lunes, septiembre 26, 2005

1.
Actuó con la Compañía Carnegie Hall y estuvo algunas semanas en el West Side Theatre, en un musical mediocre. Desempeñó un papel menor en Snow Goose al lado de Glenda Blackfield, pero interrumpió su participación al recibir un llamado de la Seventh House Opera, en la que sustituyó a Deborah Moore en el Tomorrow’s whisper, que fue agriamente criticado por su notoria apología de la rebelión y apenas se mantuvo una semana en cartelera. (Fue durante los años del desembarco en Centroamérica, cuando los salvadoreños iniciaron la sangrienta revuelta de San Diego). Luego de la cancelación, se unió a un oscuro proyecto teatral independiente que montó un par de obras sin éxito; entretanto, consiguió algunas noches en Kino’s, un cabaret sin renombre del Soho angelino. No hubo anuncios en prensa, apenas algunos carteles y una mención en el billboard flotante de la Cuarenta y tres; no obstante, el lugar se llenó. Muchos acudieron a la cita porque creían recordarla, y ese recuerdo le había dado forma a una suerte de hermandad de secretos estetas de la pornografía que estallaron de júbilo durante las presentaciones, pasando por alto las fallas en el audio y en la iluminación que le restaron brillo al espectáculo, por otra parte magnífico. Todo comenzaba con un juego de luces que derivaba en su figura perlada y fantasmal. Con suaves movimientos señalados por la cadencia de la música, su cuerpo se iba descubriendo ante la mirada hambrienta. Una larga anaconda aparecía en un rincón: el mórbido animal se deslizaba lentamente hasta rodear a la mujer desnuda, febril, erotizada. Poco a poco, el reptil se enroscaba en ella, haciéndola suya a su manera, reclamándola. Finalmente, cubierta por la lubricidad de aquella piel escamada que parecía próxima a asfixiarla, su cuerpo se incendiaba: falsas nubes de humo envolvían el escenario y el enorme reptil se transformaba, merced a un sofisticado truco visual, en un hombretón musculoso que se aprestaba a poseerla con una violencia casi arquetípica. Pero la fascinación de la concurrencia ávida de sexo no derivaba del acto en sí, que era real, sino del hecho de que el hombre, de más de dos metros de estatura, era un mutante con dos miembros naturales de grandes proporciones. La boca experta de la mujer tornaba en hierro los groseros trozos de carne blanda y luego, jadeante, se dejaba penetrar durante casi cuarenta y cinco minutos ininterrumpidos de agitación y humedad seminal. Imposible sustraerse al frenesí de imágenes de aquel espectáculo, prueba de ello es que durante el tiempo que transcurría entre los primeros escarceos y la consecución del acto, la multitud guardaba un silencio respetuoso, casi irreal, apenas interrumpido por los gemidos apagados de algunos hombres que, incapaces de soportar el deseo, aprovechaban las sombras para entregarse a la tarea de una torpe masturbación apresurada, secretamente convulsa.

La segunda noche la esperé afuera del local. Una hora después de terminada la función, cuando el cabaret ya casi se había vaciado, ella apareció por la pequeña puerta lateral que daba al callejón. Me miró a lo lejos -mi figura disminuida era lo único que se había movido en el entorno- y pensé que me reconocía. Pero ella desvió la mirada y se encaminó por la avenida desierta. La alcancé unos metros más adelante, justo cuando se esforzaba por encender un cigarrillo en medio de la tenue resistencia del viento que antecedía a la lluvia.
-Lulu -la llamé, aminorando el ritmo de mis pasos.
Ella volteó de nuevo hacia mí, y el sincero brillo apagado de sus ojos me confesó que mi rostro no estaba en su memoria.
-Soy Sebastian, ¿no me recuerdas? -insistí, pero ella dejó escapar una primera bocanada de humo y negó con un movimiento de cabeza.
-¿Trabajas con Natan? -me preguntó, arrugando la frente.
-No, Lulu. Soy Sebastian, Tony nos presentó hace tiempo.
-Tony, Tony -repitió, jugando con el nombre entre sus labios-. ¿Es un actor?
-No, él dibujaba, te hizo algunos retratos. Tienes que recordarlo.
-Lo siento, no conozco a ningún Tony -afirmó categórica-. Buenas noches.
-Espera -le dije, tomándola del brazo-. Acuérdate: nos presentó en la zona de tolerancia; fuimos a su departamento; luego enloqueció...
-Darling -me interrumpió, mostrando una sonrisa de sensualidad enigmática-, sé directo: sólo dime a dónde quieres que vayamos y ya. Son quinientos por una hora, tres mil por una noche. No sé si quieras saber la tarifa por un fin de semana.
-Te equivocas -la atajé-. Lo único que quiero es hablar contigo, saber dónde has estado. Sólo te pido que me aceptes un café. Serán unos cuantos minutos, no te quitaré mucho tiempo.
Lulu me estudió por algunos segundos, perfilando una sonrisa que no parecía ceder incluso ante la extrañeza. Luego dio una nueva fumada a su cigarrillo y miró la hora en su Cartier imitación diamante, que brilló en la oscuridad.
-Un café... -meditó-. ¿Por qué debo aceptar?
-Porque hay algo que nos une: es una historia que no puedes haber olvidado.
-¿Sabes cuántas historias he escuchado en mi vida? -Fumó un poco; el humo que escapó de su boca develó la dirección del viento-. ¿Sabes cuántas de ellas son ciertas?: ninguna, honey; pero todo juega a ser verdad cuando el sexo está de por medio. Todos los hombres te aman cuando están a punto de venirse...
-No te he buscado por eso -me defendí-. Sólo quiero conversar contigo.
Lulu, fingiendo un fastidio que estaba lejos de sentir, miró a uno y otro lado de la calle solitaria. Entonces volvió a sonreír.
-Voy a aceptar tu invitación, pero en realidad no sé por qué lo hago, creo que es porque hay algo en ti que me inspira confianza. Conozco a los hombres, y sé que tú no serías capaz de hacerme daño. -Guardó silencio un momento, como si analizara mi reacción-. Tiene que ser en un lugar concurrido, ¿me oyes? -dijo finalmente-. Nada de alcohol ni apartamentos. Bebemos el café, conversamos y nada más. ¿Está bien?
-Con eso basta -le aseguré.
Pero estaba equivocado.

Pedimos dos americanos y un nuevo paquete de cigarrillos. Luego nos miramos en silencio y ella ensayó otra vez esa sonrisa que al parecer era hábito de un rostro acostumbrado a intimar con desconocidos. Ese gesto -que reconocí de inmediato, porque yo mismo lo había fraguado- fue suficiente para saber que la mujer frente a mí no era Lulu; o sí lo era, pero no aquella que había estado a punto de morir en la plancha de un laboratorio casero, sino el ente artificial parido por la Corporación que ahora ocupaba el hermoso cuerpo de mujer que el ansia me había obligado a diseñar a partir de los platónicos retratos de Tony en su camino a la locura. De muchas maneras orgulloso, yo también sonreí: su rostro era perfecto, de angulados rasgos delicados, y su cuerpo era una máquina de movimientos precisos, felinos, hermoso en medio del aura de magia que envuelve a la piel moldeada por el ansia de saberse deseada. Tal como la concebí. Inútil hubiera sido plantear las preguntas que habían alimentado mis noches desde el primer día que hallé su nombre en la marquesina del teatro. Inútil, también, habría sido pretender que recordara un pasado que ignoraba, aunque le perteneciera. Por eso callé y me abandoné a esa contemplación silenciosa, ensimismada y, por qué no, plena de admiración.
-Muchos pagan por verme desnuda, pero hasta ahora nadie por hacerlo detrás de una mesa. De hecho -sonrió, divertida-, nadie paga ya con granos de café: el trueque fue abolido hace muchos siglos. Así que, señor misterioso, dime exactamente qué es lo que quieres.
Decidido, le hablé de mí, de mi trabajo. También le conté que sabía qué era ella, de cómo los cuerpos eran “algo” y un instante después ya eran “alguien” con un pasado, con un presente, con un futuro, a veces efímero, a veces duradero. Sé que no debí hacerlo, pero algo en mi interior me aconsejaba corresponder a su confianza. Ya el mundo le había mentido lo suficiente, no sería yo quien colaborara para mantener en pie esa farsa.
Su expresión, al principio de una obvia perplejidad, pronto se tornó seria. No era para menos.
-¿Tú me hiciste? -preguntó de súbito, mirándome como lo haría un alma el Día del Juicio.
-No exactamente -le respondí-. Fui parte del proyecto, pero hay más gente involucrada. Cómo te lo explico... Mira: no necesito verte sobre el escenario para saber cómo es tu cuerpo, ¿me entiendes?
Afirmó con un leve gesto. Luego pareció sumirse en profundas cavilaciones.
-Creo que debería darte las gracias -comentó luego de un rato-: vivo de mi físico, y vivo bien. Imagino que hiciste un buen trabajo.
No supe qué decir.
-Ese Tony del que hablabas, ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Es también... una máquina?
Inquieto, carraspeé. Pero ya no había mucho que ocultar, no luego de esa confesión tan definitiva.
-Esa es la historia...
Me interrumpí al ver que la mesera había llegado. Dejó entre nosotros las tazas de café, los cigarrillos y un cenicero metálico. Nos miró a uno y a otro; se fue en silencio.
-Tony -proseguí-, mi amigo, perdió a su mujer en un accidente. La amaba. Tanto que quiso recuperarla; no a ella precisamente, sino a la idea de una belleza que había sido suya. Para ello buscó a una mujer, una cuyo físico guardara todas las semejanzas posibles con la mujer que había perdido. Se dedicó a ello durante años. Finalmente, la encontró. Entonces aparecí yo. Hacía tiempo que no nos veíamos, así que cuando supo a qué me dedico, pretendió que lo ayudara a consumar esa ilusión que lo llevó a la locura. Para hacerlo, para hacer que su esposa volviera junto a él, aquella mujer tendría que morir. No ocurrió: la policía llegó a tiempo para liberarnos a todos de esa pesadilla.
-No quiero, no logro entender qué tengo yo que ver con todo eso.
-Esa mujer eres tú.
No era algo fácil de digerir, pero Lulu se lo tomó con calma, mucha más de la que yo hubiera imaginado. No hubo tensión en su rostro, ni nerviosismo en sus manos. Era una máquina perfecta, el equilibrio ideal entre la belleza exterior y la paz interior. Pura genética neuronal. La naturaleza relegada a un nivel de simple espectador. La ciencia en el tope de su evolución. Tuve que reconocer que al fin lo habían logrado.
-Y esa mujer... -Lulu canceló el viaje de la taza hacia sus labios-, ¿está viva?
-Hasta donde creo saber, sí lo está, aunque no sé su paradero. Creí que eras tú, por eso te seguí a todas partes donde te presentabas, esperando el momento de poder hablarte.
Dio un sorbo a su bebida, se apoyó en el respaldo de la silla sin perder ni por un momento la elegancia de su figura imponente, llevó su vista hacia la calle apenas transitada, guardando un silencio reflexivo, como si tratara de reordenar un mundo que de cualquier manera siempre le hubiera parecido frágil, inaprensible. Finalmente, se volvió de nuevo hacia mí y me dedicó una mirada de franca preocupación.
-¿Es igual a mí?
-Lo es -le respondí-. No son idénticas, no pueden serlo, pero es apenas por unos pequeños detalles: los lóbulos de las orejas, por ejemplo; cierto relajamiento en la expresión... -enrojecí de pronto. Ella lo notó.
-Es mi cuerpo, ¿no es así?
-Perdona -me disculpé-. Es la primera vez que hablo del tema.
-Dímelo, anda, ¿qué puede ser tan vergonzoso?
-¿Vergonzoso? Nada...
-Es mi vello púbico, ¿verdad?
Tuve que desviar la mirada.
-Debí haberlo sabido -murmuró, sonriendo, mirando a todas partes-. Siempre me pareció extraña esa forma triangular. Jamás he tenido que rasurarlo...
-No sigas -le pedí, en verdad apenado.
Su sonrisa, que creí eterna, se desdibujó en un instante.
-Todo tiene un porqué -reflexionó.
-Ahora lo sé.
No era una metáfora, sino una certeza, cruel, inapelable.
-Tú puedes ser perfecta -le dije-, pero el mundo no lo es: si ella aparece, si sabe de ti, si se entera de que de alguna manera has estado usurpando su lugar, puede ejercer acción legal en tu contra.
-¿Qué tipo de acción legal?
-Puede solicitar tu eliminación.
Imaginé su cuerpo desnudo, inanimado, su inútil hermosura yaciendo en un rincón sucio y oscuro de una bodega desconocida, sellada su piel por el hierro al igual que los otros cuerpos sin vida a los que se habría sumado para siempre. Eliminada.
-¿Quieres decir... mi muerte?
No respondí. Vi su rostro, su belleza de pronto oscurecida, sus labios de carnosa lujuria que se abrieron para dejar escapar la pregunta que ya esperaba:
-¿Por qué entonces me crearon? ¿Por qué lo hicieron si sabían que ocuparía el lugar de una mujer que aún existe?
Prolongué mi silencio. En realidad, cualquier cosa que pudiera responderle no le ofrecería consuelo, no después de saber que su vida no era más su vida, que su residencia en este mundo dependía de las decisiones de otros.
-La verdad -le dije, buscando las palabras adecuadas para no lastimarla más de lo que lo había hecho-, no entiendo qué haces en la tierra, si tu lugar está en las Colonias. Fuiste diseñada para ofrecer placer, pero no aquí, no en este mundo enfermo, sino allá arriba, donde se ha gestado una vida plena, perfecta. Por eso lo eres también, para que te correspondieras con ellos.
No mentía, el encargo había sido específico: una generación de mujeres dóciles, cuyo principal atributo era la belleza, la disposición, la entrega. ¿Qué había ocurrido entonces? ¿Qué fase del proceso había fallado para que ella no arribara a su destino? Pensé que sólo Tyrell tendría la respuesta.
Lulu había dejado a un lado el café y fumaba, demasiado absorta en mis palabras para darse cuenta de que su sonrisa no acertaba a concretarse en sus labios.
-De algún modo siempre lo supe -dijo de pronto, sus ojos fijos en la superficie nacarada de la mesa, aunque su mirada parecía perdida en un complicado laberinto de imágenes que tenían lugar en su interior-. Una tarde, mientras estaba en la sala de descanso, un hombre se me acercó. Nunca lo había visto, aunque vestía de uniforme, como todos los demás. Me dijo que tenía que acompañarlo. Me llevó al laboratorio, me sedó un poco y cortó parte de mi piel, aquí -se descubrió el hombro para mostrarme la cicatriz de una herida en la suave carne de su axila-. Extrajo algo, no supe qué, sólo me dijo que eso ya no era necesario pues era tiempo de que saliera a cumplir con la tarea que se me había asignado.
Incrédulo, le pregunté cómo era ese hombre. Me respondió que no lo recordaba: era extraño, siempre había tenido muy buena memoria, pero ese rostro se le escapaba aunque tuviera la certeza de que existía, igual que cuando se intenta recordar a una persona que alguien hubiera descrito a la ligera.
-Ni por un momento dudé de sus palabras. No tenía por qué hacerlo: estoy aquí para obedecer, ¿no es cierto?
Me explicó que ese hombre la había llevado a un departamento, amueblado, elegante. Le dijo que era suyo, que la Corporación lo pagaría, que no debía preocuparse. Le dejó algún dinero y se marchó. Antes de irse le entregó los documentos que avalaban su inscripción en una especie de asociación de actores y productores de teatro. Fue así como inició su carrera. Siempre le había parecido raro descubrir que había gente que decía conocerla de algún sitio, pero lo atribuía a su físico. Todo lo que era estaba en su cuerpo.
-Luego empezaron a llegar aquellos hombres a mi casa. Decían que él los había enviado. Por eso no titubeé cuando me propusieron..., tú sabes: tener sexo con ellos. Además, pagaban bien.
-No tienes por qué darme explicaciones. -Me incliné hacia ella para hablarle en voz baja-. Lo importante ahora es encontrar a ese hombre para saber qué es lo que se propuso al obligarte a salir en secreto de la Corporación.
No bien pronuncié esas últimas palabras, todo cambió. Fue uno de esos instantes que nadie parece advertir pero que todo mundo puede recordar más tarde, cuando se reflexiona en los pormenores que dieron pie a una desgracia: Lulu, que también se había inclinado sobre la mesa para escucharme, alzó de pronto la vista y la sorpresa asomó a sus ojos. Primero creí que mis palabras o algo en mi rostro habían originado esa expresión de miedo, de terror absoluto, pero entonces supe que no era a mí a quien miraba, sino a alguien a mis espaldas.
-Quédate quieto -me ordenó una voz anónima- o saldrás herido.
Desobedecí, y no lo hubiera hecho, pues al volverme descubrí el cañón del arma que apuntaba hacia nosotros como una extensión de aquel desconocido cuyos rasgos me negaban las sombras.
-Usted -le dijo a Lulu-, levántese, lentamente, con las manos separadas del cuerpo.
Sé de la agilidad del androide, pero nunca había visto a uno que no fuera un guerrero actuar con la rapidez con que lo hizo Lulu al recoger el pesado cenicero de metal para, en un mismo y fugaz movimiento, arrojarlo a la cara del hombre. El objeto surcó el aire a centímetros de mi cabeza e hizo contacto con la frente de aquel tipo, produciendo un ruido de algo que se rompe. Al mismo tiempo, el arma se disparó, abriendo un boquete humeante en el cielorraso de la cafetería. Eso bastó para que el local se convirtiera en un infierno de gritos, carreras y sillas que alcanzaban el piso con estrépito.
-¡Corre! -me dijo Lulu tomándome de la mano.
Salimos a la calle ocultos entre la multitud y tomamos un rumbo cualquiera. Corrimos sin mirar atrás. Doblamos una esquina y luego otra; cruzamos un par de calles, esquivando vehículos terrestres, y entonces nos detuvimos un segundo, indecisos. Finalmente optamos por un callejón desierto, nunca tan oportuno. En silencio, cómplices de las sombras, descubrimos que nadie nos seguía.
-Lo ha hecho -exclamó Lulu recobrando el aliento-. Esa mujer de la que hablabas, ¡la muy puta lo hizo y ahora quieren matarme!
-Cálmate -le pedí-, déjame pensar...
-¿Pensar qué? ¿Acaso no lo viste? ¡Iba a dispararme!
-Lo sé: era un cazador de pieles. Lo más extraño es que estaba solo, y esos hombres actúan en grupos. Quiero pensar que no te buscaba, sino que te encontró por casualidad...
-Solo o como sea, estuvo a punto de matarme. -Echó un vistazo al derredor-. ¿Sabes en dónde estamos? Tengo que ir al departamento...
-No puedes ir ahí -le dije-: ese será el primer lugar en el que buscarán, si no es que ya lo han hecho.
-Pero no tengo a dónde ir.
-Ven conmigo: nadie te buscará en mi casa.
Salimos, cautelosos, y caminamos lentamente hasta llegar a una esquina concurrida. Allí detuve un taxi y le di instrucciones. No estábamos lejos. Lulu quiso arreglarse el cabello en un gesto de incomprensible vanidad, pero entonces descubrió que había olvidado su bolso en el café. Creo que estaba a punto de romper en llanto, pero yo sabía que no era algo que pudiera hacer.

Horas después le pedí que se alejara de la ventana, que nadie iría hasta ahí para hacerle daño. No dudó en obedecer. Quise ofrecerle palabras de consuelo, pero ninguna de ellas vino a mí. Yo sabía perfectamente que esos hombres tenían el conocimiento y el equipo necesario para hallarla, no importaba que se escondiera en el fin del mundo. Eran sabuesos, máquinas diseñadas para matar. No descansarían hasta verla aniquilada; sólo era cuestión de tiempo.
Sentí, como nunca, la impotencia, la falibilidad del ser humano. Y la tristeza me embargó. Porque entonces entendí que mi interés por ella iba más allá de la ciencia. Que cada una de esas noches transcurridas en el anonimato de las salas de teatro yo mismo me había engañado al pretender que sólo quería saber de ella. Que me mentía a mí mismo, porque en realidad lo que deseaba saber era si algo de mí aún estaba en sus ojos, en su memoria, en su corazón.
Lulu se paseó por la habitación, levantó algún objeto, lo analizó sin demasiado interés. Finalmente tomó asiento en mi cama revuelta y acarició con una mano las sucias cobijas. Sentí vergüenza. Por primera vez en mi vida, encontré que había momentos en que olvidaba que esa mujer no era un ser humano. Como llamada por el ansia de mis ojos, que no la abandonaban, se incorporó y lentamente comenzó a desvestirse.
Conocía, como ella, cada rincón de su cuerpo, pero así y todo la perfección de aquellas formas me dejó pasmado. No sin cierta incomodidad supe que al fin había caído en el encanto de mi propia magia, tibiamente alojada en la suavidad de esa piel intensamente blanca, imantada. Y Lulu, ignorante de mis sutiles tormentos, se tendió de espaldas y recogió una de sus piernas mientras se apoyaba en su codo izquierdo para mirarme.
-Ven aquí -me dijo, extendiendo delicadamente su brazo-. No sé recibir nada sin entregar algo a cambio. Y esto -se acarició la piel entre los senos- es lo único que tengo.
Pensé en Tony, en sus sueños, en su imaginería trastocada por el desequilibrio que, de alguna forma, esa noche, en el claroscuro de una habitación totalmente ajena a sus enfermos delirios, cobraba al fin sentido.

Y asistí. Sediento, irreparable.

2.

Una vez que descubres que el mundo entero cabe en el cuerpo de una sola mujer, todo lo demás se desmorona sin remedio. Lulu, jadeante, soportando el peso de mi éxtasis, me confió durante horas las formas de una pasión que su cuerpo había ensayado en otros hombres. Más tarde, resignados al amanecer, nos desprendimos poco a poco de esa máscara de lujuria que nos había disfrazado para redimirnos de la hipocresía que alienta al ser humano. O al menos, yo me desprendí de ella. Minutos después, su silueta, detrás del cancel de la regadera, se entregó a la tibia caricia del agua para dejar que mi sudor resbalara de su piel, nunca exhausta. Ya con el sol entre nosotros, aceptó una taza de café, que bebió en el silencio que anuncia las raíces del rencor. Entendí que así debía ser; por eso decidí callar. Ella terminó su bebida y encendió el primer cigarrillo de la mañana.
-¿Qué va a pasar conmigo?
No quise responder.
-¿Hay alguna manera de evitarlo?
Sonreí agriamente: la muerte era algo inevitable.
-¿Qué pasa si vuelvo a la Corporación?
Al fin me decidí a hablarle. No era algo grato tener que descorrer el velo de sus falsas esperanzas. Pero tenía que hacerlo.
-Es ilegal -afirmé-. La ley prohíbe la coexistencia de dos seres semejantes. Una vez hecha la denuncia, el proceso es irreversible. La Corporación a esta hora debe hallarse bajo extrema vigilancia.
Lulu suspiró: había comprendido que ya era una fugitiva.
Comenzar a contar las horas que te distancian de la muerte no es un asunto sencillo. Lulu bajó unos instantes la mirada, pero de inmediato se repuso: una idea, repentina como todas, se dibujó en su mente.
-Reconstrúyeme -dijo de pronto.
Mis ojos, surcados por la flaccidez de las arrugas, debieron abrirse desmesuradamente.
-No puedo hacerlo -balbuceé-, no aquí.
-¿Dónde, entonces?
-En los laboratorios de la Corporación. Sólo conectada a una máquina puedes soportar el límite máximo de hibernación que necesitaría para sustituir la piel de tu rostro, que es lo único que podría hacer: el resto de tu cuerpo y tus entrañas son una y la misma cosa.
Ella me miró expectante. Pero no había mucho más que decir.
-Entrar en la Corporación es imposible.
El sonido del videoteléfono se dejó escuchar de pronto, sobresaltándonos. Su tono era inconfundible: Tyrell llamaba. Fui hasta el aparato y lo cambié de posición para evitar que la lente enfocara el área del comedor, en donde se encontraba Lulu. El rostro apareció en la pantalla.
-La encontraron -dijo él a manera de saludo.
-No entiendo -respondí, aferrándome a esa pausa para sobreponerme.
-A la unidad extraviada. Ayer por la tarde una mujer hizo la denuncia. Parece que la vio en un cabaret. La policía registró el local, revisó las grabaciones de las cámaras de seguridad. No había duda: era ella.
-¿Lograron aprehenderla? -El eufemismo provocó el sarcasmo en la sonrisa de Lulu, que a la distancia atestiguaba la conversación.
-Estuvieron a punto de hacerlo, pero la réplica atacó al oficial que la encontró; estaba en un café. Los testigos aseguran que iba acompañada.
Un súbito escalofrío me recorrió la espalda.
-Logró huir -continuó Tyrell-. Pero no tardarán en capturarla: todo el equipo anda tras ella. Y dije todo: ahora se le acusa también de asesinato.
-¿Saben ya quién era su acompañante? -El temblor de mi voz no debió pasar desapercibido. No para Tyrell.
-Nadie lo sabe, pero creemos que es el hombre que la ayudó a escapar de aquí.
Hice un gran esfuerzo para no desviar la mirada hacia Lulu, que al parecer se había derrumbado sobre su asiento, presa de la desesperación. Todas mis estúpidas ideas acerca del equilibrio entre la mente y el cuerpo se vino abajo junto con ella.
-¿Qué puedo hacer, Tyrell? Quiero decir, si me llamaste, es por algo...
-Así es. Un grupo de los equipos especiales acaba de interrogarme. Pidieron copia de los expedientes. Saben que tú colaboraste en su diseño. No deben tardar en llegar a tu casa.
Nervioso, esta vez no pude dejar de buscar la mirada de Lulu. Tyrell lo notó.
-¿O ya están ahí?
-No... No han llegado todavía. -Tosí para desviar su atención-. No entiendo para qué me quieren, si todo está en los documentos.
-Es lo mismo que les dije, pero argumentaron que no están dispuestos a dejar escapar ningún detalle. ¿Pasa algo?
Estuve a punto de confesarlo todo. No sé por qué me detuve, acaso fue el recuerdo de la noche anterior, acaso fue simplemente un gesto de humanidad. O de cobardía. Lo cierto es que dejé que los segundos se acumularan alrededor de mi silencio y, finalmente, decidí que se quedaran allí.
-Muy bien, Sebastian, tengo que dejarte. Sólo te pido que colabores con esos hombres; es la única manera de que te dejen en paz.
Interrumpí la comunicación sin apenas despedirme. Lulu, de pie frente a la ventana, encendió un nuevo cigarrillo, que agotó en poco tiempo.
-Está claro que no tengo salida. -Su voz era frágil, ajena por completo a la seguridad que de ella emanaba hacía apenas unas horas-. Tal vez sea mejor que me entregue. No sería justo que sufrieras por mi culpa.
Me puse de pie y fui hasta ella. La abracé por la espalda, acaricié sus brazos, la estreché contra mí. No sabía, no podía saber que en ese momento estaba dispuesto a morir por ella. A morir de ella. Porque había comprendido que la amaba, que la había amado desde la primera vez que entreví su cuerpo en ese juego de sombras que era el retrato entre mis manos la noche que la otra, que ella misma, aún sin nacer, había estado a punto de morir. Era una paradoja extraña: Lulu, la auténtica Lulu tendría que haber muerto aquella vez para que su espíritu renaciera en su propio ser perfeccionado, llevado al límite de su belleza. Y ahora la otra, la mujer de carne y hueso que al principio creí amar, había venido a reclamar su existencia, su lugar en un mundo en el que yo no existía como en ese momento, sino sólo como el recuerdo de quien la había salvado, sí, pero a quien sólo le correspondía la estima y tal vez el cariño que no podrían jamás ser suficientes. Nunca más.
Lulu, la que era mía, si es que esa ilusión pudiera ser tangible, pareció participar de mi angustia, pues de inmediato se volvió hacia mí y me besó con esos labios que mis manos habían detallado en una noche solitaria sin creer que algún día me buscarían el rostro para beberse mis lágrimas.
De nuevo pensé en Tony, en aquellas palabras que en su momento consideré paridas por el desajuste de su mente enferma. Si algo no era justo en ese instante, era que él pagara con su encierro la locura de la que yo ahora mismo me estaba alimentando.
-Llora por mí -me susurró ella al oído-. No pares de llorar. Yo he querido hacerlo desde hace mucho tiempo, pero no puedo. Algo aquí me lastima, pero ese malestar despierta y vuelve a dormirse en mi pecho sin saber que no tiene sentido. No entiendo cómo pueden hacer que el sentimiento se aloje en una máquina sin darle la oportunidad de que alguna vez se muera. Tal vez debería ir al baño y mojarme un poco el rostro -sonrió ligeramente, pero la línea entre sus labios fue más bien una herida-: así sabré qué siente una mujer cuando llora ante el espejo.
El timbre de la puerta principal nos abortó de esa magia.
-Deben ser ellos -le dije, desesperado, soltándome del abrazo-: nadie más me visita.
-Déjalos que entren -murmuró, y en el tono de su voz había algo más que resignación-. Diles que te obligué a tenerme aquí, que vine para buscar que me reconstruyeras. Así no mentirás. Y ellos jamás podrán saberlo.
-No puedo hacerlo -reclamé-. ¿Acaso no lo entiendes? Ahora mismo sé que ya no puedo vivir sin ti. No podría soportar ver lo que ellos harán contigo; te matarán apenas abra la puerta...
Lulu se me acercó despacio. Su rostro, como una mano que se abre, perdió todo rastro de angustia. Entonces de sus labios escapó la frase que resolvía el misterio, las palabras que de alguna manera lo reducían a una realidad casi palpable:
-Tú sabes perfectamente que soy un cadáver.

Acudí al teatro la noche que A blue dream & a lie alcanzaba las 100 representaciones. El foro, lleno a su máxima capacidad, estalló en aplausos cuando el fantasma de Jean (un juego de hologramas en tercera dimensión) encontraba la muerte al filo de la espada que durante más de dos horas había inquietado su presencia. Yo mismo me puse en pie y confieso que lloré un poco cuando las densas cortinas se abatieron sobre el escenario para cancelar la imagen de su derrota.
Fui de los primeros en abandonar el local. La lluvia había finalizado cuando salí a la noche. Los charcos a la orilla de la calle repetían ese nombre incesante que presidía la alta marquesina iluminada. Me alejé algunos pasos y finalmente me detuve; mis ojos, humedecidos, no dejaron de insistir en esa palabra silenciosa.
Al cabo de una hora, la espera terminó: su rostro, limpio ya del maquillaje espectral, apareció tras el cristal de la puerta como una sonrisa que despierta. La vi venir entre la gente, gravitando en medio del acoso, regalando besos, estrechando manos anónimas que codiciaban su piel, que reclamaban entre gritos, aunque fuera fugazmente, un poco de la luz de su mirada.
El Jaguar se posó delicadamente sobre el asfalto. Sus puertas se abrieron, un hombre descendió y rodeó el vehículo para recibirla. Pero ella le pidió aguardar: una mano, anónima entre el gentío, se extendió para ofrecerle una pequeña tarjeta, cuyos rasgos quiso descifrar ayudada por el fulgor de los lejanos anuncios de neón. No sé qué fue lo que encontró en ese mensaje, lo cierto es que giró el cuello en el inútil intento por recuperar el rostro que le había sonreído irónicamente al entregárselo. En medio de esa breve confusión, descubrirme al otro lado de la calle fue inevitable. Ignoro si fue capaz de reconocerme; a veces me gusta pensar que mi cara puede llegar a ser inconfundible.

Aquella noche paladeé durante horas el recuerdo de su rostro, callado y oscuro como las huellas de su propio enigma, asomado a la ventana cuando la nave tomó distancia con el piso y se perdió más allá de la niebla.

Me quedé un rato más por ahí. Inquieto. Pensativo.

Más tarde las luces del teatro se apagaron y las cuatro letras de aquel nombre, cinceladas en rojo sobre la enorme marquesina, volvieron de nuevo a las sombras.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

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10:20 p. m.  

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