miércoles, noviembre 17, 2004

Mentí acerca de los poetas: yo tengo en mente un rostro de mujer que está hecho de palabras. ¿Y cómo decirlo? No soy hombre de letras; darle forma sobre la blanca piel de una hoja de papel es algo que está fuera de mi alcance.

He salido a caminar las calles con la esperanza de encontrar el gesto que se acerque a esa imagen. Tomé los corredores del centro comercial; vagué entre el gentío de la plaza de mercado; ocupé una mesa en un café céntrico y observé mi derredor: nada, ni siquiera un guiño, ni un intento de sonrisa, ni un parpadeo. Me aterra pensar que ese rostro se pierda en la noche, mientras duermo, que se escape para siempre y me condene a la asfixia permanente de solamente recordar que alguna vez estuvo aquí, detrás de mis ojos.

Más tarde volví a casa, no sé si derrotado. Hurgué en los cajones hasta encontrar los registros de tareas del pasado. Los archivos me mostraron un catálogo de rostros femeninos aún sin vida, fríos e inexpresivos, pero hermosos, henchidos de una belleza casi melancólica. Siempre que diseño uno de ellos parto de una idea, de una anécdota, de un sueño; no es exactamente que los haya visto, es el sentimiento general de lo que he vivido lo que me induce al trazo y a conducir mis herramientas por la carne aún sin forma. Muchas de esas vivencias me vienen a la mente ahora que repaso cada holograma, pero he de confesar que incluso algunos diseños se niegan a hablar de su pasado aunque mis ojos insistan sobre las líneas de sus pómulos, la carne sosegada de sus párpados, la misteriosa geografía de sus labios. Barajo aquellos archivos, ya sin el interés que me llevó a desenterrarlos del olvido, y de pronto encuentro uno que atrae a mis recuerdos: le pertenece a Narda.

Su nombre me llegó por casualidad, una tarde en la oficina de la Corporación. Yo había permanecido allí más tiempo del acostumbrado. No recuerdo las razones que me llevaron a hacerlo, lo cierto es que paseaba a través de las sombras inmóviles de las desiertas galerías de arte antiguo cuando me detuve a mirar un óleo de finales del siglo 20. Absorto como estaba, jamás la oí llegar. Tengo el registro de una fugaz exhalación perfumada, nada más. En vano intento recordar cómo iniciamos aquella charla, sólo sé que cuando cruzamos el umbral que marcaba la salida de aquel sector, supe que no era humana. Es difícil de explicar incluso para mí que he despertado cientos de rostros como el suyo de un inanimado sueño de piel sintética; sólo entiendo que me basta con tenerlos cerca para saberlo. Pocos han logrado cruzar esa sutil frontera, y el miedo los devasta. Son réplicas casi perfectas, y los hombres no soportan mirarse a sí mismos. Yo soy diferente: mi vejez prematura es una máscara que alimenta la distancia, excepto para ellos, para los replicantes, que acaso perciben en mis ojos su propia soledad. Así que dejamos atrás la gélida majestad de las galerías y agotamos los pasillos hasta alcanzar una sala de descanso.

Me invitó una bebida, que rechacé. Luego encendió un cigarrillo y exhaló el humo con profundo placer. Le pregunté desde cuándo fumaba. Entonces me habló de su juventud en el este, en los suburbios de Nueva York; la tensión de los exámenes escolares, las reuniones, las fugas nerviosas, el alcoholismo de sus padres y el tedio de un domingo cualquiera. Comenzó a hablar de un hombre, y su mirada se fundió con las sombras cercanas. Aquel era un buen chico, alto, esbelto, de cabellera rubia y movimientos precisos. Su familia era propietaria de un rancho camino de Buffalo, y los fines de semana en aquel lugar se fueron convirtiendo en un hábito de su relación. Cabalgaban por las mañanas sobre bestias casi extintas y almorzaban a la orilla del río. Se bañaban juntos. Nunca olvidará la sensación de la tibia caricia del agua mientras él la besaba.

Hizo una pausa. Ahora sé que había otros recuerdos que prefirió guardar, no sé si por pudor o por conservar la magia de esa realidad alterna… que sin embargo jamás le perteneció.

¿Qué pasó con él?, la interrogué unos minutos después, menos por interés que por impedir que llevara aquellas sensaciones al límite. Nada, dijo, todo terminó; él se fue a vivir al Canadá. Nos escribíamos largas cartas llenas de promesas. Me aseguraba que regresaría por mí, pero nunca volví a verlo. Un buen día la correspondencia cesó, así, simplemente. Yo entré en la universidad, conocí a otras personas. Nunca me di cuenta de cuándo todos aquellos años se convirtieron en nostalgia. Es extraño, pero me resulta difícil evocar los detalles del tiempo que pasé en la facultad, sólo tengo una memoria general de la época, como un resumen; por momentos es como si lo hubiera leído en un libro del que sólo pudiera recordar la trama. He olvidado incluso muchos de los nombres de mis amistades; de algunos conservo únicamente la imagen de su rostro, pero aun de eso desconfío: a veces me parece que quisiera inventarlos para no sentir que nunca pasé por sus vidas. ¿Me entiendes?

Acepté con un gesto. Un poco titubeante le aseguré que era algo normal, que la memoria de hechos lejanos era más intensa que los recuerdos que pudiera tener de, por ejemplo, esa misma mañana. Es verdad, dijo ella, ahora que lo mencionas, ni siquiera podría decirte qué comí por la tarde. Es ridículo cómo puede una olvidar algo tan reciente. Debe ser la preocupación del viaje. ¿Qué viaje?, le pregunté. A las colonias, se apresuró a responder, y en sus ojos había un brillo de emoción. Estoy asignada a tareas de oficina militar, ya sabes: logística, organización, todas esas cosas. El curso de un año termina esta misma semana y parto el lunes por la noche. Califiqué con honores; estoy capacitada para ello.

Orgullosa, encendió un nuevo cigarrillo. Vi sus manos perfectas, la húmeda simetría de su boca cuando se llevó el filtro a los labios y aspiró con un leve chasquido. Se hundió un poco en el asiento y cruzó las piernas. ¿Y tú? Nada, mentí, mi vida no es tan interesante como la tuya: también soy empleado de oficina; hoy cubrí el turno de un compañero enfermo. Estaba a punto de salir cuando nos encontramos. Tus recuerdos, dijo de pronto, incorporándose un poco para mirarme fijamente, ¿son vívidos? Fue entonces que lo noté: la duda había germinado en su cerebro, y eso no significaba otra cosa que su fin inminente. Sin embargo, fingí desinterés; alcé la vista en un ademán que pretendía ser evocador y torcí la boca, esperando que el sentimiento que había originado su pregunta se desvaneciera. Pero ella insistió: ¿Sabes? Hoy tuve una idea inquietante: me sentí como una máquina, no sé, despersonalizada, vacía. Los especialistas nos han dicho que es algo común en las personas enclaustradas, y no dudo que se trate de una depresión pasajera. Lo más raro del caso es que a partir de ese momento me he estado observando: cómo cruzo el salón de juegos, la expresión que uso al saludar y al despedirme, cómo tomo el cigarrillo siempre de la misma forma, ¿ves?, y mi cuerpo: no importa cuántas veces intente lo contrario, siempre acabo adoptando la misma postura.

No había dejado de mirarla, y en mi gesto había preocupación. Seguramente lo notó, pues de inmediato apagó los restos de su cigarrillo y se acercó a mí con ánimo confidente. Anoche, dijo en un susurro, llegué temprano al laboratorio de informática. La terminal del profesor estaba encendida y yo tenía mucho tiempo de espera y nada por hacer, así que por pura curiosidad me senté en su lugar y pulsé cualquier tecla. La pantalla holográfica se encendió y me di cuenta de que el sistema estaba en funcionamiento. Avancé algunas páginas y vi que se trataba de una enciclopedia virtual. Había imágenes de cosas que jamás me imaginé que pudieran existir; seres que pueden vivir en el agua y en la tierra, absurdas figuras que se desplazan a la orilla de los pantanos. Ya no estoy segura de si lo que vi era cierto; a lo mejor era una forma de arte de vanguardia. Si era eso, me asusto nada más de pensar en las cosas que pasan por la cabeza de los artistas. Fíjate, había algo rarísimo, arácnidos creo que le llamaban…

Fue la primera y la última vez que hablé con ella. Fue también, así lo creo, la primera vez que una curiosidad insana motivó mis deseos, pues algunas semanas después registré los archivos de la compañía y fue entonces como me enteré de que había sufrido un ataque de ansiedad horas antes de partir a las colonias. La bitácora detalla cómo se hallaba en el gimnasio cuando comenzó a gritar que había algo debajo de su piel, algo que parecía correr a través de sus venas y que la obligaba a tener pensamientos ajenos a su voluntad. Los que estaban cerca de ella se quedaron perplejos y el instructor pulsó el botón de urgencias. Cuando el equipo de seguridad por fin llegó al lugar, su histeria era total: gritaba que el alma se le estaba saliendo del cuerpo y que todos los allí presentes intentarían robarla. La salida de emergencia se abrió de pronto y todos los alumnos fueron obligados a abandonar el gimnasio, que finalmente fue sellado. Gracias a ello, nadie pudo ver una escena que habría despertado la inquietud colectiva: el cuerpo retorcido en una postura imposible; los dedos como garfios que se arrancan los ojos y rasgan sus mejillas, el fluido que tendría que ser sangre pero que no lo es, porque brota tumultuoso de la cuencas dejando un charco de gris, espeso y metalizado.

Dicen que la muerte se anuncia como un tráiler cinematográfico de escenas entrecortadas en las que los protagonistas son hombres y mujeres que han dejado una huella profunda en nuestras vidas. Sé que en el laboratorio se ha querido imitar ese proceso, ignoro si con algún éxito. Sólo deseo que las últimas imágenes que ella pudo recrear hayan sido fieles a los hechos de esa entrañable novela de aventuras juveniles que Tyrrel conserva como libro de cabecera y que por algún capricho decidió que serían los recuerdos de esa cosa artificial que ya no existe y que por algunos días se creyó mujer.

Narda, así se llamaba.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

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