sábado, noviembre 20, 2004

Hay algo que necesito aclarar: la soledad que me rodea no nació de mí; es el espectro de una ausencia.

Yo, como tú y como muchos, también quise a alguien. Este vacío tuvo un nombre. Y ese nombre ahora se esconde en algún lugar de la ciudad. Pero la ciudad es grande, demasiado grande para una sola palabra, una sola palabra que ama jugar a reflejarse en otros rostros pero que no se reconoce en ninguno. Rostros que me encuentran o que se dejan encontrar por mis ojos. Pero ese nombre que es un vacío también es un molde, y en él las mismas letras que lo conforman se incomodan, se quiebran, renuncian, porque sólo son semejanza, caricatura, sombra vana. Son nombres, no El Nombre; son mujeres, pero nunca la Mujer.

El Nombre y la Mujer son Fabiola.

Ella comenzó como un atisbo, apenas un guiño en medio de la confusión del patio escolar. La tarde se había arrastrado sobre el barrio de Mixcoac y ellos, mis compañeros de asaltos, habían llevado consigo un juego de binoculares. Se trataba de una broma, de una burla a las leyes que nos mantenían atados lejos de nuestros breves sueños adolescentes. Pero ese objeto le había robado un espacio a la realidad y era motivo suficiente para la celebración. Por aquellos tiempos creí ingenuamente que el nombre era Gloria, pero estaba equivocado: lo supe cuando reduje su figura al diámetro virtual de un acercamiento y exclamé ¡La tengo!, pero esperen... No es; ella no es. Porque la gloria no estaba en su rostro, sino en el otro, en el que se interpuso de pronto en mi historia. Por eso el esperen... No es; ella no es se quedó aquí, detenido como una primera página ebria de anécdota, ansiosa, deseosa. Pero esa tarde no sería, porque la noche nos cerró los ojos y las páginas y abrió las puertas del regreso a casa, de la merienda y el televisor y los videos musicales, los partidos de futbol, las imágenes que el barrido invisible del juego de luces transformaba en otras historias y en otros rostros que fueron cubriendo el recuerdo como capas de lo que sería un frágil olvido involuntario.

Hoy es 19 de noviembre del 2004, y parece que no lo es, o que es menos. Aquella noche es semejante a esta noche, como otras, como las miles que han nacido y han venido a morir a este sitio. Pero las recuerdo, las recordamos, erigimos un altar en su nombre y en nombre de todas las otras noches que alguna vez vinieron a postrarse ante mí con las manos vacías, derrotadas, fatigadas de seguir el rastro eterno, cansadas de recomenzar, agonizantes. Y en esta que está aquí y que muere a mi lado tampoco está ella aunque todo la nombre: la música, el recuerdo, el rumor de la ciudad. Yace el nuevo cadáver de la noche y su muerte alimenta la ausencia. ¿Cuánto, Dios maldito? ¿Cuánto tiempo más? Pero nadie responde. Y la soledad ocupa su lugar en esta página.

Aquella que fue la noche original, asistimos al universo febril de un pequeño departamento al sur de la ciudad. Cómo fue que lo hicimos es algo que he olvidado y no persistiré en la mentira de referir cientos de posibilidades de arribar a Plateros y reconocer un edificio que se había erigido en nuestra memoria con el caprichoso material de las palabras. Lo cierto es que la noche llegó antes que nosotros porque era su destino esperarnos a la entrada y bañar de sombras la figura de uno de ellos que asomó al balcón y gritó el grito que abrió el cuaderno y sopló sobre la blanca hoja inacabada: ¡Aquí es! Y arriba convergieron las miradas, todo un cuarto piso de miradas y de risas y de ropa que no es el gris y el verde y el blanco del uniforme escolar. Parecíamos diferentes. Eran ellos pero eran otros, y ambos son los mismos seres que la nostalgia señaló para obligarlos a repetir una y mil veces el alboroto al que nos fuimos sumando como los colores del ábaco a la cifra de las noches que me cuento este recuerdo: y dentro del alboroto estaba ella, la que no era y que de pronto lo fue para siempre...

Esa rara ciencia de acuñar un rostro sobre la superficie irregular de la nada: sortilegio propio del azar. Y ella que entonces se dibuja sobre sus mismos trazos, sobre esas líneas que los días habían pretendido ocultar y que emergieron al papel en medio de la música, de la canción cuyo título prefiero callar porque también a mí la vida me ha enseñado que las cosas se ensucian cuando las dices. Dejo pues que el lector -¡hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!- elija la melodía que me acompañará al encuentro del nombre que ahora sé y que jamás podrá ser en otra: el Fabiola que se desprende de sus labios rojos de un tenue carmín, disfrazada carne que jamás besaré porque así me lo dicen los años que conducen a esta noche desde aquella noche en que ella baila. ¿Y tú? Sí, tú, tú le dices tu nombre y esas dos voces se eslabonan pero jamás se funden, simplemente se toman del brazo y se declaran una rara amistad perenne de la que ese que responde al ¿Y tú? será su esclavo, el silencioso atormentado por la fraternidad de esos dos nombres que nunca volverán a pronunciarse en voz alta, que cancelan para siempre el derecho de cualquiera a decirlos como una sola cosa: ¡búscate el eufemismo que más te acomode, pero no te atrevas a nombrarnos porque jamás seremos algo para ti! Pero aún no lo sabes y respondes al ¿Y tú? con un Oscar notoriamente menos trágico que el de hoy, 19 de noviembre del 2004. Y un instante más tarde la canción nos abandona y cede el espacio a otras canciones que también quieren ser parte del recuerdo aunque es difícil: con una basta. Pero las otras lo intentan: allí estamos nuevamente a mitad de la década, expuestos a los recuerdos de otros -no sé si dramáticos o cotidianos-, enfrascados en un baile que fenece y resurge minutos después, cada uno regido por un nuevo descubrimiento, por una nueva dosis de asombro por las cosas que las palabras nos dictan al oído cuando nos acercamos para decirlas, para evitar que el ruido de la música se las trague y las escupa en el basurero del olvido. Así que ahora sé que vives en el departamento contiguo, que tomas clases en el segundo grado, que tienes 14 años y que jamás alcanzarás los 15 porque así permanecerás para siempre en mi recuerdo, siempre de jeans y blusa sin mangas, el rostro brillante de sudor, y aunque protagonizarás otras imágenes en el transcurso de los meses siguientes siempre lo harás con esos 14 años que te verán recorrer el pasillo contiguo a los salones de la escuela y avanzar y detenerte un momento frente a mí para entregarme una carta que rescato de las garras de ellos que también están allí y que luego, ya a solas, extiendo tímidamente en mi pupitre. (Perdóname, Fabiola, pero he perdido esa carta y con mi descuido la he condenado a la leyenda, cuando hoy podría reproducir en negro el azul de sus palabras, tus palabras, que sutilmente convocaban al atrevimiento, a la acción que jamás llevaré a cabo y cuya inacción cimentó las raíces de esta noche. La primera, la única carta, y hoy sólo existe porque aquí la nombro.) Otras de las imágenes serán el ensayo para el baile escolar, o la llamada que me tomó por sorpresa, esa en la que no estaba tu imagen pero que tu voz en el teléfono me obligó a adivinar, o la última en el teatro de la Prepa 8, esa en la que recibes los aplausos y luego te separas del grupo pues me has visto, pero yo no busco esa orilla en la que te detienes a esperarme con una sonrisa que jamás descifraré, porque finalmente el círculo se estaba cerrando y no había cupo para mí, o sí lo hubo pero la fecha anunciaba su caducidad irreparable, así que abandoné, perdido entre la gente, salí del teatro sin volver la vista atrás y fui uno más entre el gentío, me abandoné a esta ciudad que las sombras dibujan en ámbar esta noche, fuera -no sé si para siempre- del círculo que se cerró a mis espaldas mientras los aplausos se iban apagando para nutrir al silencio y a la soledad y al vacío que hoy me pertenece, la única cosa que la vida jamás logrará arrebatarme.

Cierro el diario.

No sé por qué hoy he vuelto a él. Precisamente hoy que por un momento me he sentido dañado por la soledad. Quiero pensar en ese hombre, y en la otra, Fabiola, pero no puedo. No puedo porque ninguno de esos rostros alcanza a resolverse en mi imaginación. Si todo lo que ha sido dicho en este viejo cuaderno fue verdad, creo entenderlo: yo guardo una historia semejante; también mi soledad se fue construyendo a partir de las decisiones que nunca me atreví a tomar.

Pero no la contaré.

Sería como andar sobre las huellas de otros.

La existencia no puede ser el gran misterio que hemos pretendido si las circunstancias se repiten una y otra vez.

No soy el único que ha llegado tarde a su vida.

1 Comments:

Blogger :tragic hero: said...

Seguro, habemos muchos a destiempo.

4:06 p. m.  

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