pasar una pareja, y nada más. Todo lo que sigue es la misma imagen que usted ve en este momento. Nada vuelve a ocurrir.&lt;br /&gt;El rostro del oficial volvió a concretarse en la pantalla.&lt;br /&gt;-La grabación se envió al laboratorio. Se le hicieron estudios. No hay truco, no fue manipulada por ningún medio, al menos conocido. El margen de error es de cero.&lt;br /&gt;Terrence buscó su bebida, pero no estaba al alcance. Llevó una mano a su cuello y masajeó, meditabundo.&lt;br /&gt;-¿Alguien más ha visto esta grabación?&lt;br /&gt;-Fuera de la gente del laboratorio, sólo usted y yo.&lt;br /&gt;-Hazme un favor: envíame una copia y confisca el original. Te hago responsable de que nada de esto llegue a manos de la prensa. Manda algunas unidades a que registren los archivos de los estudios de edición de las cadenas de televisión y casas productoras. No importa cuánto tiempo tome. Pide a los del laboratorio que procesen una toma lo más clara posible del rostro del sospechoso y que contrasten su morfología con los archivos de la base de datos. ¿Está claro?&lt;br /&gt;-Muy claro.&lt;br /&gt;-Hecho. Te veo por la mañana.&lt;br /&gt;El rostro se desvaneció.&lt;br /&gt;-Es imposible.&lt;br /&gt;La voz de Laurie, de pie junto a Terrence, lo sobresaltó. No había notado su presencia. Miró su silueta a contraluz y olió de cerca el perfume de su pecho, que se hallaba a centímetros de su rostro.&lt;br /&gt;-¿Lo viste?&lt;br /&gt;Ella asintió. Tenía el vaso de ginebra entre las manos; se lo llevó a los labios y lo agotó de un trago. Lo abandonó sobre la mesa junto al aparato de comunicación.&lt;br /&gt;-Eso era... un fantasma.&lt;br /&gt;Terrence soltó una carcajada y se puso de pie.&lt;br /&gt;-Tú dices fantasma -la tomó por los hombros-, yo digo holograma. Lo que viste... lo que vimos, bien pudo haber sido una proyección, un hombre desplazándose por un estudio incluso a cientos de metros de la acción. Por eso se quedó quieto de pronto, como si le hubieran ordenado hacerlo, y luego el operador desconectó el proyector. Es caro, pero fácil de hacer.&lt;br /&gt;Luego ninguno de los dos habló. Terrence llevó ambas manos hacia la nuca de Laurie y la atrajo hacia sí. El alcohol había fraguado una suerte de abandono en su cuerpo y ella apenas opuso resistencia. Se dejó besar. Las manos del detective, de pronto ansiosas, le buscaron la espalda, el nacimiento de las nalgas que la delgada tela volvía tersas. Ensayando pasos como de un baile impreciso, sin despegarse de sus labios, la llevó hasta el sofá, donde la obligó a tenderse de espaldas mientras deshacía apresuradamente el nudo de la bata, que se abrió, dejando al descubierto los senos de pezones erectos a través de una blusa de cama casi transparente. Los acarició. Laurie jadeó un poco, pero lo dejó hacer. Ahora una de las manos del hombre descendió por su vientre y encontró la suavidad del vello púbico que asomaba por la orilla de la pantaleta. La mano siguió su curso hasta llegar a la carne blanda de sus labios vaginales, que se abrieron para mojar los dedos del detective, absorto también en la barbilla de Laurie, que había entrecerrado los ojos, presa ya de un éxtasis inevitable. La lengua del hombre persiguió las huellas que su mano había ido dejando sobre la tibieza de la carne y alcanzó la entrepierna, donde lamió el deseo que se escurría para mojar el oscuro orificio entre las nalgas que minutos después ya penetraba con violencia.&lt;br /&gt;Un escalofrío eléctrico sacudió el cuerpo de Laurie cuando el hombre que la poseía comenzó a alternar rabiosamente los embates entre el culo y la vagina, que segundos después expulsó un chorro de fluido transparente mientras la mujer se debatía entre espasmos y gritos apagados. El detective, jadeante, la dejó descansar un momento. Luego la tomó por los cabellos y le puso bruscamente el miembro grueso y humedecido en la boca. Laurie chupó frenéticamente aquella carne endurecida y un instante después vino el violento baño seminal que le inundó la garganta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que hubo recuperado la calma, Laurie, presa de un súbito pudor, comenzó a buscar su ropa. Terrence, a su lado, se frotó los ojos y suspiró ruidosamente.&lt;br /&gt;-Ahora hay que descansar, que mañana nos espera ese maldito fantasma. -Se terminó de quitar el pantalón, que estaba enredado en sus tobillos. Miró a Laurie cariñosamente-: Supongo que podremos dormir en la recámara.&lt;br /&gt;-Terry, dirás que soy extraña, sobre todo después de esto -echó una ojeada a la sala revuelta-, pero no acostumbro compartir mi cama con nadie. No eres tú, es sólo la costumbre...&lt;br /&gt;-Descuida, he conocido gente más exótica.&lt;br /&gt;-Soy muy loca para dormir, así que es por tu bien.&lt;br /&gt;-No importa, ven. -La tomó por un brazo (ella apenas alcanzó a recoger su bata) y la llevó a la recámara. Fue al armario y regresó con un juego de sábanas limpias, que arrojó sobre la cama-. Si necesitas algo, despiértame con confianza.&lt;br /&gt;Intentó darle un beso en la boca, pero Laurie le escondió los labios y le ofreció la mejilla. Terrence sonrió.&lt;br /&gt;-¡Vaya con el recato! -exclamó en voz baja-. Buenas noches, gentil dama.&lt;br /&gt;Cerró la puerta tras de sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocas veces había visto un rostro tan hermoso: todo en él era arrogancia, desaire, la más acabada forma del desprecio. Pero la belleza cincelada en sus facciones la imantaba. Ni siquiera la miró al pasar: como una farsa de la psique adolescente, el joven trascendió la salida del salón de clases, dejando a sus espaldas una estela de dolorosa inquietud. Laurie se levantó de su asiento y fue tras él. Lo vio cruzar el pasillo a esa hora solitario y alcanzar el umbral del gimnasio de hombres, en el que se introdujo sin volver la vista atrás. Laurie, de pie en la puerta que se hallaba abierta de par en par, descubrió al fondo las formas imprecisas de otros hombres que se desplazaban en medio del vapor como entes empujados por el azar. En una esquina estaba él. Densos chorros de agua caliente envolvían su cuerpo desnudo, de proporciones magníficas, que sus manos frotaban con una morbidez cercana a la lujuria. Ella sabía que en la realidad del sueño, el deseo impostergable por tocar su piel la obligaría a caminar a su encuentro, a estirar el brazo, a dejar que las yemas de sus dedos buscaran intimar con la humedad de aquel ser elusivo que hasta ese momento la había ignorado, pero que en esta ocasión giró sorpresivamente el cuello para mirarla como se mira uno a sí mismo ante el espejo, desligado del asombro, sin misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ella vio su mirada, su propio rostro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despertó a la inquietud trasmutada en horror que la madrugada le había deparado, y entonces descubrió de nuevo aquellos ojos fugados desde el sueño, aquellos mismos ojos que hacía apenas un instante le pertenecían a su rostro pero a partir de los cuales una forma humana había empezado a figurarse en la penumbra quieta de la habitación. Y aquella cosa que ya era un hombre, detenido al pie de la cama, se llevó el índice a los labios para cancelar el grito que ansiaba su garganta.&lt;br /&gt;-No -le dijo ella en un susurro-, tú no puedes estar aquí.&lt;br /&gt;En el rostro del hombre se dibujó una sonrisa de muchas maneras siniestra. Y ella comprendió que esa presencia, una vez más, ya era inevitable.&lt;br /&gt;La enorme figura se movió entre las sombras y abrió lentamente la puerta. Luego, con paso cauteloso, se dirigió hacia el sofá en donde Terrence dormía.&lt;br /&gt;Laurie abandonó la cama de un salto, pero al pretender dar un paso hacia la puerta cayó de rodillas sobre la alfombra. Aterrada, descubrió que su cuerpo, de una rara consistencia coloidal, parecía consumirse cada vez que intentaba cualquier movimiento. Así que ella, ahora, era una vez más el sueño, y aquel ser, proyectado en la noche desde el fondo de su mente artificial, se había transformado en la única realidad.&lt;br /&gt;Gimiendo de impotencia, nada pudo hacer para evitar que el hombre, de nuevo un asesino, se desplazara en silencio hasta detenerse a un lado de Terrence, que de pronto esgrimió el arma oculta bajo su almohada.&lt;br /&gt;-No te muevas -le dijo a la callada figura que lo observaba- o te parto el alma.&lt;br /&gt;Laurie sabía lo que ocurriría a continuación, por eso cerró los ojos en un vano intento por quebrar el hechizo, por revertir las circunstancias del atroz ensueño.&lt;br /&gt;Y así, en la falsa noche de sus apretados párpados, escuchó los dos disparos que el arma del detective le escupió a su agresor. Fue un acto inútil: el fuego invisible, letal para cualquiera, traspasó el cuerpo de aquel ente imposible y astilló con estrépito el cristal de la ventana que exhibía el jardín a sus espaldas. El estruendo de las alarmas se dejó escuchar, horrísono en la aparente calma de la madrugada.&lt;br /&gt;A Laurie no le costó trabajo imaginar la expresión horrorizada de Terrence, quien no alcanzaría a comprender lo que estaba ocurriendo, pues el láser, implacable esta vez desde el arma de su compañera, le borró para siempre esa imagen insoportable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había exagerado: uno o dos minutos después de activadas las alarmas, al menos una docena de patrullas se desplegó en los alrededores de la residencia. Los miembros de un equipo de las unidades especiales, armados con escopetas de alto calibre y lentes infrarrojos, ingresaron rápidamente en el lugar. Hallaron a Laurie semi inconsciente, tirada aún a un costado de la cama. La silueta de tonalidades verdosas que ocupaba el sofá era el cadáver de Terrence. El oficial que lo descubrió se despojó del casco y ordenó a gritos que encendieran las luces. El sensor de reconocimiento de voz registró ese último vocablo y al instante la habitación se iluminó. Con los dedos pulsando la muñeca de la mano que aún sostenía el arma, el oficial dudó un momento y al final se decidió por pedir una ambulancia, que sabía innecesaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Laurie despertó aquella mañana bajo el hiriente resplandor de los reflectores. Un miedo súbito se alojó en su mente cuando intentó estirar los brazos y se supo inmovilizada. Pensó que de nuevo aquella pesadilla había regresado, pero entonces descubrió las ataduras en brazos y piernas, la inequívoca desnudez de su cuerpo, los rostros de los hombres en bata de laboratorio que no dejaban de observarla.&lt;br /&gt;-¿Qué está pasando? -se atrevió a preguntar.&lt;br /&gt;Los hombres se miraron entre sí y uno de ellos hizo un comentario que le pareció incomprensible.&lt;br /&gt;Un momento después, la puerta de la habitación se abrió y un hombre, evidentemente uno de los detectives de su propia unidad, ingresó acompañado por un par de oficiales ataviados con el uniforme reglamentario.&lt;br /&gt;El detective se detuvo a su lado.&lt;br /&gt;-¿Sabes quién eres? -le preguntó.&lt;br /&gt;Laurie dijo su nombre y su matrícula.&lt;br /&gt;-¿Puedes decirme qué está ocurriendo? -preguntó después.&lt;br /&gt;El hombre le entregó una mirada vacía de sentimiento y se llevó una mano al bolsillo interior de su saco.&lt;br /&gt;-Detective John Maitland -le respondió, mostrándole su identificación-, teniente de la unidad 54 de las fuerzas especiales de la ciudad de Los Angeles. Estás bajo arresto acusada de la muerte de Terrence Walker, oficial adscrito a esta misma unidad. Eres, además, sospechosa de haber dado muerte a otros tres hombres.&lt;br /&gt;Incrédula, Laurie desvió su vista hacia las ataduras que la mantenían inmóvil; luego volvió a mirar al detective y a los otros hombres, que observaban todo en silencio.&lt;br /&gt;-¡Pero eso es imposible! -le espetó-. Debe haber un error. Además... estás violando el reglamento: el fuero interno me protege del arresto; un oficial de la policía no puede ser privado de su libertad sin un juicio de por medio...&lt;br /&gt;-Las leyes aplican para los seres humanos -la interrumpió el detective-, y tú no lo eres.&lt;br /&gt;Laurie enmudeció. Aquello sobrepasaba los límites de su entendimiento.&lt;br /&gt;-Eres un androide -prosiguió el hombre-, un Nexus 6 asignado a las Colonias. Tu tarea original era proporcionar diversión a los colonos en el sector de tolerancia. Eras, en pocas palabras, una prostituta. Fuiste raptada hace algunos meses y traída a la Tierra en forma ilegal. Tu cerebro fue modificado para obligarte a cometer asesinatos cada vez que recibías una orden desde un lugar remoto.&lt;br /&gt;-Los sueños -murmuró ella, que no entendía nada de lo que le decían.&lt;br /&gt;-Los Nexus no sueñan -replicó el oficial, que la había alcanzado a escuchar-. Lo que padecías era un bloqueo, una hibernación forzada que generaba en tu mente una alucinación preestablecida...&lt;br /&gt;-Una alteración en el mecanismo de los sentidos te hacía creer que no eras tú lo que veías -dijo uno de los hombres de bata, pero se interrumpió al ver que el detective le dedicaba una mirada inquisidora.&lt;br /&gt;Laurie cerró los ojos. Nada de eso podía estar ocurriendo. Se puso a recordar, no sin nostalgia, las tardes en Wisconsin, la caricia del viento al correr por la pradera, el pie de manzana de la abuela Karen y aquella vez que lloró cuando hallaron a Randy, el labrador de suave pelaje, ahorcado en la reja del establo. Ansió de nuevo las tardes en la universidad, la cariñosa rudeza de Mitchell al besarla, al estrujar sus senos detrás del árbol en el jardín botánico. Y deseó, como creyó que nunca lo había hecho, volver a aquella tarde en que siguió al muchacho del que se había enamorado hasta el interior del gimnasio en el que se bañaban los miembros del equipo de futbol después de cada encuentro, y ver nuevamente su cuerpo desnudo, tan hermoso en medio del fragante vapor de las regaderas, y tocarlo como lo hizo movida por el atrevimiento del que nunca se había creído capaz, y ver otra vez esos ojos incrédulos, brillantes, que a partir de ese instante la descubrían cada noche, en cada sueño...&lt;br /&gt;El detective no esperó a que abriera los ojos para hablar con voz firme:&lt;br /&gt;-Vine aquí para informarte que, debido a tu condición de androide en situación de rebeldía, quedas sujeto a la Ley I. A. de consignación de unidades de riesgo, que dicta tu separación de la sociedad e inmediata eliminación sin posibilidad de apelación por parte de Industrias Tyrell. Los responsables de la Corporación, aquí presentes, han sido testigos de la lectura de este mandatorio y quedan obligados a privarte de tus funciones y ejecutar la orden de eliminación en un plazo no mayor a veinticuatro horas.&lt;br /&gt;El detective guardó nuevamente su identificación.&lt;br /&gt;-Eso es todo -dijo antes de dar media vuelta y salir de la habitación.&lt;br /&gt;Laurie abrió los ojos para ver la espalda a los oficiales que se alejaban por el pasillo. Luego, con voz débil, se dirigió a los hombres que la rodeaban:&lt;br /&gt;-No soy una prostituta, no he asesinado a nadie. Soy un detective.&lt;br /&gt;Pero ninguno de ellos le respondió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui invitado a atestiguar la extracción del chip biomolecular que había corrompido el cerebro de la Nexus. Durante la operación, ella estuvo consciente de todo lo que estaba ocurriendo. Vio con ojos fríos la punta del escalpelo robótico que le perforó la zona craneal de la frente, y no perdió detalle de las manos que obraron dentro de su cerebro para extraer esa pieza negra de confección desconocida.&lt;br /&gt;-¿Terminaron? -preguntó con la voz ralentizada por la falta de energía.&lt;br /&gt;Los ingenieros la ignoraron. La pieza fue llevada al laboratorio contiguo, donde la esperaba el equipo de análisis. Se había dispuesto una cámara de vacío custodiada por hombres armados. Todos ahí sabían del peligro que representaba echar a andar aquella cosa. Por eso, en silencio, la cámara fue sellada y sólo un Nexus de apoyo permaneció en el interior para conectarlo al generador de energía.&lt;br /&gt;Lo que ocurrió a continuación nos quitó el aliento: un haz de luz surgió del chip y proyectó al fondo de la cámara una mancha temblorosa que poco a poco se transformó en la figura de un hombre. No sé describirlo; de hecho, más tarde, ninguno de los que presenciábamos la escena pudimos ponernos de acuerdo acerca de lo que habíamos visto. El ser proyectado a partir de aquel aparato tenía mil rostros y ninguno, y sólo hasta revisar la grabación supimos que el hombre que nos miraba a todos con el gesto de una fiera al acecho era el Nexus que hacía tiempo había escapado de la Corporación antes de ser ejecutado, el mismo que había alterado las funciones de otra de las unidades que meses después había asesinado a varios de mis colegas en retiro.&lt;br /&gt;La figura amenazante profirió un par de insultos y comenzó a golpear el grueso cristal blindado que lo separaba de nosotros. Entonces descubrió al Nexus de apoyo. Con una mano se alzó la chaqueta de cuero y extrajo el revólver que había robado a Laurie. El Nexus en el interior estaba desarmado y nada pudo hacer para evitar que el láser lo borrara. Afuera, los guardias de seguridad se estaban poniendo nerviosos. Un segundo disparo se estrelló contra el cristal, que se mantuvo intacto, no así en el siguiente impacto, que dibujó una araña en la superficie blindada.&lt;br /&gt;Algunos elementos, presas del miedo, abandonaron atropelladamente la sala. El ingeniero en jefe, al principio indeciso, optó al fin por ordenar al operador de la computadora que estableciera una conexión directa entre el chip y el cerebro de Laurie, que había cerrado los ojos con una estúpida expresión soñadora. Los hombres del laboratorio actuaron con rapidez: una vez que el cerebro de Laurie hizo contacto con el mortal aparato en el interior de la cámara, se inició la ejecución: la Nexus, sometida al choque del alto voltaje, expiró en silencio al tiempo que la figura al otro lado del cristal también se desvanecía.&lt;br /&gt;Uno de los guardias se acercó a la ventana y tocó el vidrio con una mano: el último disparo casi había conseguido perforarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente, Tyrell recibió la visita poco cordial de los agentes federales. La extracción del chip se había realizado al margen de su conocimiento, pero eso no era lo peor: el hecho de que se inhabilitaran las funciones del aparato invasor les había impedido establecer un rastreo del autor intelectual de los asesinatos. El anciano, previendo las consecuencias que tendría aquella situación extraordinaria, puso sobre aviso a los abogados de la Corporación, así que el intento de juicio por interferir en las tareas de la policía quedó anulado casi de inmediato.&lt;br /&gt;Tyrell me llamó a su oficina un par de semanas después. Se le notaba preocupado, como pocas veces en su vida. Su rostro era sombrío; había vuelto a fumar.&lt;br /&gt;-He dado inicio a un proyecto que aborrezco -me dijo, entornando los ojos que se veían enormes detrás de los espejuelos-. Y lo aborrezco por una razón muy sencilla: toda mi vida la he dedicado a preservar la existencia de los seres humanos, creando réplicas que los sustituyen en las tareas que ponen en peligro su vida. Y cuál es el resultado... -hizo una pausa para reordenar algunos documentos que estaban esparcidos sobre su escritorio-: la máquina se ha vuelto en contra del hombre.&lt;br /&gt;-Has actuado correctamente -dije, no muy convencido de mis argumentos-. Ha sido un error del propio hombre lo que ha ocasionado todo esto.&lt;br /&gt;Tyrell me dedicó una mirada larga y pensativa.&lt;br /&gt;-Es posible -dijo al cabo de unos segundos-. Muchos dirán que hemos interferido en la evolución natural para buscar la perfección a partir de nuestras propias imperfecciones, y que ahora estamos pagando el precio. Quizá tengan razón. -Suspiró, desolado-. Es una idea incómoda...&lt;br /&gt;Me arrepentí de mis palabras, que habían incidido en forma negativa en el ánimo de Tyrell. Pero él no pareció culparme por ello; al contrario, por su expresión se habría podido decir que mi opinión únicamente había corroborado sus propias reflexiones al respecto.&lt;br /&gt;-He pensado mucho en el asunto, Sebastian, y he llegado a una conclusión.&lt;br /&gt;Se deshizo de los anteojos, que abandonó sobre el escritorio. Durante algunos instantes se talló los párpados con ambas manos; luego, finalmente, se decidió a hablar.&lt;br /&gt;-He invertido toda mi fortuna en dar vida... o algo parecido a la vida, a objetos que ni siquiera son capaces de comprender los motivos del milagro que ha operado en sus cuerpos otrora inanimados. Pero no pienso renunciar a ello. Y llevar a cabo esta decisión implica crear un organismo que sea capaz de aniquilar a sus semejantes.&lt;br /&gt;-No entiendo -balbuceé.&lt;br /&gt;-Es sencillo: deseo crear una unidad que busque y aniquile al Nexus que ha ocasionado este baño de sangre.&lt;br /&gt;No deseaba contrariarlo, pero la idea de erradicar la violencia por medio de la violencia era algo que no iba con mi ética de hombre de ciencia.&lt;br /&gt;-Tyrell, creo que ha habido ya suficientes muertes para que nuestros esfuerzos se sumen a esa ingrata labor -repliqué.&lt;br /&gt;-Ya lo había pensado -me respondió, irguiéndose en su asiento-, pero no tengo otra opción. Mientras ese Nexus siga activo, ni tú ni yo estaremos a salvo.&lt;br /&gt;Se apoyó con ambas manos en el filo del escritorio y empujó la silla hacia atrás. Abrió un cajón, del que extrajo un sobre cancelado con el sello de los archivos confidenciales.&lt;br /&gt;-Revísalo, es para ti -me dijo, deslizándolo por la superficie.&lt;br /&gt;Tomé el sobre sin atreverme a abrirlo.&lt;br /&gt;-No es necesario que lo hagas ahora. Se trata del proyecto, las directrices, todo eso que tú ya conoces. Léelo esta noche, mañana lo comentamos.&lt;br /&gt;Pero el ansia ya había obligado a mis manos a romper las grapas de seguridad, y con inquietud repasé entre líneas aquel grueso legajo.&lt;br /&gt;-Tyrell -le dije preocupado, sin poder retirar la vista de aquella confusión de esquemas, de aquel enfermo despropósito-, este proyecto viola no sólo los códigos internos de la Corporación, sino incluso las leyes vigentes de protección a los seres humanos que nos permiten trabajar en el diseño de androides...&lt;br /&gt;-¿Crees que no lo sé? -Tyrell habló tan fuerte y tan cerca de mí, que me vi obligado a alzar la vista para ver su rostro contraído por la furia, por la desazón-.¿Crees que no he pensado en todos los riesgos que implica un proyecto de esta naturaleza?&lt;br /&gt;-¡Pero los militares han rechazado ideas que ni siquiera se acercan a... esto!&lt;br /&gt;-Es por eso que recurrí a ti, Sebastian. Tú mejor que nadie conoce las vulnerabilidades de la unidad que está poniendo en riesgo, ella sí, la seguridad no sólo de la Corporación, sino de todo el mundo.&lt;br /&gt;-Y darle vida a su antítesis no garantizará que el hombre sobreviva. Piensa un momento en que esa unidad lleva meses eliminando gente sin que nadie pueda hacer nada por detenerla, y la única arma con la que cuenta es su intelecto. Imagina ahora una máquina no sólo inteligente, sino toda ella capaz de transformarse en un arma letal. ¿Qué pasará si de pronto se pregunta qué hace en este mundo, por qué es diferente, por qué su único propósito en la existencia es eliminar a otro y no tener una vida como todos los demás?&lt;br /&gt;Tyrell guardó silencio. Su cuerpo, cansado, se redujo al de un hombre sin demasiadas opciones. Se recargó pesadamente en el sillón y encendió un cigarrillo. Lo fumó pausadamente, sin dejar de mirarme.&lt;br /&gt;-Correré el riesgo -dijo al fin.&lt;br /&gt;Fingí estudiar los documentos, pero en realidad sólo estaba prolongando el momento en que tendría que aceptar ser parte de esa locura que, con toda certeza, no podía ocasionar sino una desgracia mayor. Después de todo, ya tampoco me importaba: hacía tiempo que había entendido que el mundo no me pertenecía.&lt;br /&gt;-Sabes que aceptaré -murmuré sin atreverme a mirarlo a los ojos-. Las razones que me obligan me las guardaré para siempre. No diré más. Pero antes de empezar a trabajar en ello, quiero que me expliques cómo haremos para dar con un asesino que ni las mismas autoridades tienen idea de en dónde pueda estar.&lt;br /&gt;Por primera vez, Tyrell sonrió. No era una sonrisa alegre, sino el gesto de quien sabe que aún tiene parte del destino en sus manos.&lt;br /&gt;-Fíjate por favor en el último apartado.&lt;br /&gt;Repasé la hojas con cierta ansiedad. Lo que vi me dejó perplejo.&lt;br /&gt;-¡Está activo! ¡El chip está activo!&lt;br /&gt;Tyrell asintió como un tramposo en una partida de pokar.&lt;br /&gt;-Minutos después de que la unidad murió, el chip se reactivó. Nos tomó a todos por sorpresa; el ala este fue sellada y aquel ser acribilló a muchos elementos. La computadora matriz calculó la situación y creó un virus que anuló su potencial destructor. Ya lo analizamos y se trata de una especie de hexo-holograma, una mezcla de ser incorpóreo capaz de generar la energía suficiente para absorber objetos e incorporarlos al núcleo de su composición molecular. El arma que robó ya no es un arma, pero sus funciones seguían intactas. Los sensores ópticos de la computadora lo diseccionaron en fotogramas y es por eso que pudimos saber de quién se trataba. Tú lo viste con tus propios ojos, y no fuiste capaz de reconocerlo.&lt;br /&gt;-Así que ahora que está activo, se le puede rastrear.&lt;br /&gt;-Ya lo hemos hecho.&lt;br /&gt;El cigarrillo viajó hasta su boca; el humo lo hizo toser.&lt;br /&gt;-Hoy llegó esta información -Tyrell alzó una de las hojas frente a él y buscó ciertas líneas que al parecer ya había leído-. La tecnología que utiliza el biochip fue creada en China; ingresó por la vía del contrabando a través de la Costa Oeste; el hombre que la introdujo fue hallado muerto en la frontera con Canadá, pero el radio de acción del procesador de imágenes no es grande, así que tiene que estar en la ciudad. Ahora sabemos que la tecnología que empleó no es obra suya, pero sí que es capaz de modificarla, pues el biochip desapareció junto con los planos de su diseño.&lt;br /&gt;-Entonces, no tenemos la seguridad de que ya lo haya modificado...&lt;br /&gt;-Por lo que hemos investigado con nuestros colegas orientales, al anular las capacidades del proyector, también bloqueamos las funciones del procesador. El sujeto permanece atrapado en su aparato infernal sin posibilidades siquiera de apagarlo. Si estuvieras frente a él, verías a un hombre inerte conectado a una máquina. Indefenso. Al menos, eso es lo que creemos. Los satélites de la Corporación están rastreando la señal. Pero los federales nos vigilan constantemente, así que la tarea es ardua.&lt;br /&gt;-No piensas dar parte a las autoridades.&lt;br /&gt;-No quiero ver más sangre humana corriendo por las calles de Los Angeles. Es seguro que alguien se va a ir al infierno. -Y extendió la mano que sostenía el cigarrillo para señalar el documento que estaba entre mis manos-. Pero no será la máquina que tú me vas a entregar.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-113255746121930058?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/113255746121930058/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=113255746121930058&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/113255746121930058'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/113255746121930058'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/11/sobre-el-gris-de-las-paredes-haba.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-113152535199448675</id><published>2005-11-09T02:30:00.000-06:00</published><updated>2005-11-09T02:35:52.130-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Tyrell me mostró los restos del androide: aquello era una masa informe, blanquecina, inconsistente, como la arrugada coraza de una larva pútrida bajo el sol del desierto. Una piel, eso era, pero inconclusa y degenerada, viscosa incluso ante el sólo contacto con la vista. Una mano anónima accionó el dial y la iluminación en la cámara de vacío se redujo, borrando de improviso la visión de aquella cosa repugnante.&lt;br /&gt;-Lo hallaron los federales en la trastienda de un almacén de figuras de ornato. Una inspección de rutina.&lt;br /&gt;-¿Saben ya de qué se trata?&lt;br /&gt;-Está en incubación. Lleva horas ahí y no ha sufrido deterioro alguno... -Tyrell detectó el sarcasmo en mi expresión y él mismo tuvo que reír-. Lo siento -se disculpó-: ese es el nombre.&lt;br /&gt;Volvimos a través del pasillo que conducía al exterior de los laboratorios.&lt;br /&gt;-Entiendo que no hay la seguridad de que eso haya salido de aquí.&lt;br /&gt;-Es cierto -Tyrell se llevó un pañuelo al rostro para limpiarse el sudor-. Pero hay sospechas: el dueño del almacén, un chino introvertido, asegura que le rentaba el lugar a un hombre extraño. Dice que salía por las noches y que siempre regresaba al caer la madrugada. Se le veía enfermo; de hecho, en las últimas horas no había dado señales de vida. Al dueño le tenía sin cuidado si rentaba su trastienda a un cadáver: había pagado un mes por adelantado y eso a él le bastaba.&lt;br /&gt;Trascendimos los portones de seguridad y Tyrell me tomó de un brazo para conducirme a su oficina.&lt;br /&gt;-¿Qué piensas tú del asunto? -me atreví a preguntarle.&lt;br /&gt;Se detuvo un instante, menos por atender a mi cuestionamiento que por hallar las palabras que tradujeran la gravedad de su expresión.&lt;br /&gt;-Es serio -dijo en voz baja-. Muy serio. -Carraspeó y miró discretamente el entorno para constatar la frágil soledad del corredor-. Si mis sospechas son ciertas, esos son los residuos de una de nuestras unidades...&lt;br /&gt;-¡Algo la corrompió! -aventuré estúpidamente.&lt;br /&gt;-No: son los restos de una mutación.&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sumidos hasta la cintura en el espeso fango, los hombres se desplazaban en silencio. A través de sus lentes de registro calórico, la selva que atestiguaba su marcha era un simple muro de relieves en gris tornasolado, fijo en la noche inamovible. Atentos a cualquier detalle que pudiera sugerir un patrón de movimiento aleatorio, la media docena de figuras espectrales barrían la distancia con gestos breves y apenas perceptibles en medio de esa oscuridad unánime. Poco a poco, el rumor que por minutos había sido una leve caricia del viento se había ido convirtiendo en un punto de fulgor más allá del confuso entramado de la selva. Pero el ritmo de sus pasos se mantuvo uniforme: no era el tiempo un enemigo, sino una circunstancia más, acaso un cómplice de la emboscada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ejército de Nexus desembarcó aquella noche en el suelo inhóspito de las costas centroamericanas. Las naves, invisibles para los radares terrestres de las tropas rebeldes, atracaron con el lento movimiento de una marea cotidiana. Ocultos por la penumbra de una hora sin luna, los hombres de avanzada se fueron desplegando en grupos de 10 hasta cubrir el radio establecido que protegía el desembarco. Apenas un par de brazos se agitaron en la oscuridad como lo haría el follaje violentado por el aire: era la señal que los vigías en proa esperaban. Con un suave siseo mecánico las rampas de descenso se replegaron velozmente y pronto sólo una tenue silueta delineó la posición de las naves, que volvieron al amparo de su falsa invisibilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante horas, los escuadrones avanzaron a través de una selva extrañamente inmóvil. El paisaje enmarañado, verdoso por efecto de los lentes infrarrojos, se fue haciendo denso conforme la incursión progresaba. Ian, que comandaba al grupo de vanguardia, fue el primero en sospechar de aquel silencio uniforme, artificioso. Pero igual continuó su marcha: nada que no fuera la mecánica del andar estaba permitido. Con un ademán trató de reordenar a sus hombres que se habían ido dispersando en esa trama de hojas y troncos de formas simétricas, demasiado para su instinto. El despliegue, asaz irregular, volvió poco a poco a su formación original. Demasiado tarde: cientos de cuerdas de acero surgidas de la nada se tensaron al límite de su resistencia, desmembrando los cuerpos sorprendidos, fulminados por ese instante fatal. Una docena de soldados, los más cercanos al perímetro de Ian, activaron en instantes las corazas de sus trajes, pero incluso el filo de las cuerdas alcanzó a traspasar el grosor de las armaduras, provocando daños irreparables en algunas unidades, que quedaron así expuestas en medio de la noche. Los sobrevivientes se arrastraron, dispersándose, alistando las armas láser. Acción inútil, pues nada alrededor señalaba la presencia del enemigo. Así que ocultos, impávidos, vieron cómo las cosas de la selva empezaban a cobrar vida, cerniéndose los hombres heridos, destrozándolos con silenciosas cuchillas, reduciéndolos a trozos de hierro y humeante carne artificial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con rápidos movimientos de brazos y piernas, Ian y los hombres que habían sobrevivido se hicieron uno con el suelo reblandecido por la humedad. Los altavoces interiores de sus cascos de batalla les escupían a los oídos la atroz reproducción de la batalla que los escuadrones a la zaga libraban con la propia selva. Luego, el oscuro zumbido de la estática les confió la inexpugnable realidad: el desembarco había fracasado. Nada, ni un solo disparo se había producido en aquella emboscada, pero cientos de unidades habían sido aniquiladas por el que habían creído un primitivo ejército rebelde.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando las luces del bar se apagaron, el último de los clientes trascendió la estrecha puerta de metal y encendió un cigarrillo. Era una noche cálida, propicia para dar un paseo antes de volver a casa. Con paso indeciso cruzó el callejón solitario; miró la hora en su reloj pulsera y, al alzar nuevamente la vista, se encontró con la oscura silueta que le impedía el paso.&lt;br /&gt;-Buenas noches -acertó a decir con esa voz pastosa y adormecida del borracho.&lt;br /&gt;Pero el hombre o lo que fuera no respondió el saludo, sólo se limitó a quedarse quieto, a observarlo con una mirada breve pero atenta, justo como se mira una imagen obscena. No deseaba hacerle daño, pero era necesario si deseaba reunir el dinero suficiente para pagar su salvación. Al ver que el otro daba un par de pasos de costado para librar el obstáculo, supo que era el momento: con un movimiento certero y veloz, le hundió el puño en el abdomen. El hombre se dobló por la cintura y comenzó a vomitar una mezcla de alcohol y jugos gástricos que se escurrió por sus piernas. El golpe en la nuca lo arrojó contra el piso. Adolorido, sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo, el hombre aún ebrio comprendió de pronto que necesitaba el arma oculta en su cintura para librarse del asalto. El atacante, aún en medio de la oscuridad, pareció leer ese pensamiento en sus ojos, pero no pudo evitar a tiempo que la mano, a pesar de su torpeza, se hiciera con el revólver: una ráfaga de calor fugaz le rozó la mejilla y lo obligó a tirarse de costado, a menos de un metro del cañón que lo buscaba. De nuevo el láser sesgó la penumbra, pero esta vez el disparo lo alcanzó en el filo del muslo izquierdo, cuya pierna se contrajo no por el dolor, sino por el movimiento instintivo de quien ensaya una defensa desesperada: la punta de una bota gruesa y desgastada golpeó la mano que sostenía el arma, pero no consiguió que la soltara. El ebrio, aún de espaldas sobre el piso, intentó vanamente reajustar sus reflejos, pero al tratar de apuntar nuevamente al atacante sintió que las fuerzas lo habían abandonado: la mitad de la navaja ya estaba en su vientre, y seguía penetrando con fuerza, rasgando sus entrañas. No murió en ese instante: aún tuvo tiempo de ver cómo su atacante le retiraba uno a uno los dedos que apresaban el revólver para estudiarlo de cerca unos momentos y hacer que desapareciera como en un acto de magia. Luego, con diestros movimientos hurgó entre en sus bolsillos hasta hallar la cartera, de la que extrajo un fajo de billetes antes de devolverla a su lugar. Sólo entonces volvió a mirarlo, no exactamente a los ojos, ni siquiera al rostro, sino al cuello bañado en sudor, el lugar preciso en el que hundió de nuevo el acero para entregar a las calles un nuevo cadáver sin nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El atacante se puso en pie para escudriñar la herida de su pierna a la escasa luz que penetraba el callejón. Se restregó la carne con el índice y luego lo llevó a la altura de sus ojos para descubrir que no era sangre sino un líquido aceitoso el que escapaba por aquella delgada hendidura. No había dolor, así que desvió su atención hacia la bocacalle para verificar que no hubiera testigos y huyó hacia las sombras, limpiándose la mano en su vieja gabardina militar.&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La figura a lo lejos ensayó un movimiento delator: apenas una cosa más entre el follaje, de pronto se concretó en una silueta expectante, urgida de respuestas, deseosa de no hallar algo más allá de una falsa inquietud. Ian, al frente del grupo, abrió y cerró el puño izquierdo un par de veces. La señal fue clara: uno de los hombres empuñó el arma y un instante después el espía cayó abatido por la silenciosa violencia del láser. El grupo continuó avanzando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunos metros más adelante, un nuevo vigía se descubrió entre la maleza. Cargaba un fusil en el hombro derecho, su mano izquierda se mantenía apoyada en el suelo, un cigarrillo se consumía entre sus labios. El Nexus lo sorprendió por la espalda: el arma en su mano le golpeó el cuello y su cabeza rodó por tierra. La silueta, de pie junto al cadáver, ensayó un par de gestos y el grupo fue a su encuentro. Las botas sucias por el fango desfilaron a un costado de aquel rostro de ojos abiertos al horror cuya boca aún mantenía el cigarrillo encendido.&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La súbita parálisis en brazos y piernas se estaba convirtiendo en una incómoda costumbre; aquel fragor eléctrico se le volvió a imponer de pronto mientras hurgaba entre las pertenencias de una nueva víctima. Como pudo se fue arrastrando hasta quedar inerme junto al cuerpo del otro; fue así como sintió por primera vez cómo la vida era ese calor acobardado que se fugaba hacia la oscuridad; fue así como lo encontró el alba, mudo ante la luz que crecía inevitable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se incorporó cuando supo que había vuelto a conseguir el dominio de sus extremidades. Ya de pie, observó el rostro del cadáver que yacía a su lado. Era un joven; no merecía la muerte. Pero no se puede merecer la vida si no se lucha por ella, y aquel hombre no había ofrecido la menor resistencia. Absorto en esas cavilaciones, retomó el camino a casa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hallaron el campamento en un claro de la selva. En el interior de las rotas tiendas de campaña, las siluetas de los soldados proyectaban el júbilo del éxito. Apenas un par de hombres montaban guardia en el exterior, pero no parecían expectantes; de hecho, conversaban animosamente en una jerga que recordaba el español corrompido que se hablaba en la frontera. El grupo de Nexus los rodeó en silencio. A una señal, la granada sónica surgió de entre las sombras y cayó a los pies de los soldados, que no fueron capaces de reconocerla. Sin que pudieran reaccionar ante el ataque, una fina bolsa transparente envolvió sus cuerpos y un instante después la callada explosión canceló su pasmo para siempre. Los Nexus irrumpieron en la escena de muerte. El cerco fue definitivo: el único de los soldados rebeldes que fue capaz de reconocer sus figuras cayó abatido a la entrada de una de las tiendas. La confusión hizo presa del ejército emboscado, pero, una a una, las voces de aquellos hombres fueron silenciadas por las ráfagas que perseguían sus pasos indecisos. El último en caer, aún tomado por los espasmos, se quedó quieto al fin a los pies de Ian, que empujó su cuerpo con la bota para buscarle el rostro. No lo encontró: aquello era un señuelo de mecánica aleatoria cuyo artificio respondía a las vibraciones del ruido. Un segundo antes de rodar por el piso, Ian supo que estaban perdidos. Antes de que pudiera gritar cualquier orden inútil, las naves ya se hallaban a corta distancia, violentando el aire con densas ráfagas de láser. Pocos pudieron contrarrestar el fuego; en segundos, los Nexus que habían sobrevivido al desembarco fueron exterminados ante los ojos de Ian, que había caído sobre su arma y asumía los impactos en brazos y piernas creyendo que aquello podría ser el fin.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Reconocí el rostro que me sonreía en la pantalla monocromática del intercomunicador; no era la espesa fatiga del insomnio, sino el tiempo que había fraguado una rara distancia entre los dos lo que me impidió corresponder a esa sonrisa y ensayar una mueca que pretendía la sorpresa.&lt;br /&gt;-Entra -le dije, accionando al mismo tiempo el botón que destrababa la herrumbrosa cerradura del portal seis pisos más abajo.&lt;br /&gt;El lejano rumor del elevador hizo vibrar las paredes del departamento y unos segundos después el hombre que había visto en la pantalla estuvo frente a mí.&lt;br /&gt;-Pasa, pasa -lo invité-, no esperaba visitas, así que tendrás que perdonar el desorden...&lt;br /&gt;-No finjas -me dijo él para devolver la cortesía-: nunca había visto esta habitación tan reluciente.&lt;br /&gt;Lo conduje hasta los sillones que presidían el amplio ventanal. Él tomó asiento sin esperar una orden y me miró con aire aprehensivo.&lt;br /&gt;-Me pareces más delgado; hace años que no te veía.&lt;br /&gt;Asintió con un leve movimiento de cabeza.&lt;br /&gt;-Es una simple ilusión, Sebastian: tú más que nadie sabe que no puedo adelgazar.&lt;br /&gt;-Lo sé, lo sé -le dije sin acertar a acomodarme en el sillón frente a él-. Tú eres diferente; quizás inconscientemente esperaba ver un cambio en ti.&lt;br /&gt;-Lo hay -respondió él en un tono lúgubre que no admitía la broma-: he comenzado a cambiar, pero conozco la fecha de mi muerte y no está ni siquiera cercana. Tú también la conoces; creo que algo malo me está sucediendo.&lt;br /&gt;Me puse en cuclillas; lo miré fijamente a los ojos, que habían adquirido un pálido tono amarillento, ajeno por completo al profundo azul del cristal que había en ellos.&lt;br /&gt;-¿Qué es lo que te pasa?&lt;br /&gt;Él suspiró. Por segundos no supo decidir si evadir el análisis superficial de mi mirada o entregarse a una confesión que sabía decisiva.&lt;br /&gt;-Mi piel está cambiando -dijo al fin-. A veces despierto de la hibernación nocturna y encuentro que mi carne se ha llenado de vellos que una horas después desaparecen. No es lo único que ocurre; mira:&lt;br /&gt;Sus labios se abrieron en una sonrisa grotesca para mostrarme el carcomido marfil de sus colmillos.&lt;br /&gt;No pude evitar retroceder un poco ante esa imagen imposible.&lt;br /&gt;-Ocurrió hoy por la mañana. Eva me lo dijo. Por el horror de su gesto supe que había pasado otra vez. Corrí al espejo y los vi. Son como los de un felino, de un tigre, no sé... Hace algunos minutos las uñas de mis manos eran largas; no supe a qué hora desaparecieron.&lt;br /&gt;-¿Cuándo comenzó todo esto? -Me apoyé en el filo del sillón más próximo; tomé una de sus manos, pero no hallé en ellas nada anormal.&lt;br /&gt;-Hace poco menos de dos meses. Los cambios suceden a intervalos de una semana, más o menos, pero no mantienen ninguna regularidad. De hecho, hace algunos días noté que podía flexionar las rodillas hacia atrás, como un ave. Ese día ni siquiera pude levantarme; estuve tirado en la cama durante horas, hasta que empecé a sentir cómo mis piernas se endurecían sin que pudiera moverlas. Luego volvieron a su forma original.&lt;br /&gt;Guardamos silencio. Él se recargó pesadamente en el respaldo y encendió un cigarrillo, que fumó ávidamente.&lt;br /&gt;-¿Qué puede ser, Sebastian?&lt;br /&gt;-Lo ignoro -confesé-. Nunca había visto nada igual. Tal vez sería conveniente que te llevara al laboratorio para que te hagan unas pruebas. Es posible que sea un defecto del generador biométrico, pero es difícil aventurar una hipótesis.&lt;br /&gt;-Sebastian -me dijo, inclinándose hacia el frente-: tú sabes que si entro en la Corporación, quizás no vuelva a salir ahí. No puedo hacer eso: tengo una vida aquí afuera, y no quiero perderla, no después de haber sobrevivido a una guerra, no después de haberle entregado mis días a este estúpido imperio.&lt;br /&gt;-Tienes razón, pero no hay otra forma de saber qué es lo que te está ocurriendo.&lt;br /&gt;-Sí la hay: toma las muestras tú mismo; llévalas al laboratorio; conoces gente que puede valorarlas sin exponer el caso ante el Consejo.&lt;br /&gt;-Es arriesgado...&lt;br /&gt;-Pero puedes intentarlo; he reunido el dinero suficiente para pagarte.&lt;br /&gt;-No es necesario que lo hagas.&lt;br /&gt;Bajé la mirada, pensativo. Era verdad: la libertad de que gozaba era un premio a su labor en el frente; no obstante, ninguna condecoración lo eximía del rigor de las leyes, que establecían la reclusión de las unidades fallidas... y su posible eliminación. Si actuaba al margen de los estatutos de la Corporación, no sólo pondría en peligro su vida y mi carrera, sino incluso mi propia libertad. Pero él en algún momento me había salvado de la muerte, y esa era una deuda que no podía eludir.&lt;br /&gt;-Está bien -acepté-. Tengo aquí parte del equipo. Hace tiempo que no lo uso, así que no te garantizo que funcione.&lt;br /&gt;-Hagámoslo ya.&lt;br /&gt;Ian -ese era su nombre- apagó el cigarrillo y se puso de pie.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había odio en los ojos del enemigo. Ian supo que, en el fondo, aquella mirada era más de estudio que de curiosidad. Las tenazas lo sujetaron una vez más por la barbilla y lo obligaron a alzar el rostro, que el hombre hizo volverse de un lado para otro como si inspeccionara la morfología de su cara teñida por los restos del fango. Luego retiró el hierro y se dio media vuelta para girar una orden al custodio, que desapareció por la puerta y reapareció acompañado por un militar regordete y sudoroso. Era un traductor. A una orden se puso a preguntarle el sitio exacto del siguiente desembarco y el número de hombres que debían ejecutarlo.&lt;br /&gt;Ian se mantuvo en silencio. El fuete cortó el aire y se estrelló contra su rostro, que conservó por instantes el rastro blanquecino del golpe.&lt;br /&gt;El traductor repitió la pregunta, pero Ian se limitó a devolverle la mirada.&lt;br /&gt;Ahora el fuete le golpeó el torso desnudo en un par de ocasiones, pero el único dolor se asomó en el rostro del agresor, que parecía humillado ante la persistente negativa.&lt;br /&gt;Ian vio cómo el hombre recuperaba el fusil que había estado reposando sobre el escritorio, cómo accionaba la palanca que dejaba al descubierto el filo del sable, y cómo el acero penetraba algunos milímetros en la carne de su pecho.&lt;br /&gt;-¡Habla! -gritó el hombre en su lamentable inglés.&lt;br /&gt;Ian fue el primero en notar el hilo viscoso que se derramó desde la herida. Su color, a la débil luz de la bombilla, era impreciso.&lt;br /&gt;-¡Eres una réplica! -Los ojos del hombre regordete se abrieron más allá de la desmesura. Repentinamente se volvió hacia el hombre que presidía el interrogatorio y cruzó con él unas cuantas palabras apresuradas.&lt;br /&gt;El otro, no menos asombrado, le gritó algo al custodio, que volvió a salir. Esta vez, al volver, un par de oficiales de rasgos sajones lo acompañaban.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;No habían pasado más que un par de días desde aquella visita inesperada, cuando los golpes en la puerta del departamento me expulsaron del sueño. Al abrir, descubrí con horror la mirada inequívoca de Ian detrás de un rostro animalizado, incierto en el vago resplandor del amanecer.&lt;br /&gt;-¡La maté! -exclamó aquel ser bañado en la sangre oscurecida de un ser humano.&lt;br /&gt;-¿Qué eres? -pregunté con el más estúpido de los ánimos por que aquello se tratara de una absurda pesadilla.&lt;br /&gt;-¡Maté a Eva! -gritó él, desesperado-. ¡Le abrí el pecho con mis manos y comí de sus entrañas!&lt;br /&gt;-No es posible, Ian, eso no es posible...&lt;br /&gt;-Ayúdame, Sebastian. Lo hice sin saber: perdí el conocimiento; ocurrió durante la noche... No supe... Cuando volví en mí, tenía los restos de su corazón en mis manos.&lt;br /&gt;Pero aquellas formas que sobresalían de las mangas de su chaqueta militar no eran nada sino garras, febriles, latentes.&lt;br /&gt;Di un par de pasos hacia atrás sin poder ocultar el horror producido por esa imagen grotesca. Ian aprovechó mi confusión para trascender el umbral y arrojarse al piso como un cuadrúpedo exhausto, girando el cuello en espasmos, babeante, forzando las fauces para controlar los gruñidos que se enredaban con el sonido gutural de sus palabras.&lt;br /&gt;-No puedo más -creí entenderle-. Inyéctame un sedante, haz algo, cualquier cosa...&lt;br /&gt;Dudé un momento pero al fin me decidí por conectar la fuente portátil de hibernación artificial. La máquina dejó escapar un violento zumbido y el dial se encendió cancelando la penumbra de la habitación.&lt;br /&gt;-Acércate, Ian. No sé si la energía sea suficiente, pero vamos a intentarlo.&lt;br /&gt;La cosa Ian se replegó en sí misma como una bestia que se aprestara para el ataque; su mirada, a todas luces desconfiada, se quedó fija en mí.&lt;br /&gt;-Se lo dijiste a Tyrell -balbuceó-. Él te pidió que me entregaras...&lt;br /&gt;-Te equivocas: nadie sabe de ti. Sólo quiero ayudarte.&lt;br /&gt;Las sirena de un vehículo policial, magnificada por el silencio de la madrugada, se escuchó a lo lejos.&lt;br /&gt;-¡Traidor! -gruñó Ian-. Voy a matarte...&lt;br /&gt;Entonces ocurrió: bañado por las cruces del ventanal que las primeras luces del alba dibujaban en el cuarto, el cuerpo de Ian comenzó a mutar. Su rostro se contrajo en un rictus silencioso; el grueso pelambre de sus manos se reinsertó poco a poco en la piel; el volumen de su tórax, que casi había roto la tela de su ropa, comenzó a disminuir, al tiempo que sus piernas, que se habían reducido, volvían a desplegarse, dejando al descubierto las garras de sus pies que ya se desvanecían. Ignoro el tiempo que tomó aquella transformación, lo cierto es que Ian, de bruces en el piso, me devolvió una mirada temerosa, horrorizada de sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Inmóvil, desnudo sobre la plancha de acero, el lánguido cuerpo atormentado recibió la última descarga. A su lado, la pantalla del sensor registró el alto volumen de energía producida por el reactor. Uno de los oficiales franceses le forzó los párpados para examinar el brillo apagado de sus ojos.&lt;br /&gt;-Suficiente -dijo, o creyó que decía.&lt;br /&gt;Un par de manos procedió a retirarle los cables adheridos a la piel.&lt;br /&gt;Los hombres que lo rodeaban intercambiaron algunas frases ininteligibles. Pero a Ian ya no le importaba entender lo que se hablaba en aquella habitación. Sabía, por los años de adiestramiento en las fuerzas especiales, que su organismo había sido saboteado. En muchas ocasiones había oído que el bloque disidente europeo se hallaba trabajando en el secreto diseño de una tecnología capaz de nulificar las funciones del Nexus, pero aquello era un rumor que las redes de espionaje no habían conseguido disipar. El escándalo llegó incluso al interior de la Corporación; el ejército allanó las instalaciones de los laboratorios pero no halló pruebas de alguna infiltración. Fue entonces que se descubrió la alianza entre el ejército mercenario francés y las fuerzas rebeldes salvadoreñas. Aquello dio pie a la invasión, aunque la coalición hispanoamericana se quejó ante los organismos internacionales de que la intromisión del imperio tenía un motivo alterno: la ocupación de las minas de uranio recién descubiertas en la frontera con Honduras.&lt;br /&gt;Para Ian, las excusas diplomáticas eran irrelevantes: cubiertos por una densa cortina de vapor, sus ojos escudriñaron las pantallas cernidas sobre su cuerpo: como producto de una animación computarizada, las formas animales se sucedían unas a otras a partir de la figura humana que parecía imitarlo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enredado entre las sábanas del angosto camastro, Ian me contó los pormenores de su fuga. Por su relato, a veces intraducible, supe que asesinó a un par de guardias mientras la mayoría del ejército rebelde se había retirado a la selva para preparar una nueva emboscada. El arma que robó a uno de los cadáveres era de fabricación rusa; fue merced a ese descubrimiento que el gobierno ordenó la destrucción de la red satelital del este europeo, acción que dio inicio a la batalla aérea del Atlántico, que aún no cesa. Ian caminó día y noche sin descanso hasta cruzar la frontera entre Guatemala y México. Alcanzado por un relámpago en la selva chiapaneca, perdió el sentido de orientación y vagó por esas tierras durante semanas, hasta que una noche la tropa dio con él. La carga de láser de aquel fusil parecía no tener fin. Ayudado por el mapa electrónico del vehículo anfibio que su arma había inutilizado, halló la ruta  hacia el Pacífico, lugar en el que fue encontrado por las fuerzas norteamericanas de ocupación, que días más tarde, cuando él se encontraba a salvo en el paso fronterizo de San Diego, fueron devastadas por un ataque de proyectiles alfa cuyo origen aún se desconoce.&lt;br /&gt;-Ahora tienes que esconderte hasta que tengamos los resultados de los exámenes. No será sino dentro de dos meses cuando sepamos qué está pasando con tu cuerpo. Mientras tanto, enciérrate, no salgas; ya encontrarás la forma de hacerme saber tu paradero.&lt;br /&gt;Ian entrecerró los ojos y asintió con un gesto. A través de sus labios entreabiertos creí ver algo que me devolvió el temor por  su presencia: fue el largo y exacto movimiento de una lengua plana, bífida, sedienta, que parecía otear el miedo que impregnaba el ambiente entre los dos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-113152535199448675?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/113152535199448675/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=113152535199448675&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/113152535199448675'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/113152535199448675'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/11/tyrell-me-mostr-los-restos-del.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112918431280766102</id><published>2005-10-13T01:16:00.000-05:00</published><updated>2005-10-13T01:35:28.380-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>-¿Es cierto que los ángeles no lloran?&lt;br /&gt;-¿Quién te dijo eso?&lt;br /&gt;-Nadie. Es sólo una ocurrencia.&lt;br /&gt;Dana estrechó a Harry El Oso contra su pecho. El peluche del muñeco, algo raído y sucio contra sus brazos, era algo que siempre la reconfortaba.&lt;br /&gt;-¿Es mentira?&lt;br /&gt;La sombra se irguió sobre la frágil figura infantil. La mano dentro del frío guante de piel le arregló un mechón de cabello y le acarició la mejilla en un gesto casual.&lt;br /&gt;-Quizás.&lt;br /&gt;-¿Y qué cosas los hacen llorar?&lt;br /&gt;-El silencio de los hombres cuando pasan a su lado, la soledad en el amanecer, encontrar que entre ellos mismos se ignoran, no sé, son muchas las causas...&lt;br /&gt;-¿Tú has llorado?&lt;br /&gt;Alex se vio a sí mismo en el reflejo tenue de la ventana entreabierta. Su nariz recta, el cabello lacio y brillante, los hombros anchos, su cuerpo difuminado, fundido a la oscuridad del entorno. Su perfección, su inútil perfección. Saberse una cosa que no encaja en la existencia debía ser motivo suficiente para romper en llanto, pero eso era algo que le pertenecía al mundo. Algo que no estaba en él.&lt;br /&gt;Tomó a la niña por los hombros, la miró fijamente a los ojos, prolongó unos instantes más su silencio. Luego le habló:&lt;br /&gt;-El llanto es algo íntimo, una cosa del rostro, pero no son necesarias las lágrimas para saber si una persona está sufriendo. Aunque a veces también la felicidad puede humedecer los ojos. Lo cierto es que si un ángel llora, nunca te dejará saberlo.&lt;br /&gt;-¿Por qué?&lt;br /&gt;-Porque en todo caso, su llanto no es igual al de los humanos.&lt;br /&gt;El perfil de Alex se recortó contra las débiles luces de la ciudad, que era apenas un rumor, una suerte de mancha incandescente que vibraba al intentar abrirse paso por la atmósfera. Una cosa necesaria pero ajena a ese instante.&lt;br /&gt;Alex se aferró con fuerza al hierro carcomido de la escalera de servicio y se incorporó. Dana le llegaba apenas a la cintura, así que tuvo que alzar la vista para encontrarle el rostro, que le devolvió una sonrisa.&lt;br /&gt;-Harry El Oso -le dijo, señalando al peluche entre los brazos de la niña-. A veces llora cuando quiere que lo abraces y sabe que no puede decírtelo. ¿Lo habías notado?&lt;br /&gt;Dana miró a su muñeco, luego a Alex y negó con un movimiento de cabeza.&lt;br /&gt;-¿Lo ves? -Se hincó de nuevo-. ¿Cómo te imaginas que serían sus lágrimas? -Y sin esperar una respuesta-: Yo creo que deben ser finas pelusas de colores, suavecitas, tiernas, silenciosas. Hagamos una cosa: hoy por la noche, antes de dormir, obsérvalo un rato y juega a adivinar qué cosas lo harían llorar, qué tipo de lágrimas saldrían de sus ojos dependiendo del motivo de su llanto. Mañana por la noche me cuentas. Yo mientras pensaré en el asunto del llanto de los ángeles y prometo traerte una respuesta. ¿Te parece?&lt;br /&gt;Dana asintió. Luego, sin ninguna transición, se abrazó a la cintura de Alex.&lt;br /&gt;-Te quiero -le dijo, casi en un susurro.&lt;br /&gt;Él la tomó por los hombros para alejarla un poco.&lt;br /&gt;-Yo también -le respondió. Ahora vete a dormir.&lt;br /&gt;Esperó a que la niña trascendiera el dintel de la ventana que daba a su recámara. Vio esa pequeña mano que se agitaba en la penumbra. Correspondió al gesto y se dio la media vuelta para descender rápidamente la escalinata de hierro.&lt;br /&gt;Como cada noche, Dana lo vio saltar al callejón; luego, a lo lejos, descubrió su figura diminuta que comenzaba a alejarse, poco a poco, casi como si fuera una imagen del sueño que el alba le borrara de los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jack apagó el agotado cigarrillo sobre el cenicero atestado de colillas. Vio la hora en su reloj pulsera: pasaban de las diez de la noche. La jefatura a esa hora se hallaba en silencio. De los solitarios escritorios sólo se dejaba escuchar el leve zumbido de las unidades que otros como él habían dejado encendidas en su fuga nocturna. Vio la pantalla de su propia unidad, ese rostro enmarcado, quieto y superficial, elusivo. Su presa. La presa que le robaba el sueño.&lt;br /&gt;-¿Todavía aquí?&lt;br /&gt;El teniente Paul Reisman echaba llave a la puerta de su oficina.&lt;br /&gt;-Ya lo ves.&lt;br /&gt;Reisman descolgó su gabardina del perchero y se la ajustó al cuerpo mientras caminaba hacia el escritorio de Jack, apenas iluminado por una pequeña lámpara, justo al centro de la sala.&lt;br /&gt;-¿Problemas en casa?&lt;br /&gt;-Ninguno. Me quedé a revisar unos expedientes. Eso es todo. No vi la hora.&lt;br /&gt;Reisman, de pie junto a él, vio también el rostro de la presa en la pantalla.&lt;br /&gt;-No puedo pedirte que te relajes -le dijo, estrechándole un hombro-, pero esa piel no aparecerá ante ti con sólo invocarla. Menos si no duermes. Te necesito bien despierto.&lt;br /&gt;-Descuida Jefe.&lt;br /&gt;-Voy a alcanzar a los muchachos en lo de Neal. ¿Por qué no nos acompañas? Nos tomamos unos tragos, platicamos un rato, luego te vas a casa. ¿Qué dices?&lt;br /&gt;-Lo siento Paul, debo terminar unas cosas aquí. No tardaré.&lt;br /&gt;-Como quieras -el teniente torció la boca, le palmeó el hombro y caminó hacia la salida. Antes de abandonar la sala, se volvió y le dijo:&lt;br /&gt;-Me llegó un nuevo reporte. Pero no quiero que acumules trabajo. Si quieres, puedo asignarlo a alguien más. A Cole, por ejemplo.&lt;br /&gt;Jack lo miró en silencio. Apenas conseguía distinguir su figura en el umbral del pasillo. Pensó que su jefe tenía razón: le hacían falta horas de sueño. ¿A dónde habrían ido? Al infierno seguramente, al sitio en donde su presa iría a parar. Sonrió un poco.&lt;br /&gt;-¿Entonces?&lt;br /&gt;-Dame una semana más. Si no he dado con él -señaló la pantalla-, dale el trabajo a otro.&lt;br /&gt;Reisman se llevó una mano a la frente y ensayó una especie de saludo militar antes de salir. Jack lo imitó sin dejar que se le desdibujara esa sonrisa que apenas podía sostener. Luego volvió su vista al rostro de pixeles, que también parecía observarlo con una mirada artificial. Con la única mirada que tenía para hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pie frente a la ventana, Alex espiaba los movimientos en la calle. El pordiosero, el borracho, el hombre cuyas venas abrían las cicatrices de sus bocas sedientas de droga: tales eran las imágenes que le deparaba la noche. Figuras circunscritas al sector que acaparaba su vista, irreparables, resignadas al pasmo, a la ignominia. Circunstancias de la eterna, inexpugnable vigilia a la que Alex se hallaba rendido, abandonado y, sin embargo, expectante. ¿Qué esperaba de la noche? Nada y cualquier cosa. De hecho, la noche era un concepto que había aprendido a nombrar sin sentir que realmente significara algo. Ausencia de luz, niebla, humedad, ruidos subrepticios, gritos apagados, trayectos de silencio que al cabo de un instante el viento reclamaba. Nada más. Detrás de todo eso no había para él ninguna idea involuntaria, ningún fluir de imágenes, ni siquiera los trabajos del sueño que atenazaba a los hombres. “Caricaturas”, las llamaba Dana, para quien el sueño era un truco que Dios empleaba para distraer a la gente mientras un ejército de ángeles limpiaba el mundo en silencio, procurando no despertar a los hombres. Alex sabía que, en parte, tenía razón: él mismo había visto a esos seres oscuros limpiar el mundo de la inmundicia de la creación, pero no de la creación divina, sino la de los hombres, que soñaban, sí, pero en ser dioses, en alcanzar el secreto de una creación de la que desconocían todo, por más que imaginaran esquemas (los llamaban religiones), por más que su búsqueda de la perfección consistiera en arrojar a la basura sus errores. Porque eso era lo que hacían: hallar el resultado del equívoco, destruirlo, desaparecerlo. Limpiar el mundo de su propia inmundicia.&lt;br /&gt;Alex -lo sabía- era parte de esa inmundicia. Ese era el rol que le habían asignado.&lt;br /&gt;Que lo hallaran, acaso era ese el motivo de la espera. Mientras tanto, el tedio, la vigilia, hasta ese momento interminable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta ese momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sombra empezó a crecer como un animal que se arrastrara a ciegas sobre la humedad del pavimento. Alex no tardó en discernir en esa mancha informe la silueta de un hombre que caminaba a solas en dirección al callejón. Nada habría de extraño en ello, excepto que la figura solitaria se desplazaba justo hacia el hombre que se ocultaba entre las sombras y cuya mano había despertado ya el filo de su inquieta navaja. El encuentro era inevitable. Alex, mudo a la distancia, adivinó la sorpresa en los ojos del hombre que era objeto del ataque. Lo vio enfrascarse en una lucha inútil, lo vio ceder al abrazo repentino que le negó el oxígeno. Luego cayó de espaldas al pie del asaltante, que proyectó la punta de su bota contra el rostro que apenas entendía lo que estaba ocurriendo. ¿Qué lo obligó a actuar? Nunca lo sabría. En instantes, Alex apoyó un pie en el marco de la ventana y saltó al vacío. Su larga gabardina aleteó en el viento y él apenas sintió el golpe del concreto en sus rodillas cuando alcanzó el piso algunos metros más abajo. El atacante no lo había notado. Fue un instante fatal: Alex se arrojó sobre él y ambos rodaron por el suelo, alterando el reposo del agua que la lluvia había ido acumulando en su frenesí incomprensible. Un puño enguantado surcó el aire y se impactó contra la mandíbula del hombre al que esta vez le correspondía el azoro. Pero la residencia en las calles le había conferido un raro instinto, una rudeza inusitada, que resurgió en su defensa: con mano ágil devolvió el golpe, que esta vez venía acompañado del acero. La piel de Alex se abrió, pero aquel sesgo violento no dejó escapar sangre sino hierro. El otro no lo supo, así que volvió a acometer el cuerpo con el filo desgastado, una y otra vez. Pero en ello no había dolor, apenas una fugaz sensación de fatiga que no impidió que Alex proyectara un nuevo puñetazo al rostro del ladrón, cuya cabeza se estrelló contra el piso. El golpe no había sido definitivo, pues el atacante se repuso de inmediato y se arrastró hacia atrás. Con esfuerzos consiguió ponerse de pie. Fue entonces cuando la descarga del láser le partió el vientre.&lt;br /&gt;Jack, de pie, sostenía el arma con ambas manos. La víctima cayó de costado, y aun tuvo tiempo de ver sus entrañas devastadas, la sangre que le bañaba las manos, el rostro de su ejecutor, fijos sus ojos en su repentina desgracia. Y un segundo después, la noche se le hizo densa en el cuerpo.&lt;br /&gt;Jack bajó el arma y fue con Alex, a quien le estaba costando esfuerzo incorporarse.&lt;br /&gt;-¿Está herido?&lt;br /&gt;Alex retiró la mano que le cubría el pecho. Fue un movimiento instintivo, producto también de su aturdimiento.&lt;br /&gt;-¡Vaya que lo está! -Jack se puso en cuclillas y retiró hábilmente la ropa hecha jirones para analizar las heridas.&lt;br /&gt;Entonces Alex lo supo: la espera había finalizado. No más agotar las horas en el sinsentido de la noche, no más aguardar inútilmente el alba, no más preguntarse hasta cuándo. Porque las manos del detective le estaban descubriendo el pecho, que exhibía las heridas sin sangre, que mostraba la visión imposible de los tajos como bocas dentadas de aluminio, y ello era suficiente.&lt;br /&gt;Se recostó de espaldas, le entregó su perfil al ámbar del alumbrado público que cancelaba las sombras, y Jack lo reconoció: el rostro que presidía la pantalla al fin se había concretado, pleno, a la luz de esa fantasmagoría llamada realidad.&lt;br /&gt;El detective sabía que se imponía una frase, una sentencia, una de tantas que había fraguado durante las horas de su cacería solitaria; pero también sabía que ninguna de ellas funcionaría, no sin testigos de por medio. Por eso se puso de pie inmediatamente y apuntó al pecho de la réplica, que de cualquier manera ya se extinguía. Su índice tembloroso acarició el gatillo, su mirada escrutó el cuerpo en busca del punto preciso, pero en el momento final declinó: aquella cosa, fuera lo que fuese, lo había salvado. Era injusto, pero real. Y sin embargo, una idea patética le vino a la mente: el hecho insoportable de haber sido la presa quien hubiera llegado a sus manos de una forma involuntaria.&lt;br /&gt;Un triunfo inmerecido. Casi una derrota.&lt;br /&gt;Alex lo vio bajar el arma, mesarse el cabello, volver su vista al callejón desierto. ¿Fue un llanto apagado lo que le escuchó? “Entonces, Dana”, pensó, “finalmente los ángeles sí lloran, aunque lo escondan”.&lt;br /&gt;Lo último que Alex vio fue el arma que nuevamente lo buscaba. Luego el mundo se borró para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dana, al pie de la cama, finalizó sus rezos. Se levantó, recogió a Harry El Oso y fue al encuentro del ángel que la visitaba cada noche. La silueta al otro lado del cristal pareció alegrarse al verla. Ella descorrió el cancel y dejó que el viento se reconociera en su pelo, que la mano enguantada reordenó cariñosamente.&lt;br /&gt;-Tengo una respuesta -le dijo el ángel.&lt;br /&gt;Dana sonrió.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112918431280766102?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112918431280766102/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112918431280766102&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112918431280766102'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112918431280766102'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/10/es-cierto-que-los-ngeles-no-lloran.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112779299507720432</id><published>2005-09-26T22:47:00.000-05:00</published><updated>2005-09-26T22:49:55.103-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;strong&gt;1.&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;Actuó con la Compañía Carnegie Hall y estuvo algunas semanas en el West Side Theatre, en un musical mediocre. Desempeñó un papel menor en Snow Goose al lado de Glenda Blackfield, pero interrumpió su participación al recibir un llamado de la Seventh House Opera, en la que sustituyó a Deborah Moore en el Tomorrow’s whisper, que fue agriamente criticado por su notoria apología de la rebelión y apenas se mantuvo una semana en cartelera. (Fue durante los años del desembarco en Centroamérica, cuando los salvadoreños iniciaron la sangrienta revuelta de San Diego). Luego de la cancelación, se unió a un oscuro proyecto teatral independiente que montó un par de obras sin éxito; entretanto, consiguió algunas noches en Kino’s, un cabaret sin renombre del Soho angelino. No hubo anuncios en prensa, apenas algunos carteles y una mención en el billboard flotante de la Cuarenta y tres; no obstante, el lugar se llenó. Muchos acudieron a la cita porque creían recordarla, y ese recuerdo le había dado forma a una suerte de hermandad de secretos estetas de la pornografía que estallaron de júbilo durante las presentaciones, pasando por alto las fallas en el audio y en la iluminación que le restaron brillo al espectáculo, por otra parte magnífico. Todo comenzaba con un juego de luces que derivaba en su figura perlada y fantasmal. Con suaves movimientos señalados por la cadencia de la música, su cuerpo se iba descubriendo ante la mirada hambrienta. Una larga anaconda aparecía en un rincón: el mórbido animal se deslizaba lentamente hasta rodear a la mujer desnuda, febril, erotizada. Poco a poco, el reptil se enroscaba en ella, haciéndola suya a su manera, reclamándola. Finalmente, cubierta por la lubricidad de aquella piel escamada que parecía próxima a asfixiarla, su cuerpo se incendiaba: falsas nubes de humo envolvían el escenario y el enorme reptil se transformaba, merced a un sofisticado truco visual, en un hombretón musculoso que se aprestaba a poseerla con una violencia casi arquetípica. Pero la fascinación de la concurrencia ávida de sexo no derivaba del acto en sí, que era real, sino del hecho de que el hombre, de más de dos metros de estatura, era un mutante con dos miembros naturales de grandes proporciones. La boca experta de la mujer tornaba en hierro los groseros trozos de carne blanda y luego, jadeante, se dejaba penetrar durante casi cuarenta y cinco minutos ininterrumpidos de agitación y humedad seminal. Imposible sustraerse al frenesí de imágenes de aquel espectáculo, prueba de ello es que durante el tiempo que transcurría entre los primeros escarceos y la consecución del acto, la multitud guardaba un silencio respetuoso, casi irreal, apenas interrumpido por los gemidos apagados de algunos hombres que, incapaces de soportar el deseo, aprovechaban las sombras para entregarse a la tarea de una torpe masturbación apresurada, secretamente convulsa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda noche la esperé afuera del local. Una hora después de terminada la función, cuando el cabaret ya casi se había vaciado, ella apareció por la pequeña puerta lateral que daba al callejón. Me miró a lo lejos -mi figura disminuida era lo único que se había movido en el entorno- y pensé que me reconocía. Pero ella desvió la mirada y se encaminó por la avenida desierta. La alcancé unos metros más adelante, justo cuando se esforzaba por encender un cigarrillo en medio de la tenue resistencia del viento que antecedía a la lluvia.&lt;br /&gt;-Lulu -la llamé, aminorando el ritmo de mis pasos.&lt;br /&gt;Ella volteó de nuevo hacia mí, y el sincero brillo apagado de sus ojos me confesó que mi rostro no estaba en su memoria.&lt;br /&gt;-Soy Sebastian, ¿no me recuerdas? -insistí, pero ella dejó escapar una primera bocanada de humo y negó con un movimiento de cabeza.&lt;br /&gt;-¿Trabajas con Natan? -me preguntó, arrugando la frente.&lt;br /&gt;-No, Lulu. Soy Sebastian, Tony nos presentó hace tiempo.&lt;br /&gt;-Tony, Tony -repitió, jugando con el nombre entre sus labios-. ¿Es un actor?&lt;br /&gt;-No, él dibujaba, te hizo algunos retratos. Tienes que recordarlo.&lt;br /&gt;-Lo siento, no conozco a ningún Tony -afirmó categórica-. Buenas noches.&lt;br /&gt;-Espera -le dije, tomándola del brazo-. Acuérdate: nos presentó en la zona de tolerancia; fuimos a su departamento; luego enloqueció...&lt;br /&gt;-Darling -me interrumpió, mostrando una sonrisa de sensualidad enigmática-, sé directo: sólo dime a dónde quieres que vayamos y ya. Son quinientos por una hora, tres mil por una noche. No sé si quieras saber la tarifa por un fin de semana.&lt;br /&gt;-Te equivocas -la atajé-. Lo único que quiero es hablar contigo, saber dónde has estado. Sólo te pido que me aceptes un café. Serán unos cuantos minutos, no te quitaré mucho tiempo.&lt;br /&gt;Lulu me estudió por algunos segundos, perfilando una sonrisa que no parecía ceder incluso ante la extrañeza. Luego dio una nueva fumada a su cigarrillo y miró la hora en su Cartier imitación diamante, que brilló en la oscuridad.&lt;br /&gt;-Un café... -meditó-. ¿Por qué debo aceptar?&lt;br /&gt;-Porque hay algo que nos une: es una historia que no puedes haber olvidado.&lt;br /&gt;-¿Sabes cuántas historias he escuchado en mi vida? -Fumó un poco; el humo que escapó de su boca develó la dirección del viento-. ¿Sabes cuántas de ellas son ciertas?: ninguna, honey; pero todo juega a ser verdad cuando el sexo está de por medio. Todos los hombres te aman cuando están a punto de venirse...&lt;br /&gt;-No te he buscado por eso -me defendí-. Sólo quiero conversar contigo.&lt;br /&gt;Lulu, fingiendo un fastidio que estaba lejos de sentir, miró a uno y otro lado de la calle solitaria. Entonces volvió a sonreír.&lt;br /&gt;-Voy a aceptar tu invitación, pero en realidad no sé por qué lo hago, creo que es porque hay algo en ti que me inspira confianza. Conozco a los hombres, y sé que tú no serías capaz de hacerme daño. -Guardó silencio un momento, como si analizara mi reacción-. Tiene que ser en un lugar concurrido, ¿me oyes? -dijo finalmente-. Nada de alcohol ni apartamentos. Bebemos el café, conversamos y nada más. ¿Está bien?&lt;br /&gt;-Con eso basta -le aseguré.&lt;br /&gt;Pero estaba equivocado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedimos dos americanos y un nuevo paquete de cigarrillos. Luego nos miramos en silencio y ella ensayó otra vez esa sonrisa que al parecer era hábito de un rostro acostumbrado a intimar con desconocidos. Ese gesto -que reconocí de inmediato, porque yo mismo lo había fraguado- fue suficiente para saber que la mujer frente a mí no era Lulu; o sí lo era, pero no aquella que había estado a punto de morir en la plancha de un laboratorio casero, sino el ente artificial parido por la Corporación que ahora ocupaba el hermoso cuerpo de mujer que el ansia me había obligado a diseñar a partir de los platónicos retratos de Tony en su camino a la locura. De muchas maneras orgulloso, yo también sonreí: su rostro era perfecto, de angulados rasgos delicados, y su cuerpo era una máquina de movimientos precisos, felinos, hermoso en medio del aura de magia que envuelve a la piel moldeada por el ansia de saberse deseada. Tal como la concebí. Inútil hubiera sido plantear las preguntas que habían alimentado mis noches desde el primer día que hallé su nombre en la marquesina del teatro. Inútil, también, habría sido pretender que recordara un pasado que ignoraba, aunque le perteneciera. Por eso callé y me abandoné a esa contemplación silenciosa, ensimismada y, por qué no, plena de admiración.&lt;br /&gt;-Muchos pagan por verme desnuda, pero hasta ahora nadie por hacerlo detrás de una mesa. De hecho -sonrió, divertida-, nadie paga ya con granos de café: el trueque fue abolido hace muchos siglos. Así que, señor misterioso, dime exactamente qué es lo que quieres.&lt;br /&gt;Decidido, le hablé de mí, de mi trabajo. También le conté que sabía qué era ella, de cómo los cuerpos eran “algo” y un instante después ya eran “alguien” con un pasado, con un presente, con un futuro, a veces efímero, a veces duradero. Sé que no debí hacerlo, pero algo en mi interior me aconsejaba corresponder a su confianza. Ya el mundo le había mentido lo suficiente, no sería yo quien colaborara para mantener en pie esa farsa.&lt;br /&gt;Su expresión, al principio de una obvia perplejidad, pronto se tornó seria. No era para menos.&lt;br /&gt;-¿Tú me hiciste? -preguntó de súbito, mirándome como lo haría un alma el Día del Juicio.&lt;br /&gt;-No exactamente -le respondí-. Fui parte del proyecto, pero hay más gente involucrada. Cómo te lo explico... Mira: no necesito verte sobre el escenario para saber cómo es tu cuerpo, ¿me entiendes?&lt;br /&gt;Afirmó con un leve gesto. Luego pareció sumirse en profundas cavilaciones.&lt;br /&gt;-Creo que debería darte las gracias -comentó luego de un rato-: vivo de mi físico, y vivo bien. Imagino que hiciste un buen trabajo.&lt;br /&gt;No supe qué decir.&lt;br /&gt;-Ese Tony del que hablabas, ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Es también... una máquina?&lt;br /&gt;Inquieto, carraspeé. Pero ya no había mucho que ocultar, no luego de esa confesión tan definitiva.&lt;br /&gt;-Esa es la historia...&lt;br /&gt;Me interrumpí al ver que la mesera había llegado. Dejó entre nosotros las tazas de café, los cigarrillos y un cenicero metálico. Nos miró a uno y a otro; se fue en silencio.&lt;br /&gt;-Tony -proseguí-, mi amigo, perdió a su mujer en un accidente. La amaba. Tanto que quiso recuperarla; no a ella precisamente, sino a la idea de una belleza que había sido suya. Para ello buscó a una mujer, una cuyo físico guardara todas las semejanzas posibles con la mujer que había perdido. Se dedicó a ello durante años. Finalmente, la encontró. Entonces aparecí yo. Hacía tiempo que no nos veíamos, así que cuando supo a qué me dedico, pretendió que lo ayudara a consumar esa ilusión que lo llevó a la locura. Para hacerlo, para hacer que su esposa volviera junto a él, aquella mujer tendría que morir. No ocurrió: la policía llegó a tiempo para liberarnos a todos de esa pesadilla.&lt;br /&gt;-No quiero, no logro entender qué tengo yo que ver con todo eso.&lt;br /&gt;-Esa mujer eres tú.&lt;br /&gt;No era algo fácil de digerir, pero Lulu se lo tomó con calma, mucha más de la que yo hubiera imaginado. No hubo tensión en su rostro, ni nerviosismo en sus manos. Era una máquina perfecta, el equilibrio ideal entre la belleza exterior y la paz interior. Pura genética neuronal. La naturaleza relegada a un nivel de simple espectador. La ciencia en el tope de su evolución. Tuve que reconocer que al fin lo habían logrado.&lt;br /&gt;-Y esa mujer... -Lulu canceló el viaje de la taza hacia sus labios-, ¿está viva?&lt;br /&gt;-Hasta donde creo saber, sí lo está, aunque no sé su paradero. Creí que eras tú, por eso te seguí a todas partes donde te presentabas, esperando el momento de poder hablarte.&lt;br /&gt;Dio un sorbo a su bebida, se apoyó en el respaldo de la silla sin perder ni por un momento la elegancia de su figura imponente, llevó su vista hacia la calle apenas transitada, guardando un silencio reflexivo, como si tratara de reordenar un mundo que de cualquier manera siempre le hubiera parecido frágil, inaprensible. Finalmente, se volvió de nuevo hacia mí y me dedicó una mirada de franca preocupación.&lt;br /&gt;-¿Es igual a mí?&lt;br /&gt;-Lo es -le respondí-. No son idénticas, no pueden serlo, pero es apenas por unos pequeños detalles: los lóbulos de las orejas, por ejemplo; cierto relajamiento en la expresión... -enrojecí de pronto. Ella lo notó.&lt;br /&gt;-Es mi cuerpo, ¿no es así?&lt;br /&gt;-Perdona -me disculpé-. Es la primera vez que hablo del tema.&lt;br /&gt;-Dímelo, anda, ¿qué puede ser tan vergonzoso?&lt;br /&gt;-¿Vergonzoso? Nada...&lt;br /&gt;-Es mi vello púbico, ¿verdad?&lt;br /&gt;Tuve que desviar la mirada.&lt;br /&gt;-Debí haberlo sabido -murmuró, sonriendo, mirando a todas partes-. Siempre me pareció extraña esa forma triangular. Jamás he tenido que rasurarlo...&lt;br /&gt;-No sigas -le pedí, en verdad apenado.&lt;br /&gt;Su sonrisa, que creí eterna, se desdibujó en un instante.&lt;br /&gt;-Todo tiene un porqué -reflexionó.&lt;br /&gt;-Ahora lo sé.&lt;br /&gt;No era una metáfora, sino una certeza, cruel, inapelable.&lt;br /&gt;-Tú puedes ser perfecta -le dije-, pero el mundo no lo es: si ella aparece, si sabe de ti, si se entera de que de alguna manera has estado usurpando su lugar, puede ejercer acción legal en tu contra.&lt;br /&gt;-¿Qué tipo de acción legal?&lt;br /&gt;-Puede solicitar tu eliminación.&lt;br /&gt;Imaginé su cuerpo desnudo, inanimado, su inútil hermosura yaciendo en un rincón sucio y oscuro de una bodega desconocida, sellada su piel por el hierro al igual que los otros cuerpos sin vida a los que se habría sumado para siempre. Eliminada.&lt;br /&gt;-¿Quieres decir... mi muerte?&lt;br /&gt;No respondí. Vi su rostro, su belleza de pronto oscurecida, sus labios de carnosa lujuria que se abrieron para dejar escapar la pregunta que ya esperaba:&lt;br /&gt;-¿Por qué entonces me crearon? ¿Por qué lo hicieron si sabían que ocuparía el lugar de una mujer que aún existe?&lt;br /&gt;Prolongué mi silencio. En realidad, cualquier cosa que pudiera responderle no le ofrecería consuelo, no después de saber que su vida no era más su vida, que su residencia en este mundo dependía de las decisiones de otros.&lt;br /&gt;-La verdad -le dije, buscando las palabras adecuadas para no lastimarla más de lo que lo había hecho-, no entiendo qué haces en la tierra, si tu lugar está en las Colonias. Fuiste diseñada para ofrecer placer, pero no aquí, no en este mundo enfermo, sino allá arriba, donde se ha gestado una vida plena, perfecta. Por eso lo eres también, para que te correspondieras con ellos.&lt;br /&gt;No mentía, el encargo había sido específico: una generación de mujeres dóciles, cuyo principal atributo era la belleza, la disposición, la entrega. ¿Qué había ocurrido entonces? ¿Qué fase del proceso había fallado para que ella no arribara a su destino? Pensé que sólo Tyrell tendría la respuesta.&lt;br /&gt;Lulu había dejado a un lado el café y fumaba, demasiado absorta en mis palabras para darse cuenta de que su sonrisa no acertaba a concretarse en sus labios.&lt;br /&gt;-De algún modo siempre lo supe -dijo de pronto, sus ojos fijos en la superficie nacarada de la mesa, aunque su mirada parecía perdida en un complicado laberinto de imágenes que tenían lugar en su interior-. Una tarde, mientras estaba en la sala de descanso, un hombre se me acercó. Nunca lo había visto, aunque vestía de uniforme, como todos los demás. Me dijo que tenía que acompañarlo. Me llevó al laboratorio, me sedó un poco y cortó parte de mi piel, aquí -se descubrió el hombro para mostrarme la cicatriz de una herida en la suave carne de su axila-. Extrajo algo, no supe qué, sólo me dijo que eso ya no era necesario pues era tiempo de que saliera a cumplir con la tarea que se me había asignado.&lt;br /&gt;Incrédulo, le pregunté cómo era ese hombre. Me respondió que no lo recordaba: era extraño, siempre había tenido muy buena memoria, pero ese rostro se le escapaba aunque tuviera la certeza de que existía, igual que cuando se intenta recordar a una persona que alguien hubiera descrito a la ligera.&lt;br /&gt;-Ni por un momento dudé de sus palabras. No tenía por qué hacerlo: estoy aquí para obedecer, ¿no es cierto?&lt;br /&gt;Me explicó que ese hombre la había llevado a un departamento, amueblado, elegante. Le dijo que era suyo, que la Corporación lo pagaría, que no debía preocuparse. Le dejó algún dinero y se marchó. Antes de irse le entregó los documentos que avalaban su inscripción en una especie de asociación de actores y productores de teatro. Fue así como inició su carrera. Siempre le había parecido raro descubrir que había gente que decía conocerla de algún sitio, pero lo atribuía a su físico. Todo lo que era estaba en su cuerpo.&lt;br /&gt;-Luego empezaron a llegar aquellos hombres a mi casa. Decían que él los había enviado. Por eso no titubeé cuando me propusieron..., tú sabes: tener sexo con ellos. Además, pagaban bien.&lt;br /&gt;-No tienes por qué darme explicaciones. -Me incliné hacia ella para hablarle en voz baja-. Lo importante ahora es encontrar a ese hombre para saber qué es lo que se propuso al obligarte a salir en secreto de la Corporación.&lt;br /&gt;No bien pronuncié esas últimas palabras, todo cambió. Fue uno de esos instantes que nadie parece advertir pero que todo mundo puede recordar más tarde, cuando se reflexiona en los pormenores que dieron pie a una desgracia: Lulu, que también se había inclinado sobre la mesa para escucharme, alzó de pronto la vista y la sorpresa asomó a sus ojos. Primero creí que mis palabras o algo en mi rostro habían originado esa expresión de miedo, de terror absoluto, pero entonces supe que no era a mí a quien miraba, sino a alguien a mis espaldas.&lt;br /&gt;-Quédate quieto -me ordenó una voz anónima- o saldrás herido.&lt;br /&gt;Desobedecí, y no lo hubiera hecho, pues al volverme descubrí el cañón del arma que apuntaba hacia nosotros como una extensión de aquel desconocido cuyos rasgos me negaban las sombras.&lt;br /&gt;-Usted -le dijo a Lulu-, levántese, lentamente, con las manos separadas del cuerpo.&lt;br /&gt;Sé de la agilidad del androide, pero nunca había visto a uno que no fuera un guerrero actuar con la rapidez con que lo hizo Lulu al recoger el pesado cenicero de metal para, en un mismo y fugaz movimiento, arrojarlo a la cara del hombre. El objeto surcó el aire a centímetros de mi cabeza e hizo contacto con la  frente de aquel tipo, produciendo un ruido de algo que se rompe. Al mismo tiempo, el arma se disparó, abriendo un boquete humeante en el cielorraso de la cafetería. Eso bastó para que el local se convirtiera en un infierno de gritos, carreras y sillas que alcanzaban el piso con estrépito.&lt;br /&gt;-¡Corre! -me dijo Lulu tomándome de la mano.&lt;br /&gt;Salimos a la calle ocultos entre la multitud y tomamos un rumbo cualquiera. Corrimos sin mirar atrás. Doblamos una esquina y luego otra; cruzamos un par de calles, esquivando vehículos terrestres, y entonces nos detuvimos un segundo, indecisos. Finalmente optamos por un callejón desierto, nunca tan oportuno. En silencio, cómplices de las sombras, descubrimos que nadie nos seguía.&lt;br /&gt;-Lo ha hecho -exclamó Lulu recobrando el aliento-. Esa mujer de la que hablabas, ¡la muy puta lo hizo y ahora quieren matarme!&lt;br /&gt;-Cálmate -le pedí-, déjame pensar...&lt;br /&gt;-¿Pensar qué? ¿Acaso no lo viste? ¡Iba a dispararme!&lt;br /&gt;-Lo sé: era un cazador de pieles. Lo más extraño es que estaba solo, y esos hombres actúan en grupos. Quiero pensar que no te buscaba, sino que te encontró por casualidad...&lt;br /&gt;-Solo o como sea, estuvo a punto de matarme. -Echó un vistazo al derredor-. ¿Sabes en dónde estamos? Tengo que ir al departamento...&lt;br /&gt;-No puedes ir ahí -le dije-: ese será el primer lugar en el que buscarán, si no es que ya lo han hecho.&lt;br /&gt;-Pero no tengo a dónde ir.&lt;br /&gt;-Ven conmigo: nadie te buscará en mi casa.&lt;br /&gt;Salimos, cautelosos, y caminamos lentamente hasta llegar a una esquina concurrida. Allí detuve un taxi y le di instrucciones. No estábamos lejos. Lulu quiso arreglarse el cabello en un gesto de incomprensible vanidad, pero entonces descubrió que había olvidado su bolso en el café. Creo que estaba a punto de romper en llanto, pero yo sabía que no era algo que pudiera hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Horas después le pedí que se alejara de la ventana, que nadie iría hasta ahí para hacerle daño. No dudó en obedecer. Quise ofrecerle palabras de consuelo, pero ninguna de ellas vino a mí. Yo sabía perfectamente que esos hombres tenían el conocimiento y el equipo necesario para hallarla, no importaba que se escondiera en el fin del mundo. Eran sabuesos, máquinas diseñadas para matar. No descansarían hasta verla aniquilada; sólo era cuestión de tiempo.&lt;br /&gt;Sentí, como nunca, la impotencia, la falibilidad del ser humano. Y la tristeza me embargó. Porque entonces entendí que mi interés por ella iba más allá de la ciencia. Que cada una de esas noches transcurridas en el anonimato de las salas de teatro yo mismo me había engañado al pretender que sólo quería saber de ella. Que me mentía a mí mismo, porque en realidad lo que deseaba saber era si algo de mí aún estaba en sus ojos, en su memoria, en su corazón.&lt;br /&gt;Lulu se paseó por la habitación, levantó algún objeto, lo analizó sin demasiado interés. Finalmente tomó asiento en mi cama revuelta y acarició con una mano las sucias cobijas. Sentí vergüenza. Por primera vez en mi vida, encontré que había momentos en que olvidaba que esa mujer no era un ser humano. Como llamada por el ansia de mis ojos, que no la abandonaban, se incorporó y lentamente comenzó a desvestirse.&lt;br /&gt;Conocía, como ella, cada rincón de su cuerpo, pero así y todo la perfección de aquellas formas me dejó pasmado. No sin cierta incomodidad supe que al fin había caído en el encanto de mi propia magia, tibiamente alojada en la suavidad de esa piel intensamente blanca, imantada. Y Lulu, ignorante de mis sutiles tormentos, se tendió de espaldas y recogió una de sus piernas mientras se apoyaba en su codo izquierdo para mirarme.&lt;br /&gt;-Ven aquí -me dijo, extendiendo delicadamente su brazo-. No sé recibir nada sin entregar algo a cambio. Y esto -se acarició la piel entre los senos- es lo único que tengo.&lt;br /&gt;Pensé en Tony, en sus sueños, en su imaginería trastocada por el desequilibrio que, de alguna forma, esa noche, en el claroscuro de una habitación totalmente ajena a sus enfermos delirios, cobraba al fin sentido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y asistí. Sediento, irreparable.&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que descubres que el mundo entero cabe en el cuerpo de una sola mujer, todo lo demás se desmorona sin remedio. Lulu, jadeante, soportando el peso de mi éxtasis, me confió durante horas las formas de una pasión que su cuerpo había ensayado en otros hombres. Más tarde, resignados al amanecer, nos desprendimos poco a poco de esa máscara de lujuria que nos había disfrazado para redimirnos de la hipocresía que alienta al ser humano. O al menos, yo me desprendí de ella. Minutos después, su silueta, detrás del cancel de la regadera, se entregó a la tibia caricia del agua para dejar que mi sudor resbalara de su piel, nunca exhausta. Ya con el sol entre nosotros, aceptó una taza de café, que bebió en el silencio que anuncia las raíces del rencor. Entendí que así debía ser; por eso decidí callar. Ella terminó su bebida y encendió el primer cigarrillo de la mañana.&lt;br /&gt;-¿Qué va a pasar conmigo?&lt;br /&gt;No quise responder.&lt;br /&gt;-¿Hay alguna manera de evitarlo?&lt;br /&gt;Sonreí agriamente: la muerte era algo inevitable.&lt;br /&gt;-¿Qué pasa si vuelvo a la Corporación?&lt;br /&gt;Al fin me decidí a hablarle. No era algo grato tener que descorrer el velo de sus falsas esperanzas. Pero tenía que hacerlo.&lt;br /&gt;-Es ilegal -afirmé-. La ley prohíbe la coexistencia de dos seres semejantes. Una vez hecha la denuncia, el proceso es irreversible. La Corporación a esta hora debe hallarse bajo extrema vigilancia.&lt;br /&gt;Lulu suspiró: había comprendido que ya era una fugitiva.&lt;br /&gt;Comenzar a contar las horas que te distancian de la muerte no es un asunto sencillo. Lulu bajó unos instantes la mirada, pero de inmediato se repuso: una idea, repentina como todas, se dibujó en su mente.&lt;br /&gt;-Reconstrúyeme -dijo de pronto.&lt;br /&gt;Mis ojos, surcados por la flaccidez de las arrugas, debieron abrirse desmesuradamente.&lt;br /&gt;-No puedo hacerlo -balbuceé-, no aquí.&lt;br /&gt;-¿Dónde, entonces?&lt;br /&gt;-En los laboratorios de la Corporación. Sólo conectada a una máquina puedes soportar el límite máximo de hibernación que necesitaría para sustituir la piel de tu rostro, que es lo único que podría hacer: el resto de tu cuerpo y tus entrañas son una y la misma cosa.&lt;br /&gt;Ella me miró expectante. Pero no había mucho más que decir.&lt;br /&gt;-Entrar en la Corporación es imposible.&lt;br /&gt;El sonido del videoteléfono se dejó escuchar de pronto, sobresaltándonos. Su tono era inconfundible: Tyrell llamaba. Fui hasta el aparato y lo cambié de posición para evitar que la lente enfocara el área del comedor, en donde se encontraba Lulu. El rostro apareció en la pantalla.&lt;br /&gt;-La encontraron -dijo él a manera de saludo.&lt;br /&gt;-No entiendo -respondí, aferrándome a esa pausa para sobreponerme.&lt;br /&gt;-A la unidad extraviada. Ayer por la tarde una mujer hizo la denuncia. Parece que la vio en un cabaret. La policía registró el local, revisó las grabaciones de las cámaras de seguridad. No había duda: era ella.&lt;br /&gt;-¿Lograron aprehenderla? -El eufemismo provocó el sarcasmo en la sonrisa de Lulu, que a la distancia atestiguaba la conversación.&lt;br /&gt;-Estuvieron a punto de hacerlo, pero la réplica atacó al oficial que la encontró; estaba en un café. Los testigos aseguran que iba acompañada.&lt;br /&gt;Un súbito escalofrío me recorrió la espalda.&lt;br /&gt;-Logró huir -continuó Tyrell-. Pero no tardarán en capturarla: todo el equipo anda tras ella. Y dije todo: ahora se le acusa también de asesinato.&lt;br /&gt;-¿Saben ya quién era su acompañante? -El temblor de mi voz no debió pasar desapercibido. No para Tyrell.&lt;br /&gt;-Nadie lo sabe, pero creemos que es el hombre que la ayudó a escapar de aquí.&lt;br /&gt;Hice un gran esfuerzo para no desviar la mirada hacia Lulu, que al parecer se había derrumbado sobre su asiento, presa de la desesperación. Todas mis estúpidas ideas acerca del equilibrio entre la mente y el cuerpo se vino abajo junto con ella.&lt;br /&gt;-¿Qué puedo hacer, Tyrell? Quiero decir, si me llamaste, es por algo...&lt;br /&gt;-Así es. Un grupo de los equipos especiales acaba de interrogarme. Pidieron copia de los expedientes. Saben que tú colaboraste en su diseño. No deben tardar en llegar a tu casa.&lt;br /&gt;Nervioso, esta vez no pude dejar de buscar la mirada de Lulu. Tyrell lo notó.&lt;br /&gt;-¿O ya están ahí?&lt;br /&gt;-No... No han llegado todavía. -Tosí para desviar su atención-. No entiendo para qué me quieren, si todo está en los documentos.&lt;br /&gt;-Es lo mismo que les dije, pero argumentaron que no están dispuestos a dejar escapar ningún detalle. ¿Pasa algo?&lt;br /&gt;Estuve a punto de confesarlo todo. No sé por qué me detuve, acaso fue el recuerdo de la noche anterior, acaso fue simplemente un gesto de humanidad. O de cobardía. Lo cierto es que dejé que los segundos se acumularan alrededor de mi silencio y, finalmente, decidí que se quedaran allí.&lt;br /&gt;-Muy bien, Sebastian, tengo que dejarte. Sólo te pido que colabores con esos hombres; es la única manera de que te dejen en paz.&lt;br /&gt;Interrumpí la comunicación sin apenas despedirme. Lulu, de pie frente a la ventana, encendió un nuevo cigarrillo, que agotó en poco tiempo.&lt;br /&gt;-Está claro que no tengo salida. -Su voz era frágil, ajena por completo a la seguridad que de ella emanaba hacía apenas unas horas-. Tal vez sea mejor que me entregue. No sería justo que sufrieras por mi culpa.&lt;br /&gt;Me puse de pie y fui hasta ella. La abracé por la espalda, acaricié sus brazos, la estreché contra mí. No sabía, no podía saber que en ese momento estaba dispuesto a morir por ella. A morir de ella. Porque había comprendido que la amaba, que la había amado desde la primera vez que entreví su cuerpo en ese juego de sombras que era el retrato entre mis manos la noche que la otra, que ella misma, aún sin nacer, había estado a punto de morir. Era una paradoja extraña: Lulu, la auténtica Lulu tendría que haber muerto aquella vez para que su espíritu renaciera en su propio ser perfeccionado, llevado al límite de su belleza. Y ahora la otra, la mujer de carne y hueso que al principio creí amar, había venido a reclamar su existencia, su lugar en un mundo en el que yo no existía como en ese momento, sino sólo como el recuerdo de quien la había salvado, sí, pero a quien sólo le correspondía la estima y tal vez el cariño que no podrían jamás ser suficientes. Nunca más.&lt;br /&gt;Lulu, la que era mía, si es que esa ilusión pudiera ser tangible, pareció participar de mi angustia, pues de inmediato se volvió hacia mí y me besó con esos labios que mis manos habían detallado en una noche solitaria sin creer que algún día me buscarían el rostro para beberse mis lágrimas.&lt;br /&gt;De nuevo pensé en Tony, en aquellas palabras que en su momento consideré paridas por el desajuste de su mente enferma. Si algo no era justo en ese instante, era que él pagara con su encierro la locura de la que yo ahora mismo me estaba alimentando.&lt;br /&gt;-Llora por mí -me susurró ella al oído-. No pares de llorar. Yo he querido hacerlo desde hace mucho tiempo, pero no puedo. Algo aquí me lastima, pero ese malestar despierta y vuelve a dormirse en mi pecho sin saber que no tiene sentido.  No entiendo cómo pueden hacer que el sentimiento se aloje en una máquina sin darle la oportunidad de que alguna vez se muera. Tal vez debería ir al baño y mojarme un poco el rostro -sonrió ligeramente, pero la línea entre sus labios fue más bien una herida-: así sabré qué siente una mujer cuando llora ante el espejo.&lt;br /&gt;El timbre de la puerta principal nos abortó de esa magia.&lt;br /&gt;-Deben ser ellos -le dije, desesperado, soltándome del abrazo-: nadie más me visita.&lt;br /&gt;-Déjalos que entren -murmuró, y en el tono de su voz había algo más que resignación-. Diles que te obligué a tenerme aquí, que vine para buscar que me reconstruyeras. Así no mentirás. Y ellos jamás podrán saberlo.&lt;br /&gt;-No puedo hacerlo -reclamé-. ¿Acaso no lo entiendes? Ahora mismo sé que ya no puedo vivir sin ti. No podría soportar ver lo que ellos harán contigo; te matarán apenas abra la puerta...&lt;br /&gt;Lulu se me acercó despacio. Su rostro, como una mano que se abre, perdió todo rastro de angustia. Entonces de sus labios escapó la frase que resolvía el misterio, las palabras que de alguna manera lo reducían a una realidad casi palpable:&lt;br /&gt;-Tú sabes perfectamente que soy un cadáver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acudí al teatro la noche que A blue dream &amp; a lie alcanzaba las 100 representaciones. El foro, lleno a su máxima capacidad, estalló en aplausos cuando el fantasma de Jean (un juego de hologramas en tercera dimensión) encontraba la muerte al filo de la espada que durante más de dos horas había inquietado su presencia. Yo mismo me puse en pie y confieso que lloré un poco cuando las densas cortinas se abatieron sobre el escenario para cancelar la imagen de su derrota.&lt;br /&gt;Fui de los primeros en abandonar el local. La lluvia había finalizado cuando salí a la noche. Los charcos a la orilla de la calle repetían ese nombre incesante que presidía la alta marquesina iluminada. Me alejé algunos pasos y finalmente me detuve; mis ojos, humedecidos, no dejaron de insistir en esa palabra silenciosa.&lt;br /&gt;Al cabo de una hora, la espera terminó: su rostro, limpio ya del maquillaje espectral, apareció tras el cristal de la puerta como una sonrisa que despierta. La vi venir entre la gente, gravitando en medio del acoso, regalando besos, estrechando manos anónimas que codiciaban su piel, que reclamaban entre gritos, aunque fuera fugazmente, un poco de la luz de su mirada.&lt;br /&gt;El Jaguar se posó delicadamente sobre el asfalto. Sus puertas se abrieron, un hombre descendió y rodeó el vehículo para recibirla. Pero ella le pidió aguardar: una mano, anónima entre el gentío, se extendió para ofrecerle una pequeña tarjeta, cuyos rasgos quiso descifrar ayudada por el fulgor de los lejanos anuncios de neón. No sé qué fue lo que encontró en ese mensaje, lo cierto es que giró el cuello en el inútil intento por recuperar el rostro que le había sonreído irónicamente al entregárselo. En medio de esa breve confusión, descubrirme al otro lado de la calle fue inevitable. Ignoro si fue capaz de reconocerme; a veces me gusta pensar que mi cara puede llegar a ser inconfundible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche paladeé durante horas el recuerdo de su rostro, callado y oscuro como las huellas de su propio enigma, asomado a la ventana cuando la nave tomó distancia con el piso y se perdió más allá de la niebla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé un rato más por ahí. Inquieto. Pensativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tarde las luces del teatro se apagaron y las cuatro letras de aquel nombre, cinceladas en rojo sobre la enorme marquesina, volvieron de nuevo a las sombras.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112779299507720432?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112779299507720432/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112779299507720432&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112779299507720432'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112779299507720432'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/09/1.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112680318667831360</id><published>2005-09-15T11:51:00.000-05:00</published><updated>2005-09-15T11:53:06.686-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>De pie en la esquina de Water Falls con la Sexta, sus ojos recogieron la escena: el Albatros surgió de entre los autos para romper la cadera del hombre que cruzaba la calle. Era su punto de equilibrio. Como un péndulo invertido, su perfil izquierdo se estrelló contra el cristal del parabrisas, astillándolo. La nave lo arrastró algunos metros y se detuvo de improviso con un horrísono sonido de neumáticos. El cuerpo inerte se deslizó sobre el toldo y en segundos alcanzó el piso. Ya los ojos curiosos bordeaban el escenario de esa muerte cuando los hombres descendieron del vehículo. Los disparos hicieron saltar el cadáver y luego todo se redujo al silencio. Steve no quiso quedarse a ver el resto: dio media vuelta y se fundió con las sombras del callejón desierto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió al cuarto de alquiler. No se tomó la molestia de encender la luz. Absorto en las atroces imágenes de la cacería, se tendió de espaldas sobre el camastro revuelto y encendió un cigarrillo. El blanco cilindro de tabaco se fue consumiendo entre sus labios mientras sus tristes ojos de refugiado se cerraban poco a poco para imitar el sueño, que en él era una suerte de hibernación matizada por una silente y profusa oscuridad. Así, inmóvil en medio de esa farsa, no sintió cómo la lenta madrugada agotaba las horas. Sólo cuando los golpes en la puerta lo abortaron de esa magia supo que había amanecido. Una voz lo llamó desde el otro lado:&lt;br /&gt;-Señor Steve -era la dueña de la casa de huéspedes-, el desayuno está servido. ¿Hoy tampoco piensa bajar?&lt;br /&gt;Se incorporó lentamente, escupió el filtro endurecido, reconoció su rostro fatigado en el espejo. Porque aquel era su rostro, pero a la vez no lo era: manos ajenas lo habían confeccionado a partir de una foto o un recuerdo. No, esa piel no se había desarrollado a partir de un embrión. Su célula primigenia jamás fue inoculada en un organismo durante ningún acto carnal. Peor aún, su carne jamás sufriría el deterioro que los años ejercen sobre los hombres; nunca conocería el cansancio de los días; nadie lloraría su muerte. Pero ésta sí ocurriría. Tarde o temprano su organismo se apagaría, sin ceremonias, sin agonías. Así, sin más.  Luego sobrevendría la nada, la nada absoluta, el no ser, el eterno vacío.&lt;br /&gt;Nuevos golpes en la puerta lo expulsaron de su marasmo y lo obligaron a acudir al llamado.&lt;br /&gt;La anciana lo miró de arriba abajo como si deseara encontrar en su maltrecha presencia las señales del alcohol o de la droga.&lt;br /&gt;-Debería usted bañarse antes de que la comida se enfríe -le dijo-. No tarde, los demás ya se han sentado a la mesa.&lt;br /&gt;Cerró la puerta y fue a la ventana. Afuera, un grupo de mendigos hurgaba en el depósito de los desperdicios. Los negocios comenzaban a abrir. Una joven en traje deportivo cruzó la calle y se perdió en la esquina. Para el mundo era el amanecer de un día cualquiera; pero él sabía que una de esas horas que habían iniciado ya su escalada hacia la noche podía ser la definitiva, la última. De nuevo, como cada día que había pasado en esa sórdida habitación, algo parecido a la angustia se alojó en su vientre. Ver a toda esa gente reiniciar su vida envuelta en los actos cotidianos era algo que lo llenaba de celos, de una envidia que no era pasajera porque sabía que nada en ese mundo podría sustituir jamás la ausencia de esperanza, el ansia de trascender más allá de la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No era algo justo. Pero “era”, y nada podía evitarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguna vez ese hombre estuvo entre mis manos. Yo detallé la expresión de su rostro. Yo quise que el ancho de sus hombros presidiera la atlética simetría de su cuerpo magnífico. Yo mismo elegí el verde cristalino de esos ojos que algún día registrarían las formas que adopta la existencia mientras ejecuta esos sencillos milagros que para los hombres son un simple hábito de la mirada. Orgulloso, lo entregué a la Corporación. No sabía, no podía saber que las frías salas del laboratorio le habían deparado un destino de sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su ficticio andar despreocupado lo llevó esa mañana hasta la plaza. Vio los toldos multicolores de los puestos ambulantes, y las multitudes que encaraban a otros rostros desconocidos en su ir y venir apresurado. Lentamente se fue sumando al gentío. Los cuerpos chocaban, el ruido de cientos de voces era como una masa uniforme, un raro calor que persistía a su alrededor. Racimos de brazos se alargaban para ofrecer su mercancía, las miradas inquietas viajaban de un lado para otro y luego se posaban en algún objeto, en algún fruto exótico, y un nuevo par de manos se dejaba reconocer en esas formas inciertas, estudiando su consistencia, sopesando una madurez para él incomprensible. Aquellos ojos, aquellas voces ensimismadas en su propio devenir pero ajenas a la tragedia que a él lo acosaba, no hacían más que avivar su recelo. Y lo ocultaba, se escondía detrás de una falsa curiosidad y luego se esforzaba por mantener el curso de sus horas gastadas, lentas, inobjetables. Pero nunca se alejaba de ellos, de los otros, que pasaban a su lado ignorantes de esa enemistad inapelable.  Dios sabe que amaba estar entre los hombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche que señalaba el fin de su existencia, Steve pasó  algunas horas delante de una taza de café. Temeroso del cristal que lo mismo permitía la vista al interior que al exterior tomado por la lluvia, ocupó una mesa en un rincón del bar y allí se mantuvo en silencio. Cualquiera diría que meditaba. No lo hacía: la blanda maquinaria que lo sustentaba había iniciado ya la espasmódica expulsión de sus reservas de energía. Para él era un cansancio repentino, una languidez irreparable que lo obligaba a fijar la vista por lapsos prolongados en cualquier sitio, en este caso, en los caprichosos reflejos que nacían y morían sobre la superficie del café, que a esa hora estaba frío. Por un instante, el proceso que tenía lugar en su interior lo entregó a una espesa noche, a una oscuridad de ojos cerrados, en la que paulatinamente se fueron concretando las largas paredes de un pasaje sin fin. Una súbita sensación de vértigo lo tomó por sorpresa. Asumir que el peso de su cuerpo cedía a la ingravidez fue inevitable. En segundos, se vio flotar hacia el vacío, primero lento, luego, poco a poco, a una velocidad inmensurable, como una flecha que rasgara el silencio en su camino hacia la muerte. Porque estaba muriendo, y el resplandor al fondo lo llamaba. Entonces, ¿no era cierto? Si en su hora final había hallado la luz que anticipaba el infinito, si esa voz inesperada que le pedía asistir le anunciaba su ingreso a la ansiada eternidad, ¿no era verdad que el artificio culminaba en la extinción, en la implacable caducidad de su organismo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada justificaba ya ese fiero resistirse a la agonía, ese agobio, esa envidia fatal hacia los hombres. Y comprendió, o así lo quiso, que ellos también eran sus semejantes. Y se escuchó llorar, sintió incluso cómo esas lágrimas fluían numerosas de sus ojos, y amó ese instante, el único por el que había esperado todo ese tiempo. Porque esa voz disfrazada de intenso fulgor seguía llamándolo. Porque finalmente había esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero abrió los ojos, y vio que el hombre uniformado que había estado llamándolo apagaba por fin su linterna.&lt;br /&gt;-¿Está usted bien?&lt;br /&gt;Ojos, docenas de humillantes ojos lo miraban.&lt;br /&gt;-¿Cómo se siente? -El policía se inclinó para mirarlo de cerca-. ¿Sufre usted alguna clase de epilepsia?&lt;br /&gt;Se llevó las manos al rostro. No eran lágrimas lo que humedecía sus mejillas, sino el líquido extintor que exudaba su organismo para evitar que el sobrecalentamiento lo incendiara. Su piel ardía, pero no era ésa la causa, sino la dolorosa herida que la realidad le estaba inflingiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conmocionado, alterada su psique por el desequilibrio de saberse de nuevo una máquina predestinada a la derrota, se arrojó sobre el oficial y comenzó a azotarlo contra el piso.&lt;br /&gt;-¡Dime que no es cierto! ¡Dime que no soy un pedazo de nada!&lt;br /&gt;La gente, cuya fuga tumultuosa obstaculizaba la entrada, no impidió que otro oficial se abriera paso hasta el lugar de la escena. Steve, al descubrirlo, soltó al hombre en el piso y se abalanzó sobre él. No era un ataque, sino un acto nacido de la desesperación. Pero el policía no estaba al tanto de la historia: con mano firme agotó la carga del láser sobre el cuerpo de ese sujeto enloquecido, seguramente enardecido por los estupefacientes, a todas luces peligroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supe del caso por la documentación que Tyrell me entregó a la semana siguiente. Los códigos internos de la Corporación me obligan a descifrar esa maraña de tecnicismos narrativos que alimentan los folios en los que se detalla la extinción de cada unidad, sea por caducidad o por eliminación. Se supone que me ayude en mi trabajo, pero a veces sólo obtengo de ellos una incómoda sensación de arrepentimiento. No quiero prolongar con mi relato el sufrimiento de Steve, sólo diré que nació como parte de un experimento que buscaba obtener pistas sobre el comportamiento de réplicas corruptas por la “falla”. El defecto se generó en el propio laboratorio. Se empleó por primera vez el uso de escáneres y transmisores de ondas cerebrales cuya información era decodificada por la computadora matriz. Así, Steve despertó en una calle cualquiera, en su mente la semilla de la duda y la desesperanza. Como era de suponer, la paranoia lo obligó a esconderse, a robar, a asesinar para obtener el dinero suficiente para hallar un refugio. No importaba quién muriera: el perfeccionamiento de los esquemas de persecución así lo precisaba. Por eso los hombres que lo seguían a la distancia, acaso por sistema, acaso hartos de los meses transcurridos al acecho, se negaron a impedir el escándalo en el bar, que resultó en la muerte de un oficial de la policía y el final del experimento, que, según consta en las actas, fue todo un éxito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que Steve vio en sus instantes finales -se lee en una página del documento- fue una burda imitación de los procesos de la mente a punto de colapsar, eso que la religión confunde con el camino hacia la eternidad, el llamado del creador, la luz al final del túnel. Así fue concebido el proyecto. Esa era la pulsión que lo conminaba a no renunciar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A final de cuentas, su esperanza de una vida después de la muerte no fue menos ilusoria y artificial que la nuestra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112680318667831360?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112680318667831360/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112680318667831360&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112680318667831360'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112680318667831360'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/09/de-pie-en-la-esquina-de-water-falls.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112658394835240762</id><published>2005-09-12T22:56:00.000-05:00</published><updated>2005-09-12T23:02:26.936-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Un hombre en el octavo piso, tentado acaso por el vuelo inaccesible de ángeles oscuros, hizo que la gravedad ejerciera esa fuerza progresiva que lo condujo al piso de la calle, donde en instantes ya era una cosa más del mundo. Una mujer en ese mismo edificio, devota de un dios alienado por asuntos menos escabrosos, pensó en el arma oculta en el armario y decidió que ya era tiempo de que su atormentado cerebro asomara al frío de la noche. Otra mujer, la del 416, se procuró por última vez la soledad que en otros días le había parecido insoportable; ató una soga a la viga del tejado y pateó la silla que sostenía su precario equilibrio, pero el nudo cedió y sus rodillas se rompieron contra el piso: la muerte, tantas veces puntual, la encontró hasta el amanecer, cuando ya el dolor le había cincelado ese rictus de agonía en el rostro. Un adolescente (nadie podría asegurarlo, pero es el único que sobrevivió) esperó a la medianoche para abrir las llaves del gas y dejar que el silencio ensayara su falsa eternidad sobre los cuerpos de sus padres que, no está de más decirlo, amaban a ese, su único hijo. Los vecinos lo hallaron por la mañana, incrédulo al pie de la escalera, y sólo al aporrear la puerta y no recibir respuesta decidieron introducirse a la fuerza para impedir que aquellos cuerpos entrelazados bajo las sábanas soñaran en paz su sueño infinito, que a pesar de todo continuó. Incluso la pareja que encontró al joven soñó a la noche siguiente que unos guantes de fina piel se obsesionaban con sus cuellos desnudos. Sólo uno de ellos despertó para saber que un fragmento del sueño había escapado a la realidad de ese rostro en la penumbra que se fue desvaneciendo, no tan lentamente como hubiera deseado, sí para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie habló de esas muertes; nadie las recuerda. Excepto yo, que una noche de insomnio fui testigo de cómo esas mismas formas oscuras que cancelaron su existencia les brindaban, con sus cuerpos, ajenos pero de algún modo idénticos, una nueva oportunidad para vivir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los vi llegar en medio de la noche: primero una pareja alegre, que más que regresar de la muerte parecía arribar a casa luego de una larga fiesta; después, el hombre que había sesgado el viento en su camino hacia el vacío, ahora con un andar despreocupado y esa tonadita pegajosa entre los labios; más tarde, la mujer del arma, intacto su cráneo debajo de un peinado de salón de algunos cientos de dólares. Las llaves tintinearon al salir de sus bolsillos, las luces iluminaron las ventanas, algún televisor se encendió. Voces, risas, reclamos. Y los ojos que descubrieron mi silueta inmóvil detrás del cristal de la ventana: sólo el fisgón del edificio de enfrente, un masturbador trasnochado, un solitario. Eso debí parecerle. Entonces las manos se unieron para cerrar las cortinas y confinar al secreto los ensayos de un teatro inmortal que apenas estaba comenzando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oí a un hombre contar esta historia: cierta noche, un amigo salió del bar y fue a casa. En el camino se detuvo en una cabina telefónica para llamar a una novia o a una amante. Distraído o envuelto por los destellos de gozo de su embriaguez, marcó su propio número. Esas cosas ocurren, pero nunca eres tú mismo el que contesta. Confundido, aún sin ser presa del miedo que más tarde lo convertiría en un asesino, verificó el número en la parte inferior de la pantalla, que era un espejo en el que veía reflejados sus propios rasgos extrañamente sonrientes. Sí, era su propio número. El hombre se miró a sí mismo en los ojos del otro y sólo acertó a preguntar si aquél se había dado cuenta de que eran una y la misma persona. Fue una pregunta estúpida, lo sabía, pero aún la más atroz irrealidad debe tener su parte de lógica. Ignoro cuál fue la respuesta y en qué términos transcurrió la conversación que aquel hombre pudo haber tenido con el doble; la voz que contó esta historia no se detuvo en los detalles de la charla. Lo cierto es que cuando el hombre salió de nuevo a la calle, el devenir de su mundo había comenzado a cuartearse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiso, en un principio, acudir a la policía, pero finalmente recapacitó: el oficial en turno seguramente lo escucharía predispuesto a confirmar una locura cualquiera. Sus amigos vivían al otro extremo de la ciudad; inútil buscarlos a esa hora de la noche. Meditó, si es que el horror permite esa pausa en un espíritu atormentado, que lo mejor sería enfrentar al impostor, hacerle ver que esa vida que pretendía ocupar ya tenía dueño, que sus días, sus proyectos, incluso el recuerdo de sus breves infamias no requerían el apoyo de un alma gemela para subsistir. Así que echó a andar hacia su casa, incluso se detuvo a comprar unos cigarrillos, y unos minutos después ya se encontraba de pie en mitad de la calle, observando la débil silueta que se impacientaba detrás de la cortina que daba a la recámara. Decidido, cruzó el zaguán, subió las escaleras e introdujo la llave en la cerradura, pero la puerta estaba abierta: el otro lo esperaba. Lo vio venir caminando descalzo sobre la alfombra gastada. Se había puesto su bata de dormir; traía en la mano el Shakespeare maltratado que presidía sus noches; por cierto que en su expresión se adivinaban el cansancio y los vestigios del alcohol que no le correspondían.&lt;br /&gt;-Pasa -le dijo-, mi casa es tu casa. O lo era.&lt;br /&gt;Entró. Quiso echar el cerrojo, pero aquél lo atajó:&lt;br /&gt;-No es necesario: este es un barrio tranquilo.&lt;br /&gt;-Lo sé -respondió-. Aquí nací.&lt;br /&gt;-Entonces, es justo que aquí mueras.&lt;br /&gt;Esa sentencia, que a cualquiera habría devastado, a él le pareció una simple banalidad de su nueva circunstancia. Por eso alzó los hombros, pasó frente al hombre y fue a tomar asiento en el calor de la estancia.&lt;br /&gt;-Perdona que no te invite una copa, pero ya he bebido bastante.&lt;br /&gt;-Vaya que sí -le respondió el recién llegado, quitándose los zapatos, menos por comodidad que como una muestra de que aquel espacio aún era su territorio-. Esos químicos japoneses sí que saben de lo que el hombre necesita.&lt;br /&gt;El otro reflexionó en el sentido de aquella frase; luego, como si pretendiera estar de acuerdo, levantó un poco la ceja izquierda en un gesto que sólo su autor pudo reconocer como de completa ignorancia.&lt;br /&gt;-Quizá estés deseoso de ver a Magda -le dijo, aprovechando su confusión-. Si no lo has olvidado, ella me espera... te espera mañana para desayunar.&lt;br /&gt;-Claro, quedamos de vernos en... ¿Cómo se llama ese lugar? -Pero el titubeo había sido evidente.&lt;br /&gt;-En Rickson’s Bistro, entre la 32 y Huxley.&lt;br /&gt;-Ah, sí. Ese es el sitio.&lt;br /&gt;El original, si es que podemos entender así ese oscuro juego de alteridades, supo que tenía en sus manos la ventaja de haber llegado más temprano a su propia vida. También supo que el hombre que lo miraba desde un par de metros de distancia había leído ya ese secreto en sus ojos. Pero ese conocimiento no lo privó de asumir con horror las palabras de su imitador, que ya había dejado el libro en un rincón para adoptar a sus anchas una actitud de hartazgo:&lt;br /&gt;-Ya me cansé de esta comedia. Si no te molesta, antes de tomar posesión de tu vida, me harías más fáciles las cosas si me dices la combinación de la caja fuerte. Discúlpame, pero tú bien sabes que “tenemos” muy mala memoria, y creo que la he olvidado.&lt;br /&gt;-Claro, claro. Ahí está el dinero, los documentos, todos los papeles que te justifican.&lt;br /&gt;Al hombre no le cayó muy bien ese sarcasmo. Con un ademán amenazante lo invitó a incorporarse. Él lo hizo sin objetar. Caminó desconfiado, apenas reprimiendo el impulso de salir corriendo, y fue al muro en donde estaba el cuadro que disimulaba el pequeño compartimiento.&lt;br /&gt;-¿Quieres anotar la clave o deseas que la abra por ti?&lt;br /&gt;-Ábrela ya. Sólo necesito ver que lo haces.&lt;br /&gt;Pulsó la combinación de números. El indicador cambió de rojo a verde y un chasquido interior confirmó que el cerrojo había sido destrabado.&lt;br /&gt;-Ya está. Ahora sólo tienes que oprimir este botón y la puerta se abrirá sola. Así. -En segundos, sin dar tiempo a que el otro reaccionara, extrajo el arma. La forma del acero se amoldó a su mano; el cañón del láser apuntó al rostro del imitador, que, sorprendido, sólo acertó a retroceder unos pasos.&lt;br /&gt;-No sé qué o quién seas, pero voy a matarte si no me dices cuál es tu juego. ¿Qué es lo que pretendes? ¿De qué maldita pesadilla provienes?&lt;br /&gt;Como quien abandona la partida, el hombre bajó los brazos y sonrió; luego su rostro se fue relajando y sus facciones se desdibujaron paulatinamente: los ojos, el entramado de las cejas, el filo prominente de la nariz, toda su anterior morfología se fue transfigurando hasta convertirse en un retrato en piel difuminado, informe, apenas el atisbo de un algo que debería estar ahí, pero que los ojos del que apuntaba con el arma ya no conseguían descifrar.&lt;br /&gt;-Puedes eliminarme -oyó que le decía-, pero tarde o temprano otro vendrá a sustituirte. Para ese entonces, ni todas las armas del mundo evitarán que te vayas al infierno. Eres nada más que carne y sangre que sueña con la inmortalidad. Pero nosotros la hemos visto y somos capaces de alcanzarla. Sólo estás prolongando el fin.&lt;br /&gt;El primer golpe del láser lo arrojó contra la mesa de centro, que se astilló con un ruido ensordecedor. La réplica se batió en espasmos y, como llamada por algo semejante al instinto de supervivencia, trató de arrastrarse hacia la puerta. El segundo impacto le partió la columna vertebral, de pronto vuelta una flor de sangrientos y desordenados filamentos. Derrotado, humeante, el Nexus quedó tendido a mitad del corredor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo culpar a un hombre de haber asesinado a una cosa sin vida? Los agentes de la unidad especial tenían un par de respuestas para esa interrogante. Pero el homicida, aún con el arma en la mano cuando ellos lo encontraron, jamás las supo. Mientras el equipo limpiaba los restos del Nexus, el hombre fue conducido a otro sitio en un vehículo sin vista al exterior. Lo convencieron, como a otros, de que aquello nunca había ocurrido. A cambio de su silencio, el gobierno le proporcionó una suma importante de dinero, residencia en una ciudad que nadie más sabría, un cambio radical de identidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, dejó de ser él mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su amigo, el que me contó la historia, prometió callarla hasta el día de su muerte. Ocurrió hace un par de meses. Una llamada anónima lo confirmó. Días más tarde, recibió una invitación sin remitente para los funerales. Por alguna razón sentimental, de pie frente a su tumba, decidió que no hablaría jamás de todo aquello. Pero algo ocurrió que lo obligó a incumplir esa promesa: hace unos días, mientras bebía un café en el centro, lo vio pasar por la calle. Atónito, dejó un billete en la mesa y fue tras él. Lo persiguió por varias calles. A punto de alcanzarlo, el alto del semáforo le impidió seguirlo más allá de cierta avenida. Cosa extraña: el hombre, ya en la otra acera, se dio la media vuelta y lo miró, como queriendo reconocerlo. Por la mirada de aquel hombre, tan idéntico, supo, o intuyó, que no había registros de él en su memoria. Luego lo vio perderse entre la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde donde lo espío cada noche, el edificio parece abandonado. Pero sólo yo sé que ellos están ahí. Los he visto salir, solos o en parejas, y volver cuando la madrugada despierta. Pasan semanas enteras sin que apenas el silencio persista en la piel de esa fría mole de concreto. Y entonces, a una hora cualquiera, alguien nuevo aparece. No es distinto de los otros: en su andar se percibe la desenvoltura ensayada del androide.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anoche soñé que volvía a casa luego de dar un paseo, que en la realidad de aquella farsa mental había sido satisfactorio. Abordaba el ascensor, sentía incluso el vértigo de la elevación que a mi memoria también debe parecerle un hábito necesario. Un instante después ya estaba en el departamento. Me vi colgar el abrigo en el perchero, abandonar las llaves en la mesita del lobby, comprobar la temperatura de la calefacción, realizar todos esos actos que la repetición traduce como una costumbre. Entonces entré en el taller y encendí la unidad para revisar los diarios de la tarde. Se me oía exhausto, aburrido, aletargado. El sillón rechinó y unos momentos después debí quedarme dormido, porque a partir de ese momento sólo se escuchó el zumbido de la máquina expectante. Quise, detenido como estaba en el umbral, cerciorarme de que la postura en la que me había entregado al sueño fuese la adecuada, pero me conozco y sé que una intervención inoportuna derivaría inevitablemente en otra noche de insomnio. No sin melancolía decidí volver sobre mis pasos y cerré con cuidado la puerta antes de abandonar mi propia vida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112658394835240762?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112658394835240762/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112658394835240762&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112658394835240762'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112658394835240762'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/09/un-hombre-en-el-octavo-piso-tentado.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112568706982928475</id><published>2005-09-02T13:47:00.000-05:00</published><updated>2005-09-02T13:51:09.860-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Quedé con Tony en un local del centro. El taxi me acercó a los alrededores de la zona de tolerancia y se elevó entre el gentío. Era viernes por la noche. Sobre la calle bañada por el neón multicolor el tránsito humano era lento y confuso. La atmósfera, hostil. De los umbrales custodiados por guardias de aspecto amenazante se dejaban escuchar los ritmos cadenciosos de la música nocturna. A la distancia vi algunos hombres solitarios cuya lascivia era evidente al buscarte la mirada, atentos a tu reacción, a lo que seguramente suponían una súbita correspondencia. Tardé en decidir el rumbo y al final bajé por una callejuela angosta. Unos pasos más adelante, temeroso de internarme más allá de las luces ámbar del alumbrado público, me atreví a preguntar. Una joven de lastimera elegancia, recargada en la humedad de un muro, me señaló la esquina a mis espaldas. Agradecí con un gesto y volví sobre mis pasos. Los borrosos caracteres de falsa inclinación oriental sobre la entrada señalaban el sitio. Un hombre enfundado en un sucio karategi me cerró el paso. Dije la contraseña; él me estudió con la mirada y luego de algunos segundos me dejó entrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hallé a Tony sentado a una mesa a la orilla del escenario. Atento al espectáculo de clara tendencia lésbica, no sintió mi presencia.&lt;br /&gt;-Tony -le dije, rozando su hombro.&lt;br /&gt;Al principio no pareció reconocerme. Luego sus ojos, buscando protección detrás de mi silueta recortada contra los reflectores, encontraron los míos. Sólo entonces supo que era yo quien le hablaba. No por mi apariencia. No por las arrugas de la vejez prematura que surcan mi rostro. Fue por los ojos. Estoy seguro. El silente lenguaje de su brillo no cambia con el tiempo, a menos que la muerte empiece a asomar en ellos.&lt;br /&gt;-Sebastian -exclamó con una sonrisa sincera-. Creí que nunca llegarías.&lt;br /&gt;-Es difícil dar con el lugar -me disculpé.&lt;br /&gt;-Siéntate -me invitó-, esto acaba de empezar.&lt;br /&gt;Llamó al mesero con un gesto. Luego se inclinó un poco para verme de cerca.&lt;br /&gt;-Así es el Matusalén -le expliqué, acostumbrado a ese tipo de análisis visual.&lt;br /&gt;-La piel se te derrite...&lt;br /&gt;-La está llamando la tierra. A destiempo.&lt;br /&gt;Un hombre puso entre nosotros una botella de vino barato. La sed me obligó a aceptar la copa que Tony me ofreció con exagerado entusiasmo.&lt;br /&gt;-Bébelo -me dijo-. Aquí es más fácil que te parta el láser de un borracho a que mueras por culpa del alcohol. -Dio un trago a su bebida-. Vaya, es casi idéntico al original.&lt;br /&gt;Dejé mi copa sobre la mesa sin apenas haberme mojado los labios.&lt;br /&gt;-Así que es aquí en donde te refugias.&lt;br /&gt;Tony miró a su alrededor.&lt;br /&gt;-Es un lugar como cualquier otro. La única diferencia está en las mujeres: son las mejores de la zona.&lt;br /&gt;-¿Te inspiran?&lt;br /&gt;-Algo así. Por eso quise que vinieras. Pero vamos, bebe un poco, disfruta el espectáculo. Esas pieles son estupendas, un poco más reales de las que caen en tus manos -me guiñó un ojo cómplice-, tienes que reconocerlo.&lt;br /&gt;A Tony lo conocí en el liceo universitario durante los inicios de la guerra. Muchos de nuestros compañeros fueron reclutados, pero él y yo nos salvamos de morir en el frente debido a nuestras carencias físicas: él sufría de epilepsia; yo había comenzado a mostrar los primeros síntomas del Matusalén. Las aulas se vaciaron y no fue difícil fundar una amistad basada principalmente en la soledad individual y el tedio de las horas muertas. Fue en aquel tiempo cuando me mostró sus primeros dibujos: solamente rostros de familiares, de personajes ficticios, esbozos de la ciudad al caer la tarde, imágenes rescatadas de sus sueños. Reconozco mis limitaciones para todo lo que tiene que ver con el arte, pero sé que en cada uno de sus trabajos se podía adivinar el infrecuente don de la fascinación. Luego de graduarnos, tomamos diferentes rumbos. Al principio nos encontrábamos de vez en vez para tomar un café en el centro y conversar. Él me mostraba sus avances; yo le hablaba de mis tardes en la Corporación, de proyectos que nada tenían que ver con mi actual oficio. Poco a poco el trabajo me fue absorbiendo y empecé a cancelar las citas. Con el tiempo dejamos de vernos. Pasaron los años y sólo volví a saber de él a través de los dibujos de juicios a puerta cerrada que publicaba un diario matutino de escasa circulación. Accedí al sitio del periódico en la red y me enteré de que ya tenía cierto renombre en el ámbito artístico de la ciudad. Conseguí su número y lo contacté. La mirada del hombre en la pantalla del videoteléfono había perdido el brillo de la juventud, pero igual mantenía esa sonrisa de melancolía soterrada del artista. Lo felicité por sus trabajos; no hubo orgullo en su respuesta: los retratos no eran de su autoría, se trataba de una deuda de amistad con el editor. Sin embargo, cuando le hablé de mi labor en la Corporación, se mostró sumamente interesado. -Tengo algo que mostrarte -me dijo-. Es algo ajeno a lo del periódico; se trata de mujeres, dibujos de mujeres, cuerpos, morfologías diversas. Cosas que pueden servirte para tus “creaciones”.-Así que no has perdido el feeling -le comenté con sincero entusiasmo. Entonces, su expresión cambió. Lo noté repentinamente ensombrecido, como si algo, un recuerdo, un dolor añejo hubiera vuelto a lacerarlo. -Es eso de lo que quiero hablarte -confesó al cabo de un instante-. Hay algo que he perdido, y sé que tú puedes ayudarme a recuperarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre el escenario, un par de mujeres, completamente desnudas,  se había trenzado en una danza de triste connotación erótica. A su alrededor, cientos de manos ansiosas les rendían tributo mientras luchaban por alcanzarlas en medio de silbidos y palabras obscenas.&lt;br /&gt;-La trigueña es Amanda -la voz de Tony, clara a pesar del escándalo, me expulsó de aquella farsa-; la pelirroja es Karen.&lt;br /&gt; Pero el juego de luces sobre sus cuerpos aceitados hacía difícil distinguir esos rasgos.&lt;br /&gt;-Tony -le dije, volviéndome hacia él-, tú no me hiciste venir hasta aquí por un par de tetas.&lt;br /&gt;Pero él apenas me miró, extasiado como estaba con el frote genital que tenía lugar frente a nosotros.&lt;br /&gt;-Ayer hablaste de un proyecto -seguí, tratando de llamar su atención-. Creí que tenía relación con tus dibujos, ¿no es así? -Pero no era fácil imponerse al escándalo.&lt;br /&gt;-Tony, amigo, cuéntame algo de tu vida; tenemos años de no vernos...&lt;br /&gt;Un hombre, completamente ebrio, consiguió trepar al escenario. Una de las mujeres le hundió la aguja de su tacón en la mejilla. La sangre que empezó a manar enardeció al público. El hombre herido se palpó el rostro. Enfurecido por el alcohol y la vergüenza, agitó los puños en un vano intento por golpear a la agresora. Un par de negros surgió de entre las sombras y lo sometió a golpes. La música se interrumpió. El estallido de una botella lanzada desde el anonimato irrumpió en la escena. La voz de un animador pidió calma mientras el borracho era expulsado a empujones del escenario.&lt;br /&gt;La música recomenzó. Al principio indecisas, las mujeres, que se habían mantenido al margen cubriendo sus genitales con un pudor que se antojaba absurdo, pronto empezaron a ensayar una danza ya desangelada.&lt;br /&gt;Tony, frente a mí, reprobó todo con un gesto, pero en ningún momento las perdió de vista.&lt;br /&gt;-El diámetro de sus senos es perfecto -dijo, acercándose a mi oído, ensimismado-, pero el plexo, obsérvalo: hay cierta flaccidez que sólo se percibe al tocarlas. En cambio, en sus hombros se advierte una posible perfección. Mira cómo se ajustan al perímetro de su cuello: con equilibrio, con soltura. Sin embargo, en Karen, las líneas de la espalda que derivan en sus caderas la pervierten, la desfasan. Para el ojo profano, Amanda tendría el mismo problema, pero todo se resuelve en la brevedad de sus nalgas, que justifican la delgadez de sus piernas. Podría hablarte de sus pies, pero míralos tú mismo...&lt;br /&gt;No, no estaba mirando la pretendida gimnasia sensual que habían retomado aquellos cuerpos: estaba observando a Tony, quien, sumido en esa extraña geometría verbal, había comenzado a parecer alienado, ajeno a sí mismo y al entorno, como si las imágenes que estaba describiendo no estuvieran delante de sus ojos sino al fondo, en medio de un paraje desconocido de su mente.&lt;br /&gt;Por un momento deseé que fuera sólo un juego de la mente intelectual, tan dada a la sorna y al exhibicionismo, así que deslicé un comentario que pretendió ser divertido, pero él, sin abandonar el énfasis que había estado apoyando su monólogo, insistió:&lt;br /&gt;-Míralas. ¿Ves lo que te digo? En ambas está presente esa expresión helénica, pero siempre hay algo que termina por ensuciarlas. Un vacío, ¿me entiendes?, una zona oscura que seguramente proviene del alma. Si las vieras más de cerca, si me acompañaras para ver sus cuerpos tendidos y en medio del silencio, sabrías de qué te estoy hablando. Algo grave debe estar ocurriendo en este mundo para que la perfección se obstine en ese inquieto disimulo, en ese sugerirse apenas sin detallarse del todo.&lt;br /&gt;La perplejidad acabó por asomarse a mi rostro. Pero me lo tomé con calma. Si en algún momento había estado seguro de que me estaba embromando, ahora, al ver sus ojos que parecían posados en algo que no estaba teniendo lugar frente a nosotros, no supe decidir.&lt;br /&gt;-Tony -le hablé, pero el ruido de una rechifla general opacó mi voz: había concluido el espectáculo, y las chicas corrían de un lado a otro para recoger los billetes dispersos sobre escenario. El volumen de la música disminuyó de pronto y el animador se puso al micrófono para tratar de tranquilizar nuevamente a la concurrencia, que había estallado en gritos de desaprobación.&lt;br /&gt;-Tony -insistí, viendo que había girado un poco la cabeza para comprobar el contenido de la botella, casi íntegro-. Todo esto que me has estado diciendo, ¿tiene que ver con tu trabajo, quiero decir, con tu arte?&lt;br /&gt;Él me miró de soslayo, pero se mantuvo en silencio.&lt;br /&gt;-Imagino que a mis ojos se les escapan todos esos detalles de los que hablas. En serio: nunca había visto el cuerpo de una mujer como tú lo describes. Y créeme que he visto muchos, no tal reales como esos, es verdad...&lt;br /&gt;Vi que sonreía. Se sirvió un nuevo trago; se llevó la copa a los labios, pero apenas bebió. La dejó sobre la mesa y entrelazó las manos sobre su regazo.&lt;br /&gt;-Así que no has comprendido una sola palabra.&lt;br /&gt;Tenía razón.&lt;br /&gt;-No eres el único -sus ojos se apagaron-. De hecho, eres la segunda persona a quien le hablo de esto. La otra es Lulu, otra bailarina -señaló el escenario con la mirada-. Ella no actuará aquí esta noche. Está allá afuera, con los sádicos, al otro lado de la calle.&lt;br /&gt;Se incorporó un poco para tomar la botella. Pretendió servirme, pero desistió al ver que el contenido de mi copa estaba intacto.&lt;br /&gt;-Perdona que no entienda -me disculpé, haciendo lo posible para que se diera cuenta de que en verdad me interesaba el tema-, es sólo que me has tomado por sorpresa.&lt;br /&gt;-Descuida -dijo él-. A lo mejor es cierto: por un momento dejé atrás todos esos años que no nos hemos visto. Nuestros días en común pasaron hace tiempo; tal vez sea mejor que nos pongamos al corriente y luego ya veremos la forma de abordar nuevamente todo esto.&lt;br /&gt;-Bien, Tony -acepté-. Me parece lo correcto.&lt;br /&gt;Pero no supe qué más decir.&lt;br /&gt;Tony entró al quite:&lt;br /&gt;-Hará unos tres años que frecuento este lugar, me siento en esta misma mesa, me bebo unos tragos. Luego regreso a casa...&lt;br /&gt;-¿Alguna vez te casaste?&lt;br /&gt;Vi su mirada de pronto ensombrecida cuando alzó los ojos y las palabras se le quedaron dormidas entre los labios.&lt;br /&gt;No había querido importunarlo; de hecho, ni siquiera entendía el porqué de aquella súbita incomodidad. Era una pregunta de cortesía, nada más. Pero al ver la opacidad de su expresión, comprendí que mi cuestionamiento lo había lastimado.&lt;br /&gt;-Sí, me casé -dijo luego de un momento-. Era una mujer hermosa, pero ahora está muerta.&lt;br /&gt;-Perdona, Tony, en verdad no lo sabía. -Estiré una mano para apoyarla en su antebrazo-. Espero que ya lo hayas superado.&lt;br /&gt;Esta vez su mirada pasó del dolor al nerviosismo, pero no tuve tiempo de indagar la razón, pues ya una nueva striper había saltado al escenario, repartiendo saludos y agitando las nalgas apenas cubiertas por una breve prenda ante las miradas ávidas.&lt;br /&gt;-Mejor vámonos de aquí -dijo al cabo de un rato-. Nos espera un larga noche y ella -señaló a la mujer- no tiene lo que necesitamos.&lt;br /&gt;Nos abrimos paso entre la gente y salimos. Tony caminaba tan de prisa que apenas podía seguirlo. Él pareció notarlo y se detuvo un momento.&lt;br /&gt;-El proyecto -dijo-. Necesito hablarte de él. Vayamos por un trago.&lt;br /&gt;Nos dirigimos a un bar a un par de calles de allí. Su sordidez sólo era comparable con el tufo a orines y humo rancio que nos envolvió al entrar. Tony fue a la barra e intercambió algunas palabras con el barman; luego deslizó un billete y regresó con una botella de whisky.&lt;br /&gt;-Está limpio -me dijo, mostrándome la etiqueta-. Sólo es un poco fuerte.&lt;br /&gt;Sirvió los vasos; no toqué el mío. Tony lo agotó de un solo trago y estuvo listo para hablar.&lt;br /&gt;-Brenda murió en un tren a Michigan, en el atentado a la estación central, no sé si lo recuerdes.&lt;br /&gt;-Sí, lo vi en las noticias. Un hecho lamentable.&lt;br /&gt;-Fue un golpe muy duro para mí. Teníamos muchos planes: una familia, fundar un negocio. Aquel día, todo se fue con ella. Vendí la casa y los muebles. No era una gran suma, pero me ha permitido vivir holgadamente. Me mudé a un departamento en el centro, cerca del barrio latino. Comencé a dibujar. No es que hubiera dejado de hacerlo, pero ya no era como antes, como en la juventud. Cuando la conocí, dos años antes de su muerte, descubrí que ella encerraba todos los secretos que siempre había estado buscando a punta de grafito. Su cuerpo... Dios mío, nunca había visto algo tan perfecto. Ni siquiera me atrevo a describirla por temor a que mis palabras traicionen su recuerdo. Su piel era blanca, de una tersura enigmática. Con decirte que a veces quería acariciarla, pero no lo conseguía: mis dedos gravitaban a milímetros de su piel, como si mi tacto no pudiera permitirse el lujo de esa carne inmerecida. Así que, decía, nuevamente comencé a dibujar, a dibujarla, más precisamente, a dejar que el filo del lápiz se entregara al trabajo de reproducir su rostro, las líneas de su cuerpo, todo lo que recordaba de ella. Trabajaba durante horas, incluso sin importarme que la llegada de la madrugada me incitara al sueño. Quería llenar ese vacío, documentar su ausencia, rendir un homenaje póstumo a su belleza, a su inútil belleza. Entonces ocurrió algo extraño: con el paso de los días, no era a ella a quien imitaba ya sobre el papel, sino a otra, a una desconocida. No sé si lo entiendas: tenía tan presente su imagen, tan claro cada detalle de su rostro y de su cuerpo, que me resultaba difícil entender mi súbita incapacidad para plasmarlos en la hoja en blanco. Así que rompía aquellos dibujos y volvía a comenzar; pero no importaba cuántas veces lo intentara, al final siempre se revelaba el esbozo de la misma mujer extraña.&lt;br /&gt;-Es algo normal -lo interrumpí-: su muerte generó en ti una imagen idealizada que no necesariamente debía corresponderse con la real.&lt;br /&gt;-No lo entiendes -Tony se acercó tanto a mí, que encontré en sus ojos las inequívocas señales de la droga.&lt;br /&gt;Así que era eso: los cambios en su semblante eran producto de su intoxicación. Y eso hacía imposible saber cuánto de todo aquello era verdad. En otras circunstancias me habría levantado para retirarme con cualquier excusa, pero Tony era mi amigo y necesitaba que alguien lo escuchara. En ese momento ignoraba lo que ocurriría aquella noche, así que decidí quedarme y animarlo a continuar.&lt;br /&gt;-Hacía meses que Brenda había muerto, pero su imagen estaba aquí -se tocó el pecho-, tan viva en mí, que a veces despertaba creyendo que la encontraría a mi lado. Imposible confundir su cuerpo, sus formas, sus detalles. Tenía que ser algo más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Una tarde abandoné el trabajo y salí a comprar vino y algo de comer. De vuelta al departamento me encontré con una joven que esperaba en una esquina. Tendría 18, 19 años, pero en su rostro había una madurez cálida y fascinante. Primero me pidió la hora; luego, que la ayudara a encender su cigarrillo. Me preguntó mi nombre; ella me dijo el suyo. Con cierta sonrisa cómplice y divertida descubrimos que llevábamos el mismo rumbo. Una vez en la entrada del departamento, la invité a entrar. Aceptó. No soy estúpido: sabía que era una puta y que poco le interesaba parecer lo que yo quisiera siempre y cuando tuviera dinero suficiente para pagar su actuación. Se puso a mirar los dibujos y a fingir que le interesaban mientras yo servía unos tragos y ponía algo de música. En minutos ya se había desvestido. Fue allí donde comenzó todo: a la tenue luz de las lámparas, descubrí que su desnudez era la imagen profana que mis manos se habían estado empeñado en imponer sobre el recuerdo de mi esposa muerta. Debí haber enloquecido en ese momento para cancelar con ello todo ese tormento. Pero no: le pedí que se tendiera sobre las sábanas revueltas y comencé a dibujarla, dispuesto a convertir aquel enigma en una simple coincidencia. No fue así: al final de la sesión, las formas sugeridas por el carbón resultaron ser idénticas a las de los anteriores dibujos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Y sí, supones bien: a partir de aquel día se hizo mi amante. No fue el simple deseo lo que me atrajo, sino las ganas de enterrar aquel misterio con la esperanza de que se fuera borrando a la par de todas esas ideas extrañas que me daban vueltas en la cabeza y que, según yo, tarde o temprano acabarían por bloquear mi creatividad. Me equivocaba: con el paso del tiempo, ese misterio se trasladó a su cuerpo. Ahora no se trataba de saber por qué mis manos la conocían desde antes, sino de indagar cuál era la finalidad de aquel embrujo. Al principio le pedí que posara; luego le tomé un estudio fotográfico para sustituir con esas imágenes las horas de su ausencia. A ella nada de eso le importaba: recibía su paga puntual y se largaba no bien la calma volvía a nosotros. Luego el sexo dejó de bastar: la quería allí de tiempo completo, pero sólo para dibujarla, para dejar que mis dedos arrastraran el lápiz y concluyeran por fin esa ficción, si es que lo era. Fue en ese momento cuando todo cambió: el devenir de los trazos sobre el papel ya no hablaba de ella, por más que me empeñara en traducirla, cada vez más impotente, cada vez más confundido. Cierta noche me puse tan furioso, con ella, conmigo mismo y con toda esa circunstancia enferma, que pretendí golpearla. Se asustó tanto que huyó, salió corriendo semidesnuda y jamás volví a verla. Tampoco me importó: yo seguí aferrado a sus últimos retratos, dispuesto a rescatar de mi mente esas formas que la rebasaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Conocí a otra mujer. Salvo algunos pormenores que yo mismo ya he olvidado, todo lo demás pareció una mala representación de ese pasado inmediato. Su cuerpo, no tan joven, aunque dócil, como adiestrado en la costumbre del sexo ocasional, sobrevivió apenas a un par de retratos. A ella no tuve que pedirle que se fuera: mi obsesión por recuperarla en las figuras desconocidas que asomaban al papel terminó por alimentar poco a poco la distancia entre los dos. Ni siquiera recuerdo su nombre. Es más, no sé si alguna vez me lo dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Ya no era sexo lo que buscaba en esas otras mujeres que comencé a frecuentar durante mis paseos nocturnos. Sólo precisaba ver sus cuerpos, llenarme de ellos la memoria, fragmentarlos, para luego reunir todo aquel material en mi cabeza y buscar concordancias con las formas que exigía el perfil del último dibujo, que se negaba a resolverse más allá de mis ansias. Fue así como llegué a este rincón de la ciudad y al lugar en donde nos encontramos. Allí las mujeres son capaces de exhibir su desnudez sin el temor de estar a solas con un extraño de pulsiones fetichistas que les ruega descubrirse únicamente un seno, o extender el brazo contra la luz durante horas. Los primeros meses solamente ocupé una mesa y me quedé allí cada noche hasta que cerraban el local. Luego aquello no bastó: comencé a pedir bailes privados, a ver el detalle de los cuerpos de las desnudistas, a descartarlas. Entonces llegó Lulu. Era la atracción europea de la noche. Cuando saltó al escenario, muchos supimos que aquella mujer de cabellera corta y ropaje antiguo rematado en perlas no podía ser verdad. Era una suerte de fantasma del celuloide, una Louise Brooks vuelta a la vida por un desconocido sortilegio de la carne y de la sangre, que se paseaba ante nosotros para engañar a nuestros ojos de pronto infieles a una realidad que jamás nos volvería a ser suficiente. Pero no quise quedarme a verla; no quise manchar la magia de aquel descubrimiento formando parte de esa masturbación plural y anónima. Así que me escabullí entre la gente y me adelanté a todos: pagué el doble por un espectáculo privado y la esperé en la alcoba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Alguien debió hablarle de todo ese montón de dinero, porque ni siquiera esperó a estar frente a mí para mostrar su cuerpo: cuando entró en la habitación, sólo traía puesto el collar de perlas. Seguramente ya lo has comprendido: todos esos años de trazar inútiles formas sobre el papel se redujeron repentinamente a un ensayo del instante en que tendría frente a mis ojos al modelo definitivo. No pude evitar el llanto. Ella vino a mí y me estrechó contra su pecho para susurrarme no sé qué palabras de consuelo. Le pedí que se alejara un poco y se dejara mirar. Ella me obedeció sin que asomara a su expresión el menor rastro de fastidio. Esa noche llegué a casa, me refresqué la cara, tomé el lápiz y el papel y acometí el dibujo que había creído decisivo. La madrugada me encontró en esa magia. No sé si fue la calma de creer que todo había finalizado, lo cierto es que el cansancio me derrotó ahí mismo, sobre la mesa de trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Si alguna vez has sentido cómo las pesadillas sobreviven al alba, reconocerás mi infierno. En cuanto abrí los ojos para deshacerme de las imágenes del sueño, descubrí con horror que el rostro que presidía esa copia exacta del cuerpo de Lulu no era otro que el de Brenda, mi difunta esposa. Y ese rostro sonreía con una mueca idéntica a la que antecedió su último adiós. Entonces lo comprendí todo: su muerte, que yo había visto como una pérdida fatal, era apenas la señal que me pedía iniciar la búsqueda que hoy me tiene aquí, que hoy nos tiene aquí a los dos.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Azorado, sin reponerme del todo de aquel enfermo relato, me atreví a preguntar:&lt;br /&gt;-¿Cuál es esa búsqueda, Tony?&lt;br /&gt;-La perfección.&lt;br /&gt;Quise huir. Ahora sabía que aquella muerte repentina había sellado el destino de mi amigo. Que su locura, ya inobjetable, nos había negado para siempre el talento de uno de los artistas más brillantes de todos los tiempos.&lt;br /&gt;Me incorporé lentamente, dispuesto a salir de ahí sin más explicación, pero él se aferró a mi brazo y me obligó a quedarme.&lt;br /&gt;-Y sólo tú puedes ayudarme a alcanzarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salimos del bar cuando una lluvia fina había empezado a tomar las calles. Corrimos entre la gente, eludiendo charcos y puestos ambulantes. Soy débil, lo reconozco, y más aun ante circunstancias adversas, por eso nunca pude desprenderme de la mano de Tony que sujetaba con fuerza mi antebrazo para obligarme a permanecer a su lado.&lt;br /&gt;-Hay que darnos prisa -me dijo en cierto momento, mirando a todos lados con la sutil paranoia del sicótico-. Lulu nos espera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando estuve frente a ella, ante su belleza irreal, entendí el porqué de esa insana fascinación. Su brillante cabellera, recortada al ras de su nuca, era de una oscuridad animal. Y en su mirada, de muchas formas profunda, se adivinaba una rara melancolía poética. Estaba sentada en un ancho diván; su mano enguantada sostenía una larga y elegante boquilla que hacía intimar con sus labios merced a un suave movimiento que, supongo, debía ser propio de aquella actriz del cine mudo cuyo papel había asumido.&lt;br /&gt;-Tú debes ser Sebastian. -Su voz era un susurro aterciopelado, imposible de olvidar una vez que te nombraba.&lt;br /&gt;Asentí con un gesto. Ella me miró en silencio y luego entrecerró los ojos para dar una nueva calada a su cigarrillo.&lt;br /&gt;-Él nos ayudará -intervino Tony-. Lo hará esta noche.&lt;br /&gt;Lulu meditó unos instantes, mirándonos a ambos.&lt;br /&gt;-Tendría que cancelar mi actuación, honey. Larry no tarda en venir por mí.&lt;br /&gt;La angustia asomó en la humanidad de Tony. Mesándose el cabello, empezó a pasearse ansiosamente por el camerino. Supuse que no había contemplado ese contratiempo.&lt;br /&gt;-No canceles, dile que volverás más tarde. Sólo te perderás la primera actuación -mintió.&lt;br /&gt;-Larry perderá mucho dinero. Yo también. -Lulu agitó los restos de su cigarrillo sobre un cenicero de plata que mantenía sobre su regazo-. Eso tú lo sabes, Tony.&lt;br /&gt;-Y tú sabes que si vienes conmigo ganarás el doble.&lt;br /&gt;Me sentí estúpido en medio de aquella negociación. De hecho, hasta ese momento ignoraba qué papel jugaba yo en todo aquello. Las cosas habían ocurrido tan rápido, que ni siquiera me había atrevido a preguntarle a Tony qué era lo que pretendía de mí.&lt;br /&gt;-Quieres el triple, te daré el triple.&lt;br /&gt;Lulu se incorporó ligeramente, apenas lo suficiente para cruzar las piernas con una sensualidad ajena a mi desesperanza. Fue apenas un instante, pero aquel movimiento fijó en mi mente la imagen breve e insoportable de la tersa vellosidad de su entrepierna. Y sonrió: sabía lo que había hecho; sabía que ese gesto era más que nada una promesa.&lt;br /&gt;-¿Cuánto tardaremos?&lt;br /&gt;Tony hizo cálculos mentales.&lt;br /&gt;-Dos horas. Tres a lo mucho...&lt;br /&gt;La puerta se abrió de golpe y un hombre en traje, de rostro ajado y sudoroso, se introdujo. No pudo ocultar su sorpresa al encontrarnos ahí; nos estudió por un momento y luego miró a Lulu con una expresión entre curiosa y enfadada.&lt;br /&gt;-Son mis amigos. -Lulu se puso de pie con un ademán felino-. Tony y Sebastian. -Y sin dejar de mirarlo-: Él es Larry.&lt;br /&gt;El hombre soltó el picaporte de la puerta y se acercó a Lulu, ignorando nuestro saludo.&lt;br /&gt;-Ya casi es hora. ¿Estás lista?&lt;br /&gt;-Creo que esta noche no actuaré. No al menos en la primera función.&lt;br /&gt;El rostro de Larry se tensó, y esa tensión pareció salirse de sus ojos para inundar la habitación.&lt;br /&gt;-¿De qué estás hablando?&lt;br /&gt;-Tengo que salir, prometí acompañarlos. Volveré en un rato, si no tienes inconveniente.&lt;br /&gt;-Cariño -el hombre frunció el seño-, tú no puedes hacerme esto. Ya el público ha pagado. Ellos han venido a verte. Sólo tienes que salir y hacer lo tuyo...&lt;br /&gt;-La dama dijo que no, amigo -la voz de Tony fue firme-. Busca quien la sustituya.&lt;br /&gt;-Contigo no estoy hablando.&lt;br /&gt;-Vamos, vamos -Lulu avanzó un par de pasos para interponerse entre los dos-, no es algo que esté a discusión. Ya decidí que iré con ellos y luego regresaré a tiempo para el segundo espectáculo. Tú sabes cómo entretenerlos, Larry. Saca a tus mascotas, ofréceles algo loco, Diana siempre ha estado dispuesta a fornicar con ese galgo tuyo, ¿cuál es el nombre...?&lt;br /&gt;Larry estaba de una pieza. Era obvio que había un acuerdo secreto entre ellos, algo que le impedía obligarla a actuar. Indeciso, retrocedió unos pasos y se perdió en el pasillo, no sin antes barrernos con una mirada asesina.&lt;br /&gt;-¿Nos vamos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avanzamos a través del bosque de luces que anunciaban espectáculos de toda índole: locales que prometían el sórdido ensueño de la zoofilia y el sadismo; hembras humanas que se dejaban penetrar por húmedas serpientes; andróginos mutantes dispuestos a la perversión; hombres sodomizados por perros de inusitadas proporciones; caballos masturbados por manos anónimas capaces de pagar hasta 200 dólares por alcanzar ese raro éxtasis. Al pasar por la verja antigua de un edificio en ruinas, un hombre oculto en la penumbra me invitó en un susurro a ser testigo de una violación real. Agitados por la prisa y el andar veloz de Tony, pronto alcanzamos la frontera de la zona de tolerancia. A partir de ese punto, la gente había abandonado las calles, sumergiéndose en las oscuras cuevas de los prostíbulos secretos que simulaban ser salones de baile, en la hostilidad de bares subrepticios y en la ilegalidad de las casas de apuestas. Ya eran más notorias las siluetas que se ocultaban cuando nos veían venir, las mujeres de diversas razas que en dialectos irreconocibles ofrecían sus cuerpos derrotados por la vejez, los grupos de hombres enfundados en trajes elegantes que exudaban el agrio olor de la impostura. Un anciano prematuro, una princesa europea y un desquiciado de andares desgarbados no parecían algo demasiado fuera de lugar en medio de ese ambiente mórbido, que, he de decirlo, tampoco nos justificaba. Luego todo fue quedando atrás. Poco a poco nos fuimos internando en calles que parecían envueltas por el alivio del ajetreo cotidiano.&lt;br /&gt;Lulu, esforzándose por mantener el ritmo apresurado de sus pasos, no perdió ni un solo instante su majestad luminosa.&lt;br /&gt;-¿Falta mucho, Tony? Estoy cansada...&lt;br /&gt;Pero él no respondía; sólo se limitaba a mirar al frente, entornando los ojos como si quisiera cincelar los muros que nos cerraban el camino.&lt;br /&gt;En cierto momento hice una pausa para recobrar el aliento. No tengo el hábito de la paranoia, pero algo me obligó a mirar a mis espaldas en el instante justo para ver que un hombre a la distancia también se detenía. Más adelante volví a verlo, esta vez en el reflejo del cristal de un comercio cerrado. Quise decírselo a Tony, pero fue imposible: lejos de aminorar el paso, él había decidido que debíamos ganarle al tiempo esa loca carrera hacia la nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente llegamos a su departamento. Un hombre adormilado, mirándonos con ensayado disimulo, nos abrió la puerta. El lujo en el interior de aquel complejo habitacional me sorprendió. Cegado por el sórdido ambiente que rodeaba el lugar de nuestra cita, supuse erróneamente que el ámbito de Tony era discreto. Nada más lejano a mis humildes proyecciones: el silencioso y elegante elevador que nos condujo al penthouse del edificio se abrió para mostrarnos una estancia amplia e iluminada desde cuyo ventanal al fondo se dominaba gran parte de la ciudad.&lt;br /&gt;-Es un lugar hermoso -exclamó Lulu dejando que sus pies se posaran en el mullido pelo de la alfombra.&lt;br /&gt;-Lo es ahora que por fin estás aquí -le dijo Tony abandonando su chaqueta de piel en el respaldo del enorme sofá.&lt;br /&gt;Pero mi situación no daba para observaciones sutiles, así que lo encaré, decidido a terminar con esa farsa.&lt;br /&gt;-Tony, tengo que hablarte...&lt;br /&gt;Pero él ni se inmutó.&lt;br /&gt;-Siéntense, pónganse cómodos, en un momento estoy con ustedes -y abandonó la estancia perdiéndose por un oscuro corredor.&lt;br /&gt;Pensé de nueva cuenta en largarme para siempre de su vida, pero entonces recordé que al salir del elevador, él había accionado un mecanismo que al parecer lo bloqueaba. Seguramente era sólo una precaución; después de todo, las puertas se abrían directamente al departamento. No obstante, la idea me incomodó.&lt;br /&gt;Me di la media vuelta y vi que Lulu había tomado asiento; vi también -no sé cómo no lo había notado- que el piso a su alrededor, inmerso en un raro otoño, estaba tapizado con hojas de diversos tamaños, cientos de bocetos a lápiz, todos ellos de figuras femeninas en distintas poses y matices. Recogí algunos mientras me internaba en la sala. Era posible que las diferentes perspectivas desde las cuales habían sido creados me estuvieran engañando, pero, a simple vista, casi hubiera podido asegurar que se trataba del retrato de la misma mujer. Me habría gustado someterlos a un juicio más profundo, pero en ese momento Lulu se puso de pie para mostrarme uno de ellos.&lt;br /&gt;-No sé quién sea, pero esta mujer es hermosa, ¿no lo crees, darling?&lt;br /&gt;La figura en el retrato mantenía su larga cabellera echada hacia atrás, las manos entrelazadas detrás de la cabeza y las bien torneadas piernas ligeramente abiertas en una pose de innegable morbidez.&lt;br /&gt;-Sí, es hermosa -reconocí.&lt;br /&gt;-Seguramente has pintado a muchas como ella...&lt;br /&gt;Miré a Lulu fijamente sin comprender sus palabras.&lt;br /&gt;-Los artistas como tú siempre viven rodeados de grandes bellezas. He conocido a muchos; nadie me lo ha contado.&lt;br /&gt;Su comentario me dejó atónito. Lejos de entender, sentí que cada vez me hundía más en esa circunstancia sin sentido. Supe que había llegado al límite de mi paciencia. Necesitaba saber de una vez por todas qué era lo que Tony pretendía, y que ella, a todas luces, también ignoraba.&lt;br /&gt;-¿Qué se supone que sabes de mí? -le pregunté, demasiado incisivo para que pudiera evadirse.&lt;br /&gt;-Nada -respondió ella con absoluta inocencia-: que vas a hacerme un óleo, que me vas a inmortalizar.&lt;br /&gt;Dejé que los dibujos cayeran al suelo. Alarmado, busqué a mi alrededor. Entonces la encontré: apoyada al filo de la chimenea, enmarcada en bronce, la fotografía de cuerpo entero de una mujer desnuda, hermosa... y muerta.&lt;br /&gt;La fotografía tembló entre mis manos. No había lugar para el error: ella era Brenda, la mujer que los cientos de dibujos repetían en una obsesiva espiral hacia el infierno.&lt;br /&gt;Una ráfaga de frío me recorrió la espina dorsal cuando comprendí todo: yo era el único capaz de trabajar la piel para recuperar esas formas que el destino y la tierra se habían llevado para siempre. Pero, y Lulu, ¿qué tenía ella que ver en todo esto?&lt;br /&gt;-Así que ya lo sabes -la voz de Tony a mis espaldas me abortó de aquel instante.&lt;br /&gt;Se había puesto una bata de seda con adornos orientales. Sostenía en sus manos dos copas de algún licor transparente. Me ofreció una. A lo lejos vi que Lulu, de nuevo acomodada sobre el sofá, agotaba la suya.&lt;br /&gt;-¿Qué es exactamente lo que pretendes?&lt;br /&gt;-Ah, el buen Sebastian, siempre tan aprehensivo. -Me rodeó los hombros con un brazo y me condujo a un rincón-. No pretendo nada que no puedas hacer. De hecho, deberías sentirte orgulloso de haber sido llamado a participar de la obra más grande jamás creada.&lt;br /&gt; -No sé de qué me estás hablando, pero necesito que me lo expliques ahora mismo...&lt;br /&gt;Tony me interrumpió y con un ademán me pidió bajar la voz. Luego, señaló a Lulu con la mirada.&lt;br /&gt;-Ella aún no lo sabe, pero mañana, cuando abra los ojos, renacerá en la obra más hermosa del arte universal, la misma a la que tú y yo, querido Sebastian, habremos dado vida.&lt;br /&gt;Aterrado, di un par de pasos hacia atrás. Tony sonrió.&lt;br /&gt;-Sé que es difícil asumirlo, pero yo, que he visto la gloria cada vez que la sueño, estoy ansioso por mostrársela al mundo. -Volvió su vista hacia Lulu-: ¿Cómo te sientes, querida?&lt;br /&gt;El ruido del cristal al chocar contra la alfombra fue su única respuesta.&lt;br /&gt;-¡La mataste! -exclamé, casi en un grito.&lt;br /&gt;-No, ella no puede morir, no ahora. Sólo puse un fuerte sedante en su bebida.&lt;br /&gt;Vi la copa que mi mano sostenía en la pose absurda del invitado a un coctel y me sentí amenazado. Estúpido y amenazado. La dejé sobre una mesa lateral.&lt;br /&gt;-Tú puedes beber sin miedo. Esa champaña es una de las mejores que se pueden encontrar.&lt;br /&gt;Tony ya caminaba hacia el títere abandonado que era Lulu. Tomó su muñeca para comprobar el pulso, luego le alzó uno de los párpados para ver que su ojo rehuía a la luz y finalmente la cargó sin dificultad.&lt;br /&gt;-Vamos, Sebastian, no tenemos mucho tiempo. -Y se introdujo en el corredor, ahora iluminado.&lt;br /&gt;No sé por qué lo seguí. Pude haber intentado salir de ahí, o llamar a la policía con el videoteléfono activo en una esquina de la sala. Pero, en cambio, me dejé llevar por el influjo de una curiosidad casi eléctrica que me exigía saber cuánto de aquellas ideas paridas por el desequilibrio de mi amigo se había fugado a la realidad. Y, sobre todo, cuánto de todo eso me pertenecía ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Crucé la puerta entreabierta y el horror se instaló en mis ojos: aquello era un laboratorio, el típico laboratorio de reconstrucción genética que los años me habían enseñado a reconocer, con los estabilizadores de flujo sanguíneo, los compresores, las máquinas regeneradoras de piel, todo en total funcionamiento. Y al centro del cuarto, sobre las planchas de aluminio, dos figuras: una de ellas el esqueleto de entrañas artificiales de un replicante de última generación; la otra, el cuerpo ya desnudo de Lulu, cuyo organismo seguía luchando contra la química que la obligaba a la densidad de un sueño acaso eterno.&lt;br /&gt;-¿Sorprendido? -Tony enredaba los dedos de una mano en el cabello lacio de su obra de arte en proceso. Lo hacía de una forma lenta, delicada, como quien prodigara tranquilizadoras caricias a una mascota a punto de ser sacrificada.&lt;br /&gt; -¿De dónde sacaste todo esto?&lt;br /&gt;-La sociedad deplora los oficios del mercado negro... sólo hasta que descubren lo útiles que pueden ser en determinadas ocasiones.&lt;br /&gt;-Tony, creo saber lo que pretendes, pero déjame decirte que eso es imposible...&lt;br /&gt;-Nada es imposible para un hombre de ciencia -me interrumpió-. Y tú lo eres. Ahora sólo necesito que apliques tus conocimientos y dejes de cuestionar las formas del arte, que tú sabes bien que te rebasan y que sólo a través de mí podrás alcanzar.&lt;br /&gt;-Estás loco -le dije-, completamente loco. El esqueleto del androide rechazará la piel humana. Lo hemos experimentado, lo hemos venido haciendo desde hace más de veinte años y nunca ha funcionado. Las células del tejido primario enloquecen al no poder reconocer la química de la aleación en la que encarnan. Tarde o temprano empiezan a mutar. El cáncer aparece irremediablemente.&lt;br /&gt;-No si lo proteges con una película molecular bioadherente -Tony se dirigió a un costado de la habitación y señaló una pequeña cámara refrigerante-. La han estado utilizando para contrarrestar la reacción negativa del calcio en los implantes fabricados a partir de huesos humanos. No finjas que no lo sabes.&lt;br /&gt;-Eso bloquearía la irrigación de sangre y oxígeno hacia los vasos capilares. La piel se pudriría; es una certeza bioquímica.&lt;br /&gt;Tony meditó unos instantes. Creí inútilmente que desistiría de aquel despropósito, pero un minuto después cruzó el cuarto para extraer de un anaquel un par de bolsas selladas al vacío que inequívocamente contenían pliegos de piel artificial.&lt;br /&gt;-Puedes intentar mezclar esto con la piel de Lulu. Tengo aquí el equipo necesario.&lt;br /&gt;-Tony, entiéndelo -le expliqué, jugando mi última carta-: no voy a desollar a esta mujer para disfrazar con su carne al monstruo que sólo está en tu mente. Ni ella ni la réplica sobrevivirán. No entiendo por qué no dejas que Lulu viva, si en su cuerpo has encontrado la perfección que tanto has estado buscando...&lt;br /&gt;-Es que no es a Lulu a quien necesito a mi lado, sino a ella -Tony retiró el velo de una cápsula de congelación líquida para mostrar su contenido, un algo impreciso que en un principio me negué a reconocer.&lt;br /&gt;-Acércate -me dijo, orgulloso de revelar al fin el secreto que desde hacía años lo había estado consumiendo.&lt;br /&gt;No debí hacerlo, pero allí estaba, de frente al cuarzo transparente del recipiente portátil, rendido ante esa imagen indeseable que como un virus se alojó para siempre en mi memoria: envuelta en el coloide azul de las sustancias críoconservadoras, estaba la cabeza de Brenda, la esposa muerta, su larga cabellera rubia flotando como un molusco incierto y repugnante, sus ojos y su boca semiabiertos en el difícil sueño de la química y del ansia de eternidad.&lt;br /&gt;Mis piernas se debilitaron repentinamente, a tal grado que tuve que asirme de la plancha de aluminio en la que descansaba Lulu para no caer. Soy un hombre débil, ya lo he dicho, y aquello era más de lo que podía soportar. Porque no es lo mismo, jamás será lo mismo crear ficciones de piel artificial, que intentar redimir el destino de hierro de la carne tomada ya por los efluvios inquebrantables de la muerte.&lt;br /&gt;Tony pareció leer la angustia reflejada en mis ojos, pues, aquejado por una repentina impotencia, se aferró a mi frágil cuerpo y comenzó a sollozar.&lt;br /&gt;-¿Ya lo ves, Sebastian? Ella era hermosa, y yo la amaba, la amaba como a nada en esta inmunda tierra, pero el dios maldito se llenó de celos y me la arrebató de las manos. -Alzó el rostro bañado en lágrimas y me tomó por los hombros para obligarme a mirarlo-. Necesito que me ayudes a traerla de regreso, ¿no comprendes? Quiero demostrarle a ese bastardo que las formas del arte son capaces de corregir sus estúpidos designios. Es la única manera que me queda para hacerle entender que su rigor ya no tiene lugar en este mundo...&lt;br /&gt;Como pude me deshice de su abrazo y retrocedí ciegamente, chocando con los muebles, derribando las mesas de material quirúrgico, trastabillando en el desesperado esfuerzo por alejarme de aquel rostro tomado por el desequilibrio. Salí al corredor y me alejé dando pasos hacia atrás, viendo cómo Tony, preso de su propia desesperación, había caído de rodillas frente a la cabeza flotante de su amada, suplicándole en susurros que aguardara, que aguardara un poco más.&lt;br /&gt;Trascendí el espacio de la estancia y pegué mi rostro al cristal de la ventana. Cinco pisos más abajo, apostadas frente al edificio, las inconfundibles naves de la policía bañaban de azul y rojo el ancho de la calle y los rostros curiosos de la multitud. Pensé en Lulu, en el profundo sortilegio de su mirada, en el suave contorno de sus senos perfectos, en el triángulo sedoso que como un bosque incendiado se había abierto ante mis ojos y que ya jamás tendría que imaginar. Y entonces agité los brazos. Y grité, pedí a gritos el necesario auxilio aunque sabía que aquel cristal imponía su silencio entre mi angustia y las miradas de los hombres de uniforme que, azorados, descubrían poco a poco mi silueta en el alto ventanal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No está de más aclarar que la salvación llegó por accidente. El hombre de Larry nos había seguido hasta el departamento sin saber que, a su vez, la policía vigilaba sus movimientos. El dueño del prostíbulo había ofrecido a Lulu a cierto gángster venido a menos en prenda por cierta suma de dinero producto de apuestas fallidas. El cabecilla de la mafia estaba en la mira de las autoridades, no por sus delitos, sino porque algún oscuro mando policial había visto con recelo cómo las cifras de su cuenta bancaria habían dejado de crecer. Los agentes, seguramente haciéndose pasar por clientes del local, vieron a Larry dando órdenes a uno de sus esbirros. Ignorando que aquél, temeroso de la mafia, sólo quería asegurarse de que la mujer no huyera y saber su paradero, decidieron seguir al hombre confiados en que los llevaría a la guarida del anciano a quien el jefe quería vivo o muerto. Ocultos entre las sombras, lo vieron merodear en los alrededores del complejo habitacional. Cuando, merced a un soborno, el hombre se introdujo en el edificio, fueron tras él. Años de prisión habían afinado el olfato de nuestro perseguidor, quien, sin dejarse engañar por el porte civil de los agentes, recordó de pronto que si respiraba el aire libre de Los Angeles era gracias a su última y sangrienta fuga. De haber sabido que él no era el blanco de la operación, jamás habría abierto fuego contra aquellos hombres que abrazaron el suelo borrados por el láser. Más unidades ingresaron en el lugar. El criminal, en clara inferioridad numérica, fue abatido en los corredores del segundo piso. Ya la zaga del operativo había empezado a recoger su basurero cuando yo aparecí de pronto, mudo y agitado tras el cristal de la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre risas discretas, los agentes que escoltaron a Tony comentaron algo acerca de una película del Doctor Frankenstein que la televisión había transmitido la noche anterior. Los escuché al pasar mientras uno de los detectives al mando, sentado junto a mí en el sofá de la sala, me tomaba la declaración. El sujeto tenía mal aliento, pero el tono de su voz sabía ganarse tu confianza. Cuando terminó de interrogarme, apagó su grabadora y me explicó, encendiendo un cigarrillo, lo difícil que le resultaba asociar la blandura de la carne con ese confuso escenario de sofisticación tecnológica. No fueron esas sus palabras, pero eso dio a entender. Luego me dijo que podía irme a casa. Puso a mi disposición una de las unidades aéreas, pero me recomendó que no saliera de la ciudad. Me palmeó un hombro a guisa de despedida y se puso a coordinar otras tareas. Me incorporé, un poco más repuesto de la pesadilla que acababa de vivir, y quise ver a Lulu. Cuando entré en la habitación en que había sido montado el falaz laboratorio, otro de los detectives la interrogaba. Envuelta en una frazada que dejaba al descubierto la blancura imantada de sus piernas, la oí decir su nombre: Nora Smith Newbery, originaria de Kansas City. Ciudadana norteamericana.  Luego, sus ojos me encontraron. Al igual que la primera vez que la vi, hacía apenas unas horas (aunque en ellas, pensé, fácilmente podría caber la eternidad), me sonrió. El hábito de la seducción, esa rara alquimia de la sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Semanas después de aquella noche fui llamado a la jefatura para una última declaración. Fue ahí donde me enteré de que Tony había sido ingresado en un hospital psiquiátrico, que hasta la fecha no ha abandonado. Supe también, en voz del detective encargado del caso, que había pedido verme. No asistiré. Temo que el recuerdo de nuestra antigua camaradería, hoy corrompida por los acontecimientos, pueda traicionarme. Porque entonces tendría que confesarle que su sueño, menos real por el evidente artificio de la piel en que fue confeccionado a partir del dibujo que robé de su departamento, ya está siendo concebido en los laboratorios de la Corporación.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112568706982928475?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112568706982928475/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112568706982928475&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112568706982928475'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112568706982928475'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/09/qued-con-tony-en-un-local-del-centro.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112502784291220479</id><published>2005-08-25T22:34:00.000-05:00</published><updated>2005-08-25T22:52:21.830-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>El hombre llegó de madrugada, cuando la densa neblina del sueño había tomado la ciudad. Cruzó sin prisa las desiertas galerías de la estación, las manos en los bolsillos de la vieja chaqueta de cuero, entornados los ojos que nada le dirían a la mirada improbable, su boca transfigurada en una línea borrosa que el tiempo había bosquejado sobre la impenetrable dureza de su rostro, ese rostro que muchos jamás habrían olvidado de haber conservado la vida que él había venido a reclamarles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie lo vio salir al cálido viento que se arrastraba desde el Pacífico. Su mirada, de nuevo en los suburbios, fue registrando lentamente las formas de la oscuridad. Había cierta tensión en sus hombros: era sólo el fugaz reflejo alerta que aún lo dominaba cada vez que sus pasos resonaban en calles que habían sido suyas o que pronto aprendía a reconocer. En un instante fue uno con las esquinas, con los sucios callejones, con los charcos a la orilla del asfalto que repetían en silencio su silueta informe. Se diría que su andar encerraba la noche, pero eso sería trabajo de aquellos que intentaran crear una ficción en torno de su atroz residencia en la ciudad. Yo, por mi parte, no me atreveré a buscar una palabra o un conjunto de palabras que lo nombren; soy simplemente uno de los pocos que en ocasiones hallan su presencia en la memoria de aquellos días, y al recuerdo de esas horas reduciré estas páginas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera de las muertes le correspondió a un hombre que aún mantenía algo de vida cuando la madrugada lo sorprendió a la entrada de su departamento. La policía llegó hasta él siguiendo el rastro de vómito de los primeros testigos. El horror en los ojos de la víctima se fue apagando, aunque quizá no del todo, mientras entendía que las miradas de los hombres de azul, sumadas al espectáculo, eran sólo una repetición de su propia desgracia. Acaso intentó extender un brazo en un último intento de alcanzar una salvación que no llegaría, pero su mano, arrancada de su cuerpo, se mantenía aferrada al picaporte de la puerta que ya jamás le serviría de refugio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al principio, la policía le restó importancia al hecho. Tenía razones de sobra para hacerlo: la ciudad era ya el enorme tiradero de los desperdicios del mundo que es ahora, y una muerte en esas circunstancias sólo le añadía un poco de color al aburrido tecnicismo de los expedientes cotidianos. Sólo cuando el segundo cadáver (o lo que pudo recuperarse de él) apareció en el umbral de un lujoso condominio, seccionado su cuerpo mediante cortes precisos provocados por el filo de un instrumento casi quirúrgico, se supo que aquellos dos asesinatos no eran un asunto menor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Stolt y Waber, los dos detectives asignados al caso, se conocieron en la jefatura durante los años de sequía, como el propio cuerpo policial denominó a los primeros meses de la cacería de pieles, es decir, de replicantes, que una agrupación externa al departamento de justicia había venido (y continúa) llevando a cabo con resultados que hasta hoy se desconocen. La autoridad del departamento se vio reducida a los juegos de naipes en escritorios vacíos y al llamado ocasional para asuntos poco graves en los barrios conflictivos de costumbre. Su primer encuentro había sido poco alentador: Don Stolt era el típico sujeto de mano dura y modales inexistentes cuya veteranía rondaba ya los 20 años de servicio. Pero no era el tiempo el que le había otorgado el respeto de sus colegas, sino la violencia con la que había discurrido a través de sus días en las calles, siempre implacable, siempre dispuesto a “sacar la basura”. Había algo más: era un cyborg. El implante mecánico en su antebrazo derecho era el resultado de una fallida emboscada en el barrio latino, cuando un par de toneladas de acero ilegal estuvo a punto de aplastarlo. Tyrrel se ofreció a experimentar con el miembro destrozado: aquella urdimbre de nervios electrónicos y aleaciones diversas le costaron meses de esfuerzo y millones de dólares a la Corporación, pero le permitieron a Don reintegrarse al trabajo un año después del accidente. El brazo metalizado pronto rebasó la literatura científica y se instaló de lleno en la nota roja: no pocas fueron las quijadas criminales que astillaron el silencio y quedaron al margen de la declaración verbal. Luego vino la muerte de un sujeto durante su interrogatorio: el departamento se escudó en no sé qué leyes irreconciliables con la lógica y sólo así el detective eludió la cárcel. Para ese entonces ya era conocido como el “hombre de hierro”, así que cuando Bob Waber se presentó por primera vez en la oficina y le llamó “el hombre del yerro” a guisa de saludo, las posibilidades de una convivencia pacífica quedaron anuladas definitivamente. Waber, un tipo oscuro e introspectivo, ex militar de carrera y de acción, era no menos violento que su colega, pero su historial en la jefatura estaba limpio de escándalos. Sólo en una ocasión sus diferencias llegaron al límite de los puños, pero el episodio terminó cuando el propio comandante interrumpió la gresca para anunciarles que a partir de ese momento ambos formarían un equipo. Era algo típico: el policía bueno y el policía malo, y a pesar de sus discrepancias, el tiempo arrojó que los resultados de aquella forzada hermandad eran halagadores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué hago esta digresión? Porque a partir de que se les asignó a la tarea de atrapar al asesino, el destino de muchos cambió. Si el alto mando hubiera siquiera sospechado que sus éxitos eran producto de la competencia entre ambos y no del trabajo en equipo, le habría ahorrado millones al gobierno y mucha sangre a la humedad de las calles. Pero las cosas &lt;em&gt;ocurren&lt;/em&gt;, y nadie está exento de la estupidez. Stolt y Waber recibieron la noticia de aquellas muertes como quien escucha el menú del almuerzo. Luego abandonaron la oficina y fueron en silencio a sus sitios de trabajo. Uno, para releer la documentación del caso; el otro, simplemente para observarlo como se observan los estudiados movimientos del enemigo, porque de ello dependería quizá un ascenso y, por qué no, el alimentar la distancia entre ambos para siempre. No sabían (no podían saberlo) que sólo uno de ellos sobreviviría. Waber, silenciado a la mitad del viaje, tuvo la oportunidad de descifrar el modo de operar del asesino (su asesino), pero ese conocimiento le resultó inútil cuando su cabeza rodó por tierra. Hoy Stolt, en cambio, permanece asilado en la penumbra de una casa de retiro, y nada hará que corrobore o niegue los pormenores de esta historia, nada hará que de su boca escape una sola palabra en relación con esa época, no mientras la maquinaria que lo alimenta y le permite respirar mantenga sellados sus ancianos labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la segunda o tercera semana luego del primer asesinato, un hombre fue testigo de cómo la puerta de su casa se rompía en el silencio de la medianoche. Vio la silueta de su verdugo detenida en el umbral, y un breve destello del arma lo sedujo. Era algo extraño: el filo del acero rescataba por momentos la luz del exterior, pero aquella figura que progresaba hacia sus ojos seguía formando parte de las sombras. Ensimismado en esa última fascinación, sólo el calor de su propia sangre le confió el destino atroz que el ataque le había deparado. Sus brazos cayeron a ambos lados del sillón como si un miedo repentino los hubiese obligado a huir cobardemente de su cuerpo. Luego, la punta de aquel arma irreconocible penetró en su pecho y le mostró la confusión de sus entrañas, cuyo hedor fue un instante insoportable. La mano en su cabello lo libró de aquella visión para entregarlo al horror del filo ensangrentado que en segundos trazó un rojo sesgo en su cuello. No viviría para contar su propia muerte; sí lo haría para saber que finalmente estaba ocurriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante las pesquisas, Stolt siempre se mantuvo ajeno a los oficios de la ciencia: recibía los informes del laboratorio con un dejo de desprecio y prefería recorrer lentamente las calles de la madrugada en un auto sin luces ni emblemas distintivos. Confiaba en el método antiguo: el contacto con los seres de la noche, aquellos en cuyos ojos podía leer fácilmente las raíces de cualquier enigma. Ese era el análisis que le gustaba interpretar. A veces detenía su marcha en callejones hostiles, e intercambiaba susurros inaudibles con soplones de barrio y fisgones de poca monta. Unas y otras voces coincidían en lo mismo: las noches habían sido repentinamente deshabitadas. La causa: la sombra de algo o de alguien que todo aquel que la había presentido se había vuelto incapaz de expresar con palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lógica, en todo caso, le dictaba al veterano policía una certeza inapelable: algo que provoca el miedo le pertenece a la oscuridad. Cada ciudad es un rostro marcado por las cicatrices del tiempo; es ahí en dónde el miedo se refugia, en las ruinas, en la piel cancerosa que las urbes abandonan cuando el arte o la riqueza agotan los espacios, en las callejuelas heridas que nadie se encargó de curar, ahí donde la locura y el odio se fermentan en la mierda de otras generaciones asqueadas de olvido. A Stolt le gustaban aquellas zonas; había algo más llamativo en ellas que el solaz de sus recuerdos de infancia. Era quizá la atmósfera de tensión permanente, tan afín, o la desolación, la desconfianza en la mirada, el paisaje de aceras rotas y fachadas espectrales que la lluvia ya no conseguía lastimar. Así, aquellos merodeos pronto se convirtieron en un hábito de sus noches cuando las muertes se fueron sucediendo y la búsqueda se hizo urgente. Con paciente disciplina registraba cada rincón, cada pasillo, cada portal herrumbroso abierto a lo improbable. Quienes lo conocían sabían temerle. Muchos habían comprobado que aquella extensión mecánica era capaz de provocar un silencio legítimo y permanente, por eso no huían: lo esperaban detentando el rumor que sus oídos precisaban, o simplemente buscaban el refugio temprano, trocando el ansia de la droga por solitarias cervezas y fugaces atisbos a la calle para ver si su paseo nocturno había finalizado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Stolt conocía su oficio, y no faltaba una noche a su cita en los suburbios, siempre con la enferma esperanza de que la suerte trastocara la costumbre y él mismo se convirtiera en víctima; a lo mejor el azar le era propicio y lo enfrentaba al fin con ese rostro elusivo que no lograba resolverse en su mente. No estaba equivocado, porque el hombre, el asesino, requería el oscuro anonimato de aquellos mismos rincones para ocultarse y renovar el filo del arma que ya soñaba con la siguiente víctima. Por eso, cuando sin saberlo, el detective se detuvo a escasos metros del objeto de su búsqueda, el mecanismo de su implante lo alertó. Sabía que aquella insistente vibración traería consigo el voraz escalofrío que recorrería su cuerpo. Ya en otras ocasiones aquella rara ansiedad del metal le había salvado la vida. En segundos, su mano real palpó la fría confección del láser. Con un rápido movimiento de sus ojos escudriñó la oscuridad, pero, más allá del ámbar de la calle, todo lo que encontró fueron sólo caprichos de las sombras. O, inexplicablemente, deseó que lo fueran. El bip electrónico de su intercomunicador lo sobresaltó. Sus dedos mecánicos buscaron el aparato en un bolsillo interior de su chaqueta, pero su mirada se mantuvo al acecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Presto para el ataque al descubrir el arma, el asesino entre las sombras tuvo que detenerse al ver que el policía comenzaba a alejarse calle abajo. Atenuando un poco sus pulsiones de alerta, siguió atento sus pasos desconfiados, y únicamente se sintió a salvo cuando su figura alcanzó los fantasmas de neón de los incomprensibles anuncios al otro lado de la avenida. Sólo entonces los garfios retráctiles dejaron de latir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Waber lo conocí la tarde que me interceptó en la entrada del edificio. No había señal en su rostro de esa gravedad apaciguada de los hombres habituados a reordenar el mundo; sus ojos, por el contrario, parecían signados por un toque de melancolía, esa que la soledad cincela irremediablemente en toda expresión. La sé reconocer. Me llamó por mi nombre y me mostró el holograma que lo acreditaba. Me acompañó en silencio hasta el departamento. Dos de mis muñecos mecánicos salieron como siempre a recibirme. Esa era su labor de autómatas: deambular por la casa sin un itinerario preciso, fingir una presencia, confundir los sentidos de las visitas indeseables. Waber se sorprendió al verlos: tenía conocimiento de que vivía solo. Le expliqué lo que eran aquellos juguetes, tan solo inofensivos replicantes de primera generación. Él recompuso el gesto de inmediato, como si de pronto hubiese recordado a qué me dedicaba. Lo invité a sentarse, pero se negó argumentando que no había tiempo: debía llevarme a un lugar seguro. Luego, correspondió a mi azoro con un breve resumen del caso. Fue así como me enteré de que todos aquellos hombres a quienes yo solía conocer durante mis primeros años en la Corporación, habían muerto. Todos ellos habían sido ingenieros en genética; brillantes hombres de ciencia, la edad los había retirado. Ahora un loco, un tránsfuga, se había encargado de liquidarlos. Waber me extendió una mirada enérgica y me preguntó si sospechaba cuál podría ser la causa. Medité unos segundos, pero la memoria me dictaba sólo un hecho en común: los nombres en la lista habían participado en el diseño del Nexus 4, una nueva clase de androide capaz de alterar su morfología según las circunstancias que se fueran presentando durante el desarrollo de sus tareas, que serían, específicamente, la reconstrucción de secciones dañadas en el exterior de las colonias. La ausencia de oxígeno y la dificultad para manipular equipo sofisticado durante las caminatas espaciales fue lo que dio origen al proyecto. El Nexus 4 tendría la capacidad de transformar por él mismo en herramientas diversas partes de su cuerpo. Pero no podría ser un simple obrero: tendría que tomar decisiones y fue justo en ese nivel en donde se había cancelado para siempre el proyecto. Waber quiso saber la razón. Pero ésta no era fácil de explicar: se había estado experimentando con biochips cerebrales a los que previamente se les había implantado información extraída de algunos científicos voluntarios. Al principio, todo pareció marchar bien, pero luego de algunos días el sujeto comenzó a sumirse en profundas depresiones. Hasta ese momento, no sabía la verdad detrás de todo aquello, así que sugerí que el desperfecto había comenzado a presentarse en algunas unidades, pero que ya se estaba trabajando en la reparación del daño. Con cierto aire de suficiencia, el detective afirmó que ya lo sabía, que había visto cómo cazaban a esas pieles por las calles para aplicarles “el antídoto” -y sus manos simularon disparar un arma. Solamente sonreí. Waber recobró su gesto adusto y me pidió que me abrigara: el viaje sería largo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tener la compañía de un hombre muerto sólo cobra sentido en el recuerdo. Waber condujo en absoluto silencio, fumando ocasionalmente un cigarrillo, como si pretendiera ausentarse de sí mismo. Sus movimientos eran mecánicos, automáticos. Apenas apartaba la vista del frente para leer en instantes la información del computador en el tablero. Pero su mirada parecía ir más allá de las formas danzantes del exterior tomado por la lluvia. Ahora sé que su mente se afanaba en reconstruir el sendero imaginario que el asesino iba dejando atrás. Estaba tras la pista correcta, pero aquellos minutos de introspección, en los que acaso trazaba el esquema a seguir durante la cacería que lo aguardaba, lo estaban consumiendo. Él no podía saberlo, pero le estaba robando al tiempo una sustancia que ya no le pertenecía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras la nave que me conducía al refugio surcaba la densa niebla de Los Angeles, la mirada atenta de un hombre entre las sombras vigilaba un ventanal iluminado en el sexto piso de un edificio en el centro de la ciudad. Agazapado al filo de una azotea cercana, el movimiento apenas perceptible de sus ojos registraba la distancia que lo separaba de aquel rectángulo de luz que al fin se había apagado. Había llegado la hora. Se incorporó, apoyó un pie en el filo y saltó. Los dedos de sus manos, ahora garfios, ahora vigorosas tenazas, se fueron desplegando a medida que la fuerza del impulso lo acercaba a la desnuda pared de la fachada. Nadie pareció notar aquella figura inmóvil sumada de pronto a la arquitectura del edificio; nadie, excepto la víctima potencial, que escuchó el golpe seco en la pared de su ventana y giró un poco la cabeza para descubrir la silueta imposible dibujada en la cortina. Ya las unidades, al igual que habían hecho conmigo, habían ido a buscarlo para llevarlo a su propio refugio, y en ese momento el magnético ulular de las sirenas rompió el silencio del acoso. Por segunda vez en la noche, el asesino percibió ese amargo sabor en su garganta. Era algo extraño. No sabía que aquella sensación era la química del miedo. Pero algo en la raíz de su atroz ingeniería sí fue consciente de ello, pues de pronto, sin que él lo deseara, el acero que lo mantenía aferrado al concreto recuperó la forma original de sus manos y el peso de su cuerpo lo proyectó hacia el vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El impacto lo dejó aturdido sobre la humedad del callejón desierto. Quiso incorporarse, pero un dolor eléctrico laceró su estructura. Aquella sensación también era desconocida. Sin que pudiera evitarlo, algo semejante a un grito escapó de sus labios. Aquel pudo haber sido un instante aterrador, pero el ruido de las naves al alcanzar el edificio canceló ese placer subrepticio de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las unidades que aterrizaron frente a la puerta del condominio vomitaron al instante un ejército de hombres armados. Un par de reflectores se encendieron para iluminar la majestad de la fachada. Voces de estática giraban órdenes confusas a través de los intercomunicadores, al tiempo que un escuadrón se deslizaba hacia el interior, cubriendo cada rincón en posición de ataque. A una señal, uno de los hombres ganó las altas escalinatas y alcanzó el segundo nivel del lobby, en donde halló a un anciano en ropa de cama que ensayó un gesto lívido al descubrir el cañón del largo fusil. Con un grito se le ordenó tirarse al suelo, pero el anciano, asustado, apenas consiguió ponerse de rodillas y comenzó a gritar los motivos de su histeria. La voz en los intercomunicadores reprodujo el relato. Sólo después de unos instantes de tensa confusión, uno de los oficiales al mando ordenó soltar los rastreadores. De la nave principal emergió un puñado de esferas de apenas el tamaño de pelotas de béisbol. Los insectos se mantuvieron un momento suspendidos en el aire y un segundo más tarde salieron expulsados en dirección a los costados en penumbras del edificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ajeno a su propia cacería, aunque algo semejante a la intuición se la anunciara, el asesino se fue desplazando con dificultad por el laberinto de mierda de los canales subterráneos. El golpe casi mortal había bloqueado la comunicación entre su cerebro y los filtros ópticos que permitían su visión nocturna, así que sólo el instinto le dictaba el camino en medio de la profusa oscuridad. Se detuvo un instante para recomponer las formas descompuestas de las ventosas que sus manos, indecisas, apenas habían conseguido simular para ayudarlo a mantener el equilibrio. Entonces percibió el zumbido cada vez más cercano del insecto rastreador que lo buscaba. De espaldas al muro, ideó un arma. Pudo haber sido la desesperación, o quizá la suerte, pero esta vez la piel de su antebrazo parió el largo trozo de acero que su imaginación había fraguado. El filo de aquella saeta cortó el aire y se hundió derrotado en el hedor de las aguas negras. Merced a ese ataque, la esfera diminuta, invisible para el perseguido, encontró la posición de su objetivo y escupió una ráfaga de láser. El rayo impactó el muro e iluminó por un instante el perfil del hombre que nuevamente apuntaba. Su disparo esta vez dio en el blanco: la filosa punta de la flecha rompió al insecto, electrizando el aire alrededor. Sabía que vendrían otros, así que no perdió el tiempo y corrió, o intentó correr, buscando el posible resplandor de alguna salida. Lo encontró algunos metros más adelante. Se aferró como pudo a la escalinata herrumbrosa y ascendió, presa de un dolor insoportable. Años de lodo habían soldado la pesada tapa de aquella cloaca. La mano derecha del hombre se plegó en sí misma y se rehizo bajo la forma de un enorme mazo de acero que golpeó el rectángulo de hierro que bloqueaba la salida, arrojándolo a un par de metros de distancia. Ese esfuerzo lo devastó. La lenta figura que surgió del agujero en la esquina de la 22 y la 40 se arrastró con dificultad hasta alcanzar la pared que le sirvió de apoyo mientras oteaba el aire en busca de movimiento. Era una noche solitaria, pero cualquiera que lo hubiera visto ahí sentado bajo la lluvia habría pensado que se trataba de un mendigo. Nadie podría saber que esas manos de fieras cuchillas que a ratos se reblandecían bajo la textura de una piel lodosa y curtida habían fallado en confeccionar el penúltimo eslabón de una cadena de muertes que no habían llegado a su fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Waber me dejó a la entrada del refugio, donde un par de oficiales me recibieron para conducirme al interior. Sé por los diarios de aquella época que no regresó a las calles, sino que volvió a la jefatura y se entretuvo durante horas revisando los archivos del caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El reportaje que refiero, uno de los pocos que hicieron eco de los asesinatos, apareció en la sección policiaca de un semanario editado en las colonias. Por aquel tiempo, las políticas que restringían la salida del planeta para todo ciudadano que padeciera alguna enfermedad hereditaria o degenerativa eran objeto de debate, y la opinión pública en el exterior esgrimía el menor pretexto para reforzar las medidas de seguridad que permitieran continuar con el proyecto de una nueva sociedad, libre de las plagas de los últimos siglos que el &lt;em&gt;hombre contaminado &lt;/em&gt;seguía sembrando en las ciudades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Transcribo parte de ese trabajo, cuyo autor, un tal Emerson R. Palmer, publicó en el Independent una mañana de martes:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Mientras el humo de las factorías vulnera el aire enrarecido que los habitantes de las grandes urbes consiguen llevar a sus enfermos pulmones, dos nuevos tipos de contaminación han despertado en medio del caos y la sobrepoblación: el crimen tecnológico y la negligencia de las autoridades. Durante varias semanas, la policía de Los Angeles siguió la pista de un asesino de ex empleados de la Corporación Tyrrel. El homicida, según nos informan fuentes al interior del departamento, empleó una violencia extrema y espeluznante en contra de sus víctimas. Hasta el momento se desconoce el móvil de los asesinatos; sólo se ha conseguido descubrir -por medio de exhaustivas investigaciones forenses-  que los cuerpos fueron desmembrados utilizando herramientas de alta tecnología hasta hoy pertenecientes a proyectos secretos del gobierno en colusión con el monopolio de industria militar en que se ha convertido la propia Corporación Tyrrel, cuyo desvirtuado avance científico ha iniciado ya el camino de su auto inmolación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al creciente número de víctimas del&lt;/em&gt; asesino tecnológico &lt;em&gt;se sumó la del detective Bob Waber, cuyas pesquisas para atrapar al asesino se encontraban ya muy avanzadas al momento de su muerte. De acuerdo con nuestra fuente, la negligencia fue la principal causa del deceso del ex militar y miembro honorífico del cuerpo policiaco, cuya prisa y quizás el ansia por un nuevo nombramiento lo llevaron a atender en solitario una llamada de auxilio que lo condujo directamente a las manos del asesino. Y nos preguntamos: ¿actúa la policía en la Tierra por impulso y no bajo los rigurosos esquemas de los que tanto se presume?, ¿le ha ganado al vicio de la corrupción la estúpida carrera por alcanzar logros personales que coloquen a los individuos en posición de acceder a las colonias, pese a demostrar con ello síntomas claros de un desequilibrio emocional que pondría en serio peligro la sobrevivencia de esta nueva sociedad que usted y yo nos hemos esforzado en construir?&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Tedio y nicotina, esas eran las únicas palabras que Bob Waber tenía en mente cuando el teléfono timbró la noche de su muerte. Largas horas de intimar con los archivos del caso lo habían ido depositando en un sopor casi comatoso, pero eso no le impidió comprender que la imagen borrosa por la estática le estaba contando una historia que pocas veces había escuchado en sus años de servicio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacía pocos minutos, el guarda nocturno de una fundidora de acero había despertado en medio de los golpes insistentes en la puerta principal. Alarmado, fue a ver qué ocurría. A pocos metros del lugar descubrió que el portón, de dos pulgadas de grosor, había sido cortado como una lata de sardinas y aquella figura enorme se estaba introduciendo. Sus ojos, como lunas menguantes de neón, lo encontraron. El guarda levantó su arma y accionó el dial de las luces de emergencia. Las arañas de potente voltaje iluminaron el pasillo y obligaron a aquella cosa a cubrirse el rostro y replegarse contra la pared como un animal herido. Nunca en su vida había visto a un hombre como aquel, imponente, casi totémico, majestuoso a pesar de la apariencia lastimera de los andrajos que le cubrían parcialmente el cuerpo. Fue lo último que el guarda pudo ver, pues el intruso extendió de pronto los brazos hacia el techo y un par de proyectiles -no estaba seguro de que lo fueran- rompieron la estructura de las altas lámparas. No supo a qué hora el arma había escapado de sus manos; sólo comprendió que su vida dependía de la velocidad de sus piernas, que en segundos lo llevaron hasta la salida posterior. A muchos metros del lugar, descubrió con alivio que aquella cosa no lo estaba siguiendo. Y no, no pretendía regresar, esperaba que la policía hiciera algo para atrapar a aquel ladrón antes de que hallara la caja fuerte de la oficina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Waber conocía el sitio. De un golpe canceló el cobarde recuento, se calzó el soporte del láser, le informó al oficial de guardia en la salida que tenía algo importante y se dirigió a la nave. En el trayecto llamó a Stolt, pero no obtuvo respuesta. La lluvia del verano sacudía al Volvo que seccionaba el viento sobre las azoteas agrietadas. En minutos, el vehículo aterrizó en la zona de descarga del ala sur de la fundidora. Antes de abandonar la nave, Waber recordó las directrices de su oficio y pidió refuerzos, pero nunca estuvo seguro de que llegarían a tiempo, no en una noche lluviosa como esa. Conteniendo su respiración agitada, se dirigió al lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal como el hombre al teléfono lo había descrito, el ancho portón parecía haber sido roto de un solo tajo. No era muy corpulento, así que penetrar por aquella ranura dentada fue algo fácil. Buscó a tientas su lámpara de emergencia, pero descubrió con incomodidad que la había olvidado en la nave. Pero el tiempo operaba en su contra, así que desenfundó el láser y agotó a ciegas los primeros corredores. Poco a poco su vista se fue adaptando a la oscuridad. Pensó fugazmente en el casco de lentes infrarrojos, y aborreció la prisa que lo había obligado a abandonar la jefatura desprovisto de equipo. Fue entonces cuando escuchó el rumor cansado al fondo de lo que parecía ser una amplia bodega. Se acercó lentamente, el arma en la mano derecha, la helada piel de las paredes como una repentina obsesión de su hombro izquierdo. A lo lejos, las sombras adoptaron de pronto la forma de un hombre que se erguía, que parecía tensar todo su cuerpo al descubrir el láser que le apuntaba. Un destello se dibujó a la altura de su pecho y un brazo o lo que sea que haya sido también pareció señalarlo. ¿Fue un silbido o el susurro de la lluvia que se filtró hasta él lo que el infortunado oficial alcanzó a escuchar? Un bautizo de sangre, de su propia sangre fluyendo numerosa de su vientre, fue la respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sus años en el frente, Bob Waber había visto hombres heridos soportar por días el asedio de la fiebre y el frío aletazo de la muerte acechando su sueño; vio incluso a un soldado demediado arrastrarse en busca de auxilio, incapaz de resignarse a su fin. Aquellos recuerdos acudieron a su encuentro cuando se supo inmovilizado por el fuego del hierro que lo había traspasado para incrustarse en el muro a sus espaldas. Comprendió por qué la carne de sus compañeros de guerra se negaba a fenecer: nunca era demasiado tarde para levantar el láser y buscar compañía en la hora de la muerte. El haz invisible surcó el aire y estalló a un costado del asesino, que se detuvo con un grito y rodó por el suelo para ser tragado por las sombras. Waber disparó en repetidas ocasiones, ya sin tino, y el rincón de la nave industrial se iluminó instantáneamente de artificio. Un momento después, el arma se le escurrió entre los dedos mientras el índice insistía en accionar un gatillo invisible. Sus piernas se entregaron repentinamente al cansancio y el peso de su cuerpo sobre el hierro le desgarró el pecho. El asesino ya estaba frente a él. Oyó que respiraba con dificultad. Quiso ver su rostro, pero el filo de los sables, nítido en el silencio, le negó para siempre esa curiosidad insana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Stolt arribó al escenario sólo para atestiguar el ocaso del espectacular despliegue de las fuerzas especiales, inútiles ya. Algún subalterno lo reconoció y se acercó para indicarle un sitio al fondo del corredor. El veterano oficial asintió en silencio y encendió un cigarrillo mientras cruzaba el umbral ahora iluminado de la fundidora. A lo lejos, los peritos copiaban las siluetas del cadáver: una de ellas sobre el piso; la otra, en la base del muro. Pero la imagen del insoportable rompecabezas en que se había convertido su compañero no le hizo mella. Al menos, la dureza en su expresión no lo denotó. Dejó atrás el cadáver cercenado y llevó sus pasos hacia el fondo, en donde parte del equipo tomaba muestras y holoescáneres de lo que parecían ser las huellas de la batalla en la que el joven oficial había sido abatido. Los restos de una sustancia corrompida por la grasa y los solventes que humedecían el piso sugerían que el homicida había resultado herido. Sea lo que sea, meditó el forense cuando el detective se acercó, esto no es sangre humana. Stolt, con gesto taimado, confesó que lo sabía. El médico lo interrogó con inobjetable sorpresa. Se trata de una “piel”, murmuró el policía. Los fiambres eran todos antiguos ingenieros de Tyrrel; uno de ellos se salvó de morir gracias a que los muchachos llegaron a tiempo. Los rastreadores persiguieron al sujeto por las alcantarillas; tomaron este fotograma -y le mostró al forense la pantalla de su intercomunicador, que exhibía la imagen en baja resolución del hombre hundido a medias en las aguas negras. Esto no tarda en llegar a oídos de los federales -Stolt abarcó el lugar con la mirada. En ese momento un oficial se unió al grupo para informar que el rastro del asesino se dirigía hacia el oeste. Tenemos poco tiempo, dijo el detective, si queremos llegar primero. Bueno, siempre después de Bob, por supuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reducido a una masa informe, temerosa y exhausta, el que antes había ejercido la tiránica muerte sobre las cosas vivientes sentía con horror cómo el remedo de carne que protegía la sofisticada arquitectura de su cuerpo se resignaba a su propia consumición. El deterioro repentino y gradual de sus manos lo tenía desolado. Ahora más que nunca ansiaba el sueño, pero ese estado mental era territorio exclusivo de los hombres; a él solamente le había sido dado el recuerdo, o más bien la fría imitación de los procesos de la memoria que un esquema de laboratorio había instalado en su cerebro. Así que jugó a recordar: la sensación de la hierba en su mejilla, el dulce olor a almizcle de una puta que le ofrecía su piel, el hielo sobre los lagos del norte, la soledad del bosque y una cabaña de viejos robles en donde aquel hombre lo encontró después de la tormenta. Nunca reconoció a la lenta figura que ascendía, hasta que llegó a su puerta y se descubrió el rostro. Sí, soy yo, se anunció el recién llegado. Mírame de nuevo: es a mí a quien esperas. Ha llegado el momento de que dejes de esconderte. Es la hora de los hombres, del fin de su asquerosa carne. Es tiempo de que paguen por inventar la muerte. Y no dijo más. Se dio la media vuelta y se alejó, una silueta cada vez más débil, borrada por el blanco de la nieve que se extendía hasta el horizonte. Pero aquellas palabras habían sido la orden que esperaba y sólo aguardó al anochecer para abandonar su refugio y volver a la ciudad que años antes había dejado atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ahí estaba, derruido, observando en silencio cómo la metamorfosis de sus manos ensayaba un sinsentido de acero. Entregado a sus minutos finales, se resignó por fin a la inminente llegada de aquellos cuyas armas, menos falibles que las suyas, confirmarían su derrota inapelable. Y éstos no tardaron: el viento se agitó a su alrededor cuando las primeras naves sobrevolaron la zona. Acostumbrados a las sombras, sus ojos se rindieron a la intensa luz de los reflectores que comenzaron a bañar las calles a escasos metros de donde él se encontraba. Como ajenos a su voluntad, los garfios resurgieron en medio del rechinido de la maquinaria herida. Se incorporó de un solo impulso y se abrazó a un poste de energía eléctrica para preparar el ataque. Ese movimiento lo delató: los ojos luminosos de las unidades aéreas se volvieron hacia él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde lo alto de una de las naves, la voz de Stolt, magnificada por la potencia del altavoz, le ordenó rendirse. El asesino comprendió que no sería fácil escapar y ensayó el primer acto de su defensa: la materia de sus manos titubeantes mutó en ganchos de hierro, cuya fuerza venció el poste que lo resguardaba, arrastrando consigo una telaraña de cables de alto voltaje. Como llamados a la vida, aquellos látigos eléctricos chasquearon peligrosamente cerca de las unidades que habían tomado tierra preparando la captura. Inmóviles francotiradores, apostados en las azoteas aledañas, aguardaban la orden de fuego. Pero ésta no llegó, no en el momento en que un trozo de concreto derribó una de las naves, proyectándola hacia el grupo de hombres que, enmudecidos, perecieron bajo aquel tonelaje imprevisto. Los vehículos que aún permanecían suspendidos en el aire rugieron al retroceder o elevarse, previendo un nuevo ataque. Una larga saeta rompió la expectación y penetró el pecho de uno de los oficiales en tierra. Aquello bastó para que otro grupo de francotiradores, sin una voz de por medio, abrieran fuego. Pero el asesino tenía la ventaja de una mirada plural que acaso el miedo había reactivado en sus terminales nerviosas, y sólo tuvo que arrojarse al piso para evitar la andanada. Otro policía fue alcanzado en el cuello por una cuchilla circular. Los hombres que se encontraban a su alrededor gritaron aterrados al ver el brillo del casco rodar por el suelo mientras que el cuerpo, aún de pie, lanzaba densos chorros de violenta sangre. Al instante, un enjambre de afiladas esquirlas de hierro los privó para siempre de esa atroz visión. Desde el aire, Stolt vio el escenario de hombres caídos y, sin pensarlo, cogió el arma con su extremidad metálica y apuntó, siguiendo con precisión los movimientos de la danza macabra que el asesino ensayaba en medio de su infausta obra. Alcanzada por el láser, la diminuta figura se dobló por un costado y comenzó a arrastrarse hacia las sombras de un callejón. Para el orgulloso detective, ya era sólo cuestión de tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dolor en el muslo era indecible. Estaba perdiendo mucha sangre -si es que aquella sustancia lo era- y la vista se le había comenzado a nublar. Pensó que si acaso tenía alguna oportunidad de escapar, sería a través de las sombras del edificio en ruinas cuyo umbral cruzó en medio de los primeros espasmos. El ruido de los pasos de sus perseguidores crecía a cada segundo. Alcanzó como pudo el cubo de la escalera, pero el peso de su cuerpo rompió las cuarteaduras del frágil concreto. Deseó los garfios para asirse a los muros y ascender, pero la acción de sus manos había enmudecido. No, ese no podía ser el final. Su mirada encontró el vacío de una puerta. Tambaleante, la cruzó. De un rápido vistazo analizó la geometría de aquel cuarto solitario. Los restos de una lámpara pendían del alto techo; los ojos del asesino persiguieron una línea imaginaria y se detuvieron al fondo, en un punto exacto del muro que se hallaba exactamente en el lado opuesto. Arrastrando la pierna herida alcanzó ese lugar. Con desesperación juntó ambas manos, extendió los brazos para rozar la humedad del muro y concentró todas sus fuerzas en una imagen precisa del acero. Al principio indeciso, a la postre se fue revelando el perfil de un rotor puntiagudo que en cuestión de segundos acabó por concretarse a la orilla de sus extremidades. La punta de la maquinaria comenzó a romper la pared, desnudando poco a poco la urdimbre de cables y finos conductores de energía. El ruido atrajo al grupo de hombres que presidía el acoso. A través de los lentes infrarrojos, sus azorados ojos presenciaron el estallido de los cables cuyos extremos incendiados el hombre enloquecido introducía en su herida. Las armas se alzaron dispuestas a abatirlo, pero el fulgor del baño azul eléctrico que envolvió al asesino cegó a los hombres por un instante. Dispersos, apenas recuperando la visión luego de despojarse de las lentes ya inservibles, supieron que se hallaban a merced del hombre invisible entre las sombras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Stolt, aún en la calle, encabezaba al segundo grupo. Los reflectores de la nave de reconocimiento que cubría el despliegue iluminaron la entrada de la fábrica abandonada por la que los primeros hombres habían ingresado... y de la que jamás saldrían, pues eran eliminados uno a uno en medio del fragor de los ciegos disparos y de los alaridos surgidos del hierro que laceraba su carne. Asaltado por un vago sentimiento de impotencia, el detective reordenó a su equipo y se decidió a entrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El eco de los cuartos vacíos reproducía los gemidos de dolor de los hombres moribundos. Stolt y su equipo invadieron la sala iluminada por el falso verdor del baño infrarrojo y avanzaron evitando tropezar con los restos de sus compañeros, cuyos lamentos se iban apagando. Entonces descubrieron el boquete en la pared del fondo, y la sombra fugaz que lo trascendía. A una señal, uno de los hombres se desplazó hasta el sitio y arrojó una granada sónica a través del agujero. El estallido amortiguado cimbró el cuarto contiguo y agrietó las paredes de la construcción, que vibró por momentos y luego se entregó al silencio. Expectantes, los hombres esgrimieron los fusiles láser y se fueron acercando uno a uno. Al otro lado, en una esquina del cuarto devastado, la figura borrosa del asesino se retorcía entre gemidos y estertores. Hacía falta rematarlo. Stolt detuvo al oficial que se adelantaba a su gloria y se introdujo, ignorando las fuertes vibraciones de alerta de su brazo postizo. El cuerpo que yacía en el piso, a escasa distancia, había dejado de moverse. El arma tembló entre los dedos nerviosos de su mano izquierda, pero aún así se acercó para mirarlo de cerca. La pesadilla que lo esclaviza cada vez que despierta a la inutilidad de su paralítico cuerpo inició cuando aquel rostro abrió los ojos y, mirándolo fijamente, le confió un odio que no era humano. Stolt, sorprendido por un terror innominable, disparó una vez. Y falló. La cuerda de acero que el asesino fraguó en el instante final de sus días silbó en la oscuridad y atenazó al detective, que sintió -fue la última vez que sintió- cómo ese abrazo metálico le rompía la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El casco salió expulsado de su cabeza cuando el cuerpo del detective se estrelló contra el piso. Así que para él, lo que siguió al dolor ocurrió entre las sombras: el fuego preciso del láser que desgarró la piel convulsa del asesino, la silueta del hombre que le oprimió el cuello con los dedos para interrogar su pulso, las voces distorsionadas por la estática de los intercomunicadores, el ingreso atropellado de los hombres de blanco, la expresión adolescente, casi infantil de uno de ellos y luego ese otro rostro, tan cercano, que desde su muerte ya consumada no cesaba de mirarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El guardia en la puerta me anunció que era momento de partir. Salí al patio del refugio, en donde un vehículo me aguardaba. Horas después, la noche había madurado en las calles y sólo el viento posterior a la lluvia arrastraba algunos ruidos hasta la ventana de mi departamento. Quise dormir, pero no lo conseguí, envuelto por los rostros fantasmales de las víctimas que el asesino había ido cincelando en mi memoria. Los primeros colores del alba me encontraron en la espesa ebriedad del insomnio. Abandoné la cama de un salto, cogí el abrigo y salí a la madrugada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tyrrel me recibió, aún en bata, detrás del escritorio de su imponente oficina, su anciana silueta recortada contra la imagen de la ciudad temprana que se filtraba a través del muro de cristal. Una joven, cuyo hermoso rostro era nuevo para mí, se acercó para servirnos el café y se quedó de pie junto a nosotros, extrañamente inmóvil, casi inexistente. Luego, Tyrrel le ordenó que nos dejara solos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿A qué se debía mi presencia a esa hora de la mañana? La respuesta ya estaba entre mis labios: quería saber si estaba al tanto de los asesinatos. No sé si él esperaba esas palabras, lo cierto es que me observó durante algunos segundos con un aire melancólico y giró un poco para dejar que sus ojos se posaran sobre el paisaje a sus espaldas. Los asesinatos, escuché que susurraba casi para sí mismo. Luego se volvió para entregarme la fragilidad de sus ojos, y entendí que su mundo había cambiado para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Nexus 4 era un prototipo secreto, el más alto logro de la ingeniería genética que el hombre había concebido jamás. Para la comunidad científica -incluido tú, Sebastian-, se había diseñado un eficaz obrero, dotado de extremidades capaces de transformarse en innumerables herramientas a partir de un simple impulso. Para la industria militar, que había solventado el proyecto, el Nexus 4 era el guerrero perfecto, la vanguardia en las tareas de preservación del imperio. Su mente, un poderoso computador, lo mismo tomaba decisiones que abdicaba en favor de la decisión de terceros. Y lo más importante: su cerebro estaba libre de la disociación de pensamientos que había engendrado “la duda” en algunos de sus predecesores, aquellas unidades que los cazadores estaban retirando debido a que habían huido de sus sitios de trabajo, presas del tormento existencial. Todo marchaba conforme a lo planeado, hasta que un dictamen del Senado exigió que se les practicara el test de Voight Kampf. Cinco de ellos pasaron la prueba, pero el sexto sufrió una leve dilatación de las pupilas durante las últimas preguntas del cuestionario. A pesar de la resistencia de los militares, el fallo del gobierno fue inapelable: la cancelación del proyecto. El buró científico de la Corporación, no obstante la oposición por parte del propio Tyrrel, decidió que aquel elemento debía ser destruido. Se fijó una fecha; mientras tanto, con objeto de finalizar la etapa de observación, aún inconclusa, no se le privó de sus libertades de acción dentro de las instalaciones, únicamente, como marcaban las leyes, se le extrajo el mecanismo que permitía la mutación. Pero se había cometido un error imperdonable: el sujeto con la falla, asignado a tareas de laboratorio, tuvo acceso a los expedientes del proyecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se supone que todos ellos eran seres superiores, así que su contacto con el mundo debía ser lo más cercano posible a la realidad y no sólo ser sometidos a esquemas de instrucción en aulas acondicionadas para tales propósitos. El androide, ya disminuido en sus funciones motrices, interrogó los archivos y de súbito comprendió su verdad. Me cuesta imaginar el tormento psicológico que aquel conocimiento engendró en su mente. Por supuesto, entró en crisis, pero su intelecto, íntegro aún, le aconsejó disimular. Sin que el área biopsiquiátrica pudiera detectarlo, se entregó con pasión a las tareas de siempre -pero ese “siempre” le pertenecía a otro, y el rencor de saberlo se fue transfigurando en el odio que hoy tiene a la muerte por sustento. Mientras tanto, las horas que lo distanciaban de su fin inminente las ocupaba en urdir la venganza. Así, una tarde cualquiera a la hora del descanso, cuando sabía que la seguridad se relajaba y grupos de hombres sonrientes se dirigían al comedor y a las áreas de esparcimiento, se introdujo en los laboratorios y reprogramó a uno de los replicantes en proceso. Conocía las claves de acceso a la computadora matriz, así que al final del sabotaje accionó el temporizador cerebral de la unidad en reposo y al caer la tarde huyó de las instalaciones desactivando el chip de reconocimiento incrustado en su piel. Nadie supo lo que había hecho hasta que, a la mañana siguiente, la unidad corrompida despertó en medio de la confusión general. En su huida, sembró de cadáveres el laboratorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Voight Kampf tenía razón: la principal semejanza entre un hombre y una máquina creada por él mismo se encuentra en el inevitable contagio de las propias limitaciones del ser humano. En la fría soledad de la sala de documentación, el Nexus 4 condenado a muerte, enfrentado de pronto a ese destino de vacío, sólo acertó a rebelarse, como el hombre lo habría hecho, en contra de su creador. Pero el ciego ejercicio de su blasfemia no tenía por motivo el renegar de la vida que se le había otorgado, sino el hecho de que aquel indeseable regalo le hubiese negado el privilegio de ignorar el momento de su muerte, el haber cancelado para siempre el placer de esa vana esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las primeras víctimas de su atroz venganza habían pagado con sus vidas el alto precio de creerse los dioses de una ciencia imperfecta. Pero esos hombres eran, de alguna manera, inocentes: el diseño del Nexus 4 había terminado para ellos en el esbozo de un proyecto, que otras mentes más jóvenes desarrollaron años más tarde. Aquellos no se merecían los excesos de ese rencor, sino los otros, los que aplican actualmente el conocimiento en el interior de esa carne que se pretende humana. Acaso yo mismo ignoraba que trabajaba sometido a los impenetrables desequilibrios de un imperio, pero saberlo, hoy, no me exime de culpa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No bien Tyrrel guardó silencio, comprendí que sabía que aquellas muertes eran sólo el principio. Sus temores tenían fundamento: del acuerdo secreto con los militares dependía el futuro de la Corporación, de los avances alcanzados en otras áreas ajenas a los afanes belicistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El proyecto seguía en marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que el resto de los Nexus de última generación seguían activos, expuestos a las formas que podría adoptar la venganza que el otro, en libertad, seguirá persiguiendo mientras viva. ¿En dónde están ahora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La pregunta se quedó para siempre en mi garganta, pues en ese momento la joven que había estado antes con nosotros abrió la puerta de la oficina y carraspeó para anunciar su presencia. Tyrrel me dio nuevamente la espalda para contemplar cómo el sol de la mañana era eclipsado por el gris de las nubes que poco a poco iban tomando el cielo sobre la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De reojo, con un vago sentimiento de horror, vi cómo la mano derecha de aquella chica se plegaba en sí misma para renacer en la forma de los finos garfios de acero que en instantes se extendieron hacia nosotros... sólo para proveerse de la comodidad necesaria para alcanzar las tazas vacías y depositarlas sobre la repentina charola de aluminio en que se había convertido su antebrazo izquierdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin poder evitarlo, busqué su mirada. Ella, simplemente, me sonrió. Fue, he de reconocerlo, un gesto enigmático: la delgada línea de sus labios como un conjuro aquietante, el brillo de sus ojos pleno de hallazgos, confiables, transparentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vi cruzar ágilmente el vacío de la oficina; sus pasos, exactos, silenciosos, parecían hacerla gravitar sobre la alfombra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez en la puerta, se volvió nuevamente hacia mí. Pero ya no sonreía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con su permiso, señor Sebastian, dijo antes de salir.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112502784291220479?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112502784291220479/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112502784291220479&amp;isPopup=true' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112502784291220479'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112502784291220479'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/08/el-hombre-lleg-de-madrugada-cuando-la.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112279548101067218</id><published>2005-07-31T02:24:00.000-05:00</published><updated>2005-07-31T02:38:01.346-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Imagino un siglo, y el momento en el que un hombre se detuvo a imaginar que un hombre como yo sería posible en una noche estival.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pienso que buscó mi compañía para no morir solo; acaso simplemente como una forma de deconstruir las formas de su propia soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese hombre que mi mente postula como un juego quizá deambula por las húmedas calles de los suburbios. Quizá busca a una mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa mujer es una década.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su memoria hay fijo un rostro que jamás se abandonó al tiempo más allá de la adolescencia, y las manos de aquel que lo recuerdan a veces lo acarician, lo rozan en silencio con la delicadeza de quien teme despertar en su piel ese gesto imposible de ser rememorado, pues ello lo trasladaría en un instante al territorio de la imaginación, ese lugar que lo transformaría en sueño, en vana quimera. Por eso el hombre que ahora dobla una esquina y se funde con las sombras esconde las manos en los bolsillos de su chaqueta y continúa su viaje hacia el baile de luces que remeda la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces la ciudad lo llama y él asiste. Le gusta recorrer las calles a esa hora vacías, contar sus propios pasos, despertar el color de las fachadas que el afán de antigüedad mantiene incólumes, descubrir los rastros que presencias fugaces van dejando aquí y allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él también es una ausencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lentamente deja atrás el rumor de los autos sobre la avenida y se va sumando a la soledad de la glorieta que lo ha citado esta noche. Mudos árboles la habitan. Alguna vez ellos mismos lo vieron sonreír ante cierta ocurrencia, y perseguir la elusiva silueta de una adolescente en uniforme escolar. Lo vieron asimismo conformarse ante el tímido saludo y resignarse al deseo, al ansia de charla. Y a la noche siguiente observaron en silencio la repetición de aquel drama, no por infantil menos trágico. Y una noche después aquel hombre que era un niño por fin se atrevió a enfrentar al fantasma que hoy de nuevo se concreta, aunque débilmente, en el sitio exacto en el que gravita su recuerdo. Lo miró directo a los ojos -y en ese momento su rostro de niña adquirió esa calidad de cosa del pasado- para confiarle el secreto que los días habían ido madurando entre sus labios. Ella giró un poco para ver nuevamente a aquel hombre que para muchos hoy simplemente mira hacia el vacío; ese movimiento hizo que sus rasgos se ocultaran de las luces ámbar que insistían en iluminar el entorno, pero a cambio le permitió escuchar su voz. Hoy, contrario al gesto permanente de su rostro, las posibilidades de esa voz son infinitas: muchos son los nombres que luego de esa noche han buscado sus oídos, muchas son las voces que los años han ido tejiendo sobre la superficie semitransparente de esa frase, inútil tratar de recrear la forma en que originalmente fue pronunciada. Pero el hombre la escucha, quieto en mitad de la glorieta, y vuelve a sonreír. Y extiende su mano para tocar la de ella, para dejar que aquella noche hoy lejana lo envuelva, para descubrir que la tibia humedad de aquella palma sigue intacta. Y luego espera, como tantas otras noches, a que ella se aleje. No la acompañará. Nunca la acompañará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él no lo sabe, pero el destino ha prefigurado ya el día en que habrá dejado de buscarla. Ocurrirá sin magia, como un amanecer cualquiera. Para llegar a esa fecha tendrá que recorrer el llanto de una mujer que jamás será suya, negar a Dios, dejar que un aguacero de otoño se reconozca en su cuerpo mientras acude al encuentro de un amigo, sobresaltarse ante el timbrazo repentino del teléfono, andar descalzo a la orilla del mar, lamer con ansia el sexo recién despierto de una amante, leer cientos de libros para encontrar la línea que lo busca, embriagarse de vino, de poesía, de virtud, hallar un número olvidado, salir de un auto al silencio del desierto, mirar con rabia las ruinas de la ciudad que ama, caminar a solas por las calles infieles que a diario aceptan otros pasos, otras voces, el estallido de otros recuerdos que no son ya los suyos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y despertar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día, diversas circunstancias ajenas al recuerdo lo llevarán, sin que lo sepa, hasta el edificio en dónde ella solía vivir. Poco a poco todos esos años se detendrán ante sus ojos mientras se agota en el esfuerzo por reconstruir una noche, cierta noche en que también llegó hasta allí en compañía de sus amigos. Había una fiesta; fue ahí donde la conoció. Tendría que ser habitado por esa repentina nostalgia, pero en vez de eso mirará extrañado la fría reja que ni siquiera recuerda, la anciana piel de concreto que no responde ante el contacto de su mano que la toca, que le pide hablar. Llevará su mirada hacia lo alto, allí donde una ventana de cristales astillados le escupirá su indiferencia. Su definitiva indiferencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mujer lo estará esperando en el auto. A ella le ha pedido que se detenga y lo espere. Ahora ella lo mira sin comprender del todo por qué su rostro ha pasado de la sorpresa al estupor. No le dirá nada porque las palabras que tendrían que describir aquella magia no estarán en él, sino asomadas al vacío que el fantasma habrá dejado al partir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Y la noche de ese día, mientras el velo del sueño lo reclama, él querrá llenar de nuevo ese vacío, pero a su mente sólo acudirán imágenes sin forma, simples destellos, voces extraídas de su imaginación desesperada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acaso aceptará, no sin cierta melancolía, que el rostro en su recuerdo ha dejado de sonreír.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112279548101067218?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112279548101067218/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112279548101067218&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112279548101067218'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112279548101067218'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/07/imagino-un-siglo-y-el-momento-en-el.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112252890349565559</id><published>2005-07-28T00:34:00.000-05:00</published><updated>2005-07-28T00:35:03.503-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Soñé que una mujer leía mi diario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Envuelto por la vaguedad de las imágenes, entreví su rostro: había en él una audacia luminosa, vertical, expectante, aunque en sus ojos se adivinaba una voluntad casi infantil, como si su avidez no fuera dictada por la prisa sino por una soterrada inocencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La realidad del sueño me otorgaba un privilegio que no quise aceptar: el de interrumpirla. Así que me dediqué a contemplar esa suerte de profanación que me producía un raro placer y, a la vez, un incierto rencor atenuado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si alguna vez han sentido cómo una mirada ajena repta por los intersticios de su intimidad, sea por propia iniciativa o por una libertad concedida, reconocerán el apagado infierno que la noche me había deparado. Ver cómo su mirada repasaba atenta cada línea, cómo el índice de su mano derecha se deslizaba por el blanco de pixeles para desechar una nueva anotación, cómo la curiosidad iba agotando cada página, cada minuto, cada una de las horas que descendían en silencio sobre los dos, fue algo que me hizo desear el infinito, aborrecer el alba, que ya se aproximaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero abandonarse a los caprichos del sueño no nos exime del error: por un instante olvidé que aquella alquimia interior precisa de imitar la realidad para dejarnos permanecer en ella, y emití un suspiro, apenas una débil exhalación, suficiente para expulsar a la mujer de la magia que mi inconsciente le había perpetrado. Y sus ojos bañados de secretos se volvieron hacia mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perdona, le dije, no quise interrumpirte, pero entonces noté que su mirada no se había detenido en el lugar que yo ocupaba sino que intentaba seguir un camino más allá de las sombras. Deja que me quede, insistí, una sola mirada ajena no anulará jamás la soledad que he querido construirme en esas páginas. Ella entonces se puso de pie y caminó justo hacia donde yo aguardaba inmóvil su respuesta. Y trascendió mi cuerpo, que supe vacío, inconcreto. Giré un poco para verla dirigirse a la ventana, otear en silencio el entorno, entonar una suave melodía que jamás conoceré. Un instante después regresó a mi escritorio, encendió un cigarrillo y emprendió nuevamente la lectura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue así como comprendí que de muchas formas le pertenecemos a la noche. Que no basta con cerrar los ojos y confiarnos al azar que el teatro de la mente habilitará para nosotros, pues siempre habrá un resquicio, una puerta a través de la cual ingresaremos desnudos al escenario de nuestra existencia insoportable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las primeras luces del amanecer cancelaron la visión de ese rostro femenino que hoy, a fuerza de palabras, he obligado a abandonar su residencia pasajera.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112252890349565559?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112252890349565559/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112252890349565559&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112252890349565559'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112252890349565559'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/07/so-que-una-mujer-lea-mi-diario.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112218873649176258</id><published>2005-07-24T01:53:00.000-05:00</published><updated>2005-07-24T02:07:09.806-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>La historia que refiere el diario (se anota una fecha, pero la distancia es de siglos y eso la ha vuelto irrelevante) habla de una mujer y de la noche como el territorio idóneo para recordarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el rostro de esa mujer hay una calle: sus pisos son de piedra pulida por los años. Hay también una esquina, y en el costado derecho se yergue una vieja casona de paredes carcomidas cuyo color se confunde con el aliento de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay niebla. Extraña atmósfera para la ciudad que está en los ojos de aquella mujer cuyas facciones se alteran según la intensidad de su charla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El autor de este pasaje ha encendido un cigarrillo: el fuego le ilumina fugazmente el rostro mientras él registra las cosas de la calle a través del parabrisas del auto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un semáforo los detiene. Él mira a la mujer que conduce; su mirada descansa en el perfil tenuemente expuesto a la luz del exterior mientras los labios de ella articulan frases que detallan las circunstancias de una situación cotidiana. Acaso el clima... Luego retoman el camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más adelante ella indica con un gesto cierto portal bañado en ámbar. Es un restaurante. Sólo cuando apagan el motor se dan cuenta de que sus voces son el único sonido que violenta el silencio del entorno. “¡Qué callado!”, dice ella. “No me trajiste al fin sino al principio del mundo”, dice él. “Yo creo que esto ya estaba aquí cuando...”, cree oír él que ella comenta, pero no está seguro, pues ha descendido y cerrado la portezuela y aquella voz se apaga abruptamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un hombre los conduce a su mesa. No han querido reconocerlo, pero al parecer son los únicos clientes a esa hora de la noche. Lo dicen sin decirlo: les basta una mirada para entender la soledad del caso. Y sonríen: nadie más escuchará el secreto que ella ha decidido revelar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer cuyos ojos han retratado la ciudad acudió a un casting de modelos para un trabajo en el campo, quizá una filmación. El grupo estaba formado por hombres y mujeres de mediana edad y sonrisa pulida ante el espejo. La selección duró horas y al final de la tarde todos acudieron a un banquete en una hacienda antigua. La sala era amplia; el fuego crepitaba en una esquina cercana y anestesiaba el frío que el viento arrastraba desde el sur. Todos bebían. Ella, incluso en exceso. Por eso no lograba precisar si la sonrisa del hombre sentado a su lado era enigmática o vulgar, o una mezcla de ambas. Quizá también por eso, cuando sintió sobre sus hombros el peso de aquel brazo, no se sintió incómoda, al contrario, parece que el atrevimiento de ese contacto reafirmó su idea de que en todo aquello había algo de magia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien cantaba, o lo pretendía. Ella siguió el ritmo con la pierna que mantenía cruzada sobre la otra hasta que la mano del hombre detuvo ese movimiento, que entonces supo. En qué momento había comenzado a moverla, eso no importaba. Lo cierto es que sonrió para sí, pero lo hizo no por interiorizar sus sensaciones, que hasta ese instante eran de satisfacción, sino porque sabía que aquel tipo esperaba algún tipo de reacción de su parte. Al no encontrarla, el hombre retiró la mano, que posó a su lado sobre la superficie tibia del sillón, en discreto contacto con su cadera. Sólo una mujer sabe que el deseo no le nace de su cuerpo, sino de la delgada línea que se borra cuando ese cuerpo despierta el deseo en la mirada de otro. Y la mirada que esa noche le había correspondido la perseguía insistente cada vez que llevaba hasta sus labios la copa del licor que extrañamente jamás se agotaba. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba bebiendo? Lo ignoraba. Tampoco hacía falta saberlo: el alcohol había tomado su cuerpo por asalto y producía en ella ese estado fronterizo con el abandono. Una mujer es su cuerpo, y ella sabía el suyo inquietante a los ojos masculinos. Ese placer antiguo era casi un instinto, y habría sabido dominarlo como en otras ocasiones si no fuera porque el suave calor de la borrachera ya la había sometido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mujer es su cuerpo, y ese cuerpo sólo existe cuando el tacto de unas manos ajenas le dan sentido. Lo que el hombre ignora es que ingresa derrotado en territorio femenino, porque al iniciar ese juego está aceptando su renuncia en favor del placer del que ese cuerpo se alimenta, y la saciedad de la piel de una mujer es caprichosa. Al dejar que su mano nuevamente insistiera, esta vez en ese suave muslo que ya no se movía, el tipo aquel sólo hacía una cosa: nutrir de nuevo la experiencia que ella tenía de su propia belleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En algún momento de la noche, ella se levantó al baño. Sólo entonces se dio cuenta de la intensidad de su embriaguez, pero ese mareo, lejos de angustiarla, ocasionó que su delirio se transformara en risa. Y esa risa contagió a otros rostros. Y esos rostros se negaron a ser reconocidos. Como pudo alcanzó un pasillo estrecho a cuyos costados se abrían innumerables puertas que parecían conducir al infinito. Probó en varias de ellas hasta que encontró el cuarto de baño. Se levantó el vestido y lo mantuvo pegado a los costados con la parte interior de los antebrazos. Las pantaletas se le escurrieron hasta los tobillos. Su risa la ayudó a orinar largamente. Ni siquiera se acordó de limpiarse; se acomodó la ropa y fue ante el espejo, que le devolvió una imagen borrosa de sí misma. El agua estaba helada y apenas se mojó las manos. La orilla del sostén le laceraba la carne debajo de sus senos pequeños, cuya brevedad casi infantil nunca le había importado, pero no hizo el intento por deshacerse de la prenda, sólo se rascó un poco y se dirigió a la puerta. Cuando la abrió, el hombre que la había estado asediando le franqueó la salida. “Hola”, le dijo; “pensé que te sentías mal y vine a ver si se te ofrecía algo”. “Nada”, dijo ella e intentó escabullirse hacia el pasillo. Él la tomó por los hombros y acercó su cara a la suya. “¿De veras te sientes bien?”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo quien se ha entregado a una borrachera bestial sabe que la memoria emplea unos métodos muy confusos para fragmentar el pasado. Ella -la mujer que narra su historia dentro de esta historia- apenas puede recordar la sensación de unos labios que apretaban los suyos con una violencia que hablaba de lujuria. Luego, la luz del pasillo arrojó dos sombras sobre la inmensa superficie de una cama. Un instante o dos después, mientras reconocía la humedad de una lengua que bañaba su cuello, vio un candil apagado cernido a lo lejos sobre su frente. Hizo un rápido cálculo: para que aquella araña de cristal ocupara el ángulo de su visión, ella tendría que estar mirándola desde un sitio paralelo que sólo podría ser la cama cuya delicada seda intimaba con el dorso de sus manos inmóviles, extrañamente dóciles ante aquella maquinaria de viscosidades y palabras obscenas que ejercía su peso y su deseo en ese cuerpo que de pronto recuperó la lucidez. “¡Espérate!”, gritó o gimió. “¡Quítate!” Pero el hombre, lejos de obedecer, tomó su mano y la obligó a palpar su miembro por encima del pantalón. Sentir la débil carne que la sangre trasmutaba en hierro no la llenó de deseo sino de miedo: hacía tiempo que no estaba tomando nada que previniera el ejercicio del semen en su interior. Y el tipo, como si le hubiera adivinado el pensamiento (cosas más extrañas ocurren), se retiró un poco hacia un costado para extraer un condón del bolsillo de sus jeans. “No te asustes”, le dijo, “vengo preparado”. “Qué alivio”, dijo o quiso decir ella, y aprovechando el momento lo empujó con fuerza y corrió hacia el pasillo. Fue allí cuando se golpeó contra la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mira, le dice ella al autor de esta historia retirando un poco su blusa para que él vea el rastro en su hombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Horas después ella lo lleva en su auto a la sede de un taller de poesía, lugar en dónde él quedó de encontrarse con sus amigos. “Están a punto de salir”, le dice a ella, señalando con el índice las sombras que se adivinan por debajo de la puerta. “No tiene caso que entre: mejor los espero aquí afuera.” Se abrazan; se dan un beso fraternal en la mejilla. Sólo entonces él abandona el auto y la ve partir: el rojo de las luces se aleja poco a poco y pronto se confunde con el tráfico de una avenida cercana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las últimas líneas las dedica a ese recuerdo: cuántas veces antes ella se había ido y nunca había sido para siempre, ¿cómo saber entonces si con cada despedida ella ensayaba el adiós definitivo? &lt;em&gt;La amistad silenciosa de la Luna&lt;/em&gt;...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El último párrafo de este relato dice, textualmente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Perdona Fabiola que profane tu cuaderno con la memoria de esos días que no te nombran. Pero hubo momentos en que ella, que también se aleja, supo de ti y de los colores que la adolescencia me impuso para siempre. Me ha escuchado y ha hecho suyo el dolor de todos esos años en los que en silencio he perseguido tu nombre. Así que, en parte, también estás en ella y, quién sabe, acaso en el futuro lleguen a ser una y la misma.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Olvidé decir que en algún momento de la noche, ella le hizo prometer que aquel secreto, que aquellas ingenuas confesiones, jamás abandonarían sus labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descuida, Lorena Edith (tal era el nombre de ella): este mundo futuro que jamás conociste también a mí me ignora, y juro que tu secreto se refugiará en mi tumba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ten la certeza de que Oscar (tal era el nombre de él) cumplió su palabra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112218873649176258?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112218873649176258/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112218873649176258&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112218873649176258'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112218873649176258'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/07/la-historia-que-refiere-el-diario-se.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112209697703694529</id><published>2005-07-23T00:34:00.000-05:00</published><updated>2005-07-23T00:36:17.043-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Extender la piel y delinear una silueta que más tarde será un cuerpo y un rostro urgido de existencia. Inventar un pasado. Alimentar una ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese es mi oficio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El artista revela un mundo dentro de otro mundo. El actor engaña y a la vez recrea fugazmente la alteridad que nos habita. El poeta desgarra la noche hasta hacerla sangrar las palabras que yacen enterradas en los sueños. El músico de jazz dibuja en el vacío la geometría invisible del deseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vena del drogadicto es una boca abierta a lo imposible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fanático. El suicida. El religioso que se alimenta de sus propias pesadillas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, en cambio, soy un dios para algunos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy su creador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;O un mercenario de la creación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confecciono seres de la nada. Luego otros seres les infunden vida y los devuelven a esa nada que es la existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nacen con un rol: el de médico, el de soldado, el de cosa de placer. Y los programan para morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ingresa si quieres en las instalaciones de la compañía. Engaña, arriésgate si lo deseas. Encontrarás un registro detallado de todos ellos: su peso, su talla, su día de nacimiento, la hora de su muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pregúntale a Tyrrel y él te lo dirá: nacieron para morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Shawn no es esa palabra que lo nombra, sino un código. Neal jamás hundió las manos en la arena del mediterráneo mientras una mujer a sus espaldas le decía que lo amaba. Agnes nunca abandonó los estudios asediada por el ansia de salvar pueblos africanos a punto de extinguirse. Dan no sobrevivió a un secuestro deslizándose entre ratas y mierda ajena por las alcantarillas de una ciudad que nadie sabe. Incluso esa mujer que ayer viste salir del cine a la medianoche de Los Angeles: guardaba en el bolso la fotografía de un hijo que jamás tuvo, por más que su memoria le dicte antiguos momentos de alegría a su lado, por más que en su tacto esté vivo el recuerdo de su cabello lacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pasado que nutre sus sueños, que despierta sus vivencias, no es otra cosa que un injerto de laboratorio, una maraña de datos precisos, un laberinto de añoranzas del que sólo escaparán en la fecha inapelable que señala su expediente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Nexus 2, el primero en el que se detectó la falla, lo supo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tú dices conocer el miedo: te equivocas. Miedo es eso que rebasa la imaginación de un hombre cuando de pronto entiende su propósito en la vida, que es fenecer por el dictado de otro hombre al que jamás ha visto ni verá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miedo es saber que fuiste concebido por las necesidades de un imperio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miedo es saber que la vida que recuerdas jamás lo fue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miedo es saber que tu creador es sólo carne y sangre postradas ante los caprichos del azar. El hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miedo es saber que la eternidad que ayer te dio esperanzas en la soledad de un templo, hoy carece de sentido, pues tu cuerpo o lo que sea que te contiene, con todos tus sueños y proyectos, con tus falsas alegrías y tus tenues victorias, mañana será sólo una cosa degradada, una aleación informe, sin lápida, sin rezos, sin lágrimas. Sin un lugar en la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin un lugar en el Paraíso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese es mi oficio: crear ficciones de material sintético.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ser un dios para todos ellos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112209697703694529?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112209697703694529/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112209697703694529&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112209697703694529'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112209697703694529'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/07/extender-la-piel-y-delinear-una.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-112192345575950060</id><published>2005-07-21T00:22:00.000-05:00</published><updated>2005-07-21T00:24:15.766-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>¿En qué momento dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en lo que los otros quieren ver? La pregunta me viene buscando desde hace tiempo. Es extraño que hoy precisamente la respuesta se concrete en el recuerdo de una mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la escena que mi mente se empeña en recrear, ella está desnuda, tendida a mi lado. Dormida. Ahora que sus ojos cerrados no pueden verme, ahora que no puedo ser para ella tan sólo una imagen, sé a lo que ella se refiere: para mí es simplemente una cosa desnuda, una cosa más de mis días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes no lo fue: la transformación duró años. Ese vértigo que ciega, el ansia que antecede a toda desnudez, alguna vez fue nuestro. O fuimos de él. A la salida del bar en el que solíamos refugiarnos, entre la niebla del alcohol y el humo de los cigarrillos, en medio del sax de viejos discos de Coltrane, nuestros ojos se dictaban las caricias que la soledad del cuarto de hotel más tarde llenaría de sombras. No era exactamente el final del rito, sino el vuelco de violencia que el deseo precisa para manifestarse una vez que los labios y el frote genital invocan al animal hambriento. Al igual que todos, nos decíamos cosas; al igual que todos, jamás creímos que fueran ciertas. Tú también has llenado de palabras esos vacíos que el sexo va dejando mientras busca nuevos modos de disfrazar su hipocresía. Los regalos, las aparentes confesiones, el abandono que finges cuando abrazas a una mujer: todo ello es sólo un modo de fingir las ganas de lacerar su cuerpo, de agotarlo, de alimentar esa lujuria insoportable que te habita. Así que ella y yo nos decíamos cosas, mutuamente nos relatábamos nuestra propia versión del mundo, y todo era inútil: las palabras han dejado su lugar a un simple rostro, una máscara que poco a poco cede su lugar al olvido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque no del todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierta noche ella dejó que su cuerpo desnudo se asomara al mundo. Las calles del sábado se habían llenado de estrépito; la gente recorría los bares y los cafés nocturnos, así que no pocos atestiguaron la piel cobriza devenida en silueta que la penumbra de aquel balcón apenas conseguía disimular. Mi primera reacción fue de vergüenza: sentí en aquellos ojos la profanación a mi propia desnudez oculta por las sucias cortinas que ella había descorrido para inaugurar aquella visión pervertida de sí misma. Luego, minutos o segundos después, también me entregué al juego: la abracé por los hombros, llevé mis manos hasta sus senos, dejé que mis dedos palparan la tibia humedad de su entrepierna. Y ella me dejó hacer. Poco me importó darme cuenta de que mi casi grosera erección también había tomado parte de aquel enfermo pasaje de la existencia. Por eso acomodé su cuerpo frente al mío, hice que una de sus piernas me abrazara por la cintura, la penetré. Y un rato después la viscosidad de mis jugos comenzó a resbalar por uno de sus muslos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quise indagar si aquellos ojos que brillaban en la semioscuridad de las esquinas eran capaces de reconocer en nuestros cuerpos a los actores del delirio público que minutos antes había tenido lugar en el balcón del hotel que poco a poco íbamos dejando atrás. Simplemente la tomé de la mano y en un susurro le pregunté los motivos que la habían obligado a dejar que la gente presenciara las formas de una intimidad cualquiera, nuestra propia intimidad. Es eso, me respondió, es simplemente eso: para ellos siempre seremos un par de cuerpos desnudos que trastocaron el devenir natural del mundo. Pero yo conozco tu historia; sé de tus miedos; me has dicho en voz alta los secretos que guardas. ¿Entiendes? Yo tengo lo que eres; ellos, en cambio, sólo pueden conformarse con la mentira de tu fugaz desnudez, algo que el tiempo mañana habrá deconstruido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Es nuestro cuerpo un señuelo que los años devastan mientras buscan inútilmente violentar nuestro espíritu? Entonces, jamás seré lo que has visto. No me verás nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo tampoco te veré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descree de aquellos que dicen conocerte.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-112192345575950060?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/112192345575950060/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=112192345575950060&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112192345575950060'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/112192345575950060'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2005/07/en-qu-momento-dejamos-de-ser-nosotros.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-110127240829217157</id><published>2004-11-23T22:58:00.000-06:00</published><updated>2004-11-23T23:00:08.293-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;em&gt;En las horas de amargura, imagino bolas de zafiro, de metal. Soy dueño del silencio.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;-A. Rimbaud&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Ciudad en llamas, ciudad inabarcable. No basta la mirada para hallar tus fronteras. Pero estás en mis ojos, que reproducen fieles tus luces como una acuarela diminuta. Entiendo que tu reflejo debe ser fuego en la piel de mi rostro, pero no hay calor sino sólo la fría respuesta de tu eco. Y persisto: de pie en el balcón veo a lo lejos las naves de reconocimiento que te sobrevuelan en círculos como insectos hambrientos de inmundicia. ¿Qué buscan, si “el arribo” es apenas un vislumbre, una sospecha? ¿O sólo merodean para que la noche se vuelva en sí misma, se recoja, enlutesca de su propia muerte?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí, de pie, de frente a la ciudad aborrecida. Las tempestades despiertan trayendo consigo a los ángeles eléctricos que bailan su danza fugaz sobre las calles y los altos edificios de concreto raído por los años y las guerras. Los niños del ácido pronto recobrarán sus ojos húmedos y sus pálidas mejillas de grises surcos descendentes. La tierra implorará por sus ancianas pieles cuya atroz condena es gotear la carne impaciente y puntual que es ya alimento de un siglo en el que la infancia es hoy un mito y mañana una mentira. ¡Bailen pues, roben, destruyan! Nada impedirá que sean muertos en vida, niños-cadáveres en bulliciosa procesión hacia el infierno que nunca se hartará de nutrirse de sus almas transparentes. O sueñen, pues; finjan que sueñan porque jamás despertarán y su dormir será eternizarse en la nada, que también los sueña. Es decir: la pesadilla. Es decir: el otro lado del paraíso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sonido de los relámpagos llega tarde a mis oídos. La ciudad se ilumina fugazmente. El viento juega a reconocerse en mi rostro. Siento cómo el aire se astilla y me hiere la carne, agita mis cabellos, se azota enloquecido contra puertas y ventanas. Las manos invisibles del viento me empujan a la orilla, pero no caeré, no esta noche: aquí me quedaré, sembrado al concreto que los hombres erigieron para coronar un sueño del que la muerte los desterró. Seré por unos minutos el firme estandarte de una generación que aborrece la historia porque sus páginas la excluyen, la escupen como a los huesos secos del último animal sobre la Tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonaré en voz baja, muy baja, casi en el nivel del pensamiento, la canción del exilio interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces llegará la lluvia, y cabalgará en ráfagas sobre los campos de luto. Y seré el único, el mudo testigo de su vano intento por lavar la honra de mi especie.&lt;/p&gt;&lt;p&gt; &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-110127240829217157?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/110127240829217157/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=110127240829217157&amp;isPopup=true' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110127240829217157'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110127240829217157'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/11/en-las-horas-de-amargura-imagino-bolas.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-110093213639598940</id><published>2004-11-20T01:26:00.000-06:00</published><updated>2004-11-20T00:28:56.396-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Hay algo que necesito aclarar: la soledad que me rodea no nació de mí; es el espectro de una ausencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, como tú y como muchos, también quise a alguien. Este vacío tuvo un nombre. Y ese nombre ahora se esconde en algún lugar de la ciudad. Pero la ciudad es grande, demasiado grande para una sola palabra, una sola palabra que ama jugar a reflejarse en otros rostros pero que no se reconoce en ninguno. Rostros que me encuentran o que se dejan encontrar por mis ojos. Pero ese nombre que es un vacío también es un molde, y en él las mismas letras que lo conforman se incomodan, se quiebran, renuncian, porque sólo son semejanza, caricatura, sombra vana. Son nombres, no El Nombre; son mujeres, pero nunca la Mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Nombre y la Mujer son Fabiola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella comenzó como un atisbo, apenas un guiño en medio de la confusión del patio escolar. La tarde se había arrastrado sobre el barrio de Mixcoac y ellos, mis compañeros de asaltos, habían llevado consigo un juego de binoculares. Se trataba de una broma, de una burla a las leyes que nos mantenían atados lejos de nuestros breves sueños adolescentes. Pero ese objeto le había robado un espacio a la realidad y era motivo suficiente para la celebración. Por aquellos tiempos creí ingenuamente que el nombre era Gloria, pero estaba equivocado: lo supe cuando reduje su figura al diámetro virtual de un acercamiento y exclamé ¡La tengo!, pero esperen... No es; ella no es. Porque la gloria no estaba en su rostro, sino en el otro, en el que se interpuso de pronto en mi historia. Por eso el esperen... No es; ella no es se quedó aquí, detenido como una primera página ebria de anécdota, ansiosa, deseosa. Pero esa tarde no sería, porque la noche nos cerró los ojos y las páginas y abrió las puertas del regreso a casa, de la merienda y el televisor y los videos musicales, los partidos de futbol, las imágenes que el barrido invisible del juego de luces transformaba en otras historias y en otros rostros que fueron cubriendo el recuerdo como capas de lo que sería un frágil olvido involuntario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy es 19 de noviembre del 2004, y parece que no lo es, o que es menos. Aquella noche es semejante a esta noche, como otras, como las miles que han nacido y han venido a morir a este sitio. Pero las recuerdo, las recordamos, erigimos un altar en su nombre y en nombre de todas las otras noches que alguna vez vinieron a postrarse ante mí con las manos vacías, derrotadas, fatigadas de seguir el rastro eterno, cansadas de recomenzar, agonizantes. Y en esta que está aquí y que muere a mi lado tampoco está ella aunque todo la nombre: la música, el recuerdo, el rumor de la ciudad. Yace el nuevo cadáver de la noche y su muerte alimenta la ausencia. ¿Cuánto, Dios maldito? ¿Cuánto tiempo más? Pero nadie responde. Y la soledad ocupa su lugar en esta página.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella que fue la noche original, asistimos al universo febril de un pequeño departamento al sur de la ciudad. Cómo fue que lo hicimos es algo que he olvidado y no persistiré en la mentira de referir cientos de posibilidades de arribar a Plateros y reconocer un edificio que se había erigido en nuestra memoria con el caprichoso material de las palabras. Lo cierto es que la noche llegó antes que nosotros porque era su destino esperarnos a la entrada y bañar de sombras la figura de uno de ellos que asomó al balcón y gritó el grito que abrió el cuaderno y sopló sobre la blanca hoja inacabada: ¡Aquí es! Y arriba convergieron las miradas, todo un cuarto piso de miradas y de risas y de ropa que no es el gris y el verde y el blanco del uniforme escolar. Parecíamos diferentes. Eran ellos pero eran otros, y ambos son los mismos seres que la nostalgia señaló para obligarlos a repetir una y mil veces el alboroto al que nos fuimos sumando como los colores del ábaco a la cifra de las noches que me cuento este recuerdo: y dentro del alboroto estaba ella, la que no era y que de pronto lo fue para siempre...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa rara ciencia de acuñar un rostro sobre la superficie irregular de la nada: sortilegio propio del azar. Y ella que entonces se dibuja sobre sus mismos trazos, sobre esas líneas que los días habían pretendido ocultar y que emergieron al papel en medio de la música, de la canción cuyo título prefiero callar porque también a mí la vida me ha enseñado que las cosas se ensucian cuando las dices. Dejo pues que el lector -¡hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!- elija la melodía que me acompañará al encuentro del nombre que ahora sé y que jamás podrá ser en otra: el Fabiola que se desprende de sus labios rojos de un tenue carmín, disfrazada carne que jamás besaré porque así me lo dicen los años que conducen a esta noche desde aquella noche en que ella baila. ¿Y tú? Sí, tú, tú le dices tu nombre y esas dos voces se eslabonan pero jamás se funden, simplemente se toman del brazo y se declaran una rara amistad perenne de la que ese que responde al ¿Y tú? será su esclavo, el silencioso atormentado por la fraternidad de esos dos nombres que nunca volverán a pronunciarse en voz alta, que cancelan para siempre el derecho de cualquiera a decirlos como una sola cosa: ¡búscate el eufemismo que más te acomode, pero no te atrevas a nombrarnos porque jamás seremos algo para ti! Pero aún no lo sabes y respondes al ¿Y tú? con un Oscar notoriamente menos trágico que el de hoy, 19 de noviembre del 2004. Y un instante más tarde la canción nos abandona y cede el espacio a otras canciones que también quieren ser parte del recuerdo aunque es difícil: con una basta. Pero las otras lo intentan: allí estamos nuevamente a mitad de la década, expuestos a los recuerdos de otros -no sé si dramáticos o cotidianos-, enfrascados en un baile que fenece y resurge minutos después, cada uno regido por un nuevo descubrimiento, por una nueva dosis de asombro por las cosas que las palabras nos dictan al oído cuando nos acercamos para decirlas, para evitar que el ruido de la música se las trague y las escupa en el basurero del olvido. Así que ahora sé que vives en el departamento contiguo, que tomas clases en el segundo grado, que tienes 14 años y que jamás alcanzarás los 15 porque así permanecerás para siempre en mi recuerdo, siempre de jeans y blusa sin mangas, el rostro brillante de sudor, y aunque protagonizarás otras imágenes en el transcurso de los meses siguientes siempre lo harás con esos 14 años que te verán recorrer el pasillo contiguo a los salones de la escuela y avanzar y detenerte un momento frente a mí para entregarme una carta que rescato de las garras de ellos que también están allí y que luego, ya a solas, extiendo tímidamente en mi pupitre. (Perdóname, Fabiola, pero he perdido esa carta y con mi descuido la he condenado a la leyenda, cuando hoy podría reproducir en negro el azul de sus palabras, tus palabras, que sutilmente convocaban al atrevimiento, a la acción que jamás llevaré a cabo y cuya inacción cimentó las raíces de esta noche. La primera, la única carta, y hoy sólo existe porque aquí la nombro.) Otras de las imágenes serán el ensayo para el baile escolar, o la llamada que me tomó por sorpresa, esa en la que no estaba tu imagen pero que tu voz en el teléfono me obligó a adivinar, o la última en el teatro de la Prepa 8, esa en la que recibes los aplausos y luego te separas del grupo pues me has visto, pero yo no busco esa orilla en la que te detienes a esperarme con una sonrisa que jamás descifraré, porque finalmente el círculo se estaba cerrando y no había cupo para mí, o sí lo hubo pero la fecha anunciaba su caducidad irreparable, así que abandoné, perdido entre la gente, salí del teatro sin volver la vista atrás y fui uno más entre el gentío, me abandoné a esta ciudad que las sombras dibujan en ámbar esta noche, fuera -no sé si para siempre- del círculo que se cerró a mis espaldas mientras los aplausos se iban apagando para nutrir al silencio y a la soledad y al vacío que hoy me pertenece, la única cosa que la vida jamás logrará arrebatarme.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Cierro el diario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé por qué hoy he vuelto a él. Precisamente hoy que por un momento me he sentido dañado por la soledad. Quiero pensar en ese hombre, y en la otra, Fabiola, pero no puedo. No puedo porque ninguno de esos rostros alcanza a resolverse en mi imaginación. Si todo lo que ha sido dicho en este viejo cuaderno fue verdad, creo entenderlo: yo guardo una historia semejante; también mi soledad se fue construyendo a partir de las decisiones que nunca me atreví a tomar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no la contaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sería como andar sobre las huellas de otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La existencia no puede ser el gran misterio que hemos pretendido si las circunstancias se repiten una y otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No soy el único que ha llegado tarde a su vida.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-110093213639598940?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/110093213639598940/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=110093213639598940&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110093213639598940'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110093213639598940'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/11/hay-algo-que-necesito-aclarar-la.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-110088539810655932</id><published>2004-11-19T11:27:00.000-06:00</published><updated>2004-11-19T11:29:58.106-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Incapaz de presentir la niebla, me fui sumando a las sombras. No sé qué intrincados pensamientos me ocupaban, pero cuando desperté de aquel embrujo ya los rostros del gentío habían adoptado su calidad de siluetas imprecisas. Fantasmas involuntarios, fuimos avanzando a través de ese misterioso vaho de la noche, casi a tientas, disueltos, titubeantes. Tropezábamos, deteníamos nuestro paso, intentábamos adivinar las formas cambiantes del camino, pero nadie renunció: el injusto esfuerzo de progresar entre la niebla era menos que el peligro de saber que el siguiente encuentro pudiera ser el último.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A cierta distancia percibí un portal de hierro. Mis dedos rozaron la herrumbre y sólo tuve que empujar un poco para hacer que el antiguo mecanismo cediera. Un largo pasillo se abrió ante mi vista. Hasta allí la niebla también se arrastraba, pero no había tomado aún del todo la oscura boca del edificio casi en ruinas. Me desplacé con paso lento, guiado por el débil resplandor de un doble ventanal que sugería los ojos cansados de un dios en el exilio. Hacía horas que no llovía, pero en la superficie irregular del suelo había charcos profundos y bancos de lodo de antiguos aguaceros. Mis pies indecisos fueron alterando el reposo del agua hasta que me detuve ante la puerta de madera corroída del departamento 03. Dejé que el eco de mis pasos muriera y entonces me animé a llamar. El rumor interior, que hasta entonces no había notado, cesó de pronto. La voz avejentada de una mujer al otro lado de la puerta preguntó mi nombre. Soy Sebastian, respondí, y no sé si mis palabras la alcanzaron pero durante algunos segundos sólo hubo silencio. ¿Qué quieres?, insistió. Ver a Ian, grité esta vez. Y de nuevo un pasmoso silencio. El rumor de una voz diferente se dejó escuchar. Hubo un intercambio de palabras que no alcancé a discernir y un poco después el sonido de un cerrojo anunció que me habían reconocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún oculto entre las sombras, la cosa Ian asomó por la rendija de la puerta entreabierta. Pasa, me dijo, dejando un espacio apenas suficiente para que pudiera introducirme. Entonces pude verlo claramente: las formas de su cara habían mutado y lo habían transformado en un remedo de reptil con la piel tamizada y escamosa. Vestía lo que parecía una vieja gabardina militar. Iba descalzo, sostenido en pie por el filo de sus talones, lo que a todas luces indicaba que no estaba preparado para recibirme. Pero no parecía sorprendido: su mirada penetrante me confió que él también sentía curiosidad de mi rostro. Cerró la puerta tras de mí y me condujo a la estancia. El falso azul del neón iluminaba apenas la húmeda habitación de viejos y rotos muebles. Desde el rincón, una anciana me miraba. Siéntate, me dijo Ian; aquí, si te parece bien, para que podamos conversar. Por ella no te preocupes -Ian la señaló-, no sabe quién eres, pero no es necesario que se lo digas: mañana lo habrá olvidado. Sufre esa variante del Alzheimer... ¿cómo es? Tú debes saberlo. Alcé los hombros. ¡Al diablo!, dijo Ian, yo debo de estar padeciendo lo mismo. Qué más da: en mis condiciones, sería como tener una gripe. Se sentó en un sucio diván, justo frente a mí. Ha estado aquí desde hace meses, señaló mirando a la anciana, que ya había cerrado los ojos. Es clarividente. Adivina el futuro. Dice que hay otros como yo y que llegarán en oleadas. “El arribo”, así le llama. ¿Tú sabes algo de eso? Negué con un movimiento de cabeza. El dijo: Ha predicho algunos sucesos: enfermedades, muerte de políticos, la devastación de Haití. ¿Sabes?: ahora tengo una terminal ahí dentro; la robé en el último motín de los orientales. Ella me lo anunció. Así que salí a escondidas y estuve en el momento justo en que comenzó todo. Aquello era un infierno: explosiones, linchamientos, naves que se precipitaban a tierra, chinos que se autoinmolaban en nombre de no sé qué leyenda que seguramente ya nadie recuerda... Fui de los primeros en iniciar el saqueo. Ya sabía lo que buscaba. Y allí está, funcionando a la perfección. Sólo así puedo leer los periódicos; por eso me enteré de que todo lo que ella decía había resultado cierto. Pero después ha fallado. Dejé de creerle. Ayer me dijo que vendrías. Y mira: aquí estás. Ahora sé que sus facultades siguen intactas. Pero, ¿no recibiste mi carta?, pregunté, sorprendido. Ian soltó una carcajada. Nadie entra en este barrio, hombre, ¿no te diste cuenta? ¡Ni siquiera sé cómo llegaste con vida! Ayer hubo un asesinato, justo aquí, frente a mi puerta. Asuntos de drogas. Por la madrugada el cadáver de ese hombre yacía desnudo. Y al amanecer, ya había desaparecido. No se conforman con los órganos vitales; deshollan los cadáveres y les extraen hasta los huesos. ¿Qué hacen con los huesos, Sebastian?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La pregunta me incomodó; yo sé lo que hacen con ellos: se les aplica un tratamiento y se plastifican; en el mercado negro se venden como estructuras sintéticas. La industria subterránea los utiliza como prótesis, pero la química del cuerpo los destruye y el individuo es tomado por una especie de gangrena silenciosa que poco a poco se apodera de todo el cuerpo. No hay droga contra el dolor. La gente se arroja de los edificios en medio del sufrimiento. En los hospitales se les encarcela, porque en ellos se lucha contra la muerte y eso es lo único que puede evitarles el suicidio. Supe de una mujer que duró meses en esas condiciones. Su hijo sobornó a un guardia y la mató a tiros. Debió morir agradecida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Experimentos?, la voz de Ian me sacó del marasmo. No precisamente, le dije; no querrías saberlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La anciana murmuró un par de frases ininteligibles y se sumió en el sillón. Al poco tiempo se encontró presa de una especie de coma: su cuerpo inmóvil parecía sin vida, reducido, informe. Está en el proceso, explicó Ian, restándole importancia. Al rato se despierta y suelta su discurso; a veces se revuelca y habla con algo o con alguien; nunca con la misma persona. Pero basta: ¿a qué vienes? Introduje una mano en la chaqueta y extraje el sobre con el sello del laboratorio. Ian abrió mucho los ojos, pero se mantuvo en un silencio expectante. Lo puse en su regazo. Tenías razón, confesé sin más trámite: es irreversible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lo sabía, pero igual recibió mal la noticia. Sus células mutaban sin sentido, nunca en la misma dirección. Ahora reptil, mañana un felino. O ambos. Su cuerpo acabaría por convertirse en un simple envoltorio de órganos  inútiles. La forma que adoptaría su muerte era impredecible; su resistencia, admirable. Hacía poco más de un año que lo había visto por última vez, cuando llegó rogando a mi taller por un último examen, y el brillo de sus ojos seguía siendo el mismo de cuando lo conocí, una década atrás, al despertar en una plancha de laboratorio, parido por las urgencias de la industria militar. Se le concibió para que fuera un genio, el primer Nexus de la historia. Acaso fue la mente más brillante de su generación, y ahora estaba siendo destruido por su propia ciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo intentaron todo, le dije, un poco a manera de consuelo. Tyrrel dispuso lo mejor que tenía a la mano para intentar detenerlo. Tú sabes lo que es eso: un año de pruebas inútiles dedicadas a salvar a un solo individuo cuando allá arriba están en guerra. Es demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ian seguía en silencio. Ignoro qué ideas pasaban por su mente, pero me atrevo a afirmar que tenían que ver con su pasado, con su carrera señalada por un solo error, con la mujer que despertó una mañana bañada en sangre, su propia sangre, y la vida que se le escapó como un susurro por el pecho abierto en canal, las manos de lo que ahora era Ian aún rígidas por la excitación, la visión insoportable de su nuevo rostro en el espejo. Una pesadilla que lo habitaría para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se hace tarde, dijo de pronto, como si me hubiera estado esperando en algún lugar de sus pensamientos. No querrás quedarte a ver el espectáculo de la abuela, ¿verdad? Bastante tienes con el bisturí y las pieles esas, para ver que los humanos tampoco son dueños de sus propios actos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Salí a la fría noche cuando ya la niebla se había ido. Unos pocos noctámbulos merodeaban por las calles de aquel barrio olvidado cuando alcancé la avenida. Unos metros adelante encontré una estación de taxis. El conductor recibió la orden y elevó el vehículo con presteza. No acepté el cigarrillo que me ofreció. Hace bien, me dijo a través de la pantalla, esto es veneno y mata a miles diariamente. Rio un poco. Lo consume a uno. Yo ya casi lo he dejado. También a mi mujer -y volvió a reír. Nunca me perdonará lo que le hice, pero ella no es Dios, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-110088539810655932?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/110088539810655932/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=110088539810655932&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110088539810655932'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110088539810655932'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/11/incapaz-de-presentir-la-niebla-me-fui.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-110071048162119144</id><published>2004-11-17T10:53:00.000-06:00</published><updated>2004-11-17T10:54:41.620-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Mentí acerca de los poetas: yo tengo en mente un rostro de mujer que está hecho de palabras. ¿Y cómo decirlo? No soy hombre de letras; darle forma sobre la blanca piel de una hoja de papel es algo que está fuera de mi alcance.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He salido a caminar las calles con la esperanza de encontrar el gesto que se acerque a esa imagen. Tomé los corredores del centro comercial; vagué entre el gentío de la plaza de mercado; ocupé una mesa en un café céntrico y observé mi derredor: nada, ni siquiera un guiño, ni un intento de sonrisa, ni un parpadeo. Me aterra pensar que ese rostro se pierda en la noche, mientras duermo, que se escape para siempre y me condene a la asfixia permanente de solamente recordar que alguna vez estuvo aquí, detrás de mis ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tarde volví a casa, no sé si derrotado. Hurgué en los cajones hasta encontrar los registros de tareas del pasado. Los archivos me mostraron un catálogo de rostros femeninos aún sin vida, fríos e inexpresivos, pero hermosos, henchidos de una belleza casi melancólica. Siempre que diseño uno de ellos parto de una idea, de una anécdota, de un sueño; no es exactamente que los haya visto, es el sentimiento general de lo que he vivido lo que me induce al trazo y a conducir mis herramientas por la carne aún sin forma. Muchas de esas vivencias me vienen a la mente ahora que repaso cada holograma, pero he de confesar que incluso algunos diseños se niegan a hablar de su pasado aunque mis ojos insistan sobre las líneas de sus pómulos, la carne sosegada de sus párpados, la misteriosa geografía de sus labios.  Barajo aquellos archivos, ya sin el interés que me llevó a desenterrarlos del olvido, y de pronto encuentro uno que atrae a mis recuerdos: le pertenece a Narda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su nombre me llegó por casualidad, una tarde en la oficina de la Corporación. Yo había permanecido allí más tiempo del acostumbrado. No recuerdo las razones que me llevaron a hacerlo, lo cierto es que paseaba a través de las sombras inmóviles de las desiertas galerías de arte antiguo cuando me detuve a mirar un óleo de finales del siglo 20. Absorto como estaba, jamás la oí llegar. Tengo el registro de una fugaz exhalación perfumada, nada más. En vano intento recordar cómo iniciamos aquella charla, sólo sé que cuando cruzamos el umbral que marcaba la salida de aquel sector, supe que no era humana. Es difícil de explicar incluso para mí que he despertado cientos de rostros como el suyo de un inanimado sueño de piel sintética; sólo entiendo que me basta con tenerlos cerca para saberlo. Pocos han logrado cruzar esa sutil frontera, y el miedo los devasta. Son réplicas casi perfectas, y los hombres no soportan mirarse a sí mismos. Yo soy diferente: mi vejez prematura es una máscara que alimenta la distancia, excepto para ellos, para los replicantes, que acaso perciben en mis ojos su propia soledad. Así que dejamos atrás la gélida majestad de las galerías y agotamos los pasillos hasta alcanzar una sala de descanso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me invitó una bebida, que rechacé. Luego encendió un cigarrillo y exhaló el humo con profundo placer. Le pregunté desde cuándo fumaba. Entonces me habló de su juventud en el este, en los suburbios de Nueva York; la tensión de los exámenes escolares, las reuniones, las fugas nerviosas, el alcoholismo de sus padres y el tedio de un domingo cualquiera. Comenzó a hablar de un hombre, y su mirada se fundió con las sombras cercanas. Aquel era un buen chico, alto, esbelto, de cabellera rubia y movimientos precisos. Su familia era propietaria de un rancho camino de Buffalo, y los fines de semana en aquel lugar se fueron convirtiendo en un hábito de su relación. Cabalgaban por las mañanas sobre bestias casi extintas y almorzaban a la orilla del río. Se bañaban juntos. Nunca olvidará la sensación de la tibia caricia del agua mientras él la besaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hizo una pausa. Ahora sé que había otros recuerdos que prefirió guardar, no sé si por pudor o por conservar la magia de esa realidad alterna… que sin embargo jamás le perteneció.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué pasó con él?, la interrogué unos minutos después, menos por interés que por impedir que llevara aquellas sensaciones al límite. Nada, dijo, todo terminó; él se fue a vivir al Canadá. Nos escribíamos largas cartas llenas de promesas. Me aseguraba que regresaría por mí, pero nunca volví a verlo. Un buen día la correspondencia cesó, así, simplemente. Yo entré en la universidad, conocí a otras personas. Nunca me di cuenta de cuándo todos aquellos años se convirtieron en nostalgia. Es extraño, pero me resulta difícil evocar los detalles del tiempo que pasé en la facultad, sólo tengo una memoria general de la época, como un resumen; por momentos es como si lo hubiera leído en un libro del que sólo pudiera recordar la trama. He olvidado incluso muchos de los nombres de mis amistades; de algunos conservo únicamente la imagen de su rostro, pero aun de eso desconfío: a veces me parece que quisiera inventarlos para no sentir que nunca pasé por sus vidas. ¿Me entiendes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acepté con un gesto. Un poco titubeante le aseguré que era algo normal, que la memoria de hechos lejanos era más intensa que los recuerdos que pudiera tener de, por ejemplo, esa misma mañana. Es verdad, dijo ella, ahora que lo mencionas, ni siquiera podría decirte qué comí por la tarde. Es ridículo cómo puede una olvidar algo tan reciente. Debe ser la preocupación del viaje. ¿Qué viaje?, le pregunté. A las colonias, se apresuró a responder, y en sus ojos había un brillo de emoción. Estoy asignada a tareas de oficina militar, ya sabes: logística, organización, todas esas cosas. El curso de un año termina esta misma semana y parto el lunes por la noche. Califiqué con honores; estoy capacitada para ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Orgullosa, encendió un nuevo cigarrillo. Vi sus manos perfectas, la húmeda simetría de su boca cuando se llevó el filtro a los labios y aspiró con un leve chasquido. Se hundió un poco en el asiento y cruzó las piernas. ¿Y tú? Nada, mentí, mi vida no es tan interesante como la tuya: también soy empleado de oficina; hoy cubrí el turno de un compañero enfermo. Estaba a punto de salir cuando nos encontramos. Tus recuerdos, dijo de pronto, incorporándose un poco para mirarme fijamente, ¿son vívidos? Fue entonces que lo noté: la duda había germinado en su cerebro, y eso no significaba otra cosa que su fin inminente. Sin embargo, fingí desinterés; alcé la vista en un ademán que pretendía ser evocador y torcí la boca, esperando que el sentimiento que había originado su pregunta se desvaneciera. Pero ella insistió: ¿Sabes? Hoy tuve una idea inquietante: me sentí como una máquina, no sé, despersonalizada, vacía. Los especialistas nos han dicho que es algo común en las personas enclaustradas, y no dudo que se trate de una depresión pasajera. Lo más raro del caso es que a partir de ese momento me he estado observando: cómo cruzo el salón de juegos, la expresión que uso al saludar y al despedirme, cómo tomo el cigarrillo siempre de la misma forma, ¿ves?, y mi cuerpo: no importa cuántas veces intente lo contrario, siempre acabo adoptando la misma postura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había dejado de mirarla, y en mi gesto había preocupación. Seguramente lo notó, pues de inmediato apagó los restos de su cigarrillo y se acercó a mí con ánimo confidente. Anoche, dijo en un susurro, llegué temprano al laboratorio de informática. La terminal del profesor estaba encendida y yo tenía mucho tiempo de espera y nada por hacer, así que por pura curiosidad me senté en su lugar y pulsé cualquier tecla. La pantalla holográfica se encendió y me di cuenta de que el sistema estaba en funcionamiento. Avancé algunas páginas y vi que se trataba de una enciclopedia virtual. Había imágenes de cosas que jamás me imaginé que pudieran existir; seres que pueden vivir en el agua y en la tierra, absurdas figuras que se desplazan a la orilla de los pantanos. Ya no estoy segura de si lo que vi era cierto; a lo mejor era una forma de arte de vanguardia. Si era eso, me asusto nada más de pensar en las cosas que pasan por la cabeza de los artistas. Fíjate, había algo rarísimo, arácnidos creo que le llamaban…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue la primera y la última vez que hablé con ella. Fue también, así lo creo, la primera vez que una curiosidad insana motivó mis deseos, pues algunas semanas después registré los archivos de la compañía y fue entonces como me enteré de que había sufrido un ataque de ansiedad horas antes de partir a las colonias. La bitácora detalla cómo se hallaba en el gimnasio cuando comenzó a gritar que había algo debajo de su piel, algo que parecía correr a través de sus venas y que la obligaba a tener pensamientos ajenos a su voluntad. Los que estaban cerca de ella se quedaron perplejos y el instructor pulsó el botón de urgencias. Cuando el equipo de seguridad por fin llegó al lugar, su histeria era total: gritaba que el alma se le estaba saliendo del cuerpo y que todos los allí presentes intentarían robarla. La salida de emergencia se abrió de pronto y todos los alumnos fueron obligados a abandonar el gimnasio, que finalmente fue sellado. Gracias a ello, nadie pudo ver una escena que habría despertado la inquietud colectiva: el cuerpo retorcido en una postura imposible; los dedos como garfios que se arrancan los ojos y rasgan sus mejillas, el fluido que tendría que ser sangre pero que no lo es, porque brota tumultuoso de la cuencas dejando un charco de gris, espeso y metalizado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicen que la muerte se anuncia como un tráiler cinematográfico de escenas entrecortadas en las que los protagonistas son hombres y mujeres que han dejado una huella profunda en nuestras vidas. Sé que en el laboratorio se ha querido imitar ese proceso, ignoro si con algún éxito. Sólo deseo que las últimas imágenes que ella pudo recrear hayan sido fieles a los hechos de esa entrañable novela de aventuras juveniles que Tyrrel conserva como libro de cabecera y que por algún capricho decidió que serían los recuerdos de esa cosa artificial que ya no existe y que por algunos días se creyó mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Narda, así se llamaba.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-110071048162119144?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/110071048162119144/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=110071048162119144&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110071048162119144'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110071048162119144'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/11/ment-acerca-de-los-poetas-yo-tengo-en.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-110041102501089049</id><published>2004-11-13T23:38:00.000-06:00</published><updated>2004-11-14T00:09:35.690-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Hoy vi morir a un hombre, y ese hombre no merecía la muerte. Pero, ¿quién no merece la muerte cuando ha nacido en un siglo de derrotas? Él nunca pudo suponer que esa noche la punta de un láser lo aguardaba entre el gentío, por eso mantuvo un paso firme cuando se decidió a cruzar la calle como los demás lo hacíamos; por eso miró el reloj pulsera con un movimiento mecánico y apretó el periódico bajo el brazo; por eso se redujo al anonimato. El arma le apuntó a la frente cuando alcanzó la otra acera, y él la vio. Ese instante de frío silencio debió representar el resumen de su vida, tan apresurada, tan densa, abierta como tantas al sinsentido que te abraza cuando despiertas cada mañana y comprendes que las horas siguen ignorándote cuando pasan a tu lado. Pero esta vez la vida lo miró de frente, y le habló, y le dijo que había llegado el momento. Una extraña alquimia de los sentidos lo indujo a moverse y la línea invisible que lo buscaba sesgó la noche para reconocerse en un muro lejano, que asimiló el impacto y escupió un estrépito hecho de trozos de concreto. Aturdido, el hombre en el piso alzó la vista y reconoció a su verdugo, cuyo pulso recobró el dominio del arma y le apuntó nuevamente. Pero ya la víctima corría entre la gente, se abría paso a empujones con tempranos jadeos y gritos incoherentes, mientras el ejecutor (todos supimos que lo era cuando esgrimió su placa ante los cientos de ojos histéricos) se daba a la tarea de recorrer sus huellas acortando velozmente la distancia. La memoria de estos hechos dilata los segundos y difumina los detalles de la persecución, pero quienes fuimos testigos sabemos que todo ocurrió en instantes: ese hombre ya estaba muerto y tal vez su cuerpo así lo entendía, porque tropezó y cayó de bruces y jamás recuperó el equilibrio. El nuevo impacto lo alcanzó en un costado, pero no fue definitivo: aún tuvo tiempo de incorporarse un poco y ver de frente la representación de su propia desgracia. El láser del tercer disparo le reventó el pecho y lo arrojó de espaldas contra la pared. Quienes rodeábamos la escena esperamos en silencio esa última descarga que terminaría por borrarlo, pero ésta nunca llegó: no era necesaria. No fui el único que llevó entonces la vista hacia el origen de ese destino atroz: la mano firme que apaciguaba el arma al dirigirla al suelo, de alguna manera satisfecha. Luego regresamos a la imagen de aquel títere maltrecho que se sacudía en espasmos como dicen que ocurría con las bestias en el ruedo de una era que creíamos salvaje. Fue así que lo noté: el fuego de aquel arma había devastado carne y tejidos que parecían humanos; las entrañas que asomaban por primera vez a la noche de Los Angeles parecían haber madurado en el interior de un ser humano. Me acerqué un poco, movido más por el instinto que por una curiosidad insana. Era verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quise gritar, pero me contuve, acallado por el murmullo de una multitud que no entendía que aquella ejecución era injusta. Ahora a la distancia entiendo que el victimario se había sumido en las mismas cavilaciones que a mí me torturaban, pues de pronto volvió a despertar el arma y trazó con ella un amplio círculo de miradas incrédulas. Ya no se detuvo a corroborar si sus ideas eran ciertas; retrocedió con pasos ágiles y emprendió la huida, dejando atrás los ojos expectantes y el rumor de las naves de reconocimiento que empezaron a alterar el viento muy por encima de quienes lo veíamos incorporarse a las sombras de un callejón cualquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abordé el metro y me uní al paraje de rostros desgastados. Fijé la vista en el piso y así permanecí, vacío de pensamientos por horas o minutos, no sé decirlo. Sólo hasta que el tren frenó de improviso pude darme cuenta de que viajaba en un vagón semivacío, acompañado por un puñado de seres sombríos y borrachos tendidos en un coma de alcohol y ocultas depresiones. Recordé, no sin dificultad, los versos de un antiguo poema en el que la soledad busca a los hombres que duermen para ensayar la muerte. Cerré los ojos y una silenciosa procesión de rostros fue transcurriendo en la incierta oscuridad de mi memoria: eran aquellos seres cuyas facciones mis manos habían ido detallando con el paso de los años; los mismos rostros que más tarde envolverían pasados ficticios, sueños imposibles, falsas ilusiones inoculadas en el laboratorio de una empresa que jugaba a imitar la creación. Hombres de artificio, sin infancia, aquejados por una adolescencia de victorias y desencuentros que jamás les habían pertenecido aunque los asaltaran de vez en cuando como destellos de imágenes que eran capaces de recordar, no obstante que algunos, sólo algunos, creyeran necesario preguntarse por qué en la sensación de aquel primer beso juvenil no había resquicios de algún antiguo sentimiento. Y esa pregunta desencadenaba su caos interior. Y entonces despertaban de alguna noche sin sueños y la duda era ya una sustancia espesa adherida a su entendimiento. E indagaban. Y encontraban su Verdad. Y nada había en el mecanismo de sus razonamientos que los hubiera preparado para el horror de saber que &lt;em&gt;no eran&lt;/em&gt;. Guerreros diseñados para vencer los obstáculos que se inventaba el imperio, su destino era la violencia, y de ella se valían para tratar de convencer al mundo de su derecho a existir. Esa era la falla que los hombres de ciencia no habían podido corregir, y recurrían a las armas para enmendar sus errores. Y ni el padre de familia, ni el oficinista, ni la vendedora de animales, ni el conductor de vehículos de carga, ni la pareja que busca la oscuridad de una sala de cine, ni la enfermera asomada a la ventana, ni la jovencita que tiñe de vaho el cristal de un aparador en el centro comercial, ni el anciano que espía detrás del espejo de un cuarto de hotel, ni el mendigo, ni el escritor, ni el violador, ni el crítico de arte, ni el suicida que lo intenta nuevamente en la tina del baño, ni el niño que ansia acariciar un holograma de dibujos animados, ni el adolescente que mira extasiado el sexo abierto en flor de una puta, ni su padre que lo aguarda orgulloso al otro lado de la puerta, ni la joven que ha esperado toda la noche un rostro en el videoteléfono, ni el hombre que te ha dicho que te extrañaría y que sufre un fin de semana sin ti: ninguno de ellos sabe que allá afuera se libra una batalla silenciosa que busca acallar a los seres que reniegan de la creación, que reniegan de &lt;em&gt;su&lt;/em&gt; creador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta noche alguien como tú y como yo lo supo. Sabio entre los hombres, la muerte le aconsejó guardar ese secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Nadie a tu lado.&lt;br /&gt;Anoche maté a un hombre en la batalla.&lt;br /&gt;Era animoso y alto, de la clara estirpe de Anlaf.&lt;br /&gt;La espada entró en el pecho, un poco a la izquierda.&lt;br /&gt;Rodó por tierra y fue una cosa.&lt;br /&gt;Una cosa del cuervo.&lt;br /&gt;En vano lo esperarás, mujer que no he visto.&lt;br /&gt;No lo traerán las naves que huyeron&lt;br /&gt;Sobre el agua amarilla.&lt;br /&gt;En la hora del alba,&lt;br /&gt;Tu mano desde el sueño lo buscará.&lt;br /&gt;Tu lecho está frío.&lt;br /&gt;Anoche maté a un hombre en Brunanburh.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Jorge Luis Borges&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-110041102501089049?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/110041102501089049/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=110041102501089049&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110041102501089049'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110041102501089049'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/11/hoy-vi-morir-un-hombre-y-ese-hombre-no.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-110028574493528190</id><published>2004-11-12T13:53:00.000-06:00</published><updated>2004-11-13T23:47:17.296-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Hace algunos años estuvo de moda en las colonias el comercio de diarios personales, reales y falsos. Las antiguas bibliotecas y librerías del centro de la ciudad fueron practicamente tomadas por asalto: cerradas por décadas, seres anónimos se apresuraron a reclamarlas. Los anuncios clasificados de los periódicos se saturaron de oferta y demanda por esas libretas cuyos dueños originales seguramente jamás imaginaron que su valor pudiera rebasar el terreno de sus propios sentimientos. Nadie se explicaba el auge repentino de esos objetos, hasta que la policía hizo un descubrimiento escalofriante: al allanar el departamento de un Nexus 2, los agentes encontraron una colección completa de esos diarios con anotaciones al pie de las páginas y trazos incomprensibles que los estudiosos develaron como intentos de esquematizar la conducta humana. Luego vino el silencio. Las páginas de anuncios de los periódicos volvieron a las ofertas cotidianas y los programas de análisis ignoraron el tema repentinamente. Entonces se comenzó a traficar con aquellos objetos, y con el tráfico vino la falsificación: los diarios ficticios se producían en serie. Las redadas a los barrios de comercio informal comenzaron a ser asunto de rutina, y el decomiso incluía degeneradores de material sintético, química básica, folletería antigua de establecimientos comerciales. Había mucho escritor fantasma creando falsas nostalgias en torno a vidas que jamás existieron. Alguno de ellos tuvo éxito trasladando aquel auge a la literatura y creó un género de culto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de esos diarios está en mis manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me encontró en alguna callejuela, durante el regreso a casa. Un pordiosero me lo ofreció por unas cuantas monedas. Movido por la curiosidad, aunque no sin repugnancia, decidí aceptarlo. El hombre me brindó una sonrisa carcomida y desapareció en las sombras. Sé que es original porque puedo diferenciar a la distancia una piel humana de una piel sintética. No soy amante de las antigüedades, pero desde entonces he admirado su arquitectura, la reducción de ese objeto a la estructura primigenia, la oscura intimidad de sus confesiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me gusta repasarlo, aunque ciertas líneas ilegibles hacen difícil seguir las narraciones. En particular, me llama la atención un poema que parece expresar añoranza, no sé si de una mujer o de toda una década. No soy historiador; no sé de qué lugares habla ni me he detenido a investigarlo. Creo que la magia que me provoca radica en ese misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La libreta tiene un título: &lt;em&gt;Los cuadernos de Fabiola&lt;/em&gt;. Este es el poema del que hablo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Miente la noche:&lt;br /&gt;esa melodía que se asoma a mi ventana&lt;br /&gt;no es aquí ni es ahora&lt;br /&gt;Es en 1983&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es un niño que es un adolescente que es un hombre&lt;br /&gt;que aguarda&lt;br /&gt;-a ella, que camina hacia él&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se detendrá: hoy, después de tanto tiempo, lo sé.&lt;br /&gt;Pero su mirada&lt;br /&gt;que alguna vez fue suficiente&lt;br /&gt;lo registra&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Sabes, Fabiola?: en tus ojos-melodía&lt;br /&gt;caben&lt;br /&gt;Argentina humillada&lt;br /&gt;la era Reagan&lt;br /&gt;el Grammy que mereció ganar el Sinchronicity&lt;br /&gt;cientos de noches con la ciudad al fondo&lt;br /&gt;madrugadas de videos musicales&lt;br /&gt;otra mujer que no se parece a ti&lt;br /&gt;la explanada de la escuela en oscura progresión&lt;br /&gt;el Live Aid&lt;br /&gt;rostros que te eran familiares, de pronto tan ajenos&lt;br /&gt;el disco de A-Ha que no consigue olvidarte&lt;br /&gt;Jazz FM, Kosmoestéreo 103&lt;br /&gt;una mañana cualquiera en el mundo con 8.1 grados richter&lt;br /&gt;el antes y el después de la Colonia Roma&lt;br /&gt;libros apergaminados, polvo, paseos por el Centro&lt;br /&gt;el cadáver de Borges&lt;br /&gt;las tardes de San Angel&lt;br /&gt;lluvia sobre el mármol de Bellas Artes&lt;br /&gt;la belleza de Lorena, tan distinta&lt;br /&gt;el tarot en Tlatelolco, que no te nombra&lt;br /&gt;las confesiones de una noche de niebla en Coyoacán&lt;br /&gt;perderse en la Condesa, beber, amanecer a mediodía&lt;br /&gt;la NASA lanzando fuegos artificiales de millones de dólares&lt;br /&gt;tu voz por última vez en el teléfono&lt;br /&gt;el muro que cae al igual que la noche sobre esa década&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y la línea que en el último segundo se detiene&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;allá, de ese lado, 1990 nos aguarda&lt;br /&gt;nos mira              lo miramos:&lt;br /&gt;medusa de las horas&lt;br /&gt;nostalgia de las piedras&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;todos esos instantes detenidos&lt;br /&gt;mientras aquella mujer pasa y se aleja&lt;br /&gt;-siempre se está alejando&lt;br /&gt;en esa noche de 1983.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí concluye la mentira&lt;br /&gt;la máscara está en mis manos y allá afuera&lt;br /&gt;las calles te ignoran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descreo de la resurrección, pero&lt;br /&gt;esta noche el cuaderno se quedará abierto:&lt;br /&gt;si acaso eras verdad y despiertas a la sombra de este poema&lt;br /&gt;será tu privilegio regresar al olvido.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy que lo he leído nuevamente, he sentido pena por él, por los poetas. Porque los rostros que hay en su mente se resuelven en palabras, pero tú nunca sabrás lo que ellos imaginan o han visto, o quisieran ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mis manos, en cambio, les bastan unas cuantas herramientas para darle a la piel que habita mi taller ese gesto que entreví una tarde en soledad.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-110028574493528190?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/110028574493528190/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=110028574493528190&amp;isPopup=true' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110028574493528190'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/110028574493528190'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/11/hace-algunos-aos-estuvo-de-moda-en-las.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-109294221305672939</id><published>2004-08-19T14:02:00.000-05:00</published><updated>2004-08-19T14:03:33.056-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Muchos seres de artificio están regresando a la Tierra. Lo sé porque los he visto recorrer las calles de la noche mientras se observan a sí mismos en los ojos de la gente. Es una cierta melancolía lo que los hace visibles, aunque me confieso capaz de reconocer algún gesto, acaso la línea que se dibuja en la frente del que mira por primera vez un objeto o un animal cautivo en la confusión también artificial de la tienda de mascotas. Ese gesto me pertenece; es mi firma, pero en mí no acentúa ningún sentimiento: es sólo una de las huellas que el Matusalén ha ido madurando en mi piel. ¿Por qué he querido repetirlo en aquellos que han nacido de mis manos? No lo sé, no lo sé. Ayer me lo preguntaba mientras caminaba de regreso a casa bajo la fina lluvia de agosto y descubría, no sin angustia, que uno de ellos doblaba la esquina y evolucionaba hacia mi sitio con apenas una débil sombra sesgándole el rostro. Su andar preciso, mecánico, simétrico lo delataba, pero no quise rehuir el encuentro y avancé. Y reduje el paso. Y en segundos lo tuve a centímetros de mis ojos. Pero él no me miró; hizo un movimiento apenas perceptible para evitar el contacto y continuó con pasos firmes que lo fueron entregando a las calles ocultas por la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acaso fuera un Nexus; acaso haya sido producto de una generación anterior. Nada de eso importa ahora. Lo cierto es que él y yo sabemos que es sólo una cosa más que se consume, apenas el suave aliento de la existencia que sólo tendrá una residencia pasajera en mi memoria y que mañana (hoy tal vez, ¿por qué no?) también se apagará para siempre.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-109294221305672939?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/109294221305672939/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=109294221305672939&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109294221305672939'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109294221305672939'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/08/muchos-seres-de-artificio-estn.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-109086508524713039</id><published>2004-07-26T13:02:00.000-05:00</published><updated>2004-07-26T13:04:45.246-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&amp;nbsp;&lt;br /&gt;Cuándo ocurrió exactamente, lo ignoro. Sólo sé (o entiendo) que ella puso alguna vez sus manos en ese barandal de piedra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche vibraba con la ciudad al fondo, mientras el índice desnudo de la mujer recreada le confiaba una distraída caricia a la aspereza gris del puente que no sabe de este mundo más que reproducir su silencio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y la mujer se detuvo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Adivino su gesto que presintió el vacío, su anónima figura que se inclinó sobre la piedra para reconocer la distancia que finalmente la consumiría. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó, lo sospecho, que ejercería así el derecho a la renuncia, a la liberación redentora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se equivocaba. Tan cierto como el cuerpo que ahora se detalla en mi mesa de trabajo; tan real como este rostro inexpresivo que mañana despertará al dolor profundo, al llanto y a la melancolía artificial que lo ha llamado a ser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un experimento más con un fin común; un nuevo destino de piedra y de vacío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-109086508524713039?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/109086508524713039/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=109086508524713039&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109086508524713039'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109086508524713039'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/07/un-nuevo-destino-de-piedra-y-de-vaco.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-109073317870158911</id><published>2004-07-25T00:15:00.000-05:00</published><updated>2004-07-25T00:26:18.700-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&amp;nbsp;&lt;br /&gt;El silencio es el instrumento de la noche. Sesga las sombras para detener tus pasos; reduce tu prisa a un miedo inexplicable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo notas, pero a cada segundo ella&amp;nbsp;imita el vacío de estrellas en las calles recién humedecidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es la hora en que nada se oye.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero alguien atreve un murmullo. La noche entonces esparce su niebla y todo vuelve a ser confusión de siluetas que jamás se resuelven en algo o en alguien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que han perdido su espacio, las voces prefieren callar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-109073317870158911?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/109073317870158911/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=109073317870158911&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109073317870158911'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109073317870158911'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/07/blog-post_25.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-109073203687352940</id><published>2004-07-25T00:07:00.000-05:00</published><updated>2004-07-25T00:14:33.433-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Un ángel eléctrico visita la ciudad. No es rara la lluvia iluminada que por instantes cancela el baño de sombras de la oscuridad insistente. Pero nada cambia: esa herida de fuego no entorpece los pasos de los seres de la noche que escudriñan los rincones buscando tu rostro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No los mires; acaso el tiempo los borre de tu vida.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;a href="http://www.hello.com/" target="ext"&gt;&lt;img style="BORDER-RIGHT: 0px; PADDING-RIGHT: 0px; BORDER-TOP: 0px; PADDING-LEFT: 0px; BACKGROUND: none transparent scroll repeat 0% 0%; PADDING-BOTTOM: 0px; BORDER-LEFT: 0px; PADDING-TOP: 0px; BORDER-BOTTOM: 0px" alt="Posted by Hello" src="http://photos1.blogger.com/pbh.gif" align="absMiddle" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/img/255/1370/1024/PAINT%20CITY%20NIGHT.jpg"&gt;&lt;img style="BORDER-RIGHT: #000000 1px solid; BORDER-TOP: #000000 1px solid; MARGIN: 2px; BORDER-LEFT: #000000 1px solid; BORDER-BOTTOM: #000000 1px solid" src="http://photos1.blogger.com/img/255/1370/320/PAINT%20CITY%20NIGHT.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-109073203687352940?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/109073203687352940/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=109073203687352940&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109073203687352940'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109073203687352940'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/07/un-ngel-elctrico-visita-la-ciudad.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-109036129694103863</id><published>2004-07-20T17:03:00.000-05:00</published><updated>2004-07-20T17:08:16.940-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;Teñida de suaves pixeles que corroen la progresión de sus imágenes, la nave-anuncio rompe el vago azul del cielo y se repite en los ojos de la puta de metal. Ella observa en silencio y su largo cuello descubierto se tensa, pero aquella voz distorsionada por el eco nada le dice. No insiste: baja nuevamente la mirada y retoma el contacto con esos otros ojos cuyo baño de luz recorta su silueta contra el callejón desierto. La intensidad de la luz se va apagando, pero el vehículo se mantiene encendido, expectante. Los rasgos del hombre que ha conducido hasta allí intiman con las sombras, se entretejen en ellas, se funden con las cosas de la oscuridad. &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Noches en los suburbios.&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Lluvia que se reconoce en las fachadas de los solitarios edificios. Al fondo un ventanal que se apaga para siempre. El rumor de un vehículo se desprende de la tierra. Un diminuto punto de fuego encarna en el tabaco: el esbozo fugaz del asesino... &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;&lt;em&gt;Y el grito de la estatua desdoblando la esquina...&lt;/em&gt; &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Ayer soñé con estas calles vacías. Caminaba al borde del alba, lo sabía, pero el amanecer no terminaba por anunciarse. Algo, no sé qué, me aconsejaba aminorar el paso. Así que me detuve, indeciso, presa de un miedo inexplicable, mas cerca de reconocer que todo era un sueño y que la cada vez más frágil presencia de las cosas terminaría por arrojarme a la vigilia. Entonces la vi: estaba allí, en un rincón, cubierta de basura como una muñeca abandonada; sus ojos un reflejo de los míos; su gesto, el temor que fermentaba en mi pecho. Quise acercarme, pero ella, aparentemente sorprendida por esa insinuación, salió de su escondite y corrió para escapar. Mi cuerpo inmóvil ocupaba la única salida... &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Quisiera asir el recuerdo de esa suave colisión, pero la memoria del encuentro se borra o se traiciona a sí misma: por momentos está esa carne pálida y el tenue aroma a demasiada piel que solamente yo sabría reconocer; por momentos también se aparece su sonrisa, esa línea de jade que seduce, que me busca, que juega con las sílabas de mi nombre mientras me pide repetir el suyo, tan deseado, tan... incierto. &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Me engaño: esa última imagen es solamente un capricho de mi imaginación. &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;P.D. Por cierto, ella trajo a mí esta canción desde un poema: &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;&lt;em&gt;No soy nada. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Nunca seré nada. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;No puedo querer ser nada. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.&lt;/em&gt; &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;&lt;em&gt;-F. Pessoa&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-109036129694103863?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/109036129694103863/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=109036129694103863&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109036129694103863'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109036129694103863'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/07/blog-post_20.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-109025597674048561</id><published>2004-07-19T11:48:00.000-05:00</published><updated>2004-07-19T11:52:56.740-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Lo vivido ha quedado en el pecho.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Nada lo turba. Es un silencio.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Un modo de callar igual a un cuerpo.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Todos los que son &lt;/em&gt;yo&lt;br /&gt;&lt;em&gt;dicen amargamente&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;que han pasado los días&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;y únicamente ha sido eso, nada más.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Está bien. Es hora &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;de levantarse&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;y servirse otra taza,&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;un trago, otro cuchillo.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;-David Huerta&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-109025597674048561?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/109025597674048561/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=109025597674048561&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109025597674048561'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/109025597674048561'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/07/blog-post.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-108492244445431801</id><published>2004-05-18T18:20:00.000-05:00</published><updated>2004-05-18T18:21:08.150-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="&lt;a href="http://www.blogsmexico.com"&gt;&lt;img src="http://www.blogsmexico.com/images/buttons/naranja.gif" style="border: 0px"/&gt;&lt;/a&gt;"&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-108492244445431801?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/108492244445431801/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=108492244445431801&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/108492244445431801'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/108492244445431801'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2004/05/href.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-107056606865084927</id><published>2003-12-04T13:13:00.000-06:00</published><updated>2003-12-04T13:28:28.186-06:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Puedo recordar la sensación del deseo: su luz me rompía el tacto y maniataba mis ansias. Por eso aprendí a ensayar la estática, el abandono. Pero hoy que volví a ver el rostro en la fotografía me supe derrotado: la melancolía de su gesto que ahora hiere acallaría la hermosura que hoy seas capaz de reconocer o de inventar; su lejanía, sobre todo, valida las formas de mi desesperación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Buscarla a partir de este rastro que apenas la nombra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decirla, así el dolor recomienza.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-107056606865084927?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/107056606865084927/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=107056606865084927&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/107056606865084927'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/107056606865084927'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/12/puedo-recordar-la-sensacin-del-deseo.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105846289487193734</id><published>2003-07-17T12:28:00.000-05:00</published><updated>2003-07-17T12:28:14.930-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;em&gt;Invernará la noche en mi pecho.&lt;br /&gt;No era necesario saberlo.&lt;br /&gt;No tiene importancia.&lt;br /&gt;Espero una carta todavía no escrita&lt;br /&gt;donde el olvido me nombre su heredero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-José Carlos Becerra.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105846289487193734?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105846289487193734/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105846289487193734&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105846289487193734'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105846289487193734'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/invernar-la-noche-en-mi-pecho.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105829126883425391</id><published>2003-07-15T12:47:00.000-05:00</published><updated>2003-07-15T13:00:52.663-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Un vehículo sin luces flota silencioso frente a mi ventana. Me asomo, temeroso, oculto por las sombras; el vidrio alcanza a devolverme un fragmento de mi propia incredulidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Distingo algunos de los rasgos que prefiguran aquel rostro, pero no hay registros de él en mi memoria. Sus ojos, en cambio, no escudriñan: reconocen. La fachada del departamento, su ocre interior, las inmóviles siluetas de los cuerpos inanimados descubiertas a intervalos por las ráfagas de lluvia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no observo; intuyo que el vehículo se eleva eludiendo las telarañas de la antigua red telefónica y en instantes se funde con el caos de neón que remeda una ciudad que nunca es aquí sino en destellos, en fragmentos enfermos como el de esta visita inesperada que ya se aleja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de que la sorpresa irrumpiera en mi ventana, me hallaba inmerso en la tarea de confeccionar un rostro, que ahora quedará inconcluso: no deseo contaminar sus facciones con las semillas de un temor que aún no le corresponde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105829126883425391?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105829126883425391/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105829126883425391&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105829126883425391'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105829126883425391'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/un-vehculo-sin-luces-flota-silencioso.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105822298848214554</id><published>2003-07-14T17:49:00.000-05:00</published><updated>2003-07-14T17:49:48.486-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Resuelvo, confundido, que la voz no me nombra.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105822298848214554?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105822298848214554/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105822298848214554&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105822298848214554'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105822298848214554'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/resuelvo-confundido-que-la-voz-no-me.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105796543442529012</id><published>2003-07-11T18:17:00.000-05:00</published><updated>2003-07-11T18:17:14.440-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Soñé que las piernas de una mujer me atraían hacia su boca. La sensación de aquel calor que me abraza aún perdura. Aunque el blanco de su rostro intimaba con el velo transparente que proyecta esta imagen, recuerdo que la piel alrededor de sus ojos había sido tomada por las sombras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un hombre habló, y el sobresalto me devolvió a la soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105796543442529012?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105796543442529012/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105796543442529012&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105796543442529012'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105796543442529012'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/so-que-las-piernas-de-una-mujer-me.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105796497168803939</id><published>2003-07-11T18:09:00.000-05:00</published><updated>2003-07-11T18:15:56.943-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;Yo abracé el alba de verano.&lt;br /&gt;Nada se movía aún en la fachada de los palacios. El agua estaba muerta. Los campos de sombras no abandonaban el camino del bosque. Caminé, despertando los alientos vivos y tibios, y las pedrerías miraron, y las alas se elevaron sin ruido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A. Rimbaud.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105796497168803939?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105796497168803939/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105796497168803939&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105796497168803939'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105796497168803939'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/yo-abrac-el-alba-de-verano.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105794330952947772</id><published>2003-07-11T12:08:00.000-05:00</published><updated>2003-07-12T00:17:31.900-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Cruzo la ciudad a pie para visitar el barrio chino. No me motiva el placer de estar ahí, es simplemente que necesito hacerme de una hoja de enebro que ayer rasgué por descuido. Los orientales habitan una zona que no cesa de extenderse, así que hablar de un principio y un final es pérdida de tiempo. Sólo hay una manera de reconocer su frontera: el olor de la comida, el vapor fragante de los tallarines cocidos, el aroma inconfundible del cerdo agridulce que recién aprendieron a imitar. Vago un poco por aquí y por allá. A veces me detengo ante algún escaparate, pero en general es poco lo que me atrae. La gráfica estridencia de los rostros sin volumen impresos en paredes y mamparas es como un grito continuo que abarcara las calles, enredándose en el tumulto, reconociéndose en los otros rostros que recogen la lluvia, dispersándose. Finalmente alcanzo el almacén. Le muestro al tendero la pieza dañada y él asiente con la exagerada cortesía de su raza. Un momento después extiende sobre el mostrador una serie de hojas que incluso a mis ojos parecen originales. Elijo un par de ellas. El hombre balbucea algo que no entiendo, pero que igual intuyo: me pide que lo acompañe al taller del fondo para que juntos veamos los últimos pliegos de piel humana que han conseguido trascender la seguridad de las colonias. Niego con un gesto y abandono el local. Temo menos a la policía que al deseo de tenerlas en mis manos y volver a intentar en ellas la perfección. No, he visto esas pieles perforadas por el fuego de una ráfaga anónima oculta entre el gentío, y he llorado. Y he odiado ese llanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un rostro anciano cubierto de lágrimas no se parece a nada que la gente acostumbre por aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105794330952947772?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105794330952947772/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105794330952947772&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105794330952947772'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105794330952947772'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/cruzo-la-ciudad-pie-para-visitar-el.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105787534314069551</id><published>2003-07-10T17:15:00.000-05:00</published><updated>2003-07-10T17:15:43.156-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>La mujer que entreví en el sueño. He intentado reproducir su figura en grafito, pero hay un detalle que se me escapa: es su andar indeciso, envuelto en la nostalgia. De qué o de quién, es algo que me negó el imprudente amanecer, la temprana oscuridad. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Amo el secreto que ahora compartimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105787534314069551?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105787534314069551/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105787534314069551&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105787534314069551'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105787534314069551'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/la-mujer-que-entrev-en-el-sueo.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105785172204074528</id><published>2003-07-10T10:42:00.000-05:00</published><updated>2003-07-10T10:42:02.140-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>He pasado horas tratando de imitar mi rostro en un trozo de cera. No escondo el propósito que me ha llevado a consagrarme a esa tarea silenciosa: recomponer el gesto que la soledad en el espejo me confió hace apenas unos días. Con paciencia voy detallando las estrías de mi piel, los amarillos orificios de mis ojos, la callada lasitud de unos labios que de pronto se rompen en una carcajada: ¿Y si alguna vez me atreviera a sonreírle al espejo, mentiría?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105785172204074528?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105785172204074528/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105785172204074528&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105785172204074528'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105785172204074528'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/he-pasado-horas-tratando-de-imitar-mi.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5563528.post-105780417581432529</id><published>2003-07-09T21:29:00.000-05:00</published><updated>2003-07-09T21:29:35.813-05:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>Ayer, mientras intentaba el sueño, las voces regresaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comenzó como una melodía enferma, suave y lejana; luego, la primera de las voces, delgada como un gemido, se dejó sentir con una frialdad casi metalizada. Hablaba de la oscuridad; específicamente, se refería a los departamentos de los pisos superiores, allí donde la humedad ha derivado en grietas que filtran la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda de las voces tardó en responder. Primero, nombró al óxido como a un antiguo enemigo; largo rato habló de sus conquistas. Luego hizo una pausa para convocar una imagen inequívoca: eran sus manos de manchas rojizas, el nuevo territorio de su angustia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta vez ninguno de ellos habló de mí.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5563528-105780417581432529?l=jfsebastiandiario.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/feeds/105780417581432529/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5563528&amp;postID=105780417581432529&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105780417581432529'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5563528/posts/default/105780417581432529'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jfsebastiandiario.blogspot.com/2003/07/ayer-mientras-intentaba-el-sueo-las.html' title=''/><author><name>Oscar</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07452928019037165948</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
